World War Z, Los zombies, el zeitgeist y las promesas de la tecnología

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Foto de la película. Sin duda alguna, ésta es una de las escenas que producen el mayor horror en el espectador. Revelan una perfecta conducta de masa en la que hasta componentes de altruísmo podrían identificar algunos sociobiólogos. Cómo me hubiera gustado que Canetti la analizara en su obra Masa y Poder!

Cada época engendra monstruos cuyos rasgos se corresponden, como piezas de un enorme rompecabezas, con el vasto conjunto de temores, miedos, demonios y fantasmas que la atormentan. Así por ejemplo, aún si Frankenstein precede en una década a la Era Victoriana (ésta se extendió entre el 1837 y el 1901), no me cabe duda de que ese engendro inspirado por un sueño que tuvo la precoz Mary Wollstonecraft Shelley, esposa del poeta romántico inglés Percy Bysshe Shelley, fue el producto del matrimonio entre una Ilustración ya madura, que carecía de la firme convicción en que la ciencia podía allanar para el hombre el camino hacia la felicidad y llevarlo de regreso al Paraíso, y un romanticismo que temía las consecuencias de haber abandonado a los dioses para abrazar desvergonzado a la Razón. Luego vinieron otros monstruos. Los seres imaginados por H.P. Lovecraft y sus seguidores (en El ciclo de los mitos de Ctulhu), los imaginados por H.G. Wells (hombres invisibles, alienígenas, hominoides subterráneos), o los numerosos monstruos concebidos por elcine y el comic durante el siglo XX. Todos ellos forman parte del heterogéneo repertorio de monstruos con el que llegamos al siglo XXI.

Este Tercer Milenio en el que nos ha tocado vivir, nació con un temor global al apocalipsis, temor recurrente que por alguna razón ha renacido una y otra vez, asociado, cada vez, a nuevas y más fantásticas constelaciones de riesgos y problemas que pueden tener en su centro, desde mitos y creencias sobre las consecuencias de que se llegue al final del calendario de una civilización precolombina (tal como ocurrió el pasado 21 de diciembre de 2012 cuando se llegó al final de la Cuenta Larga del Calendario Maya); el temor a que repita una tormenta solar  que tenga una magnitud semejante a la del Evento Carrington ocurrido entre los días 1 y 2 de septiembre de 1859; o el temor a que la humanidad no tome las decisiones necesarias para evitar las consecuencias catastróficas que tendría el Cambio Climático el cual—de acuerdo con lo que sostienen los expertos del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático—es producido por el ser humano y pudiera ocasionar un incremento de 2 grados centígrados en la temperatura global de la Tierra para el año 2100.

Pienso que el zombie es el monstruo diseñado por el zeitgeist de nuestra contemporaneidad. Ha sido engendrado por esa serie compleja y recurrente de temores al apocalipsis que alimentamos periódicamente, aún a sabiendas de que la mayoría son temores irracionales. No se trata sólo de que un apocalipsis (producido por una pandemia, por ejemplo), pudiera convertir nuestro mundo actual en un mundo poblado por crecientes masas de zombies mediante un proceso de inoculación y diseminación semejante al que describe la película dirigida por Marc Foster. Se trata de que el zombie, el muerto en vida, como idea y como personaje, hace tiempo que salió de los oscuros ámbitos de las historias de magia negra afrocaribeña[i], para formar parte de las mitologías del mundo contemporáneo.

