Motos en Caracas, 2

 

Hay una racionalidad, y hasta una ética, que nos imponen las máquinas cuando pasamos durante mucho tiempo en contacto con ellas. Terminan por convertirse en prótesis, en extensiones de órganos, extremidades o sentidos humanos. Y cuando ocurre esto, nuestra conducta se modifica y lo hace también nuestro modo de ser y estar en el mundo. En esos casos podemos decir que las máquinas nos deshumanizan y nos recrean como cyborgs. O quizá solo aceleran nuestra marcha hacia una sociedad mixta de seres humanos y cyborgs. Los carros y las motocicletas pertenecen a esta clase de máquinas. Producen efectos importantes en nuestra conducta y, dentro de ciertos contextos (de caos, de anomia como el de Venezuela actualmente) pueden modificar temporalmente rasgos de lo que nos define como humanos. Aunque pudiera también ocurrir que las motos desindividualicen. Que hagan más fácil que sus usuarios se identifiquen unos con los otros, que se agreguen los unos a los otros, que formen una masa y actúen como una masa, que sea difícil distinguir individuos dentro de esa masa.

Me acuerdo de aquella historia de Goofy, Motor Mania (1950), que mostraba a un señor cuya perfecta conducta cívica desaparecía cada vez que se sentaba detrás del volante de su carro y se transformaba en un bárbaro. La idea de Motor Mania se puede extender a los conductores de motos en una ciudad como Caracas en donde las leyes de tránsito las cumplen solo una proporción mínima de los conductores. El ambiente es de licencia facultativa: Quienes pueden sin consecuencias legales no cumplir con las leyes de tránsito las incumplen. Por ello con frecuencia se hace caso omiso de las leyes (cruzo el semáforo independientemente de cuál sea el color de la luz), o se abusa de los otros sin importar las leyes (circulo por el hombrillo para adelantar al que circula más lento por los canales regulares). La capacidad de coerción de las instituciones del Estado está muy disminuida en este país. Los vehículos grandes (como las camionetas, los buses) abusan por su poder de intimidación, se abren paso a empujones por las congestionadas vías de Caracas. Los motorizados abusan de otro modo. Al manejar vehículos relativemente más pequeños se pueden abrir paso entre los canales (e incluso entre delgados intersticios) que dejan los vehículos de cuatro ruedas cuando circulan por las calles de la ciudad. Conforman un más reciente y creciente caos de dos ruedas dentro del caos de cuatro ruedas que había sido siempre el tránsito en esta ciudad.

Entre todos los atributos de las motos, la combinación de ligereza, potencia,  maniobrabilidad y accesibilidad económica son los que determinan con mayor peso una conducta común en sus usuarios (la mayoría de los cuales son propietarios de ellas). Las motos hacen cosas que no pueden hacer las bicicletas (gracias a l apotencia de su motor) y aun más cosas que no pueden hacer los carros, por sus mayores dimensiones y por tener cuatro en lugar de dos ruedas. Las motos pueden bajar y subir escaleras, desplazarse por las aceras igual que los peatones, subir cerro arriba por caminos angostos, escarpados y no pavimentados, ser subidas en un ascensor, rodar sobre una sola una rueda como si fueran un monociclo (hay hábiles motorizados que hasta con un parrillero atrás levantan la moto en una rueda y marchan decenas de metros en perfecto equilibrio por el medio de una calle concurrida), rodar en contra mano por caminos o por aceras. Las motos, miradas desde la perspectiva de esta ciudad, han demostrado tener un potencial amplio para crear y amplificar el caos. Sobre todo si se considera que para hacerse notar por los conductores de carros y otros vehículos de cuatro ruedas tocan sus bocinas y al hacerlo crean en las calles y autopistas de la ciudad un verdadero enjambre de sonidos que se ha vuelto distintivo de Caracas.

Las motos son vehículos ideales para evadir obstáculos. Los motorizados aprenden pronto en su vida a rodar por las calles, avenidas y autopistas de la ciudad evadiendo obstáculos. Es una conducta de evasión del obstáculo como axioma la que practican los motorizados. Como si condujeran de acuerdo con una regla inflexible que los obligara a minimizar el número de veces que tienen que frenar así como el tiempo durante el cual oprimen los frenos. Regla que los hace incontinentes, los incapacita para detenerse. Como si un jefe les repitiera la frase: rueda, no te detengas nunca y, si ves un obstáculo, evádelo, rodéalo pero, siempre que puedas no frenes, no bajes la velocidad.

