Las tribulaciones de un autodidacta romántico

Francis Scott Fitzgerald, Great Gatsby

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Leonardo Di Caprio en el papel de El Gran Gatsby

 

I

Hay quienes optan por elegir mentores e inventarse al personaje en el que desean convertirse, modelando sus rasgos lentamente, con improbables herramientas y gran esfuerzo. Éste fue el caso de Jay Gatsby, el enigmático protagonista de la segunda novela que escribió Francis Scott Fitzgerald, publicada en 1926. Desde muy temprano en su vida, Gatsby inició la labor de educarse a sí mismo— lo que lo definía como un autodidacta— , para convertirse en alguien importante. En la novela, el anciano padre de Gatsby, quien había sido un humilde granjero, le muestra a Nick, poco antes del funeral de su hijo, un arrugado ejemplar de Hopalong Cassidy, un libro que había leído su hijo en 1906, cuando era un niño. En la contraportada, Gatsby había anotado listas de sus tareas diarias y resoluciones: no perder tiempo, no fumar, leer un libro o una revista por semana, ser bueno con mis padres, etc. Su padre había conservado con orgullo ese libro. Lo leyó como una profecía de lo que su hijo podría lograr (llegar a ser). Luego Gatsby crecería y, ya adolescente, para ganarse algún dinero, se dedicaría a la búsqueda de almejas y la pesca de salmones. Hasta que un día, cuando tenía 17 años, conoció a Dan Cody en su impresionante yate en el Lago Superior. Cuando éste lo llamó para que se acercara, el joven James Gatz decidió que se iba a llamar de otro modo. En ese instante nació Jay Gatsby. Toparse con Cody fue una oportunidad para transformarse en aquel con el que había soñado ser. Quizás creyó que al rebautizarse se le facilitaría la transformación radical que buscaba realizar en sí mismo. Luego de trabajar cinco años a su lado como su asistente personal, Cody un día se murió y le dejó una herencia de 25 mil dólares que Gatsby nunca pudo cobrar. Fue así como, el encuentro con Cody lo decidió a actuar su vida, y representar de manera admirable el papel de Jay Gatsby.[1]

Cuando años después, en 1917, conoció a Daisy Fay, este encuentro fue equivalente a que le dieran la oportunidad de hacerle una corrección final al guion con el que modelaba su vida. Ocurrió como si antes de conocer a Daisy, la vida de Gatsby hubiese sido solamente una sucesión de borradores. Al enamorarse de Daisy consiguió la pieza que le faltaba para definir definitivamente su papel. A partir de entonces comenzó la ejecución de ese acto, buscando que ésta fuera tan perfecta y absoluta que ni siquiera Daisy, que lo conocía íntimamente, se diera cuenta de que, el hombre que conoció y llegó a amar era tan solo un personaje que recitaba su guion, a poor player, that struts and frets his hour upon the stage como dijo Macbeth.

Gatsby conoció a Daisy cuando estaba en Camp Taylor, antes de irse a la guerra, a combatir en el 28 Regimiento de Infantería de la Primera División. Con 18 años, Daisy era la chica más popular de Louisville, Kentucky. Jordan Baker, que era amiga de Daisy, le cuenta un día a Nick, que Daisy solía vestir de blanco y conducir un convertible blanco. En su casa, el teléfono sonaba todo el día. La llamaban entusiasmados oficiales de Camp Taylor para que les concediera el privilegio de monopolizarla una noche. Jordan recuerda el día en que la vió en compañía de un teniente: The officer looked at Daisy while she was speaking, in a way that every young girl wants to be looked at sometime, and because it seemed romantic to me I have remembered the incident ever since. His name was Jay Gatsby.[2]

