Notas a “Sobre la violencia” de Hannah Arendt, 4

HannahArendt6

 

Hannah Arendt

 

 

En esta cuarta entrega de notas a una lectura de Arendt, se trata sin mencionarla explícitamente una idea que Arendt ha desarrollado en obras anteriores: el mal radical. La autora comienza por hacer una suerte de apología al surgimiento de conductas irracionales de furia y violencia ante situaciones extraordinarias (como por ejemplo actos de injusticia o brutalidad que violentan la sensibilidad o la dignidad. Tales conductas demostrarían humanidad y no lo contrario. Lo paradójico es que estas conducta pasionales e irracionales pudieran tener el objetivo de defender la razón o la justicia en casos en que se vean amenazadas o de restituirlas cuando un acto de fuerza las ha desplazado. Pudieran de hecho ser el único camino a tales actos de restitución. Pero son caminos moralmente complicados que para Arendt no les está reservado un lugar claro cuando se retorna a una situación normal.

 Violencia, pasiones y emociones

Arendt sostiene que la violencia no es bestial ni irracional. Y con este planteamiento pasa a hablar de la relación entre furia y violencia. Una observacion muy interesante es ésta: “…no es la furia ni la violencia, sino su conspicua ausencia la que da la señal más clara de la deshumanización. La furia no constituye una reacción automática a la miseria o el sufrimiento como tales; nadie se enfurece frente a una enfermedad incurable o un terremoto ni frente a condiciones sociales que parecen eternas. La furia o indignación brota cuando se sospecha que las condiciones pueden cambiar, pero quedan iguales. Solo reaccionamos con furia cuando se ofende nuestro sentido de la justicia, y esta reacción no refleja necesariamente un daño personal…. Pero es que bajo ciertas condiciones la violencia—actuando sin discutir y sin palabras y sin contar el costo—resulta ser la única manera de enderezar la balanza de la justicia. (El ejemplo clásico es Billy Budd…). En este sentido, la furia y la violencia que a veces—no siempre—la acompaña, figuran entre las emociones humanas “naturales”: curar a los hombres de esas reacciones significaría nada menos que deshumanizarlos o emascularlos.” (p. 57)

El argumento de Arendt sobre la racionalidad de los actos irracionales, tal como lo dije al principio, subyace a su tesis del mal radical. En Sobre la Revolución, Arendt utiliza la novella de Herman Melville Billy Budd Marinero, para contrastar la bondad absoluta y radical de Billy Budd con la maldad elemental y absoluta del Capitán Vere. Aun cuando la muerte en la horca sea el destino que la justicia le tenga reservado al marinero, Billy sabía que matar al Capitán Vere era una responsabilidad ineludible. Ese acto brutal es lo único, alega Arendt, que puede restituir la justicia y con ella- podría alegar uno- la razón. Pero este actor de bondad elemental que es Billy Budd, a quien Arendt clasifica como alguien que está más allá de toda virtud, se halla tan ajeno al mundo como el Capitán Vere, representante del mal elemental, a quien Arendt ubica en ese lugar más allá de todo vicio. Además hay otra cosa que el Capitán Vere y Billy Budd tienen en común según Arendt, se trata de “una violencia elemental inherente a toda fuerza que mina todas las formas de organización política” (On Revolution, p. 87). De modo que el acto irracional de violencia que en algún momento debiera elegir el no violento, aun cuando sea cometido de un modo visceral sin obedecer a cálculo alguno de costo/beneficio, y denote claramente nuestra humanidad, no cabe dentro del mundo de la razón, las leyes y las instituciones que fundan el orden social. Y es por eso que Billy Budd es castigado. Lo que en un registro menos simbólico significa que la civilización está obligada a no hacer excepciones y clasificar en todos los casos la violencia como un acto de barbarie y, como tal, sancionarlo. Y sin embargo, hay ocasiones en las que esos actos son necesarios e, incluso, ineludibles si se desea restituir la justicia. En tales casos, la necesidad de preservar la integridad de la civilización entraría en conflicto con la necesidad de vivir y convivir dentro de la civilización.

La ausencia de emociones ni causa ni promueve la racionalidad. (…) Para responder razonablemente hay que sentirse “conmovido” primero: y lo contrario de lo emocional no es lo racional (…) sino la incapacidad para dejarse conmover, que suele ser un fenómeno patológico, o bien el sentimentalismo, que es una perversión del sentimiento.

Arendt pasa luego a distinguir entre una indignación movida por la percepción de injusticia y una movida por la percepción de hipocresía. Los enragés de la Revolución Francesa lucharían contra la hipocresía, a la que los moralistas franceses identificaron como el peor vicio. Mucha de la violencia legitimada por los pensadores como Sorel, Fanon, Pareto y los revolucionarios, desde la Revolución Francesa a nuestros días, ha estado dirigida a desnudar la hipocresía, desconstruir el mundo de apariencias sobre el que descansan las estructuras de dominación, y no a restaurar la justicia, que sería el motivo del acto brutal cometido por Billy Budd (pp 58-59).

Me recuerda esta apreciación de Arendt las consideraciones que la estudiosa de la democracia, Chantal Mouffe ha hecho sobre la importancia de las pasiones para la política. Mouffe sugiere que las pasiones políticas, por ejemplo: atropello, rabia, empatía, y simpatía, son una base para construir una forma colectiva de identificación. “La verdadera cuestión de la política democrática es cómo podemos movilizar esas pasiones hacia diseños democráticos” (conversaciones con Chantal Mouffe en Worsham & Olson:196).

Por supuesto, cuando se aceptan las pasiones como elemento legítimo de la política se abre la puerta a la posibilidad de que en ésta aparezca lo irracional y por tanto la violencia. Mouffe, al igual que Arendt, va a afirmar que cierta violencia (que puede haber sido engendrada por la permisividad ante las pasiones) es inevitable e incluso necesaria en casos límite en los que la democracia se ve amenazada por la dictadura: “No hay manera de trazar una línea, desde un punto de vista abstracto, (que divida la violencia aceptable y tolerable de la no aceptable). Es siempre una cuestión de lo que es aceptable dentro de determinadas circunstancias. …Obviamente hay formas de violencia que son perfectamente justificables como medio para poner fin a una dictadura. Me preocupa el movimiento de ultra-antiviolencia porque la violencia no es necesariamente mala. La violencia en algunos casos puede ser absolutamente necesaria con el fin de que emerja una sociedad democrática. Ésta es una línea que debemos definir siempre en circunstancias distintas y no hay una respuesta única sobre dónde debe ser trazada.” (Worsham & Olson, 1999:188).

Arendt y Mouffe parecen coincidir en la idea de que no es posible concebir una sociedad democrática con un grado cero de violencia. Ese reservorio mínimo de violencia sería necesario para proteger a la población (disuasiva o activamente) del riesgo de caer en la dictadura (o, alternativamente, restaurar la democracia cuando ésta se pierde por la deriva de un régimen hacia la dictadura).

 Referencias:

Worsham, L y Olson, G. (1999) “Rethinking Political Community: Chantal Mouffe’s Liberal Socialism“, JAC, 19 (2: 163-199)

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