Pensando la pandemia, 2

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MEMENTO MORI

La pandemia que nos azota, ese feroz enemigo invisible que nos desafía de un modo cruel y que se nos hace tan arbitrario, a la vez que democrático, por eso de no respetar clases, grupos étnicos, regiones del globo, constituye, entre tantas otras cosas, una oportunidad para pensarnos a nosotros mismos como especie.

En julio de 2011, publiqué un texto sobre la Singularidad Tecnológica donde cité las al inventor y futurista Ray Kurzweil, quien en su libro The Singularity is Near escribió sobre el impacto que tendría este evento en la radical extensión de la duración de la vida humana: Vamos a ganar poder sobre nuestros destinos. Nuestra mortalidad va a estar en nuestras manos. Seremos capaces de vivir tanto tiempo como queramos. Es decir, para Kurzweil, el ser humano de los tiempos de la post-singularidad podría incluso dejar de ser mortal y, emulando a los dioses, alcanzar una inteligencia hoy insospechada e incluso la inmortalidad. Sin duda, esa visión y ansia de inmortalidad, supone, a la vez, un orgullo y una arrogancia sin límites. Un instante de hubris de la humanidad contemporánea. Contrasta con este individuo de los tiempos próximos a la llegada de la prometida singularidad tecnológica, aquel temor que tenía la Antigüedad, de que un hombre fuera asaltado por un exceso de orgullo y arrogancia. El delirio de creerse inmortal, o de creer que puede llegar a serlo constituiría uno de esos actos de arrogancia. Para evitar que esta clase de delirio asaltara a hombres poderosos, los filósofos le recordaban al hombre que no debía olvidar nunca la inevitabilidad de su muerte. Nos cuenta Tertuliano que a todo general romano le era designado un esclavo que le recordaba continuamente que era solamente un hombre, y que no olvidara que iba a morir (Respice post te. Hominem te memento). Algunos opinan que esta historia es simplemente una ficción moralizante de ese apologeta del Cristianismo. Sin embargo, a lo largo de la historia, la preocupación por recordarle al hombre que no es inmortal y que no debería aspirara a serlo no fue solamente un producto derivado de la moral cristiana.

El mundo contemporáneo, regido por sus dinámicas de cambio acelerado, deslumbrado por el potencial de la tecnología y los logros que ha mostrado tener la inteligencia artificial, quiso creer que el memento mori era una tradición (una práctica cultural, y una clase arte) que había perdido total vigencia. Y quizás algunos creyeron que era necesario dejarla olvidada si queríamos, como lo han expresado claramente los posthumanistas, llegar a ser inmortales. Pero en este año 2020 reapareció la muerte con el rostro de esta terrible pandemia. El sufrimiento y la muerte que ésta ha producido, en una extensión tan vasta, con esa aparente ausencia de lógica y justicia, con esa arbitrariedad tan irritante, es algo que no encaja en un mundo desencantado, del cual habíamos expulsado a escobazos a los dioses, espíritus, fuerzas invisibles. Pero, un mundo del que olvidamos desplazar a esos seres casi invisibles, tan ligeros como un espíritu, que son los virus, y que en este caso ha llegado, este nuevo coronavirus, como heraldo de la muerte. La pandemia es nuestro memento mori. Es el evento que hace absurdo el sueño de la inmortalidad. Aquel que nos muestra a los humanos como mucho mas pequeños, más frágiles, más vulnerables de lo que hemos creído ser. Como más hambrientos de Dios, de dioses, de espíritus, de fuerzas invisibles y etéricas. Deseos inefables de que nos hable con susurros, palabras o con signos o símbolos crípticos que nos indiquen cuándo y cómo va a terminar el horror de pánico, sufrimiento, angustia y muerte que estamos viviendo.

La pandemia parece emular en una escala inimaginable los actos a los que nos han acostumbrado los asesinos en masa (sociópatas de raza blanca o fundamentalistas islámicos) de las escuelas, iglesias o centros comerciales de cualquiera de los cinco continentes. Esos eventos de asesinato en masa los logramos encajar en nuestra cotidianidad. Llegaron a formar parte de nuestra vida corriente sin producirnos mayor asombro. Sin ser capaces de violentar el patrón uniforme de nuestras respuestas inútiles a tales eventos de muerte localizada, puntual. Ésa es la tragedia. Que fuimos capaces de acomodar, otorgarle un puesto disimulado en la máquina que mueve a la sociedad contemporánea. Con lo que hemos normalizado el acto de horror. De un modo semejante a como hemos sido capaces de normalizar los terribles actos perpetrados por gobiernos tiránicos, despóticos, genocidas. Cuando hablo de normalizar quiero referirme a que nada de lo que decimos o hacemos cada vez que llega a los decisores, información sobre un nuevo evento de asesinato en masa, o sobre las violaciones graves a los derechos humanos que perpetra un gobierno, logran un cambio eficaz en el estado de cosas para que en el futuro cercano no se repita ese evento, capaz de producir el sufrimiento o la muerte de uno, diez, cien, o miles de seres humanos.

Esos eventos de horror aislados, esa clase de muerte, la pudimos convertir en una pieza que encajaba bien en nuestro mundo postmoderno y, como diría Bauman, de cambio líquido. Lo que no encaja con nuestro mundo líquido es esta pandemia. Un evento al que imaginamos hasta hace poco (si es que alguna vez lo llegamos a imaginar) como inconcebible, como perteneciente a una Edad superada de la humanidad y de la historia. Como propio de un mundo de miseria, de guerras, de pobreza, de oscurantismo, de impotencia ante los designios ciegos del azar y de la naturaleza. La pandemia nos arroja en un mundo al que fácilmente puede secuestrar el milenarismo apocalíptico.

Y lo curioso, y trágico, es que la diferencia entre esta pandemia y esos eventos de horror localizado es que intuimos, en lo profundo, que tenemos la capacidad, si lo deseáramos, de acabar con los asesinatos en masa, o con los gobiernos tiránicos, despóticos, totalitarios, genocidas. Por eso, por esa susceptibilidad del horror localizado a una intervención humana que nunca ocurre (pero que podría ocurrir si las voluntades y fuerzas de los poderosos actores que deciden el destino de la humanidad se pusieran de acuerdo), es que podemos encajar esos eventos en nuestro mundo. Pero la pandemia es diferente. Sabemos que no importa la alineación o concertación de los más poderosos. Aun cuando ellos lo deseen, no podrán detener la pandemia en el momento en que decidan. Ella no obedece. Es más bien ella la que decide quién muere y cuándo. Ella tiene su tiempo. Lo que no nos exime de asumir la obligación de enfrentarla. Y al hacerlo, estar determinados a triunfar sobre ella. Y cuando logremos este objetivo, recordarnos que nunca más debemos tomar la vida como un hecho. Porque no es entregarse a la muerte la lección que derivo de la pandemia, sino más bien recordar que la vida siempre la debemos vivir y-parafraseando lo que dice el poeta (Do not go gentle into that good night)-, no avanzar jamás mansos hacia los brazos de la muerte. Aunque ella sea siempre un destino final inexorable.

 

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