What I Loved, Sobre la amistad, el arte y otros temas platónicos

Imagen

 

Un espíritu platónico circula por el sistema linfático de What I Loved (2003). Es este platonismo el que inspira el elogio tácito que hace la novela de la amistad, el amor y el arte, conceptos que la trama novelesca entrelaza y exalta. Es este platonismo el que determina que, por encima de otros atributos, se destaquen la disciplina, meticulosidad y amor con que su narrador, el crítico de arte Leo Hertzberg, se entrega incondicionalmente, junto con su familia, a la amistad que construye con el pintor William Wechsler y su familia. Es una amistad (y es también un amor, varios amores) entre los miembros de dos familias que nace por el efecto que produjo en un hombre sensible a la belleza como Leo, una obra que había pintado Bill. Amor, amistad y arte serán los temas constantes a lo largo de las 370 páginas de esta novela escrita por la norteamericana Siri Hustvedt, esposa del escritor Paul Auster.

Leo se topó un día con una obra de Bill en una galería en Prince Street en SoHo, New York. “La mayoría de los cuadros en esa colectiva eran delgadas obras minimalistas que no me interesaban. La obra de Bill estaba sola, colgada sobre una pared. Era una obra grande, que tenía 1.80 metros de alto por 2.40 metros de largo. Mostraba a una mujer joven que yacía en el piso de un cuarto vacío. Estaba recostada sobre su codo y parecía mirar algo situado más allá del borde de la pintura. Una luz brillante entraba en el cuarto desde ese lado del lienzo e iluminaba su rostro y su pecho. Su mano derecha descansaba sobre su hueso púbico, y cuando me acerqué vi que ella agarraba un pequeño taxi con esa mano—éste era una versión en miniatura del ubicuo taxi amarillo que se mueve de arriba a abajo por las calles de Nueva York.

Que esa obra hubiese sido titulada Autorretrato por un artista al que aún no conocía, despertó en Leo una gran curiosidad. Se preguntó si se trataría de una broma o si, más bien, la inclusión del pie y tobillo de una segunda mujer que parecía estar abandonando el cuarto en el momento que el artista hacía ese retrato, y la sombra (tenuemente sugerida) de alguien que parecía ser un hombre, hacía referencia a la naturaleza femenina de todo hombre o quizás, más bien, a la naturaleza triple de nuestra identidad, la facilidad que tiene ésta para escindindirse, para dividirse (la propensión que tenemos a disgregarnos, a tener múltiples identidades). Para tener una respuesta a esas preguntas, Leo se informó sobre cómo contactar a ese artista y concertó una cita para visitarlo en su estudio. Apenas conoció a Bill, Leo se quedó impresionado por su carisma y atractivo. En la larga conversación que tuvieron la tarde que se conocieron, descubrieron que tenían varios puntos de vista comunes sobre el arte y la vida, y eso parecía ser una buena base para apostarle a una larga amistad.

La celebración de la amistad entre los miembros de dos familias. Ese grupo de amigos que asume los riesgos asociados a una duradera proximidad interpersonal dentro de una cultura como la norteamericana. El intenso y cotidiano intercambio de conversaciones e ideas que, a lo largo de los años, y según evoluciona la narración, van modelando a unos personajes como oyentes (Leo), a otros como hablantes (Violet) y a otros como creadores y fuentes de energía (Bill). La invención y consolidación de los rituales y rutinas sobre las que se construye y sostiene la amistad (las cenas, los viajes, las temporadas de verano en alguna casa de campo). La reinvención de esos rituales y rutinas luego de las pérdidas. El efecto devastador que esas pérdidas tienen en las vidas de los miembros de esas familias. La necesidad, que crean las amistades, de mantener el equilibrio, entre lo que se desea y lo que se hace, entre lo que se dice y no se dice (cómo cuando la soledad y el deseo conducen a Leo, en cierto momento, a tener fantasías eróticas con Violet que no llegan a la experiencia). Ese otro equilibrio que te hace buscar la amistad entre tu expansión libre como individuo y tu amor a los amigos. La regulación de las pasiones, la modulación de las traiciones, el perdón de los errores y equivocaciones. El derecho que confiere la amistad para disfrutar de una admiración irrestricta por la belleza, las palabras, los hechos o las obras de los amigos. El ensamblaje que hace la novela de cada uno de los elementos con los que se construye y cementa una amistad a lo largo del tiempo. La paciencia y devoción de Hustvedt para novelar esa amistad. Todo eso le confiere a esta novela un lugar especial en la narrativa norteamericana contermporánea.

Leo es exacto y minucioso en su narración y al comienzo de ésta, cuando apenas tiene 45 años, uno tiene la impresión de que es la autora misma la que habla. Esto a causa de que se siente un toque femenino en la voz de Leo. Es como si la voz y energía femeninas de la autora se permearan a través de Leo: pero no es impostura en Leo lo que uno nota. Es simplemente que al principio es difícil pensar que no es Hustvedt la narradora. Solo con el avance de la lectura, uno se acostumbra a la voz de Leo, a su ritmo, a su cadencia, a aquello en lo que concentra su atención y aquello que pasa por alto.

