De los techos a las calles de Viena

 

Vista de la Catedral de San Esteban desde el piso superior de Sofitel, Viena (foto: LD)

Vista de la Catedral de San Esteban desde el piso superior de Sofitel, Viena (foto: LD)

Es como la vista de la ciudad que podrían guardar en su memoria algunos pájaros.  No es, en cambio, semejante a la que podríamos captar desde la ventana de un avión. Digo, no es esa vista cenital a la que ahora nos hemos acostumbrado de tanto que nos topamos con mapas de google earth cada vez que buscamos información sobre alguna ciudad o sitio del mundo en la web.  Es esta vista rasante que se pasea como en paneo por encima de la mayoría de los techos de la ciudad la vista que quise registrar con mi cámara y recordar—mientras desayunaba el pasado 27 de junio en el cafe que está ubicado en el último piso del Hotel Sofitel de Viena, que fue diseñado por Jean Nouvel—.

Ventanal y techo del restaurant situado en el último piso del Sofitel (foto: LD)

Ventanal y techo del restaurant situado en el último piso del Sofitel (foto: LD)

Había llegado retrasado al desayuno esa mañana luego de pasar una mala noche con una gripe innecesaria que no me ayudaría a disfrutar de la ciudad.  Durante la noche había tratado de frenar un poco el avance del malestar y la fiebre con tés, limonadas, y ropa abrigada. Me senté a desayunar en una mesa separado del resto del grupo que ya se disponía a bajar para esperar al guía que nos llevaría a recorrer la ciudad. Y hallé que eso era bueno porque pude apreciar en silencio una parte de la ciudad. Casi enfrente de mi, se alzaba imponente la Iglesia de San Esteban, Catedral de Viena. Su punto más alto, la torre Sur, tiene una altura de 137 metros. Esta iglesia de estilo híbrido, que se empezó a construir en 1137, durante el románico y que se concluyó en 1433, en el gótico, le recuerda al observador hitos de la historia de la ciudad. Por ejemplo, había leído que durante el sitio a Viena que realizaron los Otomanos, comandados por Solimán el Magnífico, en 1529; y luego durante la Batalla de Viena, en 1683, esta torre funcionó como principal punto de observación y comando para la defensa de la ciudad amurallada. También recordé que la campana que pende en la torre norte de esta iglesia, con un peso de más de 20 mil kilos, es la segunda más grande de Europa. Pero lo dramático de este hecho es que, precisamente contemplando cómo los pájaros salían volando de esta torre, y presumiendo correctamente que lo hacían porque sonaban ésta y otras campanas, el genial Beethoven se dió cuenta de que estaba totalmente sordo (Conclusiones a las llegan los genios: uno mira caer una manzana y descubre la fuerza de la gravedad, otro mira volar a los pájaros y descubre que está sordo.)

Gárgola en la fachada de la Catedral de San Esteban (foto: LD)

Gárgola en la fachada de la Catedral de San Esteban (foto: LD)

Pensé que era maravilloso estar en una ciudad en la que tantos edificios los habían dejado estar allí mismo, en el sitio en que habían sido construidos originalmente, para que contaran su historia (la verdad es que viviendo en Caracas, esto me producía cierta envidia). Y mientras me comía la segunda brioche con mermelada de fresa y mantequilla, y me tomaba una segunda taza de Earl Grey, me detuve a admirar el techo de esta iglesia, cubierto con 230 mil mosaicos. Advertí las dos águilas en el lado Este, que son el emblema de la dinastía Habsburgo, que había gobernado la ciudad durante casi siete siglos, y sobre el lado Oeste de ese techo, un patrón de rombos y líneas quebradas.

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Otra vista de Viena desde Sofitel. (foto: LD)

A la derecha de esta iglesia, recorriendo con esa misma mirada rasante la ciudad, uno advierte cómo se yerguen por encima de esa selva de techos multicolores (cubiertos de tejas rojas, de pizarra negra, o pintados con los colores blanco o verde claro de alguna resina impermeable) los domos recubiertos de cobre (que con la pátina de óxido que se forma con los años se ven verdes) o de algún otro metal y las delgadas y altas espigas de piedra de las otras iglesias, de los museos y de otros edificios antiguos o de estilos “neo-antiguos” que pueblan la ciudad  y le confieren su personalidad y carácter.

