Notas a “Sobre la violencia” de Hannah Arendt, 1

197ef_feb17_pnca
Hannah Arendt (Foto: Estate of Fred Stein)

 Hannah Arendt (1906-1975) escribe este ensayo en 1969. La obra es posterior a otras en las que esta filósofa de la política nacida en Alemania y de origen judío desarrolla sus ideas sobre el mal radical (como lo hace por ejemplo en Sobre la Revolución, 1965) o sobre la banalidad del mal (como lo hace en Eichmann en Jerusalem, Un reporte sobre la banalidad del mal, 1963). En este ensayo, la autora examina algunos de los argumentos que han conducido a glorificar la violencia como respuesta a ciertos problemas sociales. Arendt concentra su análisis en ideas u obras (a las que hace referencia de manera breve) de Bergson, Nietzsche, Sorel, Pareto, Fanon, Sartre, autores que justificaron la violencia como un instrumento, recurso o estrategia para curar la sociedad (considerada desde metáforas orgánicas), promover el cambio social o hacer la revolución.

Para el ojo experto de esa analista y teórica de la violencia que era Arendt, quien a comienzos de los sesenta había asistido en Jerusalén al juicio de Adolf Eichmann en calidad de reportera para la revista New Yorker—experiencia que le permitió ser un testigo privilegiado de las racionalizaciones que este funcionario nazi hacía de su conducta criminal durante el Holocausto—, el mundo de finales de los sesenta del siglo XX, convulsionado por ideas y eventos violentos, le ofrecía una experiencia de primera mano para estudiar la violencia. Las actividades del Poder Negro, la Guerra de Vietnam, las manifestaciones de estudiantes universitarios en Estados Unidos, o las que ocurrieron en Mayo de 1968 en París, eran fuentes de violencia que constituían para Arendt nuevas oportunidades para examinar el fenómeno de la violencia en una expresión cercana y poco procesada. Eran diferentes esas manifestaciones de violencia de las que estuvieron asociadas al nacionalsocialismo y sus prácticas genocidas, como el Holocausto.

La violencia es examinada en el ensayo de Arendt como una conducta profundamente humana, con raíces naturales u orgánicas, íntimamente relacionada con el conjunto de conceptos que describen la dominación del hombre por el hombre: el poder, el poderío, la fuerza y la autoridad. Este análisis despoja a la violencia de esa dimensión metafísica y abstracta que Arendt le había atribuido en sus conceptualizaciones del mal radical o de la banalidad del mal, en las que ésta era concebida como una de las metáforas del Mal y, por tanto, como una suerte de representación abstracta del demonio. Y sin embargo, el argumento que Arendt desarrolla en el libro, al sostener que en ocasiones puede ser racional la irracionalidad en virtud de que sólo un acto irracional puede detener la violencia, parece refrasear el desarrollo que ella había hecho del mal radical, para cuya explicación se había apoyado en pasajes de narraciones de Melville (Billy Budd marinero) y Dostoievski (Los Hermanos Karamazov).

Leí el ensayo de Arendt hace más de 20 años. Hace un par de meses comencé a releerlo a la luz de la situación de violencia creciente y ubicua que vivimos en Venezuela. Una violencia dirigida, y con frecuencia, legitimada y alentada, tácita y explícitamente, por el régimen que gobierna esta nación desde que en 1998 Hugo Chávez Frías ascendiera al poder. Es un régimen que ha alegado que su responsabilidad principal fue iniciar, continuar y defender lo que ha llamado la revolución bolivariana—una revolución que sus líderes calificaron de democrática y de pacífica—, cuyo objetivo era, supuestamente, construir y consolidar el socialismo del siglo XXI y con éste el hombre nuevo.

La narrativa revolucionaria fue recibida con grandes expectativas porque Venezuela era una nación que desde antes de 1998 se caracterizaba por tener una serie de rasgos que la convertían en perfecto caldo de cultivo de un proyecto con las características que tuvo el chavismo: 1. Serios problemas en la distribución del ingreso (que al final no han sido mejorados sino empeorados por el proceso de cambio social promovido por este régimen); 2. Instituciones estatales débiles y todavía ineficientes, aunque se había iniciado un proceso de descentralización administrativa buscando mejorar: la capacidad de los gobernadores y alcaldes de rendir cuentas de su gestión y lograr mejores niveles de desempeño y; una población a la que no se la había educado para participar organizadamente en movilizaciones políticas. Estos tres rasgos funcionaron (también) como un caldo de cultivo de la violencia.

