Motos en Caracas, 1

Motorizados saqueando gandola que chocó contra marco de acero regulador de altura en Los Ruices, (foto: Diario La Voz)

Motorizados saqueando gandola que chocó contra marco de acero regulador de altura en Los Ruices, (foto: Diario La Voz)

 

 

 

I

Ah, tudo é símbolo e analogia! decía un conocido verso de Fernando Pessoa. Claro que Pessoa era un poeta y para los poetas una gran parte de nuestra realidad concreta puede no ser lo que vemos todos sino algo diferente. Pero a veces, para entender la realidad, no es malo pensar como si fuéramos poetas. Y pensando como poeta evoco las imágenes terribles del reciente saqueo de un camión cargado con 23 toneladas de carne por parte de cientos de motorizados cuando éste se quedó atascado luego de chocar contra el marco de acero que regula la altura de los vehículos que van a pasar debajo del puente de Los Ruices,  en la autopista Francisco Fajardo. Mientras ese saqueo tenía lugar, el conductor del camión agonizaba. No se ocupaban de él.

Me recuerdan, las imágenes y videos de este suceso que he podido ver en internet, a un postmoderno acto sacrificial. Es una extraña coincidencia, pero significativa, que ese camión estuviera cargado de carne y no de papel higiénico, papas, tomates o patillas. Me vienen a la mente las poderosas imágenes con las que el psicólogo Sigmund Freud describe en su obra Totem y Tabú el asesinato ritual del padre por parte de los hijos (que desean incestuosamente a la madre). La suma de las piezas de carne que lleva la gandola que funcionan como metáfora de cuerpo de un inmenso e híbrido animal sacrificial, mitad vacuno y mitad mecánico. El choque del camión recordando la colocación del cuerpo sobre la piedra  sacrificial para ofrecer el animal a los dioses. Seguido del despedazamiento. El saqueo como los tajos perpetrados por quienes realizan el sacrificio, buscando desprender de ese cuerpo el mejor trozo, para llevarse para su consumo posterior en el seno de su familia. Cada motorizado como un hijo renegado que luego se arrepentirá de su acto parricida. El suceso como un evento fractal que repite en una escala local lo que hacemos todos con el país, que es al final el gran padre contra el que todos conspiramos, al que todos contribuimos a asesinar. Asesinato ritual, telúrico y simbólico, que nos sume a diario en un caos y anomia cada vez más profundos. Sacrificio rentístico que nos convierte a todos en hijos, en niños, en adolescentes, en huérfanos que no pueden ni desean crecer, puer aeternus a los que nadie enseñó a ser adultos responsables. Los motorizados como metáforas de un país de hijos parricidas. Y aquí abandono el lenguaje de los símbolos y su belleza poética.

II

En lo que sigue, me interesa menos hablar de las múltiples causas de este fenómeno que son los motorizados, que del modo como éste se ha gestado, evolucionado y configurado a lo largo de, poco más o menos, diez años. Una constelación de factores han determinado el modo como los motorizados han alcanzado el protagonismo y la presencia en medios que en efecto tienen. Con frecuencia, aparecen más de una vez por quincena en la primera página de la prensa nacional o en las páginas de sucesos. Algunos de los factores principales que sustentan este protagonismo son: su número creciente, del cual es responsable el precio absurdo del combustible, que perdió su capacidad para comportarse como un mecanismo de información que le ayude al consumidor (al propietario o usuario de la moto) a decidir los horarios, modos de transporte y rutas más eficientes para desplazarse entre dos puntos cualesquiera de la ciudad; la congestión del tráfico automotor en la ciudad, a causa del colapso de la red vial; la falta de un sistema de transporte público metropolitano capaz de satisfacer las necesidades de desplazamiento de la población; la decreciente capacidad de coerción de los cuerpos policiales, para garantizar que los motorizados, y en general los conductores de las diversas clases de vehículos que transitan por las calles, avenidas y autopistas de la ciudad, acaten las normas de la Ley de Tránsito Terrestre; la caprichosa topografía de la ciudad, que determina que muchos de los sectores populares en los que vive una proporción importante de la población que hace vida en la ciudad, no puedan (en el corto plazo) acceder a otros medios de transporte que le ofrezcan, tal como lo hacen las motos, beneficios únicos tales como: velocidad, bajo costo (de adquisición y de mantenimiento), idoneidad para funcionar como transporte individual en un relieve accidentado como son las colinas y montañas que circundan la ciudad de Caracas y, lo que no es menos importante, autonomía. Este último factor es muy importante. Determina su importancia la hipótesis de que los conductores de motos desarrollan una racionalidad que valora la autonomía (pienso por ejemplo en la autonomía que poseen en materia de diseño de su ruta). Por defecto, este amor a la autonomía, los hace aborrecer sistemáticamente las reglas (leyes de tránsito, normas comúnmente aceptadas de convivencia ciudadana) y abrazar, en cambio, la libertad y (tristemente) el oportunismo, entendido éste como una capacidad única para usufructuar del modo más eficiente posible, de las oportunidades que detectan mientras se desplazan por la ciudad. Todo esto los convierte, no solo en potenciales e importantes creadores de caos, sino también, en seres absolutamente impredecibles. No hay manera de predecir por dónde va a aparecer un motorizado.  Y no hablo solamente de que el conductor de un carro, que está sometido por razones estructurales a mayores constricciones (posee menos posibilidades de autonomía), hablo de que la creciente densidad de motorizados en Caracas se ha hecho tan grande que, cada dia se les hace más difícil, a otros motorizados, predecir por dónde va a aparecer (por cuál ruta va a transitar), otro motorizado. Esta clase de ignorancia, que es relativamente reciente, ha producido ya varios accidentes fatales. Cada vez, con mayor frecuencia, se producirán colisiones entre dos motorizados que dejen saldos fatales. Pero veamos este proceso desde un poco más atrás.