Sí es cierto que tienden a rodar por canales determinados, y que esta práctica define de hecho, en ciertos tramos de ciertas autopistas de la ciudad, canales angostos, entre dos canales de carros, por los que se espera que solo transiten las motos. Son canales de los que se han apropiado de hecho los motorizados. Por ellos se desplazan a una velocidad muy superior a la que se desplazan los carros que por su tamaño están forzados a desplazarse dentro de sus canales. Y si un carro o vehículo de cuatro ruedas no cruza uno de esos canales para motos con suficiente precaución y cautela (luces de cruce, antelación, etc) provoca una ira colectiva en los motorizados debido a que su imprudencia pudiera haber hecho que alguno de ellos chocara. Imprudencia asimétrica, porque los motorizados no piensan que de ellos se debe esperar prudencia. Por el contrario, lo que rije en la dinámica de sus desplazamientos por las calles de la ciudad es su imprudencia e impredecibilidad. Se hace cada vez más difícil anticipar por dónde puede venir un motorizado cuando se maneja un carro en Caracas. Se tendrían que diseñar nuevos espejos, cámaras, sensores (que se adaptarían a carros, y otros vehículos grandes) para advertir a sus conductores de que se aproxima un motorizado. Y esto crea una tendencia paradójica: Cuanto más caótico es el comportamiento de los motorizados como grupo, más predecibles y por tanto más obedientes de las leyes de tránsito esperan ellos que manejen los conductores de carros y otros vehículos de cuatro o más ruedas. Y esta expectativa se convierte en una realidad. Opera una suerte de chantaje social tácito que ejercen los motorizados como colectivo sobre los conductores de carros y otros vehículos de cuatro ruedas. O conduces del modo más predecible posible sin, por ejemplo, cruzar de un canal al otro arbitrariamente, o te atienes a las consecuencias si llego a chocar contigo. Lo que significa que en las vías de la ciudad no hay espacio para la conducta caótica (no cívica) de los dos grupos, los que manejan vehículos de cuatro o más ruedas y los que manejan vehículos de dos ruedas. Es posible que nadie haya formulado en esos términos ese chantaje, pero la ciudad está llena de leyendas urbanas sobre cómo grupos de motorizados destruyeron con sus cascos los carros de quienes condujeron de manera imprudente e hicieron que ellos chocaran.

Hablando de motorizados y revisando las historias sobre sus interacciones con los conductores de carros es difícil no mencionar los casos de delincuencia oportunista. En El Nacional del 27 de octubre, Leonardo Padrón cuenta la historia (que se la cuenta un chófer de taxi) de la señora que contrató a un mototaxista que cortésmente acordó llevarla a su destino. Ya estaba montada y rodando en la moto cuando de repente el mototaxista advierte la pulsera de oro en la muñeca de una conductora que conduce con el vidrio abajo. Entonces saca una pistola, la amenaza e insulta, y se la roba. Y de inmediato se disculpa con su pasajera: Usted perdone, señora, pero es que la tipa me la puso papita. Hasta aquí la historia de Leonardo. Y pienso que esto es pura disociacion. El motorizado se disocia y dos identidades conviven de manera insólita y estable en él: el mototaxista cortés y eficiente y el malandro oportunista. Fragilidad moral que crea una fragilidad de la identidad. ( ¿No será que padecemos todos en esta ciudad, este país, un poco de este síndrome de extrema fragilidad moral y, en consecuencia, identitaria?)

Me acuerdo de mi amiga que quedó atrapada en el funeral de un motorizado en la autopista Francisco Fajardo. Y su cuento de cómo los motorizados asaltaban a los chóferes de los carros varados en la cola que se formó cuando el cortejo fúnebre detuvo el carro con el féretro. Y ella me dijo que le vinieron a la memoria una de las primeras escenas de Guerra Mundial Z. Aquélla en la que los carros están varados en una cola descomunal y al cabo de unos minutos se comienza a ver a la gente corriendo. Y de repente Brad Pitt y su familia se dan cuenta de que se acerca corriendo un ejército de zombies muy agresivos. Y mi amiga fantaseó por unos minutos con la idea de que los que estaban atrapados en esa cola estaban por sufrir un ataque de zombies. Y cuando me contaba ella esto pensé que esta racionalidad surreal que imponen las motos en los que las conducen actúa como un virus que los convierte en una especie de zombies para los otros. Quizás cuando dejan sus motos, al llegar a sus casas y descansar y besar y abrazar a sus novias, esposas e hijos, dejan de ser zombies y se convierten en seres humanos de nuevo. Pero cuando son masa parecen zombies. Fuera de sus motos individuos, sobre sus motos masa. Fuera de sus motos trabajadores decentes, sobre sus motos labriegos urbanos del siglo XXI, cosechando todo lo que la vida les pone por delante. Las motos como atajo a la barbarie.

Y visualizo un remedio. La mejora de la ciudad pasando a través de la organización de un gran trueque para transar drogas, armas y motos por escuelas y canchas, teatros y violines, libros y tambores, bicicletas, trenes y cabletrenes, tabletas y computadores.

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