I

La película World War Z, dirigida por Marc Foster, cuyo guión está basado en el libro homónimo escrito por Max Brooks, narra las aventuras de Gerry Lane (Brad Pitt) —un ex funcionario de Naciones Unidas que llegó a ser considerado uno de los mejores investigadores de esta agencia internacional—durante su investigación del origen de un virus que se propaga a una inimaginable velocidad entre la población mundial y que convierte en zombies a los infectados. Cuando el virus irrumpe repentinamente en una ciudad de Estados Unidos (entra violentamene en escena, en una de las mejores escenas de la película), Lane, su esposa Karin (Mireille Enos) y sus dos hijas Rachel y Constance, consiguen ser rescatados, al cabo de varias horas, por un helicóptero en la azotea de un edificio de Newark, New Jersey justo en el momento en que los zombies estaban a punto de alcanzarlos. Thierry Umutoni, Secretario General de Naciones Unidas y amigo de Lane (seguramente uno de sus antiguos jefes), es quien ha enviado a los comandos que lo rescataron. Pero la protección que Thierry les ofrece cuando los lleva a un barco de la Armada Norteamericana no es gratuita. Gerry debe demostrar que no ha perdido su antiguo talento y dirigir un grupo de soldados que lo acompañarán, junto a un virólogo de Harvard, Andrew Fassbach, a buscar el origen del virus (el paciente cero) con la intención de que esta información los ayude a sintetizar una vacuna, tarea en la que los expertos han fracasado hasta ese momento. Ésta es una empresa que Gerry debe llevar a cabo contra el reloj puesto que los reportes recibidos por las autoridades de la ONU informan que la población de las principales capitales del mundo ha sido ya infectadas por el temible virus. Lane, aun cuando al principio se resiste a participar en esa riesgosa empresa, termina por aceptar. El primer destino de su breve pero intensa Odisea será una base militar en Corea del Sur. Pero ahí no conseguirá lo que busca y deberá proseguir su viaje si quiere lograr su objetivo.

Frente a esa tragedia que constituye el combate de los infectados contra los no infectados, el pequeño drama doméstico y familiar que atraviesan Lane, su esposa y sus dos hijas Rachel y Constance (sus temores y riesgos, su separación como núcleo familiar) a lo largo de la película se hace muy poco importante. Es difícil que el espectador se sienta conmovido por el miedo, terror, angustia o pánico que puedan sentir las niñas o la esposa de Gerry cuando el mundo está atravesando una situación extraordinaria y terrible como el apocalipsis zombie. Quizá esta incapacidad de la historia de Gerry para conmovernos sea la parte más débil del guión.

En cambio, las escenas en las que aparecen vistas panorámicas y cenitales de ciudades como Newark o Jerusalén, en las que observamos estremecidos (totalmente inmersos dentro de la película) cómo los zombies se comportan como una masa que propaga a una enorme velocidad el caos y la violencia, son las que dejan la impresión más fuerte en el espectador. Pero ese caos y esa violencia no son sólo producidos por los zombies. Son también producidos por el pánico a ellos. Así, las escenas de ciudades convulsionadas por el ataque zombie muestran cómo, mucho antes de que los zombies lleguen a la ciudad, comienzan a suceder actos de vandalismo, saqueos, incendios, destrucción de locales comerciales, daños a la propiedad pública, y turbulencia social generalizada. Uno supone que la información de que los zombies se acercan llega primero que ellos y crea pánico en la población aún no infectada. Ese pánico engendra una primera etapa de caos. La gente huye o se esconde, se aprovisiona, se apertrecha de armas y municiones. Y en todo esto prevalece la lógica primitiva de la supervivencia.

Y esas comunidades a las que el pánico y las conductas dirigidas por el instinto de supervivencia han minado, debilitado y desintegrado, sufren posteriormente el ataque de los zombies. Y uno puede ver, en fantásticas vistas panorámicas, cómo los zombies se comportan como hormigas marabunta, como nubes de langostas, como masivos y compactos agregados de seres dirigidos por una única racionalidad: la de la propagación del virus del que son portadores. Es decir, la logica de la infección. Es por eso que los zombies se lanzan de cabeza hacia aquellos que buscan infectar. Porque el mecanismo de infección es la mordida (y en esto se asemejan a los vampiros). Los zombies son el perfecto modelo de seres-masa.

Al margen de lo más o menos verosímil que pueda ser la hipótesis de que aparezca un virus que en cuestión de segundos convierta a alguien en un zombie, uno de los aspectos que más estremecen en esta película es la narración de la facilidad con que nuestra civilización puede caer en el caos anómico y violento de la barbarie. Viendo la película nos damos cuenta de lo frágil que es nuestra civilización. Lo frágiles que son el orden y el tejido social, la confianza en el otro, la solidaridad y la empatía. Y no hablo solamente del modo como mina el virus nuestra civilización y nos convierte en animales. Hablo, antes que nada, de quienes huyen de los zombies. De los que corren despavoridos, de todo lo que están dispuestos a hacer, los que todavía no han sido infectados, para que los zombies no los atrapen y los conviertan en uno de ellos.

