Los Medios independientes en Venezuela Luchando con el régimen

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El gobierno trabaja con el odio. Nada es más fuerte que el odio.

Rafael Araujo, El hombre del papagayo

(citado por Leonardo Padrón)

En Madrid, durante la ceremonia de entrega de premios de la edición 2015 de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo, Mario Vargas Llosa dijo: El periodismo es una aventura, y a menudo peligrosa, para aquellos que aman y defienden la libertad. La cita proviene del discurso de cierre que dijo el escritor en ese acto, que fue un tributo a Teodoro Petkoff, editor y director del periódico independiente Tal Cual, a quien le fue otorgado este prestigioso premio. Petkoff tuvo que mirar esa ceremonia desde su computador personal en su oficina en Caracas porque tenía una prohibición de salida del país dictada por un tribunal. Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional introdujo una demanda por difamación contra Petkoff y otros 22 directivos de Tal Cual, El Nacional y La Patilla por haber reproducido en estos medios una noticia relacionada con él, antes publicada por el diario ABC de España. Éste no es un hecho aislado. Ha sido más bien un patrón del modo como el régimen ha obstaculizado o impedido la práctica del periodismo crítico e independiente en Venezuela.

Todo régimen autoritario aborrece la existencia de medios independientes críticos porque éstos tienen la capacidad de recoger y publicar información creíble y actualizada sobre tres clases de actos a los cuales estos regímene son propensos: delitos de corrupción, violaciones a los Derechos Humanos, y represión violenta de los disidentes. Cuanto más tiempo permanece un régimen en el poder, mejor es el control que desarrolla sobre los medios críticos que sobreviven así como las estrategias que implementa para doblegarlos o someterlos, forzando a que quienes allí escriben se autocensuren o a que sus dueños vendan o cierren sus empresas.

En Venezuela, el régimen que gobierna el país desde hace 16 años no es una excepción a esta regla. Este régimen pudiera ser caracterizado, de acuerdo con las ideas de Steven Levitsky y Lucan Way (2002) como un autoritarismo competitivo. En estos regímenes, las instituciones democráticas formales se considera que son los medios principales para obtener y ejercer la autoridad política. Aquellos que detentan el gobierno violan estas reglas tan a menudo y en tal medida que el régimen es incapaz de satisfacer las mínimas condiciones convencionales para que sea considerado una democracia. Levitsky declaró en una entrevista que le hiciera el Nuevo Herald en agosto de 2013: Diría que Venezuela es el caso más ilustrativo de este tipo de regímenes. Los casos de Bolivia, Ecuador y Nicaragua también podrían ser clasificados en esta categoría. Comparte esta opinión el profesor Kurt Weyland, quien escribió que: Chávez y sus amigos usaron el populismo para fortalecer su dominio e instalar regímenes autoritarios (p.20). Luego de que Chávez falleciera y Nicolás Maduro asumiera la presidencia de Venezuela, el régimen parece estar evolucionado rápidamente hacia una dictadura más convencional.

Desde el inicio en diciembre de 1999, cuando Hugo Chávez fue electo presidente de Venezuela, el régimen ha mostrado una vocación persistente por controlar, domar, someter, debilitar, enmudecer u obliterar a los medios independientes. Un examen agudo y exhaustivo de las estrategias que ha seguido el régimen contra los medios independientes en Venezuela se puede leer en el libro de Ocar Lucien (2011), Cerco Rojo a la Libertad de Expresión. de modo que podemos pasar por alto aquí la tarea de describir con detalles de qué modos el régimen ha atacado los medios independientes y pasar más directamente al examen de los factores que pueden explicar esta conducta. Pero antes de entrar en este punto haré un examen (muy breve) de la naturaleza del régimen precedente que nos permita evaluar cómo el actual se diferencia de aquel.

