De la lúcida conciencia de Frankenstein

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Retrato de Mary Shelley realizado por Richar Rothwell en 1840. Acompañanaban al retrato las palabras de su esposo Percy Shelley, tomadas de uno de sus poemas: “A child of love and light.” Actualmente, este retrato se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres.

He pensado en días pasados, releyendo el Frankenstein de Mary Shelley, en la brillante elocuencia con que se revela, y expresa para los lectores de la Europa de 1818 (año de publicación en Londres de la primera edición de esa obra), la conciencia de ese monstruo creado por el doctor Vïctor Frankenstein (1). Uno no espera que ese infame monstruo, invadido por el arrepentimiento, le confiese así de súbito al capitán Robert Walton, a quien previamente Víctor le había narrado su trágica historia,  que nunca más sus pasiones lo arrastraran a cometer ni uno más de los horrendos crímenes que hicieron que su creador lo persiguiera, luego de hacer un solemne juramento de venganza, hasta las heladas aguas del Óceano Ártico.

Pocos días antes del instante en que el monstrtuo le hace esta confesión a Walton, en el preciso momento en que Víctor creía que finalmente podría enfrentarse con su creación, el hielo sobre el que viajaba cruje y se desprende, y el doctor Frankenstein comienza a navegar a la deriva sobre un témpano rodeado de un mar helado y agitado. Cuando se encontraba a punto de desfallecer, luego de que la mayoría de los perros que tiraban de su trineo hubiera muerto, apareció milagrosamente el barco del capitán Robert Walton y lo rescató. Cuando me izaron a bordo—escribe Frankenstein—, mis fuerzas estaban completamente exhaustas y corría a pasos agigantados hacia una muerte que no quiero, todavía, aceptar, puesto que mi tarea no ha sido llevada a cabo.

Durante esos últimos días que pasa Víctor a bordo del barco, éste le contó al capitán Walton con lujo de detalles su desgraciada historia y cómo su venganza lo había conducido hasta ese remoto y yermo lugar. Durante las noches, Walton registraba la historia de Víctor como entradas en un diario cuya destinataria era su hermana Margaret. Con el paso de los días en ese barco que (a semejanza del Endurance, el barco de la expedición a la Antártida liderada por Sir Ernest Shackleton), había quedado atrapado entre los hielos polares, la salud de Víctor se deteriora. Entre el delirio y la fiebre prosigue la narración de su tragedia hasta el día de su muerte. Cuando al dia siguiente, Walton escribe en su diario sobre el deceso de este hombre al que había llegado a apreciar y con cuya historia se había solidarizado, escucha ruidos provenientes del camarote en que reposaba el cádaver. Cuando va a averiguar la causa de esos ruidos, se encuentra con el monstruo. Éste, agachado sobre el cádaver de Víctor, lloraba la muerte de su creador. Una silueta indescriptible estaba inclinada sobre su ataúd. Era un hombre de gigantesca estatura y deforme constitución. Tenía agachada la cabeza y sus facciones desaparecían tras las sucias y largas mechas de su enmarañado pelo, pero una de las manos, que se tendía hacia el cadáver, podía verse con toda claridad. (…) Nunca había contemplado nada tan espantoso como su inmundo y repugnante rostro. (p. 277).

Lo que sorprende de estas páginas finales de la novela es escuchar de la boca de este monstruo una confesión de arrepentimiento tan sincera que lo lleva a concluir que, luego de lo que considera su último crimen (se refiere a la muerte de Víctor), solo le queda como salida acabar con su vida. Huir lo más lejos posible de los hombres, y una vez que llegue allí donde no haya ser humano alguno en decenas de kilómetros a la redonda, construir una enorme pira, encenderla, y arder hasta que su cuerpo infame se consuma por completo. Dudando de su sinceridad, Walton acusa al monstruo de haberse arrepentido tardíamente. ¿Le cabe a usted concebirpregunta el monstruo—que no fuera yo capaz de sentir el dolor y los remordimientos? Este hombre no ha podido sufrir, ni la diez milésima parte de la angustia que a mi me consumía, mientras yo llevaba a cabo mis horribles acciones.