Debe haber sido algunos días después de esa escena, cuando Gatsby se dio cuenta de que se había enamorado de ella. Lo hizo sabiendo que, para casarse con ella, y estar a su lado por el resto de su vida, tendría que haber sido el dueño de una gran fortuna. Gatsby creyó que Daisy correspondería a su amor con la misma persistencia y ansia de eternidad que él, aun cuando carecía de bienes de fortuna. Una noche de octubre la había poseído: voraz e inescrupulosamente. He had intended, probably, to take what he could and go. But now he found he had committed himself to the following of a grail. He knew that Daisy was extraordinary, but he didn´t realize just how extraordinary a “nice” girl could be[3] (p. 155). Fue la intensidad de su amor lo que lo hizo creer que entre ellos el amor nunca moriría y que nadie nunca se interpondría. Vino junto con esa epifanía su decisión de crearle una narrativa al personaje en el que se había convertido, que fuera consistente con la clase, buen gusto y conocimiento del mundo que deseaba proyectar. Aun cuando su metamorfosis había comenzado más de cinco años atrás (cuando conoció a Cody), el amor le ofreció un camino de redención moral y espiritual. Como si no hubiera importado qué clase de transgresiones morales o legales tuvo que hacer para acumular la fortuna que ganó, su amor por Daisy lo purificaba y redimía. Su persistente e incólume amor a Daisy (a la idea que se hizo de ella) fue así su camino expiatorio.  De modo que cuando Gatsby se despide de Daisy espera, nada menos, que la esperanza de amor eterno entre ambos se convierta, a su regreso, en una realidad. Pero el único activo que tiene en su haber luego de que termina la guerra son los cinco meses de estadía en Oxford, que le dieron como premio a su extraordinario desempeño como militar. Y eso, junto a sus buenas maneras, elegancia y su conducta y elocuencia propia de un caballero, no serán suficientes. Gatsby tendría que hacerse de una gran fortuna para atrapar y retener el corazón de Daisy.

Fue el hambre el que le señaló a Gatsby el camino de la fortuna. Luego de deambular por las calles de Nueva York durante varios días, el azar lo llevó a toparse con Meyer Wolfshiem, quien desde entonces actuaría como su mentor en los negocios. Wollfshiem conoció a Gatsby con su uniforme de mayor (no tenía otra ropa), cuando recién había regresado de la guerra y el pecho cubierto de medallas. Llevaba dos días sin comer y le pidió trabajo. Impresionado por su buena imagen y elegancia, decidió ayudarlo a iniciar una próspera carrera. Debe haber tenido un talento especial para la clase de negocios tremendamente lucrativos en los que lo metió (y que le produjeron a Nick no poca aprehensión). Gracias a estos negocios, Gatsby pudo comprar su casa en Long Island, con sólo tres años de trabajo.

Y sin embargo, por más que Gatsby parecía desempeñar a la perfección su papel de caballero, a Tom y a tantos otros iguales a él no los logró engañar. Lo reconocieron como un impostor. Quizás porque se le olvidó incorporar en su personaje detalles de conducta, códigos o reglas tácitas de habla o interpretación que eran comunes en Tom y su grupo. O quizás porque nadie podía explicar convincentemente el origen de su fortuna. Y para Tom, el hecho de que Gatsby no pudiera suprimir las dudas e incertidumbre que despertaba en todos, era razón para condenarlo, social y moralmente. Pero el lector puede darse cuenta de que la hipocresía de Tom era peor que cualquier incertidumbre o impostura. No solo porque engañara a Daisy con Myrtle, la esposa de Wilson, el dueño del taller mecánico. Sino por su moral segregacionista basada en una cultura construida con libros como The rise of the Coloured Empires, de Goddard (título que sería una paráfrasis del libro de Lothrop Stoddard, The Rising Tide of Color Against White World-Supremacy, publicado en 1920). Este libro, que identificaba las amenazas al supremacismo blanco, habría sido un deleite para el nazismo o el racismo norteamericano.

II

Gatsby era, sobretodo, un poeta y un creador. Así lo describe Nick al comienzo de la novela: [He] represented everything for which I have an unaffected scorn. There was something gorgeous about him, some heightened sensitivity to the promises of life (…).This responsiveness had nothing to do with that flabby impressionability which is dignified under the name the ‘creative temperament’. It was an extraordinary gift for hope, a romantic readiness such as I have never found in any other person and which is not likely I shall ever find again; no—Gatsby turned out all right at the end. It is what preyed on Gatsby, what foul dust floated in the wake of his dreams that temporarily closed out my interest in the abortive sorrows and short-winded elations of men[4].