Uno llega a pensar que la intención tácita de quienes nos cuentan la historia es mostrar cómo los efectos del virus terminan siendo marginales frente a la capacidad que mostramos tener (los seres humanos, que nos metamorfoseamos tan fácilmente en lobos para el hombre) para perder nuestra identidad e individualidad y convertirnos en masa; y frente a la facilidad con la que nos desprendemos de nuestra ética cívica y nuestras creencias judeo-cristianas y abrazamos, sin reparar en las consecuencias para nuestra alma y nuestra salvación, la ética cruda, básica y radical de la supervivencia. Es esa ética la que en la película conduce tan fácilmente, a los miembros aún no infectados de la sociedad, a apelar, de un modo espontáneo a las armas y la violencia. Terriblemente, la película muestra lo cómodo que es (lo natural que debe verse) tener a mano fusiles, revólveres o pistolas para asaltar las tiendas en las que aún quedan provisiones o para protegernos de los oportunistas de la violencia (los que buscan pescar en el rio revuelto del caos originado por la pandemia para robar, secuestrar, violar, asesinar) o, simplemente, armas blancas o de fuego para protegernos y enfrentar a los zombies. Porque, insisto, no es necesaria o solamente una batalla de los sanos contra los infectados la que libran los despavoridos ciudadanos que no han sido aún infectados, sino una batalla de todos contra todos.

Si Charles Marlow, el protagonista de El Corazón de las Tinieblas debe remontar el rio Congo a lo largo de varios días para irse desprendiendo de la moral y los hábitos de socializacion que había recibido de su vida en el seno de la civilización, en World War Z, el acceso a la barbarie es automático. El virus oblitera la razón y con ella la consciencia. De este modo, todo individuo infectado por este virus, pierde en cuestión de segundos (poco más de 10 segundos) los rasgos que le definían como ser humano, y se convierte en un extraño y un enemigo que tiene además el poder de convertirte en su homólogo si dejas que te infecte.

II

Abstraigamos la idea del zombie y  veamos como éste pudiera hacerse real, como metáfora o como concepto. Paso con la hipótesis de que los zombies son producidos por un virus. Ya se ha especulado suficiente acerca de ella (hasta el punto de que la Universidad de California en Irvine, ha hecho una alianza con la productora de The Walking Dead, para ofrecer un curso online sobre este tema que tiene como título: Society, Science, Survival: Lessons from AMC’s The Walking Dead, que se comienza a dictar el 14 de octubre. Asi que considero otras hipotesis. Por ejemplo, el pasado 24 de septiembre el profesor Stephen Hawking predijo que en el futuro existirá una tecnología que permita que la mente de un ser humano sea descargada por completo en un computador. Hawking dijo en el Cambridge Film Festival, evento al que asistió a propósito del estreno de un biopic sobre su vida: I think the brain is like a programme in the mind, which is like a computer, so it’s theoretically possible to copy the brain onto a computer and so provide a form of life after death (Creo que el cerebro es como un programa en la mente, que es como un computador, por tanto es teóricamente posible copiar el cerebro en un computador y de esta forma producir una forma de vida después de la muerte). Supuesta eternidad dentro de un computador. Pero, ¿son acaso vida los pensamientos, procesos mentales, ideas que pudiera tener ese cerebro una vez que ha sido cargado dentro de un supercomputador del futuro? ¿O es solamente una suerte de consciencia pensante que habita dentro de un computador y cuya vida está formada por los recuerdos, las combinaciones y recombinaciones de su experiencia pasada, y sus alucinacione sy simulaciones ? Esta exsitencia (esta ciberconsciencia pudiera tener una existencia semejante a la de un dios, pero no a la de algo vivo. Y no es eso una metáfora del zombie? Porque los zombies tiene una racionalidad. En el caso de World War Z, su racionalidad es la lógica de la infección Pero su conducta pudiera estar determinada por otras racionalidades, otras lógicas. No son razones lo que se les niega a los zombies sino vida y emociones, sentimientos reales y no simulados.

