Next Floor(2008), La crudeza humanista de Denis Villeneuve (1)

 

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Este cortometraje que dura unos once minutos fue dirigido por el canadiense Denis Villeneuve, director que ganó celebridad mundial con películas como Incendies (2010) y Prisoners (2013). Villeneuve narra en Next Floor una oscura historia de comida, gula, abyección y decadencia. El corto comienza mostrando a un grupo de diez comensales (y un tullido que no come pero que está presente como observador) reunidos alrededor de una mesa situada en el centro de un gran salón. La iluminación principal del salón proviene de una lámpara de cristal que pende sobre el centro de la mesa. Ésta ilumina cenitalmente las bandejas llenas de una variedad de aves, carnes blancas y rojas, pescados, frutos del mar y contornos seleccionados. Meticulosos, esbeltos y y elegantes mozos traen las bandejas y sirven los vinos. Un poco más retirado un cuarteto de cuerdas crea un suave ambiente musical para el banquete. Todos los hombres están vestidos de etiqueta, o con los uniformes de gala de los cuerpos de las fuerzas armadas al que pertenecen. Las mujeres, también con sobrios vestidos de gala, está adornadas con vistosos y relucientes collares, pulseras, pendientes. Pero no se oyen conversaciones. Nadie habla. Sólo se comunican, ocasionalmente, con miradas y gestos sutiles que construyen una conversación muda e ininterrumpida. Uno diría que se conocen mucho y ya nada tienen que decirse. Quizás tienen toda una vida sentados a esa mesa comiendo, y se han dicho todo lo que tenían que decirse. O quizá no consideran que sea el momento para hablar. Quizá piensan que conversar les quitaría un tiempo precioso y escaso que lo deben dedicar a masticar (no saborear) lo que se han llevado a la boca. Todos están muy concentrados en el acto de comer y masticar. Todos comen y mastican y la ausencia de palabras en la mesa la rellenan el ruido de los cubiertos al chocar con la porcelana de los platos y las bandejas durante la comida. Un rasgo común es el deseo insaciable de todos los comensales por la comida. La gula domina.  Una gula que no produce rostros de placer o satisfacción. No se detecta ni siquiera una satisfacción contenida, como la que se adivinaba detrás de los rostros de los comensales protestantes (frugales y acostumbrados a practicar la auto constricción), reunidos alrededor del banquete que organiza la chef Babette, en la película inspirada por el cuento de la baronesa Von Blixen, El Festín de Babette. En este caso, las bandejas llenas de deliciosos manjares son servidas a la mesa, a cuya vecindad las traen los mesoneros en carritos. Se trata de las más exóticas piezas de pesca o de caza.  Desde un tiburón hasta un ciervo, un pavo real o un rinoceronte. Y uno concluye que lo común a la gula no es la insaciabilidad sino la inercia, la inagotabilidad. La gula como una metáfora del movimiento rectilíneo uniforme de la mecánica clásica. Hay parsimonia en su dinámica, pero no se divisa un término. Y de repente, sucede lo que nadie pudiera haber previsto. El piso de madera sobre el que están la mesa y los comensales cede, se quiebra, y todos, mesa, ollas, viandas y comensales, caen al piso inferior. Caen sentados. Y el Maitre D, que es el único que en la película ejerce su capacidad (el derecho) para la palabra hablada, pronuncia por un intercomunicador la frase next floor. Y todos, músicos, y mesoneros, descienden apresurados las escaleras. Y llegan al piso en que están todos los comensales. Ninguno parece estar herido. Ni la más mínima magulladura. El único cambio que se aprecia es un polvo blancuzco que recubre todo. El polvo que se produjo cuando se rompió la placa de concreto sobre la que descansabas la mesa, las sillas y todos los comensales. Y en eso, la lampara desciende. Y la cámara muestra que en realidad ésta pende de una muy larga cadena que pasa a través de, no uno sino varios huecos dejados por esa misma mesa. Y uno cae en cuenta de que ellos han ido cayendo. Que cuando la película comenzó ya la caída había comenzado. Y todo había caído por lo menos dos pisos. Pero ninguno hace una tragedia por esa caída. A ninguno le produce la menor reacción. Nadie se inmuta. Y tampoco parece sorprender a los sirvientes. Ni a los mozos y camareros. Y menos al maitre. Todos esperan esa caída. Lo que sorprende es la aceleración. Todo caerá más rápido a medida que ellos estén más pesados. A medida que la gula insaciable los haga más densos. Tan densos que probablemente, ellos intuyen, llegará un momento en que ningún piso los podrá soportar. Tan denso que si la película durara más tiempo (y no solo once minutos) los veríamos descender hasta el mismísimo Infierno.

Next Floor como breve y genial alegoría de la decadencia. De su tempo. De sus actitudes y valores. De su carácter kitsch y abyecto. De la rigidez cadavérica que va impregnando los rituales y prácticas cotidianas de los inmutables, insensibles y por supuesto pecadores comensales. De los colores cadavéricos que los van tiñendo, por lo general las élites de la sociedad. Porque la decadencia es siempre una representación, un drama que no se sabe bien quién ha escrito aunque siempre sea el Poder (la coalición gobernante, el Dictador, lo que sea que represente) el que lo protagoniza.  Del gusto, cada vez más sofisticado, por la sangre (los acercamientos que hace la cámara de la variedad de carnes sanguinolentas y chorreantes servidas en las bandejas). Next Floor es un retrato crudo de la codicia desaforada y el modo como ésta crece en tiempos de decadencia. Y de los efectos de mediano y largo plazo de la codicia. De la práctica, o hábito, o manía, por diversificar de un modo infinito la variedad de los bienes que la alimentan sin saciarla. Como por un capricho, como si formara parte de un macabro ritual lúdico. Ese rasgo caprichoso, arbitrario (esa no necesidad), que siempre está presente en la decadencia. Y la densidad creciente que produce la codicia (la gula) insaciable. La indiferencia absoluta de la decadencia a todo lo que no es instrumento para alimentar esa codicia insaciable. De la decadencia como un verdadero caer gravitatorio y no solo simbólico. Como un caer a la oscuridad. Y de la simple división del trabajo que debe existir para que haya decadencia. Los amos y los que sirven. Que no son el pueblo, ni los ciudadanos, ni los súbditos, ni los sirvientes, sino los vicios. Nuestras pasiones. Los vicios como los medios necesarios para alcanzar ese próximo piso inferior. Y la certeza de que al final no habrá ninguna placa, base, pilar, sustrato, que sea capaz de sostener a esa sociedad que ha decidido entrar en decadencia. Y el Maitre. ¿Quién es él en esta alegoría?

Next Floor se puede ver online en este link.

 

 

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