A Nick le pareció que Gatsby representaba todo lo que él despreciaba. Y sin embargo, lo admiraba y llegó a sentir por él un gran afecto, probablemente porque el afecto sesga el juicio. Pero también porque Nick era lo suficientemente sensible e inteligente para saber que Gatsby estaba por encima de la bajeza y mezquindad de las historias que se contaban sobre él. Como las que contaron las dos muchachas que acompañaban a Jordan Baker en la primera fiesta de Gatsby a la que Nick asiste: “Somebody told me they thought he killed a man once”. (…) “I don´t think it´s so much that” (…)it´s more that he was a German spy during the war, (…) Oh no,…it couldn´t be that, because he was in the American army during the war.(…) I´ll bet he killed a man[5]. Esa clase de historias las alimentaba el carácter reservado de Gatsby. Las alimentaba también las mentiras que contaba sobre su vida. Precisamente para mantener y no para despejar la incertidumbre y el misterio. Es posible que estuviera convencido de que la riqueza debe siempre tener una conexión especial con el misterio. Esa manera peculiar de preservar el misterio fue interpretada como impostura (y por tanto no pertenencia) por Tom y otros hipócritas habitués de las fiestas de Gatsby, que lo veían con insensibilidad, malicia y envidia.

A uno de esos divulgadores de rumores se consiguió un dia Nick en la biblioteca de la casa de Gatsby, a la que había entrado por curiosidad durante una fiesta. Era un invitado ebrio e impertinente que le comentó con sarcasmo que los libros eran reales y no mampostería. Y luego sacó del estante el primer volumen de las Stoddard Lectures (probablemente otra apología del supremacismo blanco por el mismo autor, pero con su apellido no alterado), y le muestra que las páginas estaban cerradas. De lo que se deducía que Gatsby no lo había leído. Ese comentario nos sugiere que el impertinente fisgón era un asiduo lector del autor racista (el del mundo real o el de su alter ego apócrifo). Nos informa además que Gatsby tenía en su biblioteca los libros de los autores que él sabía eran leídos por sus invitados, con la esperanza de que éstos los vieran, y pensaran que él era semejante a ellos. Pero no hacía su tarea completamente, porque no perdía su tiempo leyendo esa clase de libros. Jugó a parecerse a ellos. Es obvio que nunca deseó seriamente lograrlo.

Nick eso lo supo. Intuía que, más allá de las fastuosas y legendarias fiestas que ofrecía, que eran un derroche espléndido de dinero y de lujo (en las que nunca se vió a Gatsby disfrutando sino, por el contrario, siempre distante, observando desde algún puesto privilegiado, la dinámica de la fiesta, como lo podría haber hecho un científico social), residía un hombre con una personalidad a la que su amor persistente, inagotable, infatigable y obsesivo por Daisy le confería un carácter alegre, luminoso y esperanzador que lo hacía radicalmente diferente de todos ellos. Gatsby tenía una originalidad de la que quizá nunca estuvo consciente y, si no hubiera estado rodeado de gente temible con la que hacía negocios ilegales u oscuros (los rumores decían que era un bootlegger, o comerciante ilegal de bebidas alcohólicas durante la Ley Seca), se podría haber dicho que tenía un candor inocultable. Complementa esta opinión, el hecho de que el Rolls Royce color crema que conducía; el aeroplano que volaba y al que invitó una vez a Nick a que lo acompañara; las orquestas que tocaban en sus fiestas piezas como la Jazz History of the World, del célebre Vladimir Tostoff, which attracted so much attention at Carnegie Hall last May” (que como el libro de Goddard son apócrifos); la champaña que ofrecía en ellas con la generosidad que lo caracterizaba; las hermosas camisas, con el monograma bordado en hilo azul, que arrojó sobre su cama para que las admirara Daisy el día que los llevó a Nick y a ella a que conocieran su habitación; incluso la piscina en la que flotaba ingenuo cuando al final Wilson lo asesinó; todos esos bienes y símbolos de lujo y opulencia eran elementos que necesitaba para su actuación, de los que podía prescindir en cualquier momento, pues no se aferraba a las cosas, tan sólo lo movía el deseo de reunirse con Daisy; retomar la relación justo en el momento en que la había interrumpido. Y conservar lo que fuera necesario para retener a Daisy por el resto de su vida. ¿Que Gatsby mentía? ¿Que le había mentido incluso a Nick, el día que salieron a pasear en su Rollls-Royce, y le dijo que sus padres eran gente rica del Medio Oeste, y que había estudiado en Oxford, al igual que varios de sus ancestros, porque eso era una tradición familiar? Es cierto. Pero la última noche que estuvieron juntos conversando Nick y Gatsby—la noche anterior a la aparición súbita de Wilson en la casa de Gatsby para asesinarlo, vengando un acto que solo Nick sabía que él no cometió—le contó su verdadera historia. Le confesó que sus padres eran humildes granjeros, que había sido pescador de almejas o salmón, hasta que un día conoció a Dan Cody, quien lo empleó y le enseñó a comportarse como un gran señor. Y que desde ese dia se llamaba Jay Gatsby.

