Doce apuntes sobre el resentimiento

Un rencor bien firme, bien vigilante, puede constituir por sí mismo el armazón de un individuo: la debilidad de carácter procede la mayor parte de las veces de una memoria desfalleciente. No olvidar la injuria es uno de los secretos del éxito, un arte que poseen sin excepción los hombres de convicciones fuertes, pues toda convicción esta constituida principalmente de odio y, en segundo lugar, solamente, de amor. 

E.M. Cioran, Odisea del rencor

Escribo el presente texto en medio de un nuevo auge del discurso del resentimiento que fabrica el regimen que gobierna Venezuela desde diciembre de 1998. Éste ha sido un tema que ha teñido, matizado, permeado e impregnado el discurso de este regimen desde el comienzo. ¿Cómo hacen estos procesos que se llaman a sí mismos revolucionarios para desatar el resentimiento? ¿Será que accionan ciertas palancas, quitan ciertos frenos, que descomponen mecanismos de contención y liberan sentimientos básicos que son inherentes al corazón humano? Hanah Arendt explica en “La cuestión social”, segundo capítulo de su libro Sobre la Revolución, de qué modo durante la Revolución Francesa aquellos que fueron originalmente llamados los infelices (malhereux) se metamorfosearon en los iracundos (enragés). Arendt describe a este grupo como “aquellos que se rehusaban a tolerar y soportar por más tiempo su sufrimiento al tiempo que eran incapaces de terminar con éste o aliviarlo”. La ira, y el rencor que es la forma en que ésta se hace duradera a lo largo del tiempo, habían sido engendradas por el sufrimiento. Pero esto no es lo que ocurre en la pseudo revolución mal denominada bolivariana. Ni la ira ni el rencor han sido constantes o rasgos característicos de los grupos de la población a los que este régimen ha beneficiado preferencialmente, dirigiendo a ellos renta petrolera. Sí es cierto que carecían de una identidad colectiva. Pero el discurso del oficialismo no se las ha construido. Ellos mismos se la han construido y por lo que hemos podido ver sus rasgos lucen muy diferentes de aquéllos que (uno pensaría) debiera tener ese hombre nuevo y utópico con el que soñaban los revolucionarios de la lucha armada en América Latina. En cambio, la ira y el rencor sí pueden considerarse rasgos definitorios de (por lo menos el discurso de) la mayoría de quienes han asumido posiciones gobernantes durante estos 15 años. En otras palabras, los gobernantes fracasaron en su proyecto de encender una lucha de clases pero sí lograron, a lo largo del tiempo,agriarse a sí mismos, acidificarse, manteniendo vivos sus propios sentimientos de ira y de rencor. Ha sido precisamente la emocionalidad que despiertan en ellos esta ira y este rencor, lo que más ha impedido que se den cuenta de su propio fracaso y rectifiquen. 

I

Si el origen del rencor en los jerarcas de este regimen está asociado a la conclusión de que fueron sistemáticamente excluidos del gobierno democrático por los partidos del Pacto de Punto Fijo (1958-1998), en esta fase avanzada del proceso que han promovido, pareciera que éste se nutre de la frustración que les produce darse cuenta de que no pudieron (y cada vez será más difícil), implantar con éxito su modelo. Todo lo contrario, cuanto más tiempo se mantengan ciegamente en el poder, más probable será que las políticas que implanten tengan consecuencias opuestas a los objetivos que buscan o declaran perseguir. El modelo mostrará de manera plena su perversidad. Parecerá que se ríe y conspira contra ellos y ellos verán, como alcohólicos que padecen de delirium tremens, fantasmas y demonios que conspiran contra ellos. Éste es el mecanismo psicológico que explica el matiz sardónico y la impostura que yacen detrás de cada gesto que hacen, debajo de cada palabra que dicen. Pero no pierden la esperanza. Y en su discurso nervioso y caprichoso, observamos un intento recurrente pero impredecible, y casi siempre ineficaz, de avivar el resentimiento en sus seguidores, como temiendo que pudiera apagarse la llama de las emociones que solo de manera incipiente lograron desatar. Y recurren con este propósito a diversas estrategias, cada una más desesperada y desatinada que la otra. En el presente, el discurso se ha concentrado en construir al comerciante como el gran enemigo del pueblo (vigencia de Ibsen en estos tiempos). Ahora el comerciante es un usurero. No hago la apología del comerciante, ni la del productor, no es éste mi propósito. Múltiples condiciones conspiran para que ni el uno ni el otro se comporten de modo que los consumidores deriven el máximo beneficio de sus decisiones de compra. En la mayoría de los sectores de nuestra economía los mercados no son competitivos y los marcos regulatorios y las instituciones no están dirigidos a lograr productividad y competitividad sino otros objetivos. Por otra parte, existe una orientación fiscalizadora y policial en los organismos regulatorios que entorpece y obstruye la actividad económica privada.