El monstruo, una suerte de zombie previctoriano, que como los zombies actuales tiene el color y olor fétido de los muertos, preserva en su corazón, incluso luego de haber perpetrado una serie de atroces crímenes, la capacidad para distinguir entre el bien el mal. No ha perdido el monstruo esta capacidad para la conciencia que es la capacidad para verse a uno mismo. Porque la conciencia es como un espejo metafórico y metafísico con el que nacemos todos los seres humanos. Nos permite vernos a nosotros mismos desde afuera. Vernos sin piedad, sin simpatía, desde ese punto desde el cual podrían (o quisieran) vernos nuestros peores enemigos. Cuanto mayor es nuestra conciencia, mayor es la crueldad con la que elegimos el punto exacto para vernos a nosotros mismos. Vernos desde aquel ángulo que revele nuestros peores defectos. Eso es la lucidez, una variante agudizada de la conciencia que haya placer en encontrar lo peor en nosotros solo para que ello nos permita hacer lo mejor, sacar lo mejor de nosotros mismos. Y de esta hazaña fue capaz ese monstruo que engendró la precoz imaginación ética de Mary Shelley.

Ella se dió cuenta de que la extrema fealdad de su personaje impidió que los seres humanos, que empatizan mucho más fácilmente con aquéllos que perciben como sus semejantes (que pueden llegar a temer, luego aborrecer, y quizá a hostigar hasta la muerte a aquéllos que perciben como diferentes o muy diferentes de ellos), apreciaran la nobleza de sentimientos que su monstruo tenía en su corazón. Shelley, a través de Víctor Frankenstein, dotó a su monstruo de cualidades únicas. Y una de ellas fue su conciencia. Una conciencia que no desapareció con la crueldad y los crímenes. Que no fue víctima de ese círculo vicioso que permite que el crimen mine la conciencia hasta su extinción cuando éste se repite. Shelley dotó al monstruo con una conciencia que al final fue capaz de vencer a las pasiones que lo arrastraban a la crueldad. Y concluir, en un acto de arrepentimiento final, que el único acto que podía garantizar que él no volviera a ser víctima de pasiones incontenibles era ejecutar su propia muerte.

Este monstruo, a semejanza de Ulises, fue capaz de realizar un acto de auto constricción (2). Ulises le pidió a sus marineros (cuyos oídos había tapado con cera) que lo amarrasen al mástil del barco para poder escuchar sin riesgo el canto de las sirenas. El monstruo huye hasta el punto más septentrional del Ártico, allí donde no haya seres humanos, para encender una pira en la que arda su cuerpo hasta que éste se consuma totalmente. El monstruo no le pide a nadie que lo amarre a un tronco que le impida escapar de las llamas apenas éstas comiencen a quemar su carne y sus huesos. La descripción de esta escena no la hace Mary Shelley. Pero imagino cómo él mismo se amarra al tronco y creo que lo hace solo luego de que los primeros maderos de la pira habían comenzado a arder de un modo franco e irreversible. A diferencia de Ulises, el que realiza el monstruo es un acto de auto constricción final. Las cuerdas que atan a Ulises, serán luego desatadas. Las que el mismo monstruo ha atado nadie, ni él mismo, las debería poder desatar. Y vuelvo a imaginar al monstruo atado a ese tronco con nudos que nadie desatará jamás. La visión es trágica y poética. Logro verlo en el centro de esa pira que arde en la más remota soledad de las nieves polares. Y evoco ahora algunas de las imágenes de la iconografía de Santa Juana de Arco que la muestran ardiendo en la hoguera. Y pienso que hay algo de santidad en este criminal que arde en la hoguera por voluntad propia. Pero en esta pira que Mary Shelley quizá esperó que imagináramos, no hay inquisidores ni espectadores. De un modo consecuente con su destino, el monstruo arde en solitario en una conflagración que solo él ha anticipado. Ascenderé triunfante a mi pira y exultaré de júbilo en la tortura de las llamas. Lentamente su brillo se irá apagando y el viento esparcerá mis cenizas sobre el mar. Mi espíritu descansará en paz allí donde, si puede todavía reflexionar, todo habrá sin duda cambiado (p. 284).