 

III

No fue solamente el acto de darse cuenta de lo extraordinaria que era Daisy lo que lo hizo enamorarse. Fue también que ella lo deslumbró.  Esos días que pasó con Daisy, antes de partir a la guerra, le hicieron creer que la riqueza ilumina y embellece a quienes la poseen. Por ello veía a Daisy como la más atractiva, deseable, resplandeciente y fulgurosa; porque ella pertenecía a una de las más ricas familias de Louisville, dueña de una casa impresionante.

Gatsby was overwhelmingly aware of the youth and mistery that wealth imprisons and preserves, of the freshness of many clothes, and of Daisy, gleaming like silver, safe and proud above the hot struggles of the poor[6].

Me detengo a examinar la idea de Gatsby de la riqueza como una jaula dentro de la cual es posible retener y preservar la juventud y el misterio. En la novela, la representación más concreta y específica de esa riqueza-jaula es la idea de casa. Fitzgerald desarrolla la trama alrededor de tres casas, cada una de las cuales tiene un simbolismo distinto y clave. Está la casa resplandeciente y luminosa de Daisy en Louisville, una casa diurna con The largest of the banners and the largest of the lawns. Gatsby intuía que las habitaciones y corredores, espacios ubicados en el nivel superior de esa casa hermosa y radiante, despedían de su interior una fragante frescura que se derramaba por toda esa casa, que jamás olió a rancio o a viejo. E imaginó también que esos espacios pudieron haber albergado insólitas historias de amor y eso lo estimulaba y alimentaba su pasión por Daisy. Esta casa, hasta el final, permanecerá en el recuerdo de Gatsby como referencia y como ideal, como modelo de luz y símbolo de su amor por lo más puro que yacía en el corazón de Daisy.

Está también la casa-mansión que se compra Gatsby en el West Egg, en Long Island, lugar donde viven los nuevos ricos. A semejanza de su dueño, esta casa es una impostura, puesto que imita a un Hotel de Ville de Normandía y podría no ser capaz de preservar the youth and mistery, como lo hacía la casa de Daisy. Gatsby suele encender de noche las luces de su casa, y hacer que ésta emule la casa de Daisy, y evoque esa luz que iluminaba sus salones, habitaciones y corredores. O puede ser que lo que buscaba encendiendo esas luces era evocar a Daisy, quien vive justo frente a su casa, en la orilla opuesta de la bahía. A diario Gatsby contempla desde su casa la casa de Daisy, en la que se enciende, al final del muelle, una luz verde cuando cae el sol. Quizás es su instante de meditación sobre lo cerca que había llegado de realizar su sueño.

Y está la casa de estilo georgiano de Tom Buchanan y Daisy, a la orilla de la bahía, en el East Egg, donde viven las familias con riqueza y tradición. Nick denomina a esta casa y las adyacentes como palacios blancos de buen gusto del East Egg. Refulgiendo a lo largo del agua.  Daisy era un pariente lejano de Nick. Y a Tom lo había conocido cuando estudiaba en Yale. Tom, que provenía de una familia extremadamente rica, a los 21 años era una estrella del fútbol nacional. A los treinta, cuando se reencontraron después de la guerra en Long Island, Tom se había convertido en un hombre que, desde su fornida complexión, privilegiada posición económica y cultura de supremacista blanco, miraba a todos con la misma arrogancia. Quizás a Nick le parece que Tom no se merece a Daisy. Porque le es infiel y porque no comparte sus ideas sobre el mundo. Y quizás porque compara la sinceridad y pureza del amor de Gatsby por Daisy, contra el de Nick y piensa, quiere creer, que Daisy se merecía a alguien como Gatsby. Un amor cuyas tozudez y candor hasta el final lo dejaron perplejo. Prueba última de lo que Gatsby sentía hacia Daisy son las palabras que le dice en su casa la última vez que conversaron, la madrugada después del arrollamiento: I don´t think she ever loved him(…) Of course she might have loved him just for a minute, when they were first married-and love me more even then.[7] Es difícil no calificar como candor esa afirmación luego de todo lo que había pasado. Gatsby, quien aunque tenía la fortuna no tenía las credenciales (la tradición) y por tanto no podría haber vivido en el East Egg. Pero tampoco lo hubiera deseado. Esta casa es importante por esa luz verde. Por lo que ella le recuerda a diario a Gatsby cuando se enciende: Que ha llegado muy cerca de su sueño.