A lo lejos, hacia el Sur,  está situado el distrito financiero, cuyos rascacielos no guardan relación alguna con el resto de la ciudad. (foto: LD)

A lo lejos, hacia el Sur, está situado el distrito financiero, cuyos rascacielos no guardan relación alguna con el resto de la ciudad. (foto: LD)

Pero los edificios modernos, los que diseñaron el polémico arquitecto Adolf Loos (quien argumentaba en su ensayo Ornamento y Crimen, que el progreso de la cultura está asociado a la minimización, hasta la obliteración, del ornamento y que por ello es un crimen forzar a los obreros a perder tiempo y esfuerzo en la elaboración casi artesanal del ornamento de los edificios) y sus seguidores, esos edificios que como el Goldman y Salatsch estremecieron a los vieneses de comienzos de siglo por su denudez ornamental y su purismo funcionalista, no se distinguen fácilmente desde arriba. Y esta yuxtaposición de estilos, formas, materiales y colores, que se aprecian desde este sitio privilegiado por su altura y posición respecto a ese hito arquitectónico que es la Catedral, la hallo simplemente subyugante. Me seduce la belleza de ese paisaje complejo que es el perfil de la ciudad mirada de este modo rasante. Pienso en que es un paisaje fabricado por el hombre a lo largo de siglos de historia que uno termina contemplando extático como si fuera un paisaje natural. Y me pregunto si esa estética del perfil de las ciudades (del skyline, como dicen los sajones), de sus altos y bajos, del equilibrio que guardan esos volúmenes entre sí, surge de un modo espontáneo o si, por el contrario, es producto del diseño. Evoco como intento de auto-respuesta la actual polémica que se ha creado alrededor del Shard, ese edificio diseñado por Renzo Piano en el corazón de Londres que grupos conservadores sostienen desvirtúa totalmente el perfil de la ciudad. Supongo que las ciudades, en ocasiones, deben transformarse en saltos cuánticos capaces de estremecer a unos cuantos.

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Viena desde Sofitel. (foto: LD)

Finalmente bajé a la planta baja donde estaban ya esperándome mis compañeros de viaje. Ellos me convencieron de acompañarlos a recorrer la ciudad con el guía turístico que nos había prometido un inovidable sightseeing de Viena comprimido en pocas horas. Así que tomé un antigripal, me abrigué y salí con ellos en el autobús. Nuestro itinerario de rigor comenzó por la Ringstrasse, esa avenida circular de Viena que fue construida en el sitio exacto en el que en la antigüedad se erigía la muralla que protegía la ciudad de los invasores. No deja de ser sorprendente esa decisión del Emperador Francisco José de haber recurrido en 1857 a la prerrogativa imperial Es ist mein Wille, para ordenar la demolición de los muros que rodeaban la ciudad de Viena y proceder a la construcción de la Ringstrasse. Reemplazar un muro por un camino habla de lo arraigada que ha estado en la tradición de esta ciudad la idea de la conversación. El muro la impide y el camino, que es en este caso una avenida, la propicia. Uno de los puntos en que nos detuvimos durante un rato más largo fue el Belvedere. El guía nos había anunciado que una de las obras de arte más impresionantes que exhibe este museo era El Beso (Kuss) de Gustav Klimt. Pienso que es inevitable no responder a la belleza de esta obra del modo casi serializado y estereotipal que deben esperar los museógrafos como respuesta que realice todo espectador que la contempla. La iluminación dramática que cae sobre la obra, que cuelga de una pared pintada de un color oscuro, casi negro; es casi imposible no quedarte sin palabras, no saber cómo sentirte o qué decir cuando la contemplas. El Beso es impresionante y estremecedora pero no es enigmática. Todos sabemos lo que es un beso de amor como el que Klimt debe haberse dado con su amada. Si hubiera modo de decidir si la modelo de esta obra fue Adele Bloch-Bauer, una de sus amantes más conocidas, quien era una mujer casada con un comerciante vienés, o si se trata de su pareja de toda la vida, Emilie Flöge, los expertos podrían realizar una interpretación más exacta de los diversos detalles que el artista introdujo en esa pintura . Saber por ejemplo, si quiso expresar sumisión a regañadientes de la amada frente al irresistible poder seductor del amado, o su total y aquiescente subyugación frente a una atracción (animal o extáticamente espiritual), que no permite que el uno o la otra racionalicen lo que están viviendo, el magnetismo mutuo que los arrastra a esa expresión de comunión entre dos cuerpos. Pero la obra de Klimt más inquietante de las que están exhibidas en Belvedere es su obra inconclusa La Novia (Die Braut). Esta novia no sueña sólo o únicamente con su amado. Ella parece recordar, con no poca melancolía, a  sus antiguos amantes. La pintura retrata sus rostros pero también revela sugerente el erotismo de sus cuerpos semidesnudos. Hombres y mujeres. Klimt fue un artista vienés que pudo haber sido un paciente de Freud (fueron casi contemporáneos) o un sujeto que validaba sus teorías sexuales. Aunque esto no ocurrió, Margaret Stonborough-Wittgenstein, una de las mujeres a la que el artista hizo un hermoso retrato de boda (titulado Gretl, que se exhibe en la Neue Pinakothek de Munich), quien era hermana del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein, fue paciente de Freud. De modo que esta ciudad que auspicia las conversaciones, también lo hace con las relaciones.

