Violencia sin honores

 

Esto cada día será peor porque lamentablemente la gente no se
da cuenta de lo que está pasando. Tienen tapados los ojos
palabras de Daisy Nava a Javier Mayorca

En un post anterior escribí sobre las imágenes pavorosas, y comenté un par de tesis (de los escritores Susan Sontag y Antonin Artaud) sobre el posible efecto que podría tener la contemplación de esta clases de imágenes en la comprensión de la de la violencia y el horror, especialmente aquellos que pueden ser causados por el ser humano. No hice comentario alguno en cambio sobre los efectos que nuestra exposición a estas imágenes en el cine pueden tener en nosotros

Una diferencia entre contemplar una foto de una escena terrible, como la que mostraba el cuerpo de Aylan Kurdi en la playa de la isla griega de Kos y, por ejemplo, mirar las escenas que abren la película Saving Private Ryan (Steven Spielberg, 1998), en donde el director nos cuenta con un realismo extremo cómo, durante el desembarco en Omaha el dia D (6 de junio de 1944), miles de soldados norteamericanos sometidos por el fuego alemán fueron mutilados o muertos, y sus miembros o sus cuerpos completos, volaron por los aires quedando desperdigados sobre la arena, es que estas últimas imágenes forman parte de una historia bien contada y trágica que tiene la capacidad de comunicarnos el horror de la guerra. Pero también de mostrarnos cómo esa misma guerra, que suena de ese modo estruendoso y ensordecedor, puede constituir a veces una oportunidad para mostrarnos lo mejor del hombre.

En Saving Private Ryan, a un escuadrón se le asigna la tarea de encontrar y despachar inmediatamente a su casa al soldado James Francis Ryan, cuyos tres hermanos han sido muertos en combate. Esta decisión, tomada por el General George Marshall, en el Departamento de Guerra de Estados Unidos, es un acto de piedad para con la madre quien—el general es informado—va a recibir, en un mismo día, telegramas que le informarán de las muertes de tres de sus hijos caídos en el campo de batalla. Cuando son informados del verdadero objetivo de su misión, los miembros del escuadrón, liderados por el capitán John Miller (Tom Hanks), , no dudarán en poner en riesgo su vida, o morir, para llevar de regreso sano y salvo al soldado Ryan al lado de su madre. Esta decisión altruísta de los miembros del escuadrón, de valorar por encima de lo que valoran sus propias vidas, la tranquilidad de una madre que ha perdido tres de sus cuatro hijos; este esfuerzo para ahorrarle más dolor futuro, quizá intolerable, a otro ser humano que ni se conoce pero cuyo dolor se puede imaginar porque todos hemos tenido una madre, le confiere un carácter épico a la película. Así Spielberg logra mostrarnos la belleza en una película llena de tantas imágenes del horror.

Leyendo hoy la página de sucesos de El Nacional, me topé (p. 9) con una nota redactada por Javier Mayorca, sobre el asesinato de Walter O´Brien Viloria (27) cuyo cadáver fue hallado el pasado viernes 2 de octubre, a las 5 de la tarde, en la autopista Francisco Fajardo, cerca de la salida hacia Los Ruices Sur. No entro en los detalles del suceso. Pero me detengo en el hecho de que Mayorca logró hablar con la madre del fallecido, la señora Daisy Nava, y ella le cuenta que éste es el tercer hijo suyo que muere a manos de la violencia. De modo que a la señora nava ahora sólo le quedan dos hijas.