El rostro de Juana de Arco, ardiendo entre las llamas es sereno porque sabe que está cada vez más cerca de Dios. El del monstruo, atormentado hasta el final por su remordimiento, no logrará la serenidad mientras le quede un gramo de carne sensible a su cuerpo. A ese cuerpo cuyo mayor pecado fue la diferencia. Sólo cuando sea de nuevo un espíritu libre—pudiera fantasear el monstruo—podré finalmente descansar. Como espíritus, solo como espíritus, debe haber pensado la autora, se borran todas las diferencias entre los seres humanos y pueden entonces prevalecer la paz, el amor, la fraternidad.

Y recuerdo ahora la escena en que en Blade Runner, el replicante Roy Batty comete un acto parricida, real y no metafórico, cuando con aprieta con la fura formidable de sus manos la cabeza del doctor Tyrell, su creador, allá en lo alto del edifcio sede de la Corporación Tyrell. Si Blade Runner es un remake futurista de Frankenstein, Rick Deckard, el blade runner (como se denomina a los encargados de desincorporar replicantes) tiene al final de esta historia un papel semejante al del doctor Robert Walton. Ambos fueron testigos de actos y pensamientos que revelan una lucidez absoluta, la cual solo puede concluir con la muerte de esos seres cuya diferencia radical con el resto de los seres humanos los ha hecho cometer actos moralmente reprochables.

No me canso, al pensar sobre todo esto, de admirar la sensibilidad de la joven de 19 años que era Mary Wollstonecraft Shelley cuando escribió Frankenstein porque fue capaz de darse cuenta de que en lo profundo de esos seres bestiales, sucios, maolientes, deformes y feos, existen (nada lo impide)—y debemos enforzarnos por hallarlos siempre que nos topemos con ellos—, sentimientos nobles, puros y elevados de amor, amistad, solidaridad y empatía. Pero nuestra preferencia por lo semejante (nuestro aborrecimiento cultural por lo diferente) deforma nuestra percepción y hos hace con facilidad ver maldad, sentimientros impuros y pasiones oscuras, donde solo yace lo contrario.

Todos nacemos con ese potencial para la conciencia. Llegado cierto momento de nuestro desarrollo, ésta se convierte en el espejo metafórico y metafísico que debía ser. Por lo general, cuando esto ocurre,  ya debemos haber visto nuestro rostro reflejado en más de un espejo real. Pero podemos decidir tapar ese espejo. O romperlo. O dejar un dia de mirarlo. O mirar solo lo que hacemos. O quedarnos ciegos mirando el Sol del mediodia. O permitir que nos quemen los ojos como le quemó Ulises su único ojo a Polifemo. O quemarnos nosotros mismos los dos ojos. Y todo esto nos puede dejar sin conciencia. Y entonces acaece la tragedia. Porque el lenguaje, del cual la razón es solo su condición necesaria, es balbuceo sin sentido si se los hablantes carecen de conciencia. Y es malo cuando uno, dos o más pierden la conciencia. Pero es peor cuando la pierde todo un pueblo. O casi todo. Y peor aún (siempre nuestra imaginación nos puede llevar a un estado más allá de lo que imaginamos poco antes) es cuando el Poder pierde la conciencia. (Y qué fácil es para el Poder perder la conciencia, y qué difícil preservarla). Aún si mantiene la razon. Porque es cuando llega el tiempo en que la sociedad completa comienza a balbucear. Y decir necedades, idioteces, falacias, mentiras, calumnias, estupideces, fantasías inútiles que no tiene siqueira cabida en la ficción. Y uno deja de comprender. O no pierde energía en hacerlo. Y ése es el momento en que el lenguaje y la lengua es igual que digan o que no digan porque han dejado de tener valor y nada posee significado alguno. Y es entonces cuando debiéramos pensar en parecernos todos, aunque sea un poco, a ese monstruo. Ese ser de fealdad extrema que, no obstante su deformidad, su sufrimiento y las pasiones que lo arrastraron a cometer los peores actos, fue capaz de reencontrar su conciencia. Y actuar. Auto-constreñirse. Amarrarse. O hacer algo para restablecer el equilibrio entre la luz y la oscuridad (como diría un personaje de 1Q84, la novela de Murakami) (3).

