Milan Kundera, Elogio de la insignificancia

Portada de la edición de Tusquets de La Fiesta de la Insignificancia

Portada de la edición de Tusquets de La Fiesta de la Insignificancia

Luego de 14 años sin publicar una novela, el escritor checo Milan Kundera (n. 1929), quien desde 1993 ha escrito sus novelas en francés, publica La Fiesta de la Insignificancia, novela que es un elogio de la insignificancia, del humor, de la fugacidad de las cosas y, por supuesto, de la levedad. Aun cuando Kundera dice evitar dar un mensaje en sus novelas, porque la esencia del arte de la novela es la ironía y a ésta no le interesan los mensajes sino, por el contrario, mantener la distancia y quedarse en la ambigüedad moral, uno puede descubrir en las novelas de Kundera una celebración entusiasta de la levedad y sus metáforas. La insignificancia es una de éstas, la más reciente.

La Fiesta de la Insignificancia narra situaciones de la vida de cuatro personajes principales, amigos todos ellos, de los que la novela apenas nos dice sus nombres e identifica alguno que otro detalle de sus vidas. Son voces más que personajes quienes interactúan en la novela. O personajes dibujados con una delgada plumilla con tinta china, recurriendo para ese dibujos a una perfecta economía de detalles. En la novela, cada uno de los personajes reflexionan sobre sus vidas, filosofan y no solo viven.

Alain, que es el más joven, ama a Madeleine, se desplaza en moto por las calles de París, y sostiene una conversación imaginaria, que a ratos se hace dramática, con su madre, quien lo abandonó cuando era un niño y desde entonces no ha vuelto a verla. Ramón se divierte leyendo un libro sobre la vida de Stalin del cual selecciona pasajes que lee en voz alta a sus amigos y discurre sobre la insignificancia. Se divierte porque algunas anécdotas de la vida de Stalin, no sólo muestran el sentido de humor del dictador, sino también (como luego demuestra Alain), una improbable ternura en la vida de ese hombre que fue el responsable de la muerte de millones de sus compatriotas. Están también Charles y Calibán, que trabajan como mesoneros en fiestas particulares y que aman la impostura (parecer lo que no son), porque ésta puede ser vista como un sucedáneo de la actuación. Calibán, quien recibe su nombre de una memorable representación que hizo de este personaje de la obra La Tempestad de Shakespeare, en una fiesta que es un clímax de los hechos de la novela, representa el papel de un pakistaní que no comprende ni habla francés cuando trabaja como mesonero.

Frente a estos cuatro amigos, personajes principales, desfilan personajes fugaces esbozados con trazos literarios aún más tenues que los que el novelista utilizó para describir a los principales. Está D´Ardelo, amigo de Ramón, que miente sobre su enfermedad diciendo que tiene cáncer aunque no lo tiene, y organiza la referida fiesta en la que Charles y Calibán trabajarán como mesoneros. Está Quaquelique, que se sirve de su insignificancia para seducir a las mujeres. Están La Franck, una mujer madura pero todavía muy deseable que acaba de enviudar, y Julie, una mujer de la que Ramón está enamorado pero que no se irá con él.

Alain abre la novela con la pregunta sobre qué puede significar que nuestra época haya centrado su atención (erótica) en el ombligo de la mujer y no, como en otras épocas, en sus senos, en sus nalgas, en sus muslos. Es una pregunta aparentemente insignificante que al final de la novela Alain va a responder. La erótica del ombligo habla de una época que ha olvidado las individualidades y las identidades. Los senos, nalgas o muslos de una mujer son distintos a los de otra. ¿Quién no reconocería los de su pareja? Son una marca identitaria. En cambio el ombligo, no puedes identificar a la mujer a la que amas por su ombligo, le dice Alain a Ramón, “el ombligo no dice nada de la mujer que lo tiene, habla de algo que no es esa mujer (…) Habla del feto”. (p. 128). El “ombligo, no solo no se rebela contra la repetición, es una llamada a las repeticiones. De modo que en nuestro milenio viviremos bajo el signo del ombligo.(p. 129) Es decir, el ombligo es un signo que al hombre sólo le dice de la mujer que es mujer y por tanto la designa como el “sentido”, “meta” y “porvenir” de su deseo.

Este discurso sobre la escasa idoneidad del ombligo para identificar a una mujer como distinta de otra, y sin embargo eficaz para despertar el deseo del hombre, es una alegoría de la importancia de la insignificancia (oximorónica combinación lexical. Ramón, junto con Alain, otro de los apólogos verbales de la insignificancia, dice de ésta: es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla (p. 135).