Esas tres casas definen un espacio de goce y disfrute; de puntos de trasvase de emociones y sentimientos; de lugares para la ensoñación; de jaulas o cofres que preservaban recuerdos que se diluían; de esperanza y de espera de un futuro que nunca llegó. Y está también una cuarta casa. La modesta casa que arrienda Nick, adyacente a la de Gatsby. La eligió porque le pareció el lugar apropiado para concentrarse unos meses en el estudio de libros de banca, crédito y valores. Y aunque no lo sabe al principio, su casa se convirtió en el punto espacial y moral en el que se ubicó el narrador cuando contó la historia. Esa casa tuvo como sesgo lo que al principio era una simpatía y al final un afecto profundo y admiración hacia la peculiar energía, entusiasmo y originalidad de Gatsby. Fue esa posición empática y simpática la que lo movió a pronunciar esa frase que parece una sentencia sobre Tom y el resto del grupo, incluyendo a Daisy, cuando se están por despedir la madrugada después del arrollamiento de Myrtle: They-re a rotten crowd. (…) You´re worth the whole damn bunch put together[8].

La casa de Nick juega un papel clave en el desarrollo de la trama novelesca pues en ella se produce el primer encuentro entre Gatsby y Daisy, luego de su separación en Louisville. Aun cuando pueden no haberse dado cuenta de inmediato, ese encuentro estuvo enmarcado dentro del antiguo dilema (planteado por Heráclito) acerca del misterio del ser y el devenir: En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos ] [9]. Son los mismos y no lo son. Gatsby ahora es rico. Daisy ahora está casada con Tom y tiene un hijo. Ni el amor puede ser el mismo, ni la relación es probable que evolucione como lo hubiera hecho años atrás. Gatsby creyó que sí hasta el final. Aquella tarde en que se volvieron a ver después de tanto tiempo, Daisy no pudo evitar dejarse seducir hasta que la envolviera por completo la intensa y apasionada ilusión de Gatsby. La había sobrepasado. “He had thrown himself into it with a creative passion, adding to it all the time, decking it out with every bright feather that drifted his way.[10]

 

IV

En su imaginación romántica, no era el futuro lo que Gatsby persiguió con tanto afán, sino el pasado. Luchó incesantemente por regresar a aquel momento exacto anterior a su partida a la guerra. Aquel momento en el que todavía los dos creían que tenían un futuro común. Lo que me lleva a recorder a T.S. Eliot cuando dice en Burnt Norton: What might have been is an abstraction /Remaining a perpetual possibility / Only in a world of speculation. /What might have been and what has been / Point to one end, which is always present[11]. Creo que no hubo nunca espacio para la especulación en la relación que ellos decidieron no continuar. Realmente porque, en primera instancia, no hubo espacio para la decisión. Las cartas estaban echadas. Gastby tenía que partir a la guerra. Y aún si no lo hubiera hecho, si hubiese actuado como un desertor (lo que no era coherente con su estructura moral) no tenía bienes de fortuna. No hubo escenarios alternos. Decisiones que los hubiesen conducido a una relación de amor hasta que la muerte los separase. Consciente de que tenía ese amor en su haber, a Gatsby lo único que le quedó como opción fue hacerse lo más pronto posible de una fortuna y perseguir (como si hubiese sido Parsifal buscando el Grial), escenarios imposibles junto a Daisy.

La breve relación de amor que construyó con Daisy antes de partir a la guerra se prolongó durante algunas semanas gracias a la ignorancia de ella sobre la verdadera posición económica de Gatsby y su familia. Con la intención de recuperar ese instante, apenas regresó de la guerra, realizó un viaje a Louisville y se quedó una semana recorriendo las calles y lugares en los que había pasado los mejores momentos con Daisy. Y pasó por delante de la casa de Daisy. Durante esos siete días, no le importó que ella ya no viviera ahí sino en Long Island con Tom y su hijo. Había llegado de la guerra con un hambre de la más intensa ilusión, y de la dulce melancolía de la que disfrutó esos días en Louisville, rememorando el tiempo pasado junto a Daisy, cuando se amaban y nada se interponía entre ellos. Y es posible que en esa ocasión se diera cuenta de que regresar juntos a ese momento pasado sería imposible. Pero olvidó esta certeza y se empeñó en perseguír un imposible.