NOTAS

(1) Por supuesto que la conciencia lúcida es además la de la autora de la obra, Mary Shelley, quien escribió la novela en la Villa Diodati,en Ginebra, cuando tenía 19 años. Por otra parte, a los críticos se les ha hecho difícil elucidar la contribución del esposo de Mary, el poeta romántico inglés Percy Shelley, en la obra. Hay quienes dicen que no actuó solamente como un editor o corrector, sino que contribuyó extensamente a enriquecerla. En todo caso, lo que preservo es la idea de que hay una gama de conciencias. Desde las débiles hasta las más agudas, brillantes, destellantes.

(2) La auto constricción, una de cuyas vertientes es la vocación ascética en seres humanos y personajes literarios, aún en los casos en que no tiene lazos con la experiencia mística, me resulta interesante porque es un ir contra la racionalidad convencional al violar la idea de que más es mejor. La auto constricción persigue el menos es mejor en pro de un bien que trasciende al individuo. Aquí ideas sobre la auto constricción en J.M Coetzee.

(3) He escrito antes sobre 1Q84 para este blog. En este post se puede ver una de esas entradas, en la que se hace referencia a esta frase final del texto. La pronuncia el Líder Carismático poco antes de ser asesinado por Aomame y dice literalmente: En ocasiones es necesario matar al rey para restablecer el equilibrio. No trataré de identificar semejanzas en la estructura narrativa, o afinidades arquetipales, entre Frankenstein y 1Q84. aunque es posible que quien lo intente descubra más de uno. Creo que en Murakami habita, no solo un postmoderno irreverente, sino también un romántico, cosa que lo acerca a la autora y su esposo.

Un comentario en “De la lúcida conciencia de Frankenstein

  1. Regreso al texto luego de pensarlo todo el dia y me percato de que uno de los hechos que lo motivó fue una analogía, que no se me hizo evidente a lprincipio, entre el regimen que nos gobierna y el monstruo que crea el doctor Frankenstein. En ambos, en el monstruo de la obra de Mary Shelley y en el bizarro modelo de gobierno creado por este regimen, hubo la intención de darle vida a una criatura creada a partir del ensamblaje de elementos heterogéneos. En la novela de Mary Shelley, lo que reune de modo precario y torpe el doctor Frankenstein con el fin de animar y regresar a la vida es una colección de miembros, órganos, tejidos, que no eran congruentes entre sí, De modo análogo, la coalición que promovió el actual sistema de gobierno en Venezuela, reunión en ensambalje precario una colección poco coherente de ideas, teorías, modelos económicos, sociale sy políticos que no calzaban bien entre sí, que no habian mostrado ser ni eficaces ni eficientes en el pasado, y que, por el contrario, numeroso gobiernos los habían desechado por inútiles. Pero nosotros, recurriendo a oscuras artes y técnicas, los regresamos a la vida y fuimos testigos, como lo fue el doctor Frankenstein, del elevado costo que íbamos a pagar. Confieso que el darme cuenta de que podía comprender los desmanes de este regimen si los comprendía como un intento de revivir lo que ha estaba muerto y enterrado, me creó una esperanza. Pensé que si el monstruo literario era capaz de recuperar su conciencia y rectificar, era posible que el monstruo político, este Leviathan desenterrado que ha traído principalmente odio y destrucción a Venezuela, debria también tener la capacidad para rectifocar.

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