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Estatuas en la fachada del Belvedere, Viena (foto: LD)

Minutos antes de salir del Belvedere, nuestro guía nos mostró la placa conmemorativa del Tratado de Independencia de Austria, el cual restituyó a esta nación como estado soberano, lo que ocurrió el 15 de mayo de 1955. El Tratado fue firmado por representantes de la Unión Soviética, Reino Unido, Estados Unidos y Francia además del Gobierno de Austria. La placa, colocada en elpiso superior del Belvedere, me recordó a una de esas antiguas bandejas en las que se ordenaban tipos en metal para componer un texto. Pensé que mis ganas de hacer la foto de esa placa buscaban aliviar mi nostalgia por el viejo Gutenberg.

Placa conmemorativa del Tratado de Independencia de Austria, firmado en Belvedere en 1955. (foto: LD)

Placa conmemorativa del Tratado de Independencia de Austria, firmado en Belvedere en 1955. (foto: LD)

Finalmente salimos del museo. Y luego de recorrer algunas cuadras en el autobús nos bajamos y comenzamos a caminar. Cuando se recorre y mira Viena desde el nivel de sus calles, se aprecia otra belleza. Sin ser la Ciudad de la Luz (no es necesario plagiarle su epíteto a París) , Viena es una ciudad que te ilumina. La ciudad transmite una sabiduría serena impregnada de una sensualidad natural y espontánea que emana de cada uno de aquellos con los que uno se cruza, turistas o locales. Es una ciudad que comparte generosa con el viajero, sin nostalgia ni amargura, su pasado noble e imperial. Y Viena es todo esto gracias a la facilidad con la que se abre a la conversación (de nuevo la conversación). Sus plazas, sus tradicionales cafés, sus confiterías de abolengo imperial (sobre las que planea la historia de la ancestral  rivalidad entre las familias Sacher y Demel, ambas proveedoras de la Corte Real e Imperial Austro Húngara, que llevaron hasta los tribunales sus querellas por la autoría de la célebre torta Sacher), sus jardines, invitan gentil y civilizadamente a sus habitantes, y a sus visitantes, a conversar con libertad, familiaridad, privacidad. Y uno siente como si la arquitectura de la ciudad hubiese sido desarrollada pensando en esto, en la conversación y en el placer que se puede derivar de ella. En su poder civilizatorio, convivencial. Y pienso en cómo ese acto de intercambiar palabras, ideas científicas, tesis filosóficas, historias personales, o simples comentarios sobre la vida cotidiana, acompañado de ese otro acto tan humano de mirarse a los ojos mientras tiene lugar ese intercambio, o de tocarse o acariciarse las manos y manifestarse afecto o pasión, conforman un aspecto intangible pero ubicuo de la cultura de esa ciudad. No por casualidad tiene a Viena como locación la primera entrega de esa bellísima trilogía de Richard Linklater que es Before Sunrise (1995) (1). En esa película, la conversación entre Jesse(Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) domina, al igual que en las otras dos entregas de la trilogía, el intercambio romántico de esta pareja el cual alcanza un clímax en la escena que tiene lugar en el tradicional café Sperl (al Sur de Marie Theresien Platz), en la que Jesse y Celine, sentados uno frente al otro,  fingen hablar por teléfono con un amigo al que le narran su encuentro con el otro.

Sede del Raiffeinsenbank, polémico edificio diseñado por Adolf Loos (foto: LD)

Sede del Raiffeinsenbank, polémico edificio diseñado por Adolf Loos (foto: LD)

Quizás sólo en esta ciudad llena de recursos urbanísticos que propician la conversación y el intercambio convivencial entre personas, uno puede, con un esfuerzo de imaginación (más bien con poco esfuerzo), escuchar conversaciones pasadas, reales o surreales, un poco como lo hace Gil Pender, el protagonista de la película de Woody Allen Midnight in Paris (2011), quien en sus alucinaciones nocturnas cree conversar con los escritores de la generación perdida (Hemingway, Fitzgerald, Stein y compañía) así como con otros intelectuales y artistas europeos que habían elegido a París como su residencia.