Más abajo nos cuenta Mayorca que en 2003, Jefferson Viloria Navas (17) había quedado “en la línea de fuego durante un tiroteo suscitado en una funeraria de Petare.” Luego, en 2009, fue su hijo Jeyson Argenis Viloria Navas (17), quien resultó asesinado en un asalto que tuvo lugar en el barrio Carpintero en Petare. Cuando esto ocurrió, se dijo que los presuntos victimarios habrían sido los miembros de la banda “Los Motoratones”, grupo al que también se le atribuye la masacre en la funeraria San Pedro, en Sabana Grande, hecho que ocurrió a las 12 y 30 am del jueves 15 de enero de 2009. En éste suceso murieron dos jóvenes e hirieron de bala a otros ocho, justo cuando se velaba al joven Jeyson Viloria. Muertes sucesivas en las funerarias, como cadenas de horror ininterrumpido y absolutamente irrespetuoso del dolor de los demás.

Esta violencia que no posee matiz alguno de épica; esta violencia abyecta, que produce asco hasta la náusea, esta violencia que nadie en este régimen parece ser capaz de frenar o acabar eficazmente, produce en la madre y los demás deudos un dolor silente, resignado y profundamente trágico que tan a menudo, los otros, nosotros, ignoramos o negamos para no perder la cordura (no perderla tanto).

Me pregunto ahora quién en este régimen tendría el valor de acercarse a la señora Daisy Navas a pedirle perdón por no haber impedido que tres de sus cinco hijos fueran víctimas de esa violencia que de modos directos e indirectos el mismo régimen ha abrazado o celebrado. ¿Quién podría pedirle perdón a la señora Navas por no darse cuenta de que la violencia que nos rodea y afecta, tanto o más terrible que la que se ve en la guerra, se debe detener de inmediato en lugar de gastar recursos en tanques, aviones, misiles para hacer una guerra con enemigos inexistentes allende nuestras fronteras? Sé que nadie en el régimen se va a acercar a la señora Navas para darle sus condolencias. Pero en algún momento habrá que hacerlo. Nuestra sociedad (enferma) no sanará hasta que algo así se haga. Y no hablo solo de nuestra hambre colectiva de justicia, la cual consideramos como camino a la reconciliación y la paz. Hablo de que no habrá paz mientras no se pronuncien cierta clase de palabras. Mientras no se pida perdón a todos los que han sido víctimas, por omisión o comisión, del actual desgobierno.

Pero ahora, más que perdón por la muerte de sus hijos varones a manos del hampa, alguien en el poder debiera garantizar la supervivencia de las dos hijas que le quedan a la señora Navas. Alguien debería ser capaz de enviarlas lejos del frente de guerra como en la película de Speielberg ordena el general Marshall se haga con el soldado Ryan. Pero ¿dónde poner a buen resguardo a esas dos mujeres si la que vivimos en Venezuela es una violencia ubicua, que puede asesinar por intención o por azar en cualquier lugar a cualquier hora? Un frente de guerra omnipresente. Pero no hay una guerra porque no hay dos bandos armados. Ni hay causas por las que luchar. Ni hay honor ni ideales que defender. No los tienen los perpetradores de este horror cotidiano que se ha cobrado ya tres hijos de la señora Navas. Olvidaron o nunca aprendieron esos perpetradores del horror el sentido del honor, el de la solemnidad y valor sagrado de la vida. Le reclamo al régimen que salve las dos hijas que le quedan a la señora Daisy Nava. Que les garantice su vida. Que las salve del terror y el horror que producen el hampa desatada y, con tanta frecuencia, un discurso de odio también desatado.

Violencia urbana absurda, ciega, ignorante, irracional, incontinente, impulsiva. Violencia impaciente, enceguecida, embrutecida, emponzoñada. Las historias de sus víctimas no las narran las películas nacionales, ni lo hacen las mejores obras de nuestra ficción. Sólo son registradas por esos escasos periodistas de oficio como Javier Mayorca. A ellos mi agradecimiento por mostrarme ese lado oscuro y trágico de nuestra realidad. Y a la señora Navas mi sentido pésame. Y a ambos porque sus palabras puedan contribuir en algo a que se caigan las vendas de nuestros ojos, veamos la realidad tal cual es, y actuemos de acuerdo con ello.

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