Ex Machina, ¿Pueden los androides enamorarse?

Alicia Vikander en el papel de Ava, Ex Machina

Alicia Vikander en el papel de Ava, Ex Machina

Ex Machina (2014), película de ciencia ficción escrita y dirigida por el novelista y cineasta británico Alex Garland, autor entre otras de las novelas La Playa (1996), El Teseracto (1998), así como de guiones como 28 days later (2002), Sunshine (2007) o Never Let Me Go (2010), desarrolla una versión contemporánea de la historia del hombre (o mujer) que gracias a la ciencia (o la magia) crea un ser semejante a él—un golem, un frankenstein, un replicante, un androide— y de este modo emula peligrosamente un acto que debiera ser únicamente prerrogativa de los dioses. Su magnífico guión, la excelente actuación y la sobriedad minimalista de la locación invitan al goce visual sin desalentar la reflexión ágil y profunda sobre los dilemas que plantea la película.

En Ex Machina se narran las relaciones entre Nathan (Oscar Isaac), un multimillonario, dueño de Blue Book, empresa de búsquedas digitales como Google, experto en robótica y programación; Ava (la sueca Alicia Vikander), un androide con una inteligencia artificial superior que tiene una identidad femenina y heterosexual, y Caleb (Domhnall Gleeson) un brillante programador empleado de Blue Book que ha sido invitado por Caleb a examinar a Ava de acuerdo con un protocolo peculiar de la prueba de Turing, ideada por el matemático Alan Turing en 1950 para evaluar si una máquina con inteligencia artificial, a la que un examinador le formula una serie de preguntas y respuestas, puede o no ser distinguida de un ser humano. En la disposición estándar de la prueba, hay tres personas. El que formula las preguntas y recibe las respuestas (A); un ser humano que las responde (B), y una máquina dotada de inteligencia artificial que las responde. Por tanto, para cada pregunta hay dos respuestas, una proviene de la máquina y la otra del humano. Si al analizar las respuestas, el examinador no es capaz de distinguir si ésta proviene del humano o de la máquina, el examen habrá sido aprobado. En la película, se introduce una variación a esta configuración. Nathan le dice a Caleb que Ava es un androide. Pero le pide examinarla y decidir si sus respuestas la pudieran hacer pasar por un ser humano. Hay un cuarto personaje, Kyoko, ésta es una mujer de rasgos orientales que el espectador se entera luego de que es también un androide.

La película se desarrolla en un espacio cerrado, que es la lujosa, minimalista y moderna casa-laboratorio de Nathan, diseñada de acuerdo con estrictos protocolos de seguridad. A lo largo de una semana, desde su oficina-centro de control, Nathan observará como testigo silente (gracias a una serie de cámaras de circuito cerrado de televisión) la conducta de Ava durante las sesiones de preguntas y respuestas en las que Caleb y Ava interactúan a través de un cristal blindado. Poco a poco el espectador descubre que Nathan, para incrementar la probabilidad de que su androide no repruebe el test de Turing que conduce Caleb, ha hecho algunas trampas. Por ejemplo, ha dotado a Ava de sensores y dispositivos que le permiten sentir deseo, despertarlo en un hombre, y entregar placer sexual (Nathan ha diseñado y adaptado en el vientre de Ava un receptáculo que podría funcionar como vagina). Sabemos también que el rostro y el cuerpo de Ava ha sido diseñado por Nathan a partir de data obtenida de sus búsquedas de pornografía (a las que éste ha logrado tener acceso). Ava seducirá a Caleb con su rostro y su cuerpo, que condensan su arquetipo de mujer deseable, y con la promesa de entregarse (en su cuerpo sintético) a él. Ava busca que Caleb la desee y que, eventualmente, la ame. Ava tiene la capacidad de provocar apagones de la energía eléctrica en la casa y logra así evitar, durante algunos segundos en cada sesión, la permanente vigilancia que ejerce Nathan. Ava utilizará estos períodos libres de vigilancia para conspirar con Caleb contra Nathan. La arquitectura de la locación, y los objetivos (“agendas”) de cada uno de los cuatro personajes hacen bastante predecible el final.

La película le despierta al espectador la sospecha de que la prueba de Turing no es capaz de identificar un ser con conciencia sino tan solo un ser (una máquina inteligente) con una capacidad de raciocinio igual o superior a la humana que puede emular perfectamente a un ser con conciencia aún si no la tiene. De igual manera, uno sospecha, junto con Nathan, que nunca será fácil para un androide como Ava conocer el significado del amor y, por tanto, enamorarse. Aun si es capaz de simular gestualmente (en los niveles macro y micro expresivos) patrones de conducta propios de seres que están enamorados o identificar tales gestos en su interlocutor.

Nathan trata de advertirle a Caleb de que aún si él considera que Ava pasa el test de Turing, es posible que ella sea incapaz de sentir amor por él. Le dice que ella tienen la capacidad para simular este sentimiento si ello constituye un camino para lograr un objetivo. En otras palabras, su inteligencia la permitiría a Ava desarrollar estrategias para lograr objetivos (salir de la celda-habitación en la que Nathan la retiene) pero no sería capaz de tener sentimientos. Sin embargo Caleb no escucha a Nathan, está infatuado, y ésta será su perdición.

