La sonrisa del teniente

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Para MC Machado, diputada venezolana

I

Como cinéfilo que soy, me hubiera gustado que una nota con este título tratara sobre aquella película titulada The Smiling Lieutenant (1931), que fue una de las obras maestras del director de origen germano- americano Ernst Lubitsch. En ella, la princesa Anna (Miriam Hopkins) capta al vuelo y de modo fortuito la sonrisa de un encantador seductor, el teniente Niki Von Preyn (Maurice Chevalier), quien realmente se la había dirigido a su amante, la bella y pícara Franzi (Claudette Colbert). Como las sonrisas tienen un poder seductor que poetas sin talento intentan en vano que lo emulen sus versos, la princesa piensa que la sonrisa estaba dirigda a ella, y se enamora perdidamente del teniente. Y tal es su capricho que no descansa hasta casarse con él. Pero el teniente no iba a olvidar fácilmente a su amante y, una vez casado, se reencuentra con Franzi e inicia un affaire. Hasta que un día la princesa urde una trampa para atrapar in fraganti a la hermosa Franzi, y la espera en la alcoba en la que ella esperaba encontrarse con su amante. La escena de la película en la que se relata el encuentro entre la esposa y la amante (para verla pulse aquí)  tiene una frescura, picardía e inocencia que es difícil encontrar en la comedia actual. Lo que le confiere el toque de Lubitsch a esta película es precisamente el modo como sale la ingeniosa Franzi de este problema: se acerca al piano, lo acaricia deslizando sus dedos por el teclado de un lado al otro, se sienta, y de súbito comienza a tocar y cantar la canción “Jazz up your lingerie”, que funcionará para Anna como un divertido manual de iniciación a los secretos de la seducción y el sexo en el matrimonio, que al final logra los resultados esperados por Anna. Así, la película tiene un final feliz, aunque con la mujer equivocada.

Desafortunadamente, no es sobre el teniente Von Preyn y su sonrisa seductora que lo mete en problemas sobre lo que quiero escribir hoy, sino más bien sobre otro teniente y otra sonrisa que resultó ser más bien aterradora que seductora. Me refiero a la historia de la agresión brutal que sufrió la tarde del pasado martes 30 de abril la diputada de oposición María Corina Machado. A muchos les puede haber resultado extraño que la diputada Machado denunciara, cuando aún se encontraba visiblemente alterada por el ataque que había sufrido por parte de la diputada del PSUV Nancy Ascencio, que mientras ella era atacada, el presidente de la Asamblea Nacional, el teniente Diosdado Cabello, sonreía.

Basado en la descripción de la diputada, imagino al teniente Cabello contemplando lo que ocurría y, sin hacer (aparentemente) esfuerzo alguno por impedir que ese ataque se perpetrara, o que continuara hasta tener las consecuencias que tuvo (siete diputados heridos en la banca opositora más cuatro en la oficialista, incluída la diputada Machado, que tuvo fractura nasal),  esbozar esa sonrisa que dejó perpleja a la diputada Machado. ¿Cómo es posible—seguro no ha faltado quien se pregunte—que en medio del dolor que le deben haber producido los golpes que recibía, que en medio del fragor de ese caos producido por el ataque violento perpetrado por los diputados oficialistas sobre los opositores, la diputada Machado tuviera el tiempo y la capacidad parareparar en ese detalle, darse cuenta de que el teniente Cabello sonreía?

Una respuesta rápida a esa pregunta es que la sonrisa del teniente se distinguía y destacaba de todo lo que lo rodeaba por ese contraste radical con la atmósfera que imperaba en la Asamblea. Esa sonrisa era una suerte de objeto fuera de lugar que no guardaba relación alguna con nada de lo lo que ocurría alrededor del teniente. Era una sonrisa a contracorriente. Había rostros amenazantes que inspiraban terror, y que revelaban su odio o su ira; eran esos rostros que típicamente se expresan en los miembros de una masa que se dirige a atacar en cayapa (para usar un término poco familiar al buen Canetti) a una minoría (los diputados de oposición son menos que los del oficialismo). Pero esos rostros de la masa iracunda no eran ajenos a ese caos y esa violencia, eran abominables pero característicos de ella. Por el otro lado, también se podían distiguir esos otros rostros, los de los diputados de oposición, que ante lo que ellos calificaron como emboscada revelaban estupefacción, sorpresa, miedo, o esa suspensión de la acción propia de quienes evalúan atropelladamente sus opciones frente al agresor.

La inadecuada e impertinente sonrisa del teniente definía un hecho incoherente y difícil de comprender o interpretar. No era la sonrisa de un miembro de la masa; ése es un  aspecto que la hacía  peculiar, sino la de un individuo aislado de la masa, quieto, e inquietante en su actitud.El otro aspecto que diferenciaba y hacía aterradora a esa sonrisa (es evidente que ella le produjo miedo—además, de decepción, tristeza, ira o impotencia—a la diputada Machado) es que revelaba una ausencia total de empatía con el dolor, terror, temblor, e incluso llanto de los atacados. Esa indiferencia frente al dolor que experimentaba la diputada Machado y sus compañeros (todos seres humanos, sus iguales) que el teniente presuntamente pudo apreciar, porque la miraba a ella y a sus compañeros de facción cuando eran atacados, debe haber sido aterradora.