Algo semejante se puede afirmar de otra hipòtesis relacionada con la tecnología. Se trata del proyecto de desarrollar en un computador una consciencia que emule la del ser humano[ii]. Éste es más o menos el problema que el inventor Ray Kurzweil se plantea en su libro How to Create a Mind, The Secret of Human Thought Revealed (2012)[iii]. Kurzweil desarrolla en ese libro una teoría de la mente basada en el reconocimiento de patrones (Pattern Recognition Theory of Mind) que conceptualiza el cerebro humano como un sistema formidablemente complejo conformado por unos 300 millones de nodos densamente interconectados con la capacidad para procesar patrones. Kurzweil enlaza ese modelo con su axioma de que la Ley de Moore, que es un caso específico de la Ley (empírica) de los Retornos Acelerados va a permitir en un futuro próximo construir un computador que posea una complejidad y capacidad de procesamiento de patrones idénticas o superiores a la que tiene el cerebro humano.  La pregunta que formulé antes puede formularse, en término casi idénticos, aquí: ¿Serían algo más que ciberzombies unos futuros computadores construidos a imagen y semejanza del cerebro humano? Aún si tales computadores pasan exitosamente la Prueba de Turing, diseñada supuestamente para reconocer cuándo es un humano y cuándo un robot el que responde un cuestionario. Porque una cosa es emular la consciencia, o incluso llegar a tener consciencia. Y otra, creo, es que se pueda afirmar de ese computador cuya arquitectura es idéntica a la nuestra, que es un ser vivo. De modo que los eventuales procesos de aparición de conciencias sin vida, mediadas por la innovación tecnológica, me atormentan porque pudieran convertirse en un mecanismo para poblar con ciberzombies, zombies al fin, nuestro planeta. ¿Y quién dice que aun sin aspirar a convertirse en seres vivos, esos ciberzombies—tanto los soñados por Hawking como los soñados por Kurzweil—no pueden competir favorablemente contra los seres humanos y borrarnos un dia no muy lejano de la faz de la Tierra tal como lo pronostican con clarividencia algunas de las pesadillas apocalípticas contemporáneas? Esa admiración de la tecnología por la consciencia o la razón antes que por la vida, ese obstinado intento por emularla, me hace creer que la venida de zombies pudiera convertirse en un riesgo real en un futuro no lejano. Es nuestra tarea usufructuar de lo mejor que nos puede ofrecer la tecnología sin permitirle que usurpe nuestro lugar en este mundo. Ése es uno de los miedos colectivos a los que responde la idea del zombie. El otro es el riesgo de que la contemporaneidad nos convierta, a cada uno de nosotros, en muertos en vida, en verdaderos zombies. Intuimos con temor que la vida de ocio que la tecnología y lo peor del capitalismo nos ofrecen (y que con más y menos licencia hemos probado) nos despojen del corazón. O simplemente lo aniquilen.

NOTAS


[i] El término zombie (tal como se escribe en inglés porque en español no tiene la “e”) proviene del criollo haitiano, zonbie, ésta es una figura propia del vudú haitiano. Wikipedia nos dice de este zonbie: “Se trata de un muerto resucitado por medios mágicos por un hechicero para convertirlo en su esclavo. De acuerdo con la creencia, un houngan, bokor o hechicero vudú, sería capaz, mediante un ritual, de resucitar a un muerto, que quedaría sin embargo sometido en adelante a la voluntad de la persona que le devuelve a la vida“. Este zonbie haitiano tiene semejanzas con el golem de la mística judía, específicamente en su obediencia ciega. El zombie de origen viral de la cinematografía actual obedece al código genético del virus. Que es como decir que obedece a un programa. En ningún caso el zombi es un ser libre.

[ii] Estos dos proyectos, el de hacer un upload de nuestra mente a un computador (tal como lo predice Hawking), o el de emular en un computador la arquitectura y funcionamiento de nuestro cerebro, forman parte del programa del posthumanismo. He escrito antes sobre este tema en este blog.

 [iii] Kurzweil, Ray (2012) How to Create a Mind, The Secret of Human Thought Revealed, London: Viking, Penguin.

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