II

En ocasiones anteriores, fueron enemigos del pueblo otros grupos de la sociedad venezolana: los oligarcas, los extranjeros, los opositores, los adecos y copeyanos, los partidos políticos del puntofijismo, los de derecha, los dueños de los medios, los que firmaron el revocatorio, los que firmaron el decreto de Carmona, los que emigraron, los que viven en el Este de Caracas, etc. El presidente actual ha usado recientemente para designar a algunos de estos grupos epítetos tales como: “viejo adecaje“, “vieja putrefacta política amarilla“, “cúpula podrida del puntofijismo“, todos ellos ofensivos y poco apropiados para denominar a un rival político, aunque adecuados para designar a los que él desea construir como enemigos internos. Vislumbro, como una de las tareas para una futura etapa post-proceso, construir el inventario de los enemigos internos y externos (demonios y otros seres infernales) que han detectado los jerarcas de este regimen gracias a sus eficaces aparatos de inteligencia.  

III

No obstante mi hipótesis de que el discurso del regimen no ha sido eficaz en instilar resentimiento en la población, creo que sí lo ha logrado en la facción de los violentos y transgresores de la ley. Es muy posible que una parte importante de ellos se sientan legitimados en su oficio nadahonorable, y alentados a continuar con celo y sin desánimo haciendo lo que hacen para que no decaigan los índices de violencia y criminalidad. Es curioso y trágico ver cómo mientras los gobiernos de unas naciones promueven innovación, creatividad o alegría, los de otras promueven: la estúpida repetición de ideas fijas,la memorización de listas de lugares comunes de la revolución, y la institucionalización de prácticas malandras, forajidas y criminales.

IV

Los otros, los no violentos, han aprendido otras cosas de este discurso del rencor. Algunos de ellos son sordos a éste. Les aburre. Son oyentes apáticos de este discurso. Otros lo escuchan de modo selectivo.  Les interesa instrumentalmente porque con él justifican su codicia por los bienes materiales que este discurso y en general las políticas del régimen han despertado en ellos. Siguen creyendo que el Estado rico los debe mantener (aquel silogismo de la riqueza al que se refería Alfredo Keller hace dos décadas). Y se abandonan (digo dejan de invertir tiempo, esfuerzo y talento en afanarse para trabajar o para idear nuevos emprendimientos) esperando que el Estado haga su tarea de distribuidor de petro-renta. Que persiga y sancione a comerciantes para que ellos compren a precios de reventón, o que expropie a productores para que ellos puedan usufructuar sin costo de bienes y servicios por los que no trabajaron. Con estas acciones, el Estado cultiva esperanzados y pacientes compradores de precios de remate, que luego de largas horas de cola adquieren con fruición (con alegría sincera) esos nuevos collares de espejitos, qu eno funciona como otra cosa la tecnología digital y los otros bienes cuyo comercio sostiene las bases del capitalismo. Estoy seguro de que el capital multinacional le agradece al comandante sus buenos oficios para reactivar con petrodólares el capitalismo en este continente (a esto es a lo que llamo perversidad del modelo, logra lo opuesto de lo que persigue). El Estado, con un discurso que censura la acumulación, estimula el consumismo. Buscando despertar rencor hacia los que son propietarios del capital, no crea hombres más desprendidos o espirituales, sino hombres que aman por encima de todas las cosas lo material y olvidan que en el capitalismo, uno de los motores que lo empuja y lo mueve, aparte de la innovación (cambio técnico), es la búsqueda de sentido, que se expresa también como un esfuerzo para resolver problemas (no crearlos), superar retos que nos crean la naturaleza o la complejidad creciente de nuestro entorno urbano. Lo lamentable del rencor de este regimen es su materialismo. Al alimentarlo alienta la codicia por los bienes materiales. Ninguna de las políticas del regimen alienta el desasimiento. Este populismo solo exacerba la codicia.