El Puntofijismo

Han tenido que pasar muchos años para que adentro y afuera de Venezuela la gente se diese cuenta de cuál era la verdadera naturaleza del régimen actual. Al comienzo, durante los años en que gobernó Hugo Chávez (1999-2012, éste ejerció el autoritarismo con una ambigüedad magistral, creando la ilusión de que los procesos de cambio que él promovía constituían una suerte de revolución democrática (algunos intelectuales en el extranjero puedenhaber creído que Chávez promovía un cambio que iba a conducir al país a una democracia más profunda, sistema que algunos han llamado democracia radical (ver por ejemplo Hegemonía y Estrategia Socialista (1985), de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe). De hecho, alegando que lo que su proceso perseguía era otorgarle protagonismo a aquel sector de la ciudadanía que había estado más alejado o del todo excluído de la toma de decisiones políticas—lo que le permitió decir que buscaba una democracia participativa—Chávez promovió la creación de una nueva Constitución que fue aprobada en diciembre de 1999. Durante los años siguientes Chávez desmanteló el antiguo regimen Puntofijista y lo reemplazó por un regimen de claro carácter autoritario con instituciones cada vez menos independientes gobernadas con políticas férreas y fuertemente centralizadas.

El régimen Puntofijista que precedió al actual régimen chavista nació cuando se suscribió el Pacto de Punto Fijo, el 31 de octubre de 1958. Al margen del hecho de que el acuerdo buscaba la estabilidad política frente a las amenazas de la guerrilla de izquierda, los firmantes (líderes de los principales partidos políticos), deseaban construir en Venezuela una democracia representativa, con instituciones independientes en las que se pudiera desarrollar una sociedad pluralista. Lo que se podría definir como axioma económico del régimen pujtofijista es la continuación de la decisión (tomada luego de la caída del gobierno de Juan Vicente Gómez) de que nadie pudiese ser propietario de los bienes del subsuelo (el Estado es fideicomisario y distribuidor de las rentas que se deriven de la explotación de esos bienes), y por tanto del petróleo. Esta decisión contribuiría de modo importante a que el puntofijismo derivara hacia un capitalismo de Estado rentista. Lo que significa que el puntofijismo contribuyó al desarrollo y consolidación de Venezuela como un petro Estado. En términos muy sencillos, el escritor Ibsen Martínez define a un petro Estado como: Un país minero con instituciones débiles y un sector público que no funciona eficazmente. Su rasgo más importante es que posee un marco legal que le confiere al Gobierno los derechos sobre los bienes localizados en el subsuelo (no existe propiedad privada del subsuelo). De este hecho se derivan las dimensiones y duración de la petro renta, la cual es mucho mayor que los beneficios que se pueden realizar en el sector privado (Martínez, 2005). Tal como lo señala Terry Karl en su libro The Paradox of Plenty (1998), la estructura y lógica de Venezuela como un petro Estado la hizo inherentemente vulnerable a eventos externos tales como los shocks petroleros que ocurrieron durante el período de 40 años durante los cuales estuvo vigente el Pacto de Punto Fijo (1958-1998). Estos shocks exacerbaron los incentivos a la corrupción, al tiempo que frenaron o impidieron el desarrollo de instituciones públicas maduras sobre las que se pudiera consolidar la democracia pluralista que se buscaba. Otras decisiones ajenas a la lógica del petro Estado tuvieron contribuyeron también al colapso del régimen puntofijista.

Hegemonía comunicacional

Desde el comienzo de su gobierno, Chávez y sus seguidores anunciaron públicamente la necesidad de cambiar los valores morales y la cultura de los venezolanos, y no solamente las instituciones y la política, para garantizar el éxito del proceso de cambio que promovían. Por ejemplo, Chávez le dijo a Agustín Blanco Muñóz en 1995: “Lo revolucionario es un concepto de la vida… Es concebir el camino necesario para Venezuela a través de un cambio total, radical… No puede haber una revolución económica sin una revolución política, sin una revolución cultural, una revolución moral. Es un concepto integral para que sea de verdad revolucionario.” (Blanco, 1998:

115 citado por Koeneke, 2012)

Sin embargo, ni Chávez ni sus seguidores habían hecho explícita la necesidad de lograr una hegemonía de comunicación e información. Esto cambió en 2007, cuando Andrés Izarra, entonces Director de Telesur, y ex ministro de Comunicaciones, le dijo en una entrevista a la periodista Laura Weffer: ” Para el nuevo panorama estratégico que se plantea, la lucha que cae en el campo ideológico tiene que ver con una batalla de ideas por el corazón y la mente de la gente. Hay que elaborar un plan y el que nosotros proponemos es que sea hacia la hegemonía comunicacional e informacional del Estado. Construir hegemonía en el sentido gramsciano” (Izarra, citado por Weffer, 2007: s/p).

