Siete días del Talión (2010), Violencia y venganza

Anoche, hacia la medianoche, pude ver la película Les sept jours du Talión, dirigida por el canadiense Daniel Grou (Podz), quien tiene cierta fama de macabro (no me gustan las cosas ligeras declaró alguna vez). La vi con un estremecimiento anticipado que quizá me protegió de los efectos de las escenas más fuertes. La película está basada en una novela del escritor canadiense Patrick Senecal (nacido en 1967 en Drumondville) que él mismo adaptó para el cine. Ella cuenta una historia sobre una de las huellas más profundas que puede dejar en la víctima una experiencia atroz e inesperada de violencia: el deseo extremo de vengarse de aquel que la perpetró.

Bruno Hamel (Claude Legault) es un cirujano que vive feliz en el tranquilo pueblito de Drumondville, Quebec (donde nació Senecal) en compañía de su esposa Sylvie (Fanny Mallette) y su hija Jasmine de ocho años, quien se ha ido sola al colegio el día que comienza la película. En los primeros minutos de la historia el espectador se entera de que Jasmine ha sido violada y luego asesinada por un pedófilo que pocos días más tarde es detenido. La policía ha realizado pruebas de ADN que sugieren de modo muy preciso que el sospechoso, Anthony Lemaire ( Martin Dubreil) es el culpable del horrendo asesinato. Se presume que el sospechoso haya cometido otros crímenes. El inicio del juicio es inminente. El doctor Hamel, de repente, comienza a salir de su casa alegando que necesita regresar a su oficio, ver a sus pacientes. Sin embargo, no es esto lo que vemos los espectadores. Luego de algunos arreglos, Hamel logra secuestrar al sospechoso el dia que es llevado por la policía para que se inicie el juicio (se lo quita a la policía) y encerrarlo en el cuarto de una solitaria cabaña en el bosque. Es entonces cuando el espectador siente que Hamel podrá hacer con él sospechoso lo que se le antoje. A partir de este momento, la película inicia un crescendo de violencia que llega a una crueldad extrema, ejercida por la víctima convertida en victimario, difícil de soportar. Me refiero a la violencia que puede ejercer un hombre sólo contra otro que le ha hecho al primero algo atroz muy difícil de perdonar. Algo que, además, ninguna violencia podrá revertir: le ha quitado a su única hija con una terrible violencia de la cual no hemos sido testigos los espectadores. Por lo que el hombre que está atado de manos en ese recinto es sólo un presunto asesino. Es sólo un sospechoso y no un reo de la justicia con una sentencia que haya sido dictada por un juez en una corte. Pero si la justicia es ciega el deseo extremo de venganza que se ha despertado en Bruno Hamel es otra cosa peor; lo ha enceguecido, ensordecido, y casi que enmudecido; ha anestesiado sus sentidos, ha turbado su mente. Pero esto no es todo porque el peor efecto del deseo incontrolable de vengarte de alguien de un modo extremo es que sabes que cuando ejecutes tu venganza estarás asesinando a tu alma, incinerando tu espíritu. Cada paso que des hacia la satisfacción de tu deseo te llevará un poco más cerca del Infierno. Porque la venganza es, de todas las pasiones, la que te conduce por el atajo más breve y expedito, al inframundo. Pero es también la única que produce un placer casi corporal con el sufrimiento del otro. Un placer que se asemeja a las más tortuosas e intensas experiencias eróticas (pienso en aquella imagen de David Carradine y lo que se dijo que estaba haciendo al morir, o en la escena final de L´empire de Sens (1976), aquella película de Nagisa Oshima) en que suele ser adictivo, extremo y fatal.

En una tensión irresoluta (en los ámbitos fisico y moral), se aloja y debate a muerte la venganza. Ella es siempre un ser o no ser hamletiano (Recordemos que Hamlet lleva a cabo una venganza y para ser consecuente con su promesa y determinación de llevarla hasta sus últimas consecuencias, debe parecer loco, o serlo (“Parece, señora? No. Es”. Su locura no es sólo una estrategia de protección, el modo que ha elegido para disfrazar sus verdaderas y siniestras intenciones, sino tambien una estrategia para no sucumbir a la indecisión (a su compasión), para proseguir hasta el fin con la tarea que le ha prometido al fantasma de su padre). La venganza es siempre un ¿sigo con esto o he llegado muy lejos e intuyo que aqui debo detenerme?. Una oscilación física y metafísica entre decisión eindecidibilidad. Y cuanto más se avanza en la venganza con más frecuencia resurgirá la duda, la indecisión minará más rápido la determinación de proseguir. Quizás porque la compasión (que nace del lento reconocimiento, o más bien recuerdo, de que esa víctima que antes fue tu victimario es, como tú, un ser humano, un igual a ti ante los ojos de Dios o, si eres ateo, ante la lógica ciega e impersonal del azar y la necesidad que, tú intuyes, han creado laboriosamente el Universo) emerge espontáneamente de un modo semejante a cómo lo hace la venganza; porque ambas están profundamente arraigadas a la naturaleza humana.