Se puede agregar que el discurso revolucionario de Hugo Chávez tuvo como inspiración y fuente principal las ideas del filósofo del nazismo Carl Schmitt, cuya definición de la política como el campo de distinción del amigo/enemigo actuó como un catalizador para que los cambios sociales y políticos que promovía el chavismo alimentaran la violencia.

I

 Arendt habla en su libro Sobre la Revolución de cómo la tarea de hacer la revolución fue concebida, por sus líderes ideológicos, como una condición (y un fin) que legitimaba cualquier tipo de violencia. Esta supremacía moral de la tarea de hacer una revolución se podía apreciar en una frase como la de Saint Just: Nada se asemeja más a la virtud que el crimen. De ello se deducía que todo debe ser permitido para aquéllos que actúan en nombre de la revolución. Las palabras de Saint Just no han perdido vigencia. Metamorfoseadas, empacadas y renovadas, envueltas en narrativas transgresoras y revolucionarias, en muchas ocasiones en el siglo pasado, y en el presente, han actuado como complemento de una retórica revolucionaria que ha legitimado la violencia, formulando promesas de justicia presente y creando expectativas de felicidad futura. Fue así que en Venezuela, buscando justicia, nos topamos con una revolución cuya secuela más visible (y que uno podría anticipar será la más duradera), no es la miseria que ya ha producido y seguirá produciendo hasta que tenga lugar un cambio de régimen (por ejemplo mediante el referendo revocatorio o, antes si ocurre una renuncia de Nicolás Maduro), sino esta violencia ubicua, hostigante, intimidante, aterrorizadora, saqueadora, destructiva, asesina que crece cada día.

Retratar esa violencia no es propósito de este texto. Pero puede darnos una idea de su magnitud y su dinámica si consideramos que de acuerdo con la Organización Seguridad, Justicia y Paz, en 2014, dos ciudades venezolanas, Caracas y Valencia, ocuparon los puestos 2 y 7 de las 10 ciudades más violentas del mundo. Por otra parte, de acuerdo con el Observatorio Venezolano de la Violencia, en tanto que en 2015 Venezuela tuvo 27.875 muertes violentas (lo que equivale a una tasa récord de 90 muertes violentas por cada 100 mil habitantes), al cierre de 2014 esta misma ONG contabilizó 24.980 muertes violentas (lo que representó un incremento de más de 11.5 por ciento de un año al otro).

II

Como se dijo antes, esa propagación espacial de la violencia que tiene lugar en Venezuela, sumada a una multiplicación de sus formas, es en gran parte consecuencia del acelerado y dramático proceso de declive que sufre el régimen (de decadencia que sufre el país) al cual está asociada una no menos acelerada y dramática destrucción del poder de ese régimen. Cada día que pasa los que vivimos en Venezuela somos testigos de nuevas y más pérfidas formas de violencia ejercidas por el régimen. En algunos casos, tales actos los perpetra el régimen directamente, al recurrir a los cuerpos armados (policiales y militares) con legitimidad constitucional para ejercer la violencia. En la mayoría de los casos, los funcionarios ejecutan órdenes en las que se extralimitan en sus atribuciones: hacen un uso desproporcionado de la fuerza, ejercen significativamente más violencia que aquella que les autoriza la ley. Por ejemplo se ha sabido de casos en que los funcionarios militares o policiales han utilizado perdigones de goma (autorizados por la ley) para reprimir a quienes participaban en una manifestación contra el régimen. Y sin embargo, llegado el momento esos funcionarios dispararon los rifles cargados con esos perdigones desde una distancia extremadamente cerca y ello produjo heridas graves o la muerte del manifestante. En general, durante los actos represivos, se ha podido registrar y documentar la ejecución de sofisticadas prácticas de tortura física y psicológica dirigidas contra quienes se oponen al régimen (a los que por alguna razón éste los clasifica como amenazas o enemigos). Esta violencia convierte a los funcionarios que la practican en presuntos criminales, en sospechosos de ser culpables de crímenes contra la humanidad.

