Los cuatro enamorados de la Dama de Ariwara

La Madre del Capitán Shigemoto, Junichiro Tanizaki

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Junichiro Tanizaki

Junichiro Tanizaki, fallecido a los 79 años en 1965, fue un escritor japonés conocido en Occidente por un estilo literario que trataba lo real y lo imaginario, lo actual y lo ocurrido en el pasado remoto, con el respeto y la delicadeza de un artesano de la filigrana. Ese estilo peculiar se puede apreciar en la novela Algunos Prefieren las Ortigas, y el ensayo El Elogio de las Sombras (que no debe confundirse con Elogio de la Sombra, libro de poemas de Jorge Luis Borges). La Madre del Capitán Shigemoto es una novela cuyo lirismo y sosiego no ocultan el hecho de que lo esencial de la historia es la extraordinaria belleza de la Dama de Ariwara—nieta del gran poeta Ariwara Narihira—y la adoración, pasión y deseo que despierta en quienes han tenido la dicha de estar próximos a ella y, lo que es más raro e improbable, haber sido amados por ella. La novela, que narra hechos sucedidos en China durante el siglo X, nos relata que se cuentan entre estos afortunados: el anciano Fuwiwara Kunitsune, ministro de la Izquierda de Kan´in e hijo del Consejero Medio Provisional Nagara, quien contrajo matrimonio con la Dama de Ariwara, cuando ella tenía 20 años y él más de 70; el sobrino del anterior, Fujiwara Tokihira (alias Shihei), ministro de la Izquierda, el hombre más poderoso de su tiempo, quien luego de escuchar sobre la belleza de esta dama decidió que iba a hacerla suya (seguro pensando que, llegado el momento, la abrumadora diferencia de edad con su esposo jugaría a su favor); Taira Sadafun (alias Heiju), subcomandante de la Guardia Militar, empedernido e impertérrito mujeriego, seductor y poeta, que lamentará haberla perdido, luego de que el poderoso Shihei se la lleve a su casa mediante sus argucias; y el capitán Shigemoto, hijo de Fujiwara con su joven esposa; quien tenía menos de cinco años cuando Shihei se llevó a su madre, la Dama de Ariwara.

El momento crucial de la novela es la noche en la que el exceso de alcohol ingerido por Kunitsune, debilita su voluntad, turba su entendimiento, y actúa de un modo del que luego se arrepentirá o, al menos, hallará bastante inexplicable. Cuando faltaba muy poco para que cumpliera 80 años, justo al final de un banquete que había organizado Kunitsune en honor de su sobrino Shihei, las cosas evolucionaron de tal modo a lo largo de la velada, que súbitamente Kunitsune pareció renunciar voluntariamente a su esposa para cedérsela a su sobrino ante las miradas atónitas de invitados y amigos. Sin haberlo podido evitar e incluso sin darse cuenta, el anfitrión había caído en una trampa sofisticada que Shihei había urdido con suma antelación con el fin de llevarse a su casa a la joven esposa de su tío. Le habían sido suficientes, galanteos con regalos ostentosos (al tío no a su esposa) y un uso hábil y zalamero de las palabras. Su cándido tío (en un acto impulsivo que quizás ingenuamente creyó que iba a ser tomado como una prueba de lealtad y generosidad) entregó voluntariamente su mujer a su sobrino quien, por supuesto, nunca la devolvió.

La novela contrasta sutilmente el amor de los cuatro hombres por la Dama de Ariwara, los actos que realizan movidos por este amor, y las palabras que funcionan como su antesala o su despedida. Shihei, epítome del hombre de poder y de acción es, entre los cuatro, aquel que menos habla su amor. A lo largo de varios meses planeó cómo conseguir su propósito, hasta que llegó el día en que puso en práctica la última etapa de su plan. No sabemos qué dijo o hizo cuando se la llevó a vivir con él. Es posible que su muerte prematura cuatro o cinco años después de raptarla, no le haya permitido disfrutar lo suficiente de su codiciada y adorada presa. Heiju le había escrito algunos poemas a la Dama de Ariwara antes de que la raptara Shihei. Aunque no se narran con detalle sus encuentros furtivos, se supone que se vieron y prometieron amor antes del rapto, y que, después de que éste ocurriera, lloraron el amor perdido. Heiju persuadió al niño Shigemoto a actuar como correo, y le escribió sobre la piel de su brazo poemas a su madre; seguro siempre lamentó no haber sido más persistente cuando su amada todavía vivía en casa de Kunitsune y era una presa más fácil. Pero las tretas y ardides que le jugaba la cruel y hermosa Jiju, lo distrajeron de su despecho. Aunque cabe la posibilidad de que hayan sido esas mismas tretas la causa de su muerte. Tristemente, Heiju, por ocuparse de tantas mujeres, nunca disfrutó como debía de esa dichosa (y peligrosa) circunstancia que es el amor correspondido de una hermosa mujer casada.