Pero no quiero que se equivoque el lector. Les sept jours no es una película más sobre un vigilante urbano; sobre un escuadrón de la muerte conformado por un único hombre; sobre lo conveniente o no de que aparezcan vengadores solitarios como respuesta a la violencia; sobre la necesidad que tiene algunas sociedades de que unos condenados a las pasiones extremas (que se destca entre ellas la venganza), perpetren la limipieza técnica de las lacras sociales y morales.

Les sept jours es la narración de la crisis de iracionalidad (que es un momento dado puede parecer perfectamente justificada) a la que puede conducir la violencia urbana, ésa que sufre tanta gente cuando siente que lo más amado y vulnerable ha sido maltratado o exterminado irreversiblemente. Por eso, cuando una sociedad es víctima de una violencia generalizada y exacerbada (cosa que a algunos de nosotros, que vivimos en Venezuela nos suena familiar) una facción de ella tiene el riesgo de hacerse más irracional. Irracionalidad que proviene de todos aquellos que son consecuentes con el impulso humano de vengarse y siguen este impulso hasta su realización. Irracionalidad que se gesta (también) con la represión de ese impulso mientras se contempla una creciente impunidad alrededor. Irracionalidad que surge cuando se (la Ley, el Gobierno) solicitan innumerables prórrogas a las demandas de paciencia, aquellas que tácitamente le formula la sociedad que se ha sometido al Imperio de la Ley a las víctimas de la violencia. Llega un momento en que se pasaun límite invisible, un umbral, y estalla la irracionalidad como un tsunami. Cuando se multiplican los Bruno Hamel a diestra y siniestra. Es entonces cuando sólo nos queda rezar porque nos damos cuenta de que ha pasado el tiempo de la justicia. Porque hemos ingresado una vez más en esos tiempos elementales y primitivos de la venganza. Es esta la reflexión que puede inspirar Les sept jours, una película cruda, muy fuerte, que debiera verse y soberetodo que deben ver quienes viven en Venezuela por lo que les toca. Y cuya violencia extrema no se parece a la que nos tiene acostumbrados Quentin Tarantino (Reservoir dogs, Pulp fiction, Kill Bill 1 y 2), aunque guarda ciertas afinidades con la violencia de Sam Peckinpah en Straw Dogs (1971), película en la que el protagonista, el profesor estadounidense David Summer (Dustin Hoffman) y su esposa Amy (Susan George), serenos, felices y amables con todos sus vecinos, luego de una serie de incidentes que calientan el clima de la narración, producen como respuesta a tales incidentes una conducta de violencia extrema que los espectadores no pudieron haber anticipado nunca al ver a ese pacífico científico en la primera escena armando sus modelos del Universo.

Edmundo Dantés

Cuando pienso en la venganza me acuerdo con frecuencia de la novela de Dumas El Conde de Montecristo. En particular de aquella segunda parte en la que Edmundo Dantés, luego de haber estado veinte años encerrado en el Castillo de If, se escapa, encuentra el tesoro que había escondido el Abate Faría, regresa para vengarse de todos aquellos que conspiraron para encerrarlo. Debo haber tenido como diéz años cuando leí ese libro y recuerdo aún el placer que me produjo la lenta ejecución de esa venganza. Edmundo Dantés configuró durante años el paradigma del vengador exitoso. No debo haber visto ninguno de esos western en los que un niño era testigo de cómo mataban a toda su familia y luego, muchos años después, cuando el niño crecía, finalmente encontraba a los victimarios y cobraba su venganza. Creo que el placer que dervaba como testigo (lector) de la venganza (descrita por el narrador) crecía cuanto más tiempo pasaba sin que se produjera el encuentro esperado entre vengador y perpetrador del hecho a ser vengado. Por ejemplo, los veinte años transcurridos entre el encarcelamiento de Edmundo Dantés y su escape de la prisión eran uno de los elementos que le conferían el carácter excelso a esa novela de aventuras. Al preguntarme porqué ese placer por la venganza tardía, me doy cuenta de que apenas cometes un acto que temes pueda dar lugar a una retaliación, te asalta un temor que te crea dudas y ésta duda, a su vez, puede derivar en arrepentimiento. Pero si no pasa nada durante un tiempo; si el tiempo durante el cual esperabas que la venganza se ejecutara pasa, vas olvidando los escrúpulos, olvidando las razones que se te ocurrieron para justificar tu arrepentimiento. “”Total, te dices, fue malo y no tuve que asumir los costos. No fue juzgadopor la justicia pero tampoco tuve que sufrir la trágica espiral de la venganza porque nadie sabe que cometí este crimen. Y ahora soy feliz.” Y disfrutas de esa felicidad y sobre ella construyes un mundo armónico. Hasta que un día, de repente, toda esa armonía cae repentinamente. En ocasiones no has tenido tiempo ni siquiera de que te recorra un escalofrío por la espalda cuando escuchas la voz del vengador, o simplemente sientes la afiladísima hoja del cuchillo rasgándote la piel encima del corazón; o saboreas el amargo del veneno que desciende por tu garganta. Pero ya es tarde. Sabes que el vengador llegó y que nada será igual. Que tu felicidad acabó, que debiste haberte arrepentido. De eso se trata esa novela y de algún modo todas las historias de venganza giran alrededor de esta historia arquetípica. De lo que siente la víctima y de los siente el vengador. Y de las dos morales. De la moral de la víctima y la del vengador.

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