En otros casos, el régimen ejerce la violencia recurriendo a cuerpos armados informales que en poco se diferencian de los delincuentes comunes. Son cuerpos que fueron constituidos y financiados con apoyo de algunos órganos gubernamentales (colectivos, milicias, y otras fuerzas de choque). En éstos el régimen delega los trabajos más sucios, tales como atacar a quienes participan en una marcha opositora, insultar y atacar a diputados, golpear a periodistas que cubren una manifestación, o desnudar y atacar a gente desarmada (como los seminaristas que manifestaban en Mérida a finales de junio pasado). Y están los asesinatos. Aquellos que se puede sospechar han sido cometidos por omisión. Caben en esta categoría las muertes de ciudadanos atribuibles al mantenimiento de políticas ineficaces cuyas consecuencias fatales el régimen se ha negado a reconocer (intenta persistir en esta ilusión /negación censurando a la prensa independiente, ocultando la información estadística sobre indicadores económicos y de salud, entre otras clases de información). Al no reconocer esas consecuencias nefastas de sus políticas, y del modelo con que el que supuestamente son coherentes, el régimen alega que no hay razones para cambiarlas o sustituirlas por políticas más eficaces.

Están también aquellos otros asesinatos que han sido perpetrados por comisión. Son éstos los más difíciles de probar. Pero no es tarea imposible y eventualmente los expedientes construidos por decenas de ONG´s especializadas llegarán a los tribunales competentes.

Y finalmente está una violencia difusa, que puede o no estar asociada a pérdida de vidas humanas, que ha sido engendrada, alimentada, alentada e inspirada por el discurso de odio y violencia que glorifica la revolución y criminaliza a los que se le oponen. Paradójicamente, aun cuando el desencanto con la revolución es actualmente generalizado (y esto se aprecia en los resultados de encuestas que revelan que más de 75 por ciento de la población rechaza a Maduro o su gestión y estaría dispuesta a votar para revocarlo), uno sospecha que cierta delincuencia todavía legitima sus actos con base en ese discurso. Es decir, el odio sembrado por el régimen parece haber sido más persistente (y resistente al efecto que podría tener sobre éste una toma de conciencia sobre el fraude que al final ha mostrado ser este proceso que se llamó revolución) que la fe en sus promesas, que se ha ido diluyendo con el paso del tiempo.

En suma el régimen que gobierna Venezuela desde 1998, un régimen que las encuestas y análisis políticos, económicos y sociales sugieren se ha desgastado y al hacerlo ha perdido toda capacidad de producir o liderar un cambio social revolucionario, ha visto minado dramáticamente su poder. Cuando esto sucede— según el análisis de Arendt, se puede predecir que en el futuro inmediato éste buscará profundizar y propagar aún más la violencia. Esta conclusión se derivaría de la apreciación de la filósofa de que la violencia y el poder—dos conceptos que con frecuencia han sido confundidos—están relacionados de un modo inverso: cuanto menos poder tiene un régimen mayor será la probabilidad de que recurra a la violencia para sostenerse.

III

Por otra parte, si en el país, el régimen propicia la violencia, los contextos regional y global, funcionan (a la vez o de manera alterna) como: ecos, espejos deformantes, amplificadores y telones de fondo de nuestra violencia local. En todo caso, más que una violencia global basal atribuible a la delincuencia común, han sido los eventos aislados de violencia en masa con amplia cobertura mediática, como los tiroteos perpetrados por violentos sociópatas que ocurren en Estados Unidos, o los ataques suicidas cometidos por fundamentalistas islámicos en ciudades de Medio Oriente, África, Europa o Estados Unidos, los que en Venezuela nos sorprenden, conmueven, estremecen y horrorizan. Son ésos los eventos que pueden llegar a enmudecer el fragor de nuestra violencia cotidiana. O distraernos de nuestra realidad trágica. O consolarnos al hacernos pensar que otras realidades pueden llegar a ser tan terribles, desconsoladoras, deprimentes y estremecedoras como la venezolana (en lo que a violencia diaria se refiere). Y sin embargo, si lo pensamos fríamente, sabemos que esas ideas son engañosas y que nuestra realidad, si la consideramos en toda su complejidad y gama de contrastes, es una de las más trágicas del mundo. O tan trágica por su violencia como en los lugares más violentos del mundo.

En las próximas entradas que se publiquen de esta serie en el blog, destaco algunas ideas del ensayo de Arendt. El orden en que aparecen en el texto los temas tratados por Arendt, siguen el orden en que la filósofa las presenta en su ensayo. Las páginas hacen referencia a la edición en español del ensayo: Sobre la violencia (1970), México: Editorial Joaquín Mortiz. He limitado mis comentarios buscando que be destaque por sí sola la agudeza del texto de esta autora. En muchos casos, es demasiado obvia la relación que podrá establecer el lector entre una idea de Arendt y el camino acelerado hacia un peligroso crescendo de violencia por el que nos parece conducir el régimen a los venezolanos.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s