He left feeling that if he had searched harder he might have foundthat he was leaving her behind. (…)He stretched out his hand desperately, as if to snatch only a wisp of air, to save a fragment of the spot she had made lovely for him. But it was all going by too fast now for his blurred eyes and he knew that he had lost that part of it, the freshest and the best, forever (p. 159)[12].

La frase con la que termina la novela es la más conmovedora descripción de la tarea imposible que se había trazado Gatsby el día que compró la casa frente a los Buchanan.

I thought of Gatsby´s wonder when he first picked out the green light at the end of Daisy´s dock. He had come a long way to this blue lawn, and his dream must have seemed so close that he could hardly fail to grasp it. He did not know that it was already behind him, somewhere back in that vast obscurity beyond the city (…) Gatsby believed in the green light, the orgastic future that year by year recedes before us. It eluded us then, but that´s no mattertomorrow we will run faster, stretch out our arms further…and one fine morningSo we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past[13].

Al final, Nick junto con Fitzgerald le recuerdan al lector que todo tiempo pasado es, inexorablemente, un tiempo perdido. Que por mucho que nos esforcemos por intentar negarlo, no podremos recuperarlo. No hay epifanías, mojando las magdalenas en el tilo, que puedan alterar lo que Gatsby hizo o dejó de hacer. Tampoco cabe especulación sobre todos los cursos posibles que hubieran podido tomar los acontecimientos. Ninguna de esas hipótesis sobre “lo que podría haber sido” funcionaban en este caso. Lo único cierto es que, Gatsby no tenía dinero y sin dinero no iba a poder persuadirla convincentemente de que esperase a que él ganase el dinero que logró ganar. Daisy era un caso perdido. Era presa de su crianza de un modo semejante a Tom, Jordan, y el resto de sus amigos. Ninguno de ellos tuvo la decencia de ir a su funeral. Gatsby no sólo se había construido un personaje, con fallas ciertamente. Como en una muñeca rusa, ese personaje había sido una pieza de otra fantasía: Su relación de amor eterno con Daisy. Existió como breve posibilidad durante unos días en Louisville. El resto fue el sueño imposible de un autodidacta romántico, elegante y con pocos escrúpulos que tuvo el coraje de morir defendiendo lo que creyó hasta el final que era una certeza.

 

Epílogo

Más que una meditación sobre los vanos y a menudo ciegos sueños que persiguen los seres humanos, sacrificando sus vidas cuando lo consideran necesario, la novela de Fitzgerald es ante todo una narración de la persistencia de la incorruptibilidad de ciertos espíritus. La educación que Gatsby se propuso ofrecerse a sí mismo, que había comenzado con la pureza y la ilusión de un niño, se torció en algún momento. Fitzgerald parece sugerir que enamorarse de Daisy (en lugar de haber tomado lo que ella le ofreció y haberse luego marchado) fue un error trágico. Un evento que afectó de manera crítica ese carril a lo largo del cual él hubiera deseado avanzar hasta convertirse en un hombre de bien, en una persona parecida a aquel que su padre imaginaba iba a ser. Cabe también especular que el carril se torció antes. El momento en que decidió cambiar su nombre y llamarse Jay Gatsby en lugar de James Gatz, negando así de un plumazo a sus padres y su humilde origen. Cabe imaginar que Dan Cody le enseñó las maneras de comportamiento de un caballero pero olvidó enseñarle valores. Y sin embargo, lo que nos muestra Fitzgerald es que esa madera de la que estaba hecho Gatz o Gatsby era tan noble que su candor se preservó aun cuando avanzaba a lo largo del carril torcido. Que fue impermeable a la envidia, la indiferencia, el rechazo, las habladurías, el desamor, la soledad, el olvido. Fue ese candor junto a su absoluta fe en el amor lo que lo hizo ser consecuente hasta el final, prefiriendo correr el riesgo de morir por Daisy antes que revelar que había sido ella la que había atropellado a Myrtle.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Uno podría preguntarse si Gatsby ensayaba su vida; si lo hacía al menos con escenas particularmente difíciles como, por ejemplo, lo hace Travis Bickle, el solitario y depresivo personaje de Taxi Driver, cuando noche tras noche, se paraba frente al espejo y, sacando la pistola, se preguntaba: “You talkin to me?”La escena completa de Travis parado frente al espejo, repetiría la siguiente secuencia de frases: You talkin’ to me? You talkin’ to me? You talkin’ to me? Then who the hell else are you talkin’ to? You talkin’ to me? Well I’m the only one here. Who the fuck do you think you’re talking to?