La narración de Leo se extiende a lo largo de dos décadas y media. En una narración meándrica y sinuosa nos lleva a saltos de un personaje al otro. Junto a Bill están su frágil y sensible esposa, la poetisa Lucille, el hijo de ambos, Mark, cuya personalidad resulta ser un enigma al principio y al final una promesa de tragedia, y la hermosa y seductora Violet Blom (que podría tener afinidades con la Molly Bloom del Ulises, de cuyo apellido la separa solamente una “o”), estudiante graduada de NYU que se convertirá luego en la pareja permanente de Bill desplazando a Lucille. Otro personaje es Erica, la esposa de Leo, una ávida lectora que se dedica con vocación y pasión a la enseñanza de la literatura inglesa. Erica es también una mujer atractiva e inteligente pero que se muestra débil ante la adversidad. Al alejarse de Leo recibirá menos atención en la narración que quienes se quedan mas próximos a él. Y me doy cuenta al hablar de Erica que la novela hace un tácito elogio de la templanza, de cómo es necesario aprender a sobrevivir, a salir airoso de las adversidades que nos plantea la vida. En esto, Violet y Leo, cada uno a su modo, la primera de un modo fuerte y activo, y el segundo de un modo suave y pasivo, salen triunfales. Como diciendo que la vida es, también, sobrevivir y no solo vivir. Porque hay un arte del vivir y un arte del sobrevivir.

Leo y Erica son los padres del sensible y talentoso Matthew. Un día, cuando tenía once años, luego de haber ido a un juego de beisbol, Matthew se queda conversando con su padre antes de acostarse. Comienzan a hablar sobre temas profundos.  Y conversan esa noche al pie de la cama sobre la diversidad de puntos de vista en el mundo (toda esa gente distinta ve lo que ve solo un poco diferente del resto de los otros), el paso del tiempo (Los pensamientos que la gente estaba teniendo durante el juego se convirtieron en nuevos pensamientos cuando estuvimos en el carro. Eso era entonces, pero esto es ahora, pero ese ahora se ha ido y hay un nuevo ahora. Justo ahora, estoy diciendo justo ahora, pero ha pasado antes de lo termine de decir), y su papá, inspirado, le dice lo que piensa sobre la capacidad de la pintura para retener algo de ese tiempo que pasa: Alguien hace un lienzo en el tiempo, pero luego que está hecho, una pintura se queda en el presente. Y todo esto para decirle a su padre que él quiere ser artista. Me gustan las cosas que duren por un largo, largo tiempo. (…)Ya estoy decidido papá. Voy a ser artista.

Y está también el peligroso Teddy Giles, cuya descripción nos recuerda la de uno de aquellos asesinos victorianos que seleccionaban a sus víctimas en oscuros callejones de una Londres cuya atmósfera estaba enrarecida por nubes de smog y neblina. Giles, que suele andar maquillado y vestir ropas oscuras casi siempre de cuero, es un artista que cree que si logra confundirse con un demonio será más exitoso, su arte será mejor apreciado. Giles está a la caza de críticos resentidos como Hasseborg que lo reseñen en sus artículos como un enfant terrible, y digan que su arte es crítica social incomprendida o una vanguardia que se adelanta a su tiempo. Representa en sus esculturas en plástico los miembros separados de cuerpos que podrían haber sido mutilados por un asesino en serie. Hasseborg dice que Giles solo lleva al 3D la cruda violencia a la que están expuestos los niños y adolescentes con los videojuegos o la pornografía que muestra la web.

Por encima del devenir de la compleja red de amistades que narra la novela, están la fuerza y belleza de las obras de arte que hace Bill, que ascienden a un plano superior (quizá platónico), como si flotaran sobre la narración y nos quisieran confirmar una y otra vez la naturaleza única y esencial del arte. Es esa imagen de los dos planos horizontales, uno más concreto y más cercano a las personas, las cosas, los hechos y el mundo; y uno más leve, más intangible e inasible, que se extiende paralelo por encima del anterior, que es el del arte y de todo aquello que el arte inspira y despierta en los personajes y en nosotros los lectores (incluyen las oscuras pasiones que no por oscuras son menos leves), la que resume y simboliza la estructura de la novela que es también una reflexión profunda y narrativa sobre el papel del arte en el círculo de relaciones íntimas de un artista y su familia.

La gente que rodea el núcleo más estrecho de familiares y amigos del artista,  experimentan el arte, y también al artista, de un modo especial. Se convierten en espectadores privilegiados de ese arte. Gracias a estar unidos al artista mediante un amor recíproco, él les permite participar (con mayor o menor frecuencia) en un proceso de creación del cual él es a veces solo un catalizador. Él les permite ser coautores, modelos, fuentes de inspiración, musas. Es su modo de amarlos. Matthew por ejemplo, el descubrimiento que hace de su vocación de artista a los once años,  es una consecuencia de la proximidad que tenían su familia y él con Bill.