De modo que el régimen buscaba que prevaleciera en Venezuela un único discurso, reduciendo al mínimo el ruido que pudieran crear otras voces críticas o disidentes. Esto es paradójico si consideramos la vehemencia con la que Chávez y sus ideológos criticaban en los foros internacionales temas tales como: el mundo monopolar y su discurso único, de verdades impuestas desde una única cultura (Occidente, por ejemplo); o las políticas económicas liberales impuestas (en el marco de programas de auste estructural) como condiciones de crédito por parte de los organismos multilaterales. Mirando retrospectivamente, estos argumentos lucen como herramientas de retórica que perseguían despertar simpatías y construir alianzas con los intelectuales (supuestamente) críticos del capitalismo, la democracia y los valores de Occidente, y con gobernantes de naciones enemigas de Estados Unidos y otras potencias del mundo desarrollado. Chavez, tendría el ingenio y habilidad para convertir esta red de simpatizantes en su plataforma externa de apoyo (ideológico, político y diplomático) a su proceso de cambio. A cambio de este apoyo, estos actores recibieron enormes cantidades de recursos. Es decir, su apoyo fue comprado. Por primera vez en la historia de Venezuela un presidente incluía a agentes externos entre los beneficiarios de un proceso de distribución de renta petrolera que respondía a criterios políticos y partidistas. En paralelo, mediante instrumentos tales como la Lista Tascón y una variedad de políticas económicas, Chávez, con el paso del tiempo, logró excluir sistemáticamente a ciertos grupos de la sociedad de la posibilidad de ser beneficiarios de la distribución de renta petrolera.

Volviendo ahora a la tesis de que el régimen implantado por Chávez es un autoritarismo competitivo, podemos leer en el trabajo de Levitsky y Way (2002) : Los funcionarios (y gobernantes) en los regímenes que pueden ser clasificados como un autoritarismo competitivo buscan a menudo suprimir activamente los medios independientes, usando para ello mecanismos de represión más sutiles que sus contrapartes (claramente) autoritarias. Estos métodos a menudo incluyen: extorsión, asignación selectiva de publicidad estatal, manipulación de los impuestos y acreencias de los medios, fomento de conflictos entre acconistas, y promulgación de leyes que facilitan el procesamiento de periodistas de oposición independientes (p. 58). De más eastá decir, que todas estas estrategias han sido implantadas por el régimen de Chávez a lo largo de 16 años.

Importancia del dicurso y los medios

Aun cuando la cita en la que Chávez hace referencia a la necesidad del proceso de cambio que promovía, de producir un cambio en las ideas y en los valores morales de lso venezolanos, su esfuerzo principal lo concentró en construir odio hacia enemigos internos o externos. Esto, la construcción social del odio (la dedicada siembra de odio en el corazón y mente de sus seguidores), estuvo asociada a un modo inédito de hacer política en Venezuela, cuyo origen podría remitirse a las ideas desarrolladas por el filósofo constitucionalista alemán e ideólogo del nazismo Carl Schmitt (1888-1985).  Las prácticas políticas de Chávez relacionadas con la siembra y construcción de odio en sus seguidores fueron consistentes con la definición de política por la que se recuerda a Schmitt: el campo de distinción entre amigo y enemigo.

Es posible que las ideas de Schmitt hayan llegado a Chávez a través de Norberto Ceresole (1943-2003), sociólogo y politólogo nacido en Argentina que por sus tesis negacionistas del Holocausto fue acusado de antisemita y pronazi. Ceresole pensaba que Chávez era un hombre que, obedeciendo el mandato del pueblo, del cual era su caudillo indiscutible, debía concentrar, unificar y centralizar de manera absoluta el poder sobre sí mismo, en lugar de permitir que éste descanse sobre institución alguna. Un aspecto critico de esta fusión pueblo, caudillo, ejército es la alianza hasta la fusión completa de las esferas civil y militar. Es decir, el matrimonio cívico-militar propuesto y promovido por Chávez fue también inspirado por Ceresole.