III

Hay una leyenda urbana negra que impregna al motorizado contemporáneo en Caracas. Está relacionada con el auge de los círculos bolivarianos y el efecto que dejaron en la memoria colectiva de los habitantes de esta ciudad. Este grupo nació como fuerza de choque creada, adoctrinada y equipada por el regimen. Sus miembros se hicieron ostensiblemente visibles durante los días que siguieron a la intentona de golpe de Estado, en abril de 2002. Entre las diversas imágenes que durante esos días mostraban cómo bandas de motorizados sembraban terror en la población, he retenido aquel asalto a la sede de la extinta Radio Caracas Televisión, cuando aparecieron los motorizados con un propósito claramente intimidatorio. Recuerdo la voz entrecortada del narrador. Y cómo el personal de la emisora, incluidos decenas de periodistas, permanecieron encerrados dentro de las instalaciones durante varias horas. Aquellas primeras veces no se sabía (los espectadores ignorábamos) cuál era el límite de los actos de violencia que los miembros de esa banda podían realizar. Las tomas que hacían las cámaras de sus caras cubiertas con pañuelos rojos, vestidos con franelas rojas, y algunos de ellos armados con armas de fuego, lograban el efecto de infundir terror. Con el tiempo, los riesgos de que la aguda polarización que tuvo un auge durante esos días, desembocara en una crisis violenta de franca confrontación civil bajaron. Pero la polarización no desapareció, se mantuvo en un nivel basal, y cada vez que hubo elecciones, que fueron muchas, desde 2002 hasta el presente, bandas de motorizados que estaban en la nómina de alguna oscura organización de defensa de la (llamada) revolución eran enviadas a recorrer las calles y avenidas de Caracas y otras ciudades del interior del país con el fin de disuadir a opositores de ejercer su derecho al voto, o con el de intimidar a potenciales votantes, para que éstos prefirieran quedarse encerrados en sus casas, sin siquiera acercarse a peligrosos centros de votación rodeados por motorizados violentos. Pero esos grupos (más o menos estructurados) de bandas de motorizados que se dejaban ver en sitios específicos de Caracas (principal, pero no exclusivamente) con claros fines intimidatorios fueron también usadas por el regimen en eventos políticos y manifestaciones asociadas a problemas circunstanciales no relacionadas con procesos electorales, pero que eran interpretadas como una amenaza a la gobernabilidad o estabilidad del regimen. Pero (igual que ha ocurrido con otros eventos que por su excepcionalismo causarían sopresa a cualquier observador externo), el ciudadano común venezolano terminó por normalizarlos. Los asume como un elemento más de un regimen que no se han cansado de sorprender a todos. Y presumo que aun cuando los recursos para financiar sistemática y masivamente a esos motorizados se agotaron, los gobernantes vieron que el efecto intimidatorio había sido un éxito. La clase media de la fase tardía del chavismo, perdió su espíritu combatiente. Es posible que en la explicación de ello hayan participado múltiples factores, tales como la depresión, el agotamiento o la referida normalización. Pero no es descabellado pensar que el miedo a los motorizados haya jugado también un rol no despreciable. Quizás se asentó en el inconsciente colectivo de muchos opositores un temor difuso a que regresaran los motorizados y sus amenazas. Pienso que estos antecedentes, que no son tan antiguos, sumados a la impronta que dejaron imágenes como las que describí (asaltos a RCTV o a la antigua Globovisión) en gran parte de la población, contribuyeron a crear una identidad percibida del motorizado. Ésta era una suerte de atribución de identidad colectiva.

V

No somos solamente lo que creemos ser. Somos también lo que los otros creen que somos. De modo que las expectativas y percepciones de los no motorizados terminaron por definir, en una parte importante, la identidad colectiva real de los motorizados. Quizás no de todos. Pero sí de una proporción de ellos. De manera que más de uno en el regimen puede haber pensado que era deseable reforzar la percepción de que los motorizados conformaban un grupo que podía, llegado el momento, actuar con una violencia cuyos límites era mejor no conocer. Me imagino que subsidiar el precio de la gasolina u ofrecer créditos para la adquisición a bajo precio de las motos pueden haber sido estrategias dirigidas a incentivar el crecimiento de ese grupo que se portaba bien en su rol de defensor de la estabilidad del regimen. Tales políticas tenían la consecuencia positiva no buscada de dotar  con un eficaz medio de transporte a una fracción significativa de la sociedad. Ello ayudaba a que ésta no hiciera reclamos de mejoras en esa área de política (transporte terrestre). Y en este tipo de ideas, veo el comienzo de un proceso de caos urbano que no parece ser fácil de detener en el corto plazo.

Aprecio un cambio en el modo como el regimen percibe a este grupo. Leo como indicios de este cambio las fotos de líderes del regimen manejando bicicleta o promoviendo el uso masivo de la bicicleta en Caracas y otras ciudades del país. Me indican que pudiera haber un temor en ciertos sectores del regimen a que la práctica de alentar y alimentar durante más de una década a los motorizados, pueda haber sido contraproducente. No descarto que algunos teman que, en la actualidad, el crecimiento no controlado de este grupo, pueda crear en el futuro cercano más costos y problemas que utilidad  y beneficios. Y aquí concluyo una primera parte de esta reflexión sobre el tema.

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