Luego de hacer esta reflexión regreso sobre el aspecto perceptivo. Para los que pudieran preguntarse si la diputada Machado fue exacta en su calificación del gesto del teniente como una sonrisa, traigo a colación evidencia producida en investigaciones sobre la psicología de la percepción que sugiere que las caras que sonríen son menos ambiguas que las caras tristes. Hay poca ambigüedad en clasificar una cara con una sonrisa como una cara sonriente. Complementa esta apreciación esa otra hipótesis, denominada la ventaja de la cara feliz (the happy face adavantage), que de acuerdo con el trabajo de Kirita y Endo (1995),  sugiere que las caras felices se reconocen con mayor facilidad que las tristes. Claro que se puede contra-argumentar que la sonrisa del teniente expresa todo menos alegría sincera. Porque una sonrisa que nace del placer que produce la contemplación del dolor niega esa levedad insoportable de la sonrisa y de su posible secuela, la risa, que tan a menudo son engendradas por la alegría. Pero lo que sugiere la evidencia analizada en estos estudios es que, aparentemente, los seres humanos estamos diseñados para reconocer con mucha facilidad, gracias a cierta codificación genética de nuestro sistema perceptivo, la sonrisa más que la alegría (que es un aspecto abstracto y no visible) que la produce (debiera producir).  Este sesgo hace más probable que la diputada Machado haya en efecto sido capaz de identificar con exactitud una sonrisa, y no una expresión distinta, en el rostro del teniente.

Pero esta historia no debe ni puede terminar en esta distinción patética e inútil (para efectos sociales) entre aquellas sonrisas que surgen de una condición de alegría insoslayable, y esas otras sonrisas, que son graves, y que nacen de recintos oscuros dentro del corazón humano. Quiero aprovechar esta nota para reivindicar y recuperar ese poder mágico que tiene la sonrisa; un poder capaz de transformar desde afuera hacia adentro al ser humano. Y con este fin tomo un camino argumental meándrico.

II

Estoy seguro de que ese psicopata perfecto que era Hannibal Lecter, si hubiese estado presente en la Asamblea aquella tarde, expuesto al fragor de esa violencia salvaje, podría también haber esbozado una sonrisa. Y es posible que lo hubiera hecho al mismo tiempo que reflexionaba (salivando) sobre cuál de los diputados de oposición podría tener mejor sabor si lo condimentara adecuadamente, como si fuera un cordero, y le agregara romero, sal y pimienta al gusto. Pero Hannibal podría también (no lo descarto) haberse conectado con la diputada Machado (y no pensar en comérsela) de un modo semejante a como en El silencio de los corderos se conectó con la investigadora Clarice Starling (Jodie Foster). Si fue verosímil para los espectadores el hecho de que el viejo Hannibal estableciera esa empatía perfecta con la bella, persistente y aguda  Clarice en cuestión de segundos (durante ese acto genial en el que leyó con su olfato, en las trazas del perfume con que se había rociado Starling el dia de su primer encuentro con él, la escencia de su drama familiar y se la narró de inmediato con breves y punzantes frases), la que derivó rápido en una emoción cercana al amor, ¿cómo podemos ser tan poco imaginativos como para no concebir como algo perfectamente verosímil que el teniente Cabello, y cualesquiera otros diputados oficialistas, de formación militar o civil, puedan metamorfosear sus sonrisas graves y no empáticas, sus gestos de indiferencia o de odio, en gestos de amor, empatía y solidaridad? Uno debe concebir esa posibilidad como germen de un diálogo futuro. Es decir debemos,  malgre tout, tener esperanza y fe en la humanidad. Lo contrario significaría que estamos condenados a avanzar inexorablemente hasta el borde del abismo, y arrojarnos todos juntos, los venezolanos, hacia un vacío oscuro del cual todavía no imaginamos su fondo.

Aun cuando enredados en el argumento, hemos querido mostrar que hasta un psicópata asesino y caníbal como Hannibal, que no sólo desprecia la vida de los seres humanos, sino que siente placer en devorar trozos de carne de los cuerpos que hacen posible que un ser humano viva o que lohaga de un modo íntegro (porque su canibalismo pudiera no concluir necesariamente en la muerte del atacado), puede tener un evento de conexión empática y profunda con otro ser humano, esa conexión, esa suerte de amor incondicional que llega a sentir Hannibal por Starling (que en una secuela de la película referida lo conduce a sacrificar su brazo), no lo salva moral, social, ni espiritualmente. Estoy seguro de que, por el contrario, igual el alma de Hannibal será condenada al fuego eterno y lacerante del Infierno.  Socialmente, no podemos ser empáticos con unos y no serlo con los otros. Esta exclusión de uno, diez, mil o millones de seres humanos de la esfera de aquéllos cuyo sufrimiento o dolor puede activar nuestra empatía es abominable y condenable. Solo es posible construir una sociedad duradera y sólida sobre la base de una empatía incondicional y universal, que no se base en ningún tipo de selección o condición a grupos determinados de seres humanos.