En términos de la definición de política de Carl Schmitt, los seguidores de Chávez serían los amigos y los oposicionistas los enemigos. La masa creciente de seguidores de Chávez durante esos primeros años de gobierno del régimen, necesitaba una masa antagonista de opositores para lograr y mantener fuerza y cohesión. Es interesante recordar un pasaje de Elías Canetti en su obra magna, Masa y Poder (1962) para entender la psicología y fisiología de las masas. Canetti escribe que: “La manera más segura y , a menudo la única, mediante la cual una masa se puede preservar (a lo largo del tiempo) reside en la existencia de una segunda masa con la cual la primera esté relacionada (…) la contemplación, o simplemente la imagen poderosa de esta segunda masa, previene la desintegración de la primera (p. 63). En gran medida, el régimen esperaba que las acusaciones (por lo general calumniosas) de que los actos de los opositores constituían actos de traición (contra la Patria, la soberanía, el pueblo), podía funcionar como un pegamento capaz de unir de un modo más compacto a los seguidores de Chávez y hacerlos sentir que comulgaban en su odio, absolutamente legítimo, hacia los enemigos y traidores, adversos a un proceso que prometía una suma máxima de felicidad para todos. La polarización contribuía entonces a fortalecer y conservar la cohesión social dentro de la masa de seguidores de Chávez. Cuanta mayor fuese la sensación de comunión entre los miembros de esta masa, mayor sería el grado de homegeneidad. Esa masa homogénea, de individuos acríticos, obedientes y sumisos era claramente un ideal del régimen. La construcción de una sociedad sin oposición ni disidencia.

La multiplicidad de beneficios que se derivaban de mantener la sociedad polarizada fue desde el principio obvia para el régimen y éste siempre buscó los modos de mantenerla viva. Lo que no esperaban los artífices e ideólogos de la polarización era que el bloque opositor (esa masa que se hizo tan compacta como la de los seguidores de Chávez), que rechazaba el avance del proceso de cambios, no mermara significativamente con el paso del tiempo (a pesar de la merma que sufrió por culpa de los crecientes flujos migratorios de venezolanos hacia el resto del mundo). Que por el contrario, el tamaño de este grupo mostrase una formidable resistencia a la amplísima variedad de estrategias implantadas por el régimen para menguarlo y minarlo. Lo que no significa que el miedo (sembrado por la violencia de calle desatada e impune, y luego exacerbado por los espectaculares ejercicios de represión brutal y criminal perpetrados por el régimen) no haya inyectado una dosis fuerte de parálisis y desesperanza en este grupo.

Para realizar esa siembra del odio en sus seguidores, odio hacia los enemigos internos y, eventualmente, hacia los enemigos externos (Estados Unidos, Colombia, o “la derecha internacional”), Chávez necesitaba que escucharan sus palabras. Era necesario que ese discurso llegara a sus destinatarios con el menor ruido posible. Con la menor interferencia. Sin que voces críticas desarmaran sus mentiras, identificaran sus falacias, señalaran las inconsistencias lógicas que contenía su discurso, la imposibilidad de cumplir ni siquiera la mitad de las promesas que hacía.

Por tanto, esa redefinición de la política que hizo Chávez fue uno de los factores que mejor explican la importancia que el régimen le ha conferido a las palabras y el discurso (antes que a las ideas y los valores morales) para el logro de sus objetivos. Pero éste es un interés pragmático y no conceptual, porque no hay interés real en la lengua, su sintaxis, su léxico, las etimologías de sus palabras, sus fonemas y morfemas, su semántica. etc. El interés es más bien instrumental. El régimen valora la lengua, las palabras y el discurso de acuerdo con el potencial de éstos para sembrar o mantener el odio, para persuadir de una mentira, para disimular una verdad molesta, y para lograr adhesión sumisa y ciega, en sus seguidores. En esa valoración instrumental, la lengua les interesa en tanto que contribuye al logro de fines muy especificos tales como mantenerse en el poder. Los líderes del régimen se han convertido o aspiran convertirse en una suerte de maestros de la neolengua orwelliana (double talk), esa lengua en la que lo que se dice significa lo contrario de lo que se cree que significa. Así, de un modo semejante a como en la novela 1984, el ministerio para la paz puede hacer la guerra, en Venezuela, el Ministerio del Poder Popular para las Relaciones Interiores, Justicia y Paz ha dirigido actos de brutal represión contra quienes protestan, actos que han llegado al extremo de la tortura y el asesinato. En suma, antes de Chávez, ningún líder político había creído de ese modo en el poder de las palabras como instrumentos para moldear la realidad, para construir identidades colectivas (en particular la de aquellos que habían sido repetidamente excluídos, no solo de la distribución de renta, sino también de la imaginación del liderazgo político del regimen precedente), para llegar al corazón de sus seguidores y simpatizantes pero, sobre todo, para sembrar en ellos el odio. Dentro de este marco es posible comprender la medida en que el régimen actual, más que otros regímenes precedentes en Venezuela, han considerado a los medios como el perfecto complemento e instrumento para alcanzar sus objetivos.