V

Me interesa indagar cómo se engendra el resentimiento y qué mecanismos lo preservan a lo largo del tiempo. Me pregunto si puede el resentimiento, a semejanza de algunos virus, usar a algunos sujetos como portadores sin que éste se exprese en ellos. O si éste puede perdurar en un estado latente y ser activado súbitamente por ciertos eventos o factores externos o internos a la persona que lo guarda en su memoria. Me pregunto también si un resentimiento colectivo y compartido (el de una raza o de un grupo social) tiene más posibilidades de durar, de persistir a lo largo del tiempo, que un resentimiento individual. Y ahora lo concibo como un bien (intangible), como algo que se puede acumular, perder, disipar como el calor, o incrementar mediante la acumulación de varios resentimientos (provocados por eventos o actos distintos) y la eventual fusión y confusión de todos ellos en uno solo. Pero si alguien pudiese concebir el resentimiento de este modo, pudiese también derivar placer (utilidad) del hecho de sentir en él (en su interior) resentimiento hacia algo. ¿Se puede sentir resentimiento hacia las cosas?, Cioran escribe en “Odisea del Rencor·: Se debería sentir rencor incluso contra las cosas. ¿Qué mejor estrategia para remojarse en su contacto, para abrirse a lo real y rebajarse con provecho?. ¿O hacia un grupo social, por ejemplo hacia los blancos, o los negros o los judíos, o cualquier otro, porque sus miembros me segregaron o porque le hicieron tal o cual cosa inaceptable a mis ancestros?. Y ante este racimo de hipótesis me pregunto si opera una suerte de ley de conservación del resentimiento que lo hace constante a lo largo del tiempo. O si, por el contrario, éste disminuye o crece con el tiempo; y si ocurre una de estas dos cosas qué factores determinan una conducta o la otra?. Y respecto a su relación con la memoria, ¿puede éste desaparecer por culpa del olvido, por ejemplo, o mantenerse invariable cuando aquel que lo siente posee una memoria absoluta (al menos de los hechos negativos) o, finalmente, amplificarse cuando quien lo siente tiene una memoria que confunde las cosas, una memoria desordenada, que le ha creado una tendencia a la exageración que, en casos agudos, puede acercarse o confundirse con la locura?. Por ejemplo, el resentimiento de un loco, provocado por un evento, acto o palabra que, hechos o dichos a una persona normal habrían pasado desapercibidos, pudiera alcanzar niveles intolerables en el hiperexagerado y tener como respuesta el crimen o el asesinato en serie. Y siento que este tema es complejo y que con todas estas preguntas apenas logro conocerlo. Apenas lo rozo.

 VI

El resentimiento lo engendra un evento que interpreto como adverso aun cuando a nadie pueda yo culpar de que tal evento haya sucedido (y así nace un resentimiento contra Dios, contra el Demiurgo, contra mi destino, contra mis progenitores), o pudiera engendrarlo el acto de alguien, que interpreto como dirigido contra mi, y por tanto como un maltrato, y entonces mi resentimiento estará dirigido contra el que perpetró el acto; o puede haberlo engendrado una palabra, y el razonamiento que me conduce a la atribución de mi resentimiento será análogo al caso precedente.

VII

Lo que es invariante es que el rencor siempre nace de la memoria porque se remite a un hecho del pasado. De un pasado mítico ocurrido en illo tempore, de un pasado histórico, de un pasado personal. Pero, me pregunto, ¿lo engendra un registro fiel del pasado o lo engendra más bien, en todos los casos, un registro infiel de éste, un registro distorsionado producido por una destreza (que puede o no ser innata) para crear resentimiento y diseminarlo por el mundo? En todo caso, el resentimiento es uno de los diques que construyen los hombres contra el olvido. Jamás olvidar (ne obliviscaris, Campbell; oublier ne puis, Colville) es uno de los lemas más populares de familias, movimientos, partidos políticos, pueblos o naciones.

VIII

No se extingue con la justicia porque lo que lo mantiene vivo es el ansia de venganza. Las bases de la justicia no solo deben ser ciegas sino también desapasionadas. Y sin ser igual al odio, porque siempre lo precede, el rencor es su semilla. Sin embargo, se asemeja tanto al odio, se confunden de tal manera el odio con el resentimiento, se disfrazan con tanta frecuencia el uno del otro y viceversa, que se suele creer que el resentimiento es una de las metáforas o rostros del odio en lugar de una condición necesaria de éste. Pero hay una parsimonia en el resentimiento, una estabilidad a lo largo del tiempo, que hace que sea una tarea fácil predecir su curso futuro. Y así, ésta predecibilidad, puede constituir un criterio de demarcación del odio del resentimiento. El odio, a diferencia del resentimiento, por ser una pasión, es violento, disruptivo, exaltado. Puede alcanzar cimas paroxísticas y luego tocar fondo de manera caprichosa, y esta conducta lo hace impredecible. Pero además, el odio se siente, en la cabeza, pero también en el estómago, en el hígado, en el páncreas, en los intestinos e incluso en el corazón. En cambio el resentimiento solo se piensa y se guarda en la cabeza; en nuestra memoria (aún si alguien alega que hay un resentimiento del cuerpo, creo que éste es raro porque es el cuerpo es más noble, olvida y perdona las heridas que le infligieron mucho antes que nuestra mente).

