Dora Bruder de Patrick Modiano, empatía clarividente de los novelistas

Patrick Modiano en Estocolmo, 6 de diciembre de 2014 (foto: Frankie Fouganthin)

Patrick Modiano en Estocolmo, 6 de diciembre de 2014 (foto: Frankie Fouganthin)

Como muchos antes que yo—escribe Patrick Modiano (n. 1945), escritor francés ganador del premio Nóbel de Literatura 2014 y autor de esa breve obra maestra que es la novella Dora Bruder(1)creo en las coincidencias y a veces, también, en el don de la clarividencia de los novelistas (la palabra «don» no es exacta porque sugiere una especie de superioridad); no, eso forma parte del oficio; el esfuerzo de imaginación imprescindible en la profesión, la necesidad de fijar la atención en los pequeños detalles—y eso de manera obsesiva—para no perder el hilo y dejarse llevar por la pereza, toda esa tensión, esa gimnasia cerebral pueden sin duda provocar a la larga fugaces intuiciones “concernientes” a sucesos pasados y futuros (p. 51). Cito esta frase para sustentar la idea de que esta obra no es solamente una biografía novelada y estilizada (aunque penetrante y tan realista que el lector alcanza a ratos a sentir cómo Dora miraba el mundo que la rodeaba, cómo sentía, cuáles eran sus temores, cuáles sus sueños, cuáles sus actos de coraje) de una joven judía que vivía en París durante los oscuros años de la ocupación nazi de Francia y de su predecible final en un campo de concentración.

Modiano no pierde su tiempo en volvernos a contar, como para que nadie olvide (o niegue), ese horror que fue el Holocausto. Tampoco parece haber sido el motivo de Modiano para escribir esta hermosa historia recordar la ruindad de sus compatriotas durante aquellos años, quienes entre otros actos de horror (que los despojaron de dignidad y moral) le entregaron al régimen nazi a todos aquellos (no solo judíos) que molestaban al régimen para que fueran enviados a campos temporales como Drancy, desde los cuales los prisioneros eran luego enviados a Auschwitz y otros campos de exterminio.

Desde el comienzo uno presiente que esta novela nace, sobretodo, de un acto de amor, de una experiencia de empatía que gracias a ese “don” al que se refiere Modiano, le permite a los escritores, a otras clase de artistas, y a toda persona sensible con capacidad para amar incondicionalmente, imaginar con un detalle impresionante la vida de otro ser humano aun cuando nunca lo haya podido conocer personalmente. Tales actos de imaginación pueden partir de pequeñas (y no tan pequeñas) huellas dejadas por aquel otro ser humano que, en determinado instante, por razones que casi nunca podemos explicarnos, motivan y activan una imaginación empática y clarividente (además de obsesiva y efervescente), que por lo general está asociada a un inexplicable y mágico sentimiento de amor. Objetos como: un grupo de fotos, una serie de cartas o de postales, unos dibujos, una serie de listas de la ropa que llevaba a la lavandería, o de los libros que encargaba a su librero en ultramar, todos ellos pueden ser el primer eslabón de esos procesos. En el caso de Dora Bruder, lo que despertó esa experiencia empática fue el aviso con que el lector se topa al comiezno de la novela, que fue publicado en el periódico France Soir en 1941. Éste fue el mismo aviso con el que se topó el narrador varios años antes de que se publicara la novela en 1997, y que decía: París. Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1.55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París.

Luego de leer este aviso, Modiano comienza a buscar datos sobre al vida de Dora. Y esto no fue tarea fácil. Por el contrario, fue un reto, entre tantas cosas, a su paciencia. “Tardé cuatro años en descubrir su fecha exacta de nacimiento: el 25 de febrero de 1926. Y dos años más conocer su lugar de nacimiento: París, distrito XII. Pero soy paciente” (p. 20). Escribe Modiano. Y a partir de estos datos clave, con amor y paciencia, Modiano comienza a reconstruir la vida de Dora. Conociendo dónde vivió y dónde estudió (el internado el Sagrado Corazón de Maria), puede imaginar sus itinerarios por las calles de París. Cosa que emparenta a esta novela con otras de Modiano (como En el café de la juventud perdida (2), en la que Modiano también describe los itinerarios por las calles de París de varios personajes relacionados entre sí por sus sentimientos hacia la enigmática Louki). Dora Bruder es una novela topológica en la que Modiano reconstruye, también una historia cartográfica de Dora. Dibuja para sí mismo y para sus lectores, los puntos por donde Dora pasó, describe los edificios notables o anónimos que se erigian en algunos de esos puntos y, si era el caso, el uso que se les daba a esos edificios, en tiempos de Dora, y los contrasta con los del presente. Veamos un ejemplo de esto. El narrador logra contactar a un pariente de Dora, una tía, y conversa con ella. Relata de esa conversación: Había oído comentar que antes de instalarse en el hotel del bulevar Ornano, Ernest, Cecile y su hija Dora habían vivido en otro hotel. En una calle que daba a la calle Poisssoniers. Miro el plano, le cito las calles una por una. (…)Dos hoteles, en esa época, en la calle Polonceau: uno en el número 49, regentado por un tal Rouquette. En la guía figuraba como hotel Vin. El segundo, en el número 32, pertenecía a un tal Charles Campazzi. Esos hoteles no tenían nombre. Hoy ya no existen. (p. 31-32).