Para un líder como Chávez, que poseía una habilidad retórica extraordinaria, sus palabras, tejidas en un discurso ininterrumpido representaban una manera más eficaz de modelar la realidad que la formulación de políticas públicas dirigidas a crear soluciones a los problemas reales, sociales y económicos, sentidos y sufridos por la población. Esta convicción es la que condujo a Chávez a creer que su tarea principal debía ser hablarle a sus seguidores. Evidencia de este discurso ininterrumpido fueron las 378 ediciones de su programa dominical, transmitido por canales de radio y TV,, Aló Presidente. Además de este programa, se estima que Chávez realizó un promedio de 200 cadenas nacionales de radio y TV entre los años 2000 y 2010. Estas dos cifras nos ofrecen evidencia de la importancia que le concedió Chávez a esa posibilidad de conectarse con sus seguidores mediante ese hilo casi ininterrumpido de palabras. Los medios constituyeron el vehículo principal para diseminar ese discurso, su discurso. La hegemonía de comunicación y de medios era un objetivo natural esperado. Por tanto, los medios criticos e independientes han sido percibidos por el régimen como una interferencia seria a esa intención de modelar la realidad y manipular la mente y corazón de sus seguidores.

Otro objetivo que se puede pensar que el régimen perseguía al buscar la hegemonía comunicacional y de medios es la proyección de una versión sesgada de la realidad (sobretodo de la realidad local) que fuera significativamente favorable al régimen, mostrando y celebrando sus logros y ocultando o ignorando sus fracasos u omisiones. Desde 1999, los medios críticos e independientes han sido los únicos en informar sobre la variedad de problemas económicos y sociales que afectan a la población venezolana. Los medios oficiales, y los llamados medios comunitarios, sólo han publicado y publicitado una version edulcorada de la realidad, en la que los problemas son negados, minimizados, o maquillados.

Un tercer objetivo que puede justificar la búsqueda de una hegemonía comunicacional es la invisibilización de la oposición y sus líderes. Si se controlan los medios se puede impedir que los líderes de oposición tengan acceso a éstos de modo que queden invisibles para lapoblación. Por lo general, en tiempos de campañas electorales, los medios del Estado no les dan espacio a los candidatos de oposición o si les dan, este espacio no guarda equilirbio alguno con el que estos medios les otorgan a los candidatos del régimen. Los medios privados controlados por el Gobierno, emulan esta conducta.

En el presente, el régimen se ha quedado sin palabras que cautiven o seduzcan a un, cada vez menor, número de seguidores. Se aprecia entre ellos, así como entre los que lo oponen, un profundo desencanto, asociado o no con desesperanza. Las encuestas parecen confirmar esta impresión. En junio de 2014, menos de 15 meses luego de que Chávez falleciera, y menos de 14 meses luego de que Nicolás Maduro fuera electo presidente, la empresa encuestadora Alfredo Keller publicó los resultados de una encuesta que reportaba 69 por ciento de desaprobación a las políticas económicas del regimen y 60por ciento de desaprobación a la gestión de Nicolás Maduro. En enero de 2015, de acuerdo a una encuesta conducida por laencuestadora Datanálisis, la aprobación a la gestión de Nicolás Maduro se hallaba en 22 por ciento. Estas cifras sugieren que elproceso que una vez había prometido crear el máximo de felicidad para los venezolanos se hacía menos convicente y quizá, siembre la sospecha en muchos de que no será capaz de cumplir esa promesa. Por incapacidad, pero también porque los líderes del régimen usaron su poder para su propio beneficio. Es decir, para ellos el logro del Bien Común (por lo general asociado a políticas populistas de distribución de renta) fue muchomenos importante que la persecución de objetivos individuales. Mientras tanto, el modelo, el llamado Socialismo del siglo 21, ha mostrado que lo único que ha podido producir en cantidades crecientes son: escasez, pobreza, muertes violentas. Todos esto en cantidades tan grandes que ni siquiera el poderoso y cuis hegemónico control de los medios que ejerce el régimen ha podido impedir que la población cobre conciencia de esta realidad.

