Simonovis

El año 2013 está por concluir. Y uno de los hechos del gobierno que todavía a estas alturas sorprende a miles de venezolanos es la falta de compasión que ha mostrado con el caso de Ivan Simonovis. A estas alturas, ya muchos no piensan en si Simonovis era culpable de todos los delitos de los que se lo acusó, o por los que fue sentenciado, o si era inocente; o si era solo culpable de algunos pero no de todos los delitos por los que fue sentenciado. Éstos son detalles técnicos. Lo que inquieta a millones de venezolanos es el haber sido testigos de cómo, en el caso de Simonovis, se ha apreciado una ausencia absoluta de imparcialidad en el sistema judicial venezolano (que no es independiente). Peor aún, los ciudadanos hemos visto a lo largo de los años cómo el sistema judicial venezolano, en lo que sí se podría leer como una conspiración, ha actuado  consistentemente como si, en lugar de buscar justicia, hubiese buscado maximizar la crueldad, la infelicidad, la miseria, de este prisionero. No creo por tanto que un indulto borre automáticamente de la memoria de millones de venezolanos la percepción de que el sistema judicial está podrido, o la de que éste es una simple herramienta del poder, o la de que no es independiente (es sumiso como los otros poderes), o la de que sus miembros fabrican argumentos para legitimar actos de crueldad. ¿Qué podría lograr entonces Nicolás Maduro con un indulto a Simonovis? Ni el sistema judicial ni el regimen se verían beneficiados si éste ocurriera. En cambio sí creo que la consciencia de Nicolás, junto a la de otros hombres y mujeres que trabajan en el gobierno y que han contribuido activa y significativamente al sufrimiento extraordinario de Simonovis, se aliviarían. Y aunque el alivio de esas consciencias (por sí solo) no va a ayudar a nadie a comprar pasajes para el Paraíso, puede comprar calidad de vida en este mundo. Porque aún si mienten en público, no pueden ocultarse ese sufrimiento a ellos mismos. Yo tampoco me lo puedo ocultar a mí mismo (con mi inacción también he contribuido a su sufrimiento). Y tengo la certeza de que el sufrimiento de Simonovis—aún si el ruido que produce no son gritos, ni insultos, ni profanaciones sino (ahora y cada vez más) solo susurros (por su creciente debilidad)—va a resonar en nuestros oídos, como campanas repicando detrás de nuestras puertas y ventanas, mientras nos quede un hálito de vida. Va a sonar y resonar como todavía lo hacen en Dinamarca las cerillas de la vendedora del cuento de Hans Christian Andersen cada vez que ella las frotaba contra la pared y las encendía con un poquito menos de fuerza y de esperanza. El leve pero indeleble y persistente ruido de la consciencia. Y sé que hay otros ruidos. Hubo otros Simonovis. Ruidos y susurros que ya no podremos callar, con los que tendremos que vivir. Pero ruego porque se silencie este ruido, ahora el más punzante, perturbador, disonante. Quisiera bajar el volumen al ruido de la consciencia para escuchar la alegría de la Navidad.

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