 

[2] El oficial la miraba mientras hablaba, de una manera que a cualquier mujer le gustaría ser mirada alguna vez, y como me pareció romántico, siempre he recordado esa escena. Su nombre era Jay Gatsby. (p. 81)

[3] Probablemente había planeado tomar lo que pudiera e irse. Pero luego se dio cuenta que se había comprometido con la persecución de un grial. Sabía que Daisy era extraordinaria, pero no se había dado cuenta de cuán extraordinaria una chica amable podía ser (p. 155).

[4] Quien representaba todo lo que [yo] despreciaba abiertamente (…), tenía un toque maravilloso e iluminado en su personalidad, una sensibilidad superior a las promesas de la vida Esta capacidad de respuesta no tenía nada que ver con esa flácida impresionabilidad que ha sido dignificada bajo el nombre de “temperamento creativo”. Era el suyo un extraordinario don para la esperanza, una disposición romántica como la que no he hallado en ninguna otra persona y que es poco probable que la vuelva a hallar en alguien. No, Gatsby lo hizo perfectamente bien al final; es todo aquello que se aprovechó de Gatsby, el polvo fallido que flotaba en la estela de sus sueños lo que temporalmente liquidó mi interés en las penas fracasadas y las breves euforias de los hombres.

[5]Alguien me dijo que pensaba que una vez mato a un hombre” (…) Yo no creo que haya llegado a eso…más bien creo que era un espía alemán durante la guerra.(…) Oh no!…eso no es creíble porque estuvo en el ejército norteamericano durante la guerra. (…) Juraría que mató a un hombre” (p. 50).

[6] Gatsby estaba absoutamente consciente de la juventud y misterio que la riqueza captura y preserva, de la frescura de sus ropas, y de Daisy, que brillaba como la plata, segura y orgullosa, por encima de las apasionadas luchas de los pobres (p. 156).

[7] No creo que ella lo haya amado nunca.(…) Por supuesto ella lo debe haber amado por un tiempo recién casada. Y luego, incluso me amó más. (p. 158)

[8] Ellos son una masa podrida. (…) Tu vales lo que valdría ese maldito grupo si los pusieran todos juntos (p. 160). Nick comenta que ése fue el único elogio que le dijo jamás a Gatsby. Y confiesa que se alegró de haberlo dicho.

[9] Diels-Kranz, Los fragmentos de los presocráticos, 22 B12

[10] Se había lanzado sobre su ilusión con una pasión creativa que crecía todo el tiempo, a la que adornaba con cada pluma brillante que flotaba en su camino, (p. 103)

[11] Lo que podría haber sido es una abstracción/ que permanence como perpetua posibilidad/ En un mundo de especulación/ Lo que podría haber sido y lo que ha sido / Apuntan a un solo final que es siempre presente. T.S. Eliot, Burnt Norton, 1935.

[12] Él partió sintiendo que, si hubiese buscado más arduamente, él se habría dado cuenta de que la estaba dejando atrás. (…) Extendió su mano desesperadamente, como para atrapar un puñado de aire, recuperar un fragmento de aquel lugar que ella había llenado de encanto para él. Pero todo iba demasiado rápido ahora para sus ojos empañados y él sabía que había perdido esa parte, la más fresca y la mejor, para siempre.(p. 159)

[13] Pensé en cómo se debía haber maravillado Gatsby cuando vio por primera vez la luz verde al final del muelle de Daisy. Había recorrido un largo camino hacia ese césped azul, y su sueño debía haberle parecido ya demasiado cercano como para fracasar en el intento de aprehenderlo. Lo que no sabía es que éste ya estaba detrás de él, en algún lugar atrás en la vasta oscuridad más allá de la ciudad (…) Gatsby creía en la luz verde, en el futuro orgiástico que año tras año retrocede frente a nosotros. Nos eludió entonces, pero no importa—mañana vamos a correr más rápido, extender nuestros brazos un poco más…hasta que una mañana—. Así que continuamos, barcos contra la corriente, transportados incesantemente al pasado.

 

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