La brecha entre lo que le importa a la población—los problemas que la gente espera que sean atentidos y resueltos—y lo que le improta al régimen—permanecer en el poder tanto tiempo como le sea posible—se ha hecho muy grande. En el pasado, el espacio de no congruencia se había podido disimular gracias a la capacidad retórica de un líder carismático que podía articular un discurso, nuevo, que persuadía a sus seguidores de que los procesos de cambio que promovía traerían felicidad para todos. Además de identidad, de algún modo sus palabras les decían: “Les hablo a ustedes, quienes antes de que yo llegara no tenían ni rostro ni oportunidad para el protagonismo. Yo los he convertido en personajes principales de este proceso. Ustedes son los legítimos propietarios de nuestra riqueza. Y no ellos. Los banqueros, los empresarios, los oligarcas, etc.” El tiempo ha mostrado que el discurso y las políticas promovidas por el régimen han minado el capital moral de la población, y los capitales físico, institucional y natural del país.

Con el desencanto, y el malestar creciente, como una epifanía, ha tenido lugar una toma de conciencia (una suerte de lucidez aún vaga), por parte de la población, sobre la verdadera naturaleza del régimen y los objetivos personalistas de sus líderes. Es muy posible que a esta toma de conciencia hayan contribuído, no solamente los medios críticos independientes (los tradicionales y los digitales). Creo que también han jugado un papel las redes sociales digitales, las protestas masivas o de pequeños grupos, y las actividades de denuncia, muy a menudo locales (hasta domésticas), de persistentes y valientes líderes de oposición.

Pudiera ser que en el desencanto que se postula haya jugado un papel importante un proceso de reflexión colectiva, más abstracta y conceptual, y menos pragmática y personal, relacionada con el descubrimiento, por parte de la población, de la verdadera naturaleza autoritaria y violenta del régimen. Chávez era capaz de crear, y mantener, una formidable ambigüedad, acerca de la naturaleza del régimen. Éste a veces parecía una dictadura. Pero a veces, si se lo miraba mejor, parecía una democracia. Y en esto no jugaba solo su capacidad retórica superior y su carisma. Sino también su capacidad para saber hasta dónde llegar. Cuándo revertir una decisión o política. Esa ambigüedad ya no existe. El régimen actual es claramente percibido, por un número creciente de actores domésticos y extranjeros, como un autoritarismo competitivo que evoluciona rápidamente hacia una dictadura convencional.

La historia que se ha narrado, ha tenido como supuesto que los medios críticos e independientes son, menos actores inmersos en un ambiente que ejerce fuertes presiones selectivas en las que va a sobrevivir solo el más adaptado, y más empresarios, editores, periodistas y columnistas que se han visto enfrentados a dilema hamletiano, frente al que han resuelto “tomar las armas contra un piélago de calamidades” y, sintiendo un compromiso real con: la información, la verdad, la ética y los derechos humanos, han hecho lo que tenían que hacer. Esta consideración se refiere a la idea de que en cierta medida, todos los actores mencionados, cada uno a su manera (de acuerdo con lo que argumenta Dan Gilmor, en una entrada que subió a su blog el 18 de abril de 2015, Why journalists should (at least sometimes) be activists“) se han comportado como activistas.

Aun cuando el régimen no ha logrado una completa hegemonía comunicacional, y aun cuando la población parece haber entrado en una fase de desencanto y desilusión, que le permite darse cuenta de su verdadera naturaleza autoritaria, así como de su incapacidad de cumplir su promesa de darles a todos la oportunidad de lograr el Bien Común, el régimen ha logrado controlar (y censurar o presionar para que se autocensuren) a una gran mayoría de los medios en Venezuela. Por tanto los medios críticos que sobreviven, deberán ser capaces de superar o eludir viejas y nuevas amenazas, e imaginar estrategias que les permitan ser financieramente viables, comunicativamente pertinentes, y operacionalmente seguros. A sabiendas de que, además de jugar el papel de informar a la población sobre los crecientes fracasos y decrecientes aciertos de las políticas del régimen, deberán aprender a tratar, sin incurrir en riesgos serios a su integridad, asuntos relacionado con; la violación de derechos humanos, la represión de disidentes, y los ubicuos delitos de corrupción.

Una versión en inglés del presente texto se publicó en The Mantle . El autor agradece a Corrie Hulse la labor de edición de esa versión.

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