Por otra parte, la influencia que tiene Giles sobre Mark le crea a Hustvedt la oportunidad para reflexionar sobre otra clase de arte y las malas influencias que pueden tener los artistas que se deican a esta clase arte en jóvenes con personalidades frágiles que formen parte de sus círculos de amigos íntimos. La novela realiza una clara oposición entre el arte luminoso que hace Bill y el arte oscuro que hace Giles. Y pareciera advertirnos Hustvedt sobre los riesgos morales de elogiar (como críticos) o comprar (como consumidores) la obra de artistas que caminan sobre esa delgada línea que separa el arte de la basura.

Y mirada así la novela, con ese énfasis que pone en describir con detalle cada obra, cada serie que se le ocurre a Bill a lo largo de los años, constituye un homenaje al modo como el buen arte junto a la fuerza creadora del artista inspiran, animan, alimentan, estremecen, conmueven, el cuerpo, el alma y el corazón de todos y cada uno de los miembros de ese nucleo cercano de seres humanos con los que el artista convive y a los que el artista ama.

Y ahora regreso a la conversación que tuvo Leo con su hijo aquella noche que había ido al beisbol. En aquella ocasión Leo le dijo a Matt: I think I have always loved painting for that reason. Somebody makes a canvas in time, but after it´s made, a painting stays in the present. Does that makes sense to you?  La capacidad de capturar el tiempo presente. Un carpe diem que se itera una y otra vez. Como si no se tratara solo de capturar el dia, sino de hacelro con  la hora, el minuto el segundo. Leo dice que el arte puede hacer algo al respecto. Pero ¿y la novela? ¿cuál es su relación frente a ese inexorable paso del tiempo?  Milan Kundera, en su obra de ensayos sobre la novela, Los Testamentos Traicionados, escribe: Captar lo concreto del tiempo presente es una de las contantes tendencias que, a partir de Flaubert, irá marcado la evolución de la novela; alcanzará su apogeo, su verdadero momento en el Ulises de James Joyce, quien describe en unas novecientas páginas, dieciocho horas de vida (pp. 141-142). Y sin embargo, Kundera señala que esta preocupación no se había manifestado en la novela anterior a Flaubert, quien fue un maestro en mostrar cómo lo trivial y lo dramático coexisten en el tiempo presente. Y ahora, dejando de lado a Kundera, y pensando en que Leo, cuando asume el papel de narrador de esta novela sufre de un proceso avanzado de degeneracion macular, que lo hace ver borroso en el centro de su campo de visión (La visión borrosa no es algo nuevo para mi, pero con anteojos yo solía ver todo perfectamente. Aún tengo mi visión periférica, pero directamente, en frente de mi, siempre tengo un punto gris irregular que está creciendo. Las imágenes que tengo del pasado son aún vívidas. Es el presente lo que ha sido afectado, y aquella gente que estuvo en mi pasado y a quien todavía veo se han convertido en seres borroneados por nubes. pp 19-20). Uno se pregunta si no utilizó Leo el arte, si no hizo coexistir (convivir, cohabitar) estrechamente cada una de esas obras de arte (que tienen tanta presencia como cualquiera de los protagonistas en esta novela) con la sucesión de escenas que describe la novela, para que éstas lo ayuden (a él como narrador y a nosotros como lectores) a darle definición a los hechos que marcaron su vida, su amistad y su amor, y para que esta asociación congele a esos hechos, a su familia y sus amigos, en un eterno presente. Para que no se le desdibuje su vida (ese temor es más agudo en él a causa de la degeneración de su vista), para que no se le escapen sus recuerdos a un presente real, a éste tiempo en el que ya no puede ni siquiera leer y depende de la buena voluntad de Lazlo Finkelman, quien con amor y paciencia le lee en voz alta los libros que le pide. (More and more, I rely on Lazlo´s voice. But in his even, quiet tone as he reads to me, I have found new sides to his cryptic personality-resonances of feeling that I never saw on his face. p. 20). Y a uno le queda de esta novela la sensación de que Leo fabricó con sus exactas y minuciosas descripciones de las obras de arte de su amigo una crisálida en la que atrapó un tiempo que no podía correr el riesgo de que se le desdibujase como se le desdibujan en el presente sus amigos, sus conocidos, su realidad cotidiana. Y siento que esta estrategia la utiliza Hustvedt como alternativa a la  hiperinflación del tiempo presente que practica Joyce en el Ulises. O a la versión zen, concreta, casi desnuda de simbolismos que es “Colinas como elefantes blancos”, que Kundera (en la obra citada) lo considera como modelo de un diálogo entre un hombre y una mujer que captura tan bien la esencia cruda del tiempo presente.

 

REFERENCIAS

Siri Hustvedt, What I Loved (2003), New York: Picador.

Milan Kundera Los Testamentos Traicionados (1993) Barcelona:Tusquets

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s