Está también el amor desesperado de Kunitsune, el anciano y cándido esposo. Su peor castigo es su deseo. Esto me recuerda al del profesor David Kepesch, el protagonista de esa novela tardía y melancólica de Philip Roth titulada Animal Moribundo. A semejanza de Kunitsune, Kepesch es también mucho mayor que su amante Consuela Castillo (con una diferencia de edad más cercana a 40 que a 50 años). Pero si en la dama medieval, es su belleza fresca y fulgurante lo que su anciano esposo admira y goza, especialmente cada vez que le hace amor, si es ésa la belleza que Kunitsune no puede olvidar), de Consuela, Kepesch admira fetichistamente sus impresionantes y esculturales pechos, ellos mismos una obra de arte. Kepesch acosado y enceguecido por sus celos, y por la inseguridad que le produce la diferencia de edad, se conduce del peor modo posible y termina su relación. Para olvidarla, Kepesch puede recurrir a otra mujer (en la que es posible que admire otra parte de su cuerpo). En cambio, para olvidar a la Dama de Ariwara, Kunitsune se dedica a la práctica de una estremecedora técnica budista que tiene como propósito la extinción del deseo: La Contemplación de la Impureza, de la carne. Que Kunitsune practica esta técnica lo descubre por azar el capitán Shigemoto. Cuando era un niño de siete años decidió un día seguirlo con sigilo hasta el cementerio donde, desde lejos pudo contemplar a su padre meditando frente a un cadáver que era comido por gusanos. Se supone que la meditación sobre el destino de podredumbre que le espera al cuerpo que anhela y lo desvela—lo cual está asociado a la consideración de que “nuestros cuerpos son impuros en todo momento, aún antes de nacer y después de morir”, tal como le explica Kunitsune al niño Shigemoto aquella noche—debería confortar al anciano. Sin embargo, a la pregunta de su hijo sobre si ha alcanzado la iluminación gracias a la práctica de esta técnica, Kunitsune le responde que no. Dominar la Contemplación de la Impureza no es tan fácil como parece. Fracasa pues, a pesar de lo mucho que se había esforzado, ni siquiera el rigor de esa técnica había logrado apagar su deseo. Pienso que este drama acerca a Kunitsune, como lo hace a David Kepesch, al sentimiento del poema Sailing to Byzantium del irlandés William Butler Yeats:

Consume my heart away; sick with desire/ And fastened to a dying animal

(Extingan mi corazón enfermo de deseo /Y atado a un animal moribundo)

Estos versos designan la tragedia del hombre que entra en la vejez sin merma de su deseo. Pero no es solamente el cuerpo el que ignora (y olvida) que ha envejecido, y persiste en albergar dentro de él un deseo insaciable. Es también el corazón el que no se doblega ante la proximidad de la muerte y la inanidad a que ésta está asociada. Un corazón al que la belleza breve de la carne estimula dolorosamente, para que de él mane un amor preñado de deseo. Un corazón que, en el cerebro cansado y débil del poeta (y en el del amante), se confunden y recombinan amor y deseo. Un corazón que no se percata de que está amarrado a un cuerpo que con el paso del tiempo se hará cada día más débil. De suerte que sólo la extinción del cuerpo será capaz de extinguir el corazón y con éste el deseo que de él mana.

Finalmente, está el amor del capitán Shigemoto, quien sólo recuerda haber visto una vez a su madre, cuando era un niño de unos cinco o seis años, y por muy breves instantes. Su amor es muy diferente del que sienten los otros tres por la Dama de Ariwara. Shigemoto recuerda durante años aquel rostro de su madre que pudo contemplar por unos instantes la vez que ella leyó el poema que Heiju le había escrito sobre la piel del brazo. Al terminar de leer ese poema “vió que su madre miraba hacia la oscuridad con los ojos llenos de lágrimas. Fue en ese momento cuando verdaderamente pensó que su madre era bella: un reflejo del sol de primavera acababa de pasar por su rostro en aquel preciso instante, destacando en nítido relieve los contornos que hasta entonces Shigemoto solo había visto en interiores profundos y oscuros. (…) La imagen de sus facciones en aquel instante, y el impacto de su belleza se grabaron a fuego en su mente y ya no se desvanecerían jamás”. Cuarenta años más tarde, un día que pasea por el bosque, Shigemoto se volverá a topar con su madre, a la que divisa desde lejos, primero, “como un objeto blanco, vaporoso, que aleteaba bajo el cerezo”. Cuando se acerca, Shigemoto la reconocerá. Y, como en la escena de las magdalenas de Proust, luego de abrazarla, caer al suelo de rodillas, y pronunciar la palabra Madre, [e]l recuerdo de aquel día de primavera cuarenta años atrás, cuando ella le acunó en sus brazos detrás de las cortinas, súbitamente cobró vida, y en el mismo instante se sintió convertido en un niño de cinco o seis años”. Sólo en Shigemoto, la impronta de sensaciones que le dejó ese ser amado único que era su madre, funcionó como vehículo e instrumento que le permitió al amante recuperar el tiempo pasado en una epifanía final.

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