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Viena desde Sofitel. (foto: LD)

Y así, entre la fiebre y los antigripales, la limonada y los trozos de una torta tipo Sacher (que ordenamos en Demel) y otros pasteles con mazapán y chocolate que me como sin culpa en esa confitería, evoco las afables conversaciones que sostuvieron Sigmund Freud y Carl Gustav Jung, quienes tuvieron dos encuentros en Viena. La primera vez que estos dos psiquiatras se encontraron fue el 27 de febrero de 1907. Jung cuenta en su autobiografía (Recuerdos, sueños, pensamientos, 1996, pp 158 y ss) que en esa ocasión conversaron ininterrumpidamente durante 13 horas. “Freud fue el primer hombre realmente importante que yo conocía.”, dice Jung, “Ningún otro hombre de los que entonces conocía podía equiparársele. En su actitud no había nada trivial”. Freud y Jung se volvieron a reunir en Viena una segunda vez. Esto ocurrió en 1910. Freud, quizá como resultado de que tenía dudas respecto a su teoría sexual, le ruega a Jung: Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable. Las palabras bastión y dogma le sorprendieron y molestaron a Jung. Pero no fue esto lo que los terminó separando. Fue más bien la resistencia de Freud a considerar con seriedad el ocultismo y otros temas afines que eran de interés principal para Jung.

Pienso que fue triste que Freud, que en el fondo era (paradójicamente) un materialista del inconsciente que buscaba reduccionistamente explicar desde el arte hasta la experiencia mística como sublimaciones del elan sexual, no pudiera aceptar que esa dimensión oculta, mágica e intangible que Jung abordó (pero no explicó) con el concepto de sincronicidad, formaba también parte de la realidad y, lo que es más extraordinario, formaba parte de la psique y del mismo inconsciente que él había caracterizado. Y fue en realidad esa recurrente negativa de Freud a aceptar esa otra realidad en la que Jung creía, y algunos de cuyos fenómenos experimentaba con frecuencia, la razon por la que Jung deja de ser el mejor discípulo de Freud y se produce el cisma entre ambos. Pero aquellos días en que los dos psiquiatras estuvieron juntos en Viena en 1907, quizás gracias a la magia de esta ciudad, se comunicaron maravillosamente.

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Este edificio del Museo de la Ópera del Estado, iluminado por el sol del atardecer, me recuerda a un cuadro de Magritte: noche abajo, dia arriba. (foto: LD)

Pienso también en aquellas otras interminables rondas de conversaciones que sostuvieron, en algunos de los tradicionales cafés de la ciudad, los hiperracionalistas miembros del Círculo de Viena, entre los que se destacaban Karl Popper y Ludwig Wittgenstein. Éste último recordado como el oscuro (por lo enigmático) autor del Tractatus Logico-Philosophicus quien solo años más tarde flexibilizaría sus ideas sobre la naturaleza y límites del lenguaje, sobre lo que se puede y lo que no se puede decir, en un libro que llevaba el título de Investigaciones Filosóficas.  Pero llegué a Witgenstein de repente, luego de recorrer calles, museos, galerías; luego de haber almorzado en la confitería Demel, y haberme ido caminando solo hasta el hotel. Y me doy cuenta de que sigo con fiebre y que quizás no podré ir a escuchar el concierto de Sir Paul McCartney en el Ernst Happel Stadion. Y sin embargo me repongo. Son demasiados los que me envían por el celular desde Caracas, o personalmente (mis amigos en la ciudad de Viena), mensajes para persuadirme que vaya al concierto, para disuadirme de la idea de dejarme vencer por un idiota resfriado. De modo que me convenzo que no puedo dejar de escuchar ese concierto. Me levanto y me sumo al grupo (por segunda vez en el dia mis determinaciones, o más bien debilidades, han sido vencidas por los amigos y compañeros) y tomamos el Metro hasta el estadio para escuchar el concierto allí cerca de la olla. Y quizás, como decía Wittgenstein,  hay cosas de las que no se puede hablar. Y me olvido de la fiebre, de los dolores del cuerpo, de los escalofríos, y simplemente escucho la música ininterrumpidamente por más de dos horas. Y así me despido de Viena con muchas de las viejas canciones de los Beatles, incluídas Let it be y Hey Jude. Y ya no recuerdo con cual de las dos (quizá fue con la primera), todos los miles reunidos en ese estadio encendieron una vela o la llama de sus encendedores o la luz LED de sus celulares. Y era impresionante la variedad de edades de ese público entre los cuales podías identificar desde adolescentes tardíos hasta maduros baby boomers y adultos contemporáneos. Y prefiero despedirme aquí, minutos antes de que finalice ese concierto, que en el apurado desayuno del día siguiente cuando ya no pude contemplar con serenidad los techos de la ciudad.  Ni recordar algún otro detalle que asociara la iglesia con la historia de la ciudad. Aunque igual me comí las dos brioches que tanto me habían gustado. Y el resto de un opíparo desayuno.

NOTAS

(1) Las otras dos películas de la trilogía son Before Sunset y Before Midnight. En las tres participan Linklater como director, y Delpy y Hawke como actores. Bella simetría.

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