III

La tarde del martes 30 de abril de 2013, la Asamblea Nacional, en Venezuela, vivió uno de los eventos más tenebrosos de su historia. La facción de diputados de la oposición tuvo que esperar más de tres horas a que llegara la bancada del oficialismo para instalar la sesión del día. Una vez que la sesión comenzó, su presidente, el teniente Diosdado Cabello, ratificó lo que había declarado en una ocasión anterior, que no le daría derecho de palabra a ningún diputado de la oposición que no reconociera a Nicolás Maduro como Presidente Constitucional de Venezuela. En acto de protesta ante esa muestra de ejercicio no democrático y no constitucional de su cargo como presidente de la Asamblea, los opositores optaron por manifestar con pitos, cornetas y pancartas, solicitando una modificación de la orden del día y un derecho de palabra. Esta manifestación irritó a los diputados oficialistas quienes se abalanzaron con violencia sobre la bancada opositora. He visto clips y videos que muestran ángulos, instantes, fragmentos de ese acto violento que profana lo que debiera ser un templo de toda república democrática, en el que las diferencias de opinión y puntos de vista deben ser dirimidas solamente con argumentos mediante debates entre pares. Lo que significa que la Asamblea es un ámbito horizontal, dentro del cual todos son iguales; lo son ante el pueblo que los eligió como sus represetantes, y lo son ante la Ley. El presidente de la Asamblea no es Primus inter pares, es tan solo otro igual en quien los miembros de la Asamblea han delegado, circunstancialmente, ciertas prerrogativas con el fin de que ésta funcione del mejor modo posible. Es éste el propósito que tienen el reglamento de debate, el orden del día, el derecho de palabra, son recursos que ha ideado la tradición legislativa de las sociedades democráticas para regular y civilizar la deliberación entre representantes de facciones del pueblo que tengan concepciones particulares y diferentes del Bien Común y la Buena Vida. De un modo semejante a como las reglas de conducta en la mesa serían brutalmente violadas en su espíritu si a un comensal se le ocurriese prohibir comer a todos aquellos comensales que piensen de un modo determinado, atenta contra lo más escencial de la democracia prohibirle hablar a alguien que piensa de un modo distinto. Lo importante a tener en cuenta es que los diputados son la voz del pueblo, y ninguno es más que otro, nadie tiene el poder ni el derecho de prohibirle la palabra a otro. Los reglamentos de debate y las reglas de conducta en la mesa, como tantas otras prácticas e instituciones, son instrumentos civilizatorios, que fueron concebidos con el fin de facilitar la comunicación y la convivencia pacífica en la esfera pública o en la esfera privada.

IV

Me preocupa el efecto demostración que tienen la actitud o la conducta de los jerarcas del regimen cuando están próximos a una violencia que pueden o nohaber provocado. Respecto a la denuncia de la diputada Machado sobre la sonrisa del teniente, un tuit que leí decía: “Si yo hubiese estado allí mirando cómo le pegaban, no solo me hubiera sonreído, me hubiera muerto de la risa”. Otro decía: “Se lo merecía”. Algo así. Comentarios que producían náusea. Y hubo muchos más que no leí, y no eran broma. Y pensé que de ese modo opera la construcción del odio. Se construye odio cuando se llama al otro mediante un epíteto como, derecha, apátrida, oligarca, etc; todos ellos adjetivos que minan la cohesión social y previenen la empatía; que están dirigidos a crear un cisma, una grieta, entre unos y otros.Pero un líder puede también construir colectivamente el odio de modos más sutiles. Uno de esos modos son lo que llamo los gestos del odio: Una mirada de desprecio abierto o de indiferencia al Otro, una sonrisa ejecutada en el momento inadecuado. Instrumentos casi invisibles que buscan acentuar, profundizar, perpetuar una polarización de la que el pueblo venezolano está cansado. Y sin embargo, habrá quienes no están cansados. Habrá algunos a quienes esas palabras y discurso,  esos gestos, esos otros instrumentos sutiles, alienten, legitimen, les otorguen excusas o justificaciones para la violencia, la crueldad, las atrocidades. La probabilidad de tales consecuencias convierte en trágico a un discurso o a una palabra, e incluso a una sonrisa producida en el momento y lugar inadecuados por razones que son inaceptables consideradas desde un punto de vista: político, social, cultural y moral. Y estos elementos, los visibles y los casi invisibles, con los que se construye el odio, los debemos censurar y denunciar sin descanso.

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