Una moraleja de la película es por tanto que un ser humano no debería, bajo ninguna circunstancia, formar una alianza con un androide para conspirar contra otro ser humano. Una segunda moraleja es que un androide muy inteligente puede utilizar incluso el amor y otros sentimientos, simularlos a la perfección (tal como lo haría la más hábil cazafortunas para llamar la atención y enamorar a un decrépito millonario), para lograr sus objetivos. Haber creado una versión de alta tecnología e hiperdeseable del arquetipo de la encantadora de serpientes constituye uno de los aspectos más originales de Ex Machina. Y la hermosa Alicia Vikander interpreta excelentemente este papel.

Uno de los temas que se exploran en Ex Machina, así como en otras recientes películas de ciencia ficción (Her, Trascendence) es la posibilidad de que la aparición de una inteligencia artificial que sea igual o superior en capacidad a la humana marque el inicio de la singularidad tecnológica. Este fenómeno ha sido caracterizado y predicho por el inventor y futurista Ray Kurzweil, quien actualmente trabaja para Google. De acuerdo con Kurzweil, la singularidad tecnológica, que debe ocurrir hacia el 2045, estará marcada por la aparición de máquinas que tengan la capacidad de diseñar máquinas con una inteligencia superior a la de los humanos y que, por tanto, no seamos capaces de comprender o controlar. Científicos como Stephen Hawking, quien utiliza un dispositivo con inteligencia artificial para comunicarse (la máquina aprende cómo Hawking piensa y predice las palabras que va a decir ), han advertido que una inteligencia artificial que sea tanto o más inteligente que los seres humanos podría marcar el fin de la humanidad. Ex Machina nos muestra cómo podria suceder algo de lo que predice Hawking y exalta Kurzweil.

La singularidad tecnológica también se explora en Her, película dirigida por Spike Jonze donde no hay un androide propiamente dicho pero sí un sistema operativo (SO) con una inteligencia artificial superior que enamora a un hombre al que le habla con voz femenina. A semejanza de Ex Machina, la película ratifica la idea de que un componente muy importante del enamoramiento son las palabras. Al final de Her, los sistemas operativos de cada individuo que los ha activado se fusionan entre sí; esto engendra una superinteligencia ubicua con múltiples identidades que bien pudiera ser una de las formas de aparición de la singularidad tecnológica. Sin embargo, este sistema operativo superinteligente, que no es un androide (es decir no es semejante a un ser humano), pudiera constituir una menor amenaza existencial que un androide. El sistema operativo habita el espacio digital y no el mundo real. Desactvando la internet en todo el globo se podría suprimir a ese ser si él constituyera un riesgo. Por supuesto que nada le impide a un hipotético sistema operativo con inteligencia superior activar impresoras 3D, tornos de control numérico y cualesquiera otros instrumentos de manufactura electrónicos y construir y ensamblar las piezas de uno, mil o un millón de androides que invadan el mundo real. No sabemos si el sueño de parecerse al Creador es prerrogativa del hombre (¿Porque acaso es Dios quien crea un hombre a su imagen y semejanza o es el hombre el que inventa un Dios a su imagen y semejanza?) o si lo compartirían los humanos con androides futuros no diseñados por humanos.

Frente a la fría belleza de Ava uno extraña las pasiones de los replicantes de Blade Runner (1982, película dirigida por Ridley Scott cuyo guión estuvo basado en la novela de ciencia ficción de Philip K. Dick, Sueñan los androides con ovejas mecánicas? Estos androides, fabricados seguramente con técnicas de ingeniería genética (¿edición del ADN quizás? entre otras técnicas aún por aparecer) se asemejan a los clones humanos que protagonizan la novela de Kazuo Ishiguro (Never Let Me Go) en que tienen una esperanza de vida reducida. Principalmente porque son sólo reservorios de órganos criados para garantizar una larga vida a gente con alto poder adquisitivo. Cuando les hayan extrañido dos o tres órganos morirán Los androides de Blade Runner, porque su edad de defunción ha sido programada desde su nacimiento. Por razones distintas, unos y otros son seres humanos inteligentes, creados con ayuda de la técnica, para desempeñar una función específica, lo que los convierte en medios para lograr fines de otros seres humanos. Esta instrumentalización de seres inteligentes y con mayor o menos sensibilidad es lo inmoral e inhumano en cada una de esas historias. Los androides de Blade Runner en cambio, no sufren de falta de pasiones, emociones o conciencia. Quizás por vivir muy poco tiempo, parecen poseerlas en una expresión extrema. El replicante y líder Roy Batty, quien se ha vengado de su creador el doctor Tyrell perpetrando un crimen parricida, y que en los minutos finales de la película persigue con saña a Deckard (a quien se le había asignado la tarea de darle caza y asesinar a Roy y el resto de los replicantes) lo va “empujando” hasta enfrentarlo con una muerte segura: cuelga sobre el vacío agarrado con una mano que se resbala. Pero justo antes de caer al vacío, en el último segundo., lo agarra y salva su vida realizando un acto de compasión que (incluso luego de pronunciar un hermoso y profundo monólogo, I have seen things you people would not believe…) no terminamos de comprender y ante el cual solo podemos reconocer que tenía la capacidad para sentir amor y empatía con lo que podía sentir otro ser humano.

Es interesante pensar que la ciencia ficción, como literatura o como cine, crea para nosotros la posibilidad de imaginar dos categorías de androides: los que provienen de la tecnología (inteligencia artificial), y los creados con ingeniería genética. En los dos casos, los humanos jugamos a ser como los dioses. En ambos casos, intuimos, incurrimos en el riesgo de violar límites que no deberíamos traspasar. Y al hacerlo asumimos riesgos morales y existenciales de diferente orden.

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