Uno admira en Modiano su utilización del mapa como un instrumento para la empatía. Aunque en realidad no es el mapa sino el lugar lo que le permite construir un puente entre él y Dora (Tengo la impresión de ser el único en establecer el vínculo entre el París de aquel tiempo y el de hoy, el único que se acuerda de todas esas minucias, p. 49). El lugar como un instrumento para convocar la epifanía. Como si el narrador se dijese: Hoy me encuentro en el mismo lugar en el que ella se encontraba en ese tiempo remoto. Dora vió aquellos edificios; yo, años más tarde, solo pude ver éstos, porque aquéllos ya no existían. En este tipo de frases, el lugar juega un papel análogo a la magdalena sumergida en la taza con té de tilo de la narración de Proust en Por el camino de Swann. Aunque a la vez, muy distinto. Mientras aquel descansa en los sentidos del olfato y el gusto, éste lo hace en un sentido de orientación y adecuación al espacio urbano que es más complejo y propio de los habitantes de las ciudades.

Y de repente, en ese ejercicio de imaginar la vida de Dora, el lector se topa con la magia de la coincidencia significativa, la sincronicidad como la llamó Jung. Hay sincronicidad cuando, antes de conocer más detalles de la vida de Dora, y escribiendo otra novela, Viaje de novios (1990) , el autor hace que dos de sus personajes, Rigaud e Ingrid, al salir del metro de París (siempre esta ciudad), “fueran a parar a un campo nevado (el trineo enfila por pequeñas calles hasta llegar al bulevar Soult” (aquí el autor cita esa novela anterior, por eso las comillas) Esas callejuelas están cerca de la calle Picpus y del pensionado del Sagrado Corazón de María, de donde Dora Bruder se fugaría una tarde de diciembre durante la cual quizá había nevado en París. En ese momento del relato me acerqué, sin saberlo, a ella en el espacio y el tiempo. (p. 52). Modiano dice esto porque en 1990, cuando escribió Viaje de Novios aún no había conseguido los detalles sobre el lugar en que Dora había estudiado como interna. Pero le hace feliz darse cuenta, al pensarlo años después cuando ya ha podido reconstruir la vida de Dora, que sus personajes recorrieron calles muy cercanas a ese colegio. Calles que él también, por supuesto, ha recorrido, de muy joven, antes de saber nada sobre Dora, y luego, durante los años de su paciente investigación.

Una noche de febrero de 1942, al padre del narrador lo detiene la policía y lo transporta en un coche celular entre la calle los Campos Elíseos, donde fue la redada, y la calle Greffulhe, donde estaba localizada la sede de la policía para asuntos judíos. Su padre, se había fijado, entre otras sombras, en una joven de unos dieciocho años. La había perdido de vista cuando les hicieron subir al piso donde estaba la oficina de policía y su jefe. un tal comisario Schweblin. (…) Mi padre apenas había mencionado a la joven cuando me contó su contratiempo por primera y última vez en su vida, una noche de junio de 1963, en un restaurante de los Campos Elíseos, (…) Casi la había olvidado, hasta el día en que supe de la existencia de Dora Bruder. Entonces, la presencia de esa joven el el coche celular junto a mi padre y otros desconocidos, aquella noche de febrero, me vino a la memoria y me pregunté si no se trataría de Dora Bruder… (p. 59). Quizás era Dora, quizás sólo una chica judía con un destino semejante al de Dora que el padre del narrador tuvo la oportunidad de contemplar durante breves instantes aquel invierno de 1942. Lo cierto es que éste es otro modo del escritor de tender un puente hacia Dora. De crear un espacio de encuentro, de aproximarse y aproximarla. Él no lo dice pero podría haberle pasado por la cabeza la hipótesis de que su padre pudo haber ayudado a Dora a escapar tal como él mismo lo hizo, y deambular luego junto con ella, durante algunos años, por las calles de París, hasta que el peligro de ser enviado a un campo de exterminio pasara. De este modo, ese padre con el que tuvo una relación tan mala, pudo haber ayudado a su heroína a salvar su vida. En uno de los mundos posibles, si las condiciones hipotéticas antes esbozadas se hubiesen satisfecho, Dora pudo haber sido su madre.

Lo que hace universal a esta novela es que el ejercicio de biografía arqueológica que realiza Modiano, ayudado con un mapa de París, paciencia y clarividencia, le permiten reconstruir la vida de una chica que alcanza a adquirir un conjunto de rasgos individuales que al lector sensible se le hacen inolvidables. Puedo imaginar el rostro de Dora. Pero, Dora es, también, una de las miles de chicas judías que tenían su edad en el París de la Ocupación y que fueron capturadas, en redadas o mientras caminaban solitarias por las calles de París, por policías ruines como Schweblin, para ser luego enviadas a recorrer esa ruta fatídica que comenzaba en una comisaría y terminaba en Auschwitz, Treblinka, Buchenwald, o cualquiera de los otros campos de trabajo o de exterminio nazis.

Son pocas las huellas que deja alguna gente durante su vida. Cécile y Ernest, padres de Dora, pertenecían a esta clase de gente. Personas casi anónimas. Nunca se alejan de ciertas calles de París, de ciertos paisajes de suburbio donde descubrí, por casualidad, que habían vivido. Lo que se sabe de ellas se resume en una simple dirección. Y esta precisión topográfica contrasta con todo lo que se ignorará para siempre de su vida..ese vacío, ese bloque de desconocimiento y silencio (p. 31). El rescate que emprende Modiano en esta novela de esas vidas de huellas tenues y rastros silenciosos es lo que agradecemos los lectores. Que el autor haya creado la posibilidad de contemplar desde muy cerca (sin violar el pudor y sencillez que hacía vivir de ese modo silencioso y leve a esos seres) una tragedia que se repitió en tantos hogares judíos durante esos años, con muy pocas variantes, y que no debemos olvidar, precisamente, para que no se repita jamás.

(1) Patrick Modiano (2009) Dora Bruder, Caracas: Editorial Planeta

(2) Patrick Modiano (2014) En el café de la juventud perdida, Barcelona: Anagrama

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