IX

Hay un rostro literario del resentimiento. Habita el interior de historias que crea nuestra mente para impedir que muera porque solemos creer que conservamos nuestro pasado si no olvidamos las razones de nuestro rencor cuando lo que conservamos es el potencial para el odio, que no es otra cosa el rencor. Y este potencial es plástico y versátil en el sentido de que podemos utilizarlo en otras historias en las que no había rencor. Es decir, el rencor es odio en potencia que se puede trasegar de una historia a otra como si fuera líquido. Y así, agregar rencor donde antes no lo había. Con la esperanza de que eventualmente nazca el odio. Pero además, como puede ser integrado en las historias, el que las cuenta posee la capacidad para: recrear, distorsionar, amplificar, hacer mítico y legendario el rencor. Con el tiempo, se distancian los hechos que engendraron el rencor de aquellos que la historia narra. Y así, en la historia, los hechos tal cual ocurrieron se hacen irreconocibles y prevalecen las historias que construyó el rencor. Y es entonces que éste se hace autónomo y autosustentable. Puede convertirse en leyenda sin mermar en intensidad. Y es esto lo que le confiere una seria responsabilidad a los contadores de historias.

X

En un anhelo de absoluto, el resentimiento puede trascender y, al hacerlo, aproximarse a las raíces del mal que, a diferencia del odio—que es al mal como la chispa a la hoguera—es duradero y puede alcanzar el status de eterno. Ésta es la trilogía de las tinieblas: el resentimiento, como semilla del odio que es un camino expedito al mal. Cioran recuerda que las Furias precedían a todos los dioses, incluso a Júpiter, y concluye que en esto fueron lúcidos los antiguos griegos al darse cuenta de la esencia elemental del resentimiento, de su abolengo.

XI

Pero no soy un pesimista. Y ello me permite ver todo este proceso de otro modo. Concibo la historia de una manera evolutiva como un ascenso que conduce al hombre desde la oscuridad hacia la luz. Imagino una historia que comienza con el resentimiento y termina con el dogma de amor de Cristo, prédica que previene el nacimiento del resentimiento, que lo hace abortar, no con el perdón, sino con algo que lo precede que es el gesto (incoherente con la lógica del resentimiento) de mostrar la otra mejilla. Me detengo en este acto. En este gesto predicado por Jesucristo. Ofrecerle la otra mejilla a quien perpetra el hecho del que nace el resentimiento no es otra cosa que despojar radicalmente de lógica y sentido la ofensa misma, cuya intención original pudo haber sido quebrar, mellar o minar el orgullo o el amor propio, o solo castigar el cuerpo para infligirle dolor. Al ofrecer la otra mejilla se fractura aquello que hubiera podido engendrar el resentimiento. Si pongo mi otra mejilla para que la golpee al enemigo que me ha golpeado ya una mejilla, no puedo escribir una historia futura sobre mi dolor, o sobre lo perverso que fue aquel victimario, que alimente mi memoria y la de mis descendientes. Opera un principio de coherencia y honestidad individual. No me miento a mi mismo. Por ello, pienso, solo el amor absoluto e incondicional, el que predica Jesús en el Sermón del Monte, puede desarmar el rencor antes de que se engendre. El amor absoluto e incondicional impide construir una historia alrededor de la ofensa, de la humillación, del vejamen, del maltrato, del crimen perpetrado por aquel contra el cual se podría haber albergado un historia futura de resentimiento. (Al escribir esto pienso por oposición en todas las historias reales y fantásticas que se han escrito sobre el mal perpetrado a los nativos de este continente durante la conquista, en el rencor que nació de esas historias y en el odio que algunas de ellas engendraron en algunos de los que las escucharon).

XII

Si podemos concebir una historia, una literatura, una poesía del resentimiento, es también posible, entonces, hablar de cómo el amor se puede oponer fructífera y razonablemente al nacimiento del arte en ciertas circunstancias. De cómo es legítimo abortar o prevenir el nacimiento de cierta clase de arte. Aún si éste pudiera ser bello (con lo que la lógica diría que el amor, en ocasiones, puede impedir que crezca la belleza en el mundo). Porque eso es lo dramático, ni siquiera la belleza ilumina el resentimiento. Porque éste es tan persistente, se adhiere de tal modo a la superficie de todo aquello cuyo nacimiento ha inspirado recubriéndolo con una suerte de película delgada, transparente y continua, que hace lucir a la obra de arte, como una impostura, como una falsificación, como la copia de algo verdadero. El término inglés wry, sardónico, traduce esa cualidad con la que podríamos calificar las obras que nacen del resentimiento. Habría pues una belleza sardónica, torcida que solo perdería su cualidad cuando se olvidaran los motivos del resentimiento, el cúmulo de las historias que lo sustentaron y lo hicieron duradero. Pero, quizá, en ese momento, perdería también parte de su belleza. La otra belleza, creo, es indeleble e inalterable. No se corroe con el tiempo.

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