El libro ilustra con algunos ejemplos lo que nos quiere decir Kundera con el concepto de insignificancia. Por ejemplo, la próstata se la puede pensar como insignificante por su tamaño. Pero para Kalinin (Mikhail Ivanovich Kalinin fue Jefe de Estado de la Unión Soviética entre 1919 y 1946), miembro de confianza del Politburó, su hiperplasia prostática era una tortura porque sabía lo irritable que podía ser Stalin si se levantaba para aliviar su vejiga cada vez que su dolencia lo conminara a hacerlo. Para evitar despertar un arranque de ira en el dictador, se aguantaba sus ganas de ir al baño. Alain descubre la razón que debe haber llevado a que Stalin, a la muerte de Kalinin (ocurrida en 1946), bautizara a Königsberg, ciudad natal del filósofo Enmanuel Kant, como Kaliningrado. “Stalin debía sentir por Kalinin una ternura excepcional. (p. 40). Alain explica mejor su razonamiento: ” ante Kalinin, en las pequeñas pausas lejos de las masacres, en sus dulces momentos de un descanso parlanchín, todo cambiaba: se enfrentaba a un dolor totalmente distinto, un pequeño dolor, un dolor concreto, individual comprensible. (…) En su vida feroz, ese momento era un descanso. La ternura aumentaba en el corazón de Stalin al mismo ritmo que la presión de la orina en la vejiga de Kalinin. Redescubrir ese sentimiento que había dejado de sentir desde hacía mucho tiempo era para él de una inexpresable belleza” (p. 41). En suma, Alain sugiere que Stalin estaba agradecido a Kalinin, entre otras cosas, o sobre todo, por haberle ayudado a recordar que no era solo un monstruo, sino que podía también ser un ser humano. Esto no es una justificación ni una humanización de uno de los más crueles dictadores de la historia. Es sólo recordar cómo un evento insignificante lo pudo haber hecho reconocerse como ser humano. Y por tanto, también como alguien mortal, perecedero, olvidable, fugaz, leve, cuyo nombre podría ser borrado por las arenas del desierto del pedestal de todas las estatuas que aún queden de él, tal como ocurre con Ozymandias, el rey legendario descrito en el poema de Percy Bysshe Shelley. Al lado de la inmensa crueldad de este sanguinario dictador, crueldad que lo ha eternizado como a Hitler o Pol Pot, estaba presente la insignificancia para recordarnos, no solo que Kalinin por culpa de esa nimiedad que era su próstata, sino también el mismo Stalin, podían ser los iguales de cualquier otro ser humano, en su sentimiento de ternura (en el caso de Stalin) en su mortalidad, en su fugacidad, en su perecibilidad, en su pequeñez, en el caso de Kalinin.

Ramón dice que se necesita valor para reconocer la insignificancia. Quizás lo dice pensando que los seres humanos tenemos una tendencia a engrandecer lo que hacemos, a engrandecer a quienes admiramos o amamos. O, a engrandecer a quien nos inspira temor (lo que nos confirma nuestra convicción de que el miedo engrandece tanto o más que el amor). Pero ello es todo una ilusión. Y nos lo recuerda Kundera por la boca de Stalin, un aparente apologeta de la significancia: La gran idea de Schopenhauer, camaradas es la de que el mundo no es más que representación y voluntad. Eso significa que, tras el mundo tal como lo vemos, no hay nada objetivo, ninguna “Ding an sich” y que, para hacer que exista esa representación, para hacerla real, debe haber una voluntad; una enorme voluntad que la impondrá. (…) Esto es lo que he hecho mientras las fuerzas me lo han permitido. ¡Y os aseguro que , bajo el dominio de una gran voluntad, la gente termina por creer en cualquier cosa! (p. 110).

Si no hay nada trascendente, sólido, duradero; si no hay una cosa en sí, entonces esas cosas grandes en las que creíamos son ilusorias. Volvamos a Ozymandias, los últimos cinco versos del soneto: Yo soy Ozymandias, rey de reyes: /¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!” /No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas /de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas /se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas. Ozymandias, antes glorioso ahora insignificante. ¿No es la insignificancia entonces el destino de toda grandeza. ¿No llega siempre, luego de la hybris a la que sucede la tragedia, tímida y lentamente la insignificancia? Y si esto es así, para qué creer que hay cosas no insignificantes por las cuales vale la pena morir o, lo que es peor y ocurre tantas veces, cosas (ideas, ideologías, utopías, creencias), por las que vale la pena matar a otro ser humano, o simplemente hacerlo infeliz? La gloria y la grandeza, al final se diluyen y metamorfosean en insignificante polvo cósmico.

Ésta es la lectura que quiero hacer de esta última novela de Kundera. La leo como una invitación a amar la insignificancia que como dije al principio es leve como el humor y la risa, que como aquella son fugaces, incineran la grandeza y hacen descender de sus pedestales todo aquello que es elevado, sólido, grave y cuya defensa podría justificar el sufrimiento o muerte de un ser humano. Abrazar la insignificancia, hacerle una fiesta, beber a su salud una copa de Armagnac nosotros porque el Armagnac de la novela de Kundera no lo puede beber nadie porque la botella se cae de lo alto de un escaparate y se quiebra. Amo esa insiginificancia que si la reconociéramos en todos, y no sólo en la próstata de Kalinin o en la ternura puntual y micrométrica de Stalin, estaríamos protegidos contra la ponzoña de la gravedad, de la cual su peor expresión contemporánea ya no es el totalitarismo (la imagen preñada de gravedad de los dos mil tanques de cinco países del Pacto de Varsovia que la noche del 20 al 21 de agosto de 1968 invadieron Checoeslovaquia) sino el fundamentalismo siempre absurdo e irracional, del cual son ejemplos los actos terroristas de Boko Haram, los del Estado Islámico, el perpetrado por los miembros del grupo Aum Shinrikyo cuando atacaron con gas sarín el Metro de Tokio, o el del pistolero que mató a 12 personas en julio de 2012 en el Teatro Aurora en Colorado. Detrás de cada acto de violencia fundamentalista hay un valor, una creencia, una figura, una idea que para alguien es significante o trascendente. Por ello un elogio de la insignificancia sería también una apología de la humildad como camino a la paz. Un reconocimiento de que nacemos del polvo y regresamos al polvo.

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