El Volcán 3, Contemplar las ciudades

Caracas de noche desde la subida hacia el Volcán, foto tomada el 25 de febrero de 2013.

Caracas de noche desde la subida hacia el Volcán, foto tomada el 25 de febrero de 2013.

Una disgresión sobre la mirada como aprobación

I

Creo que es algo que ocurre siempre con las ciudades. Uno quiere subir a un sitio elevado que te ofrezca una vista privilegiada y panorámica de la ciudad, y desde alli contemplarlas. Hay un placer en esta contemplación asociado a la belleza de la ciudad que se mira. Pero este placer no es solamente estético; es un disfrute más complejo. Es cualitativamente diferente del placer que se deriva de la contemplación de una obra de arte, o el que derivamos de la contemplación de una mujer hermosa (donde pudiera haber un deseo implicado y, junto con ese deseo, la promesa de que en alguno de los infinitos mundos posibles, aquello que se observa podría llegar a estar absolutamente próximo a nuestro cuerpo y dejar de ser objeto de deseo y contemplación para ser objeto que se experimenta de otro modo con otros sentidos). En la belleza de una ciudad no hay tal promesa. Es cierto que, de un modo clásico, podemos afirmar que la belleza de una ciudad mirada desde lejos es producida por la armonía y el equilibrio que se advierten en el modo como está dispuestos sus elementos entre sí. Cómo, dentro de la multiplicidad de edificios, casas y monumentos, parques y plazas, calles y avenidas, de esa ciudad, el observador— desde el ángulo en que está localizado—, percibe un juego armónico de: oposiciones y conjugaciones, luces y sombras, alineaciones y rupturas de esas alineaciones, espacios llenos y densos  y espacios vacíos y rarificados, áreas de edificaciones muy altas opuestas, adyacentes o, por el contrario, deliberadamente alejadas, de otras áreas en las que predominan edificaciones bajas. Pero junto a esta belleza producida por la observación del juego de armonías, contrastes y balances, en la contemplación distante y panorámica de las ciudades el observador realiza una suerte de aprobación de ese todo que es la ciudad. Ésta es una operación que parece dirigida  a contrastar la experiencia inmediata que podemos tener de una ciudad (el modo único como hemos vivido la ciudad, sus sonidos, melodías, ruidos y silencios; los olores y sabores de los platos que hemos comido en sus cocinas y las bebidas que nos han servido en sus bares, o las esperiencias qu ehemos tenido de esa ciudad desde nuestras casas; las texturas, dureza, suavidad, tersura de todo lo que hemos tocado, incluidos los cuerpos, los colores de la ropa, de los edificios, de la piel, labios, ojos de la gente que la habita, las palabras de amor, odio o indiferencia que nos han dicho o hemos oído de boca de sus habitantes, etc), con la experiencia lejana, aquella en la que todos los otros sentidos con excepción de la vista dejan de ser importantes. Y cuando uno realiza ese contraste, cuando compara una cosa con la otra, inevitablemente uno produce un juicio. Y puede ser que aquello que se ve desde lejos case (calce, sea congruente, consistente) con lo vivido de cerca o que, por el contrario, sea disonante. Llamo aprobación a esa sensación de semejanza, de equivalencia entre las dos experiencias. Es una aprobación que produce un placer que se solapa a menudo con el placer puramente estético de esa vista lejana de la ciudad.

Vistas del este y sureste de Caracas desde El Volcán, durante la tarde del 25 de febrero de 2013.

Vistas del este y sureste de Caracas desde El Volcán, durante la tarde del 25 de febrero de 2013.

II

Encuentro una equivalencia entre esa operación de aprobación que se basa en esa mirada lejana y panorámica de la ciudad y ese acto de contemplación que realiza el creador de su obra, que no es la ciudad sino el Mundo o la totalidad del Universo. Pienso ahora en el Génesis, en el acto que Dios realiza el sábado en la tarde, el sexto día de la Creación, que en Génesis 1:31 está descrito así: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.” Ese disfrute que dice la Biblia que le produce a Dios el acto de contemplar la obra que ha creado es propio de los creadores (¿Cuando crean los invidentes algo que solo pueden mirar otros, ven ellos, los creadores, su propia obra en su mente?).

Esa contemplación es una satisfacción que comparte con Dios el gobernante, que contempla sus dominios con orgullo, pero que tiene también (seguramente) el placer de saber que algo de lo que mira ha sido hecho (no solo controlado, gobernado, comandado) por él. Quizá unos jardines o unos parques, unos palacios o unos templos a los dioses de la ciudad; quizá incluso una ciudad, como las que fundan Alejandro Magno o el emperador Adriano, quienes en algún momento se deben haber detenido a contemplar esas obras desde la distancia (o quizás solo las imaginaron desde la distancia, porque, por ejemplo, Alejandría la fundó Alejandro El Grande en 331  a. C.; pero partió pronto de ella y nunca más regresó), para confirmarse a sí mismos que lo que habían hecho estaba bien hecho. Podría entonces afirmarse que el mirar es equivalente, en algunas ocasiones, a una operación de relectura de la misma obra que ya se hubo leído una vez, pero en otro lenguaje. Por ejemplo quien experimenta la cotidianidad de una ciudad de un modo tormentoso, violento, turbulento, pudiera leerla, desde la lejanía, como un lugar plácido, gracias a ese acto de contemplación. Ese contraste entre la experiencia cercana y la lejana podría tener, con el tiempo, un efecto dulcificador de la primera.

El abra del noroeste, la que permitiría mirar el mar  desde Caracas. Fotografiada la tarde del 25 de febrero de 2013.

El abra del noroeste, la que permitiría mirar el mar desde Caracas. Fotografiada la tarde del 25 de febrero de 2013.

III

Paso ahora a una mayor generalización. Afirmar que el mirar valida o modula la experiencia es equivalente a decir que el mirar (que se realiza con el sentido de la vista) puede ser importante para el hacer (la mano, porque con ella ejecuto mi experiencia o al menos simboliza el modo humanoo de abordar la experiencia). El mirar (para el que crea, para el que fabrica, para el que vive una experiencia, para el que gobierna) podría tener la función de revisar o repasar lo que se ha creado (hecho, vivido, gobernado) con el fin de construir un mejor juicio.  Es decir, sería equivalente a salir del bosque para ver mejor los árboles. Pero aquí no es solo la distancia (visión panorámica) el atributo que ayuda a que se forme este juicio superior sino que la distancia anula al resto de los sentidos e instaura una hegemonía de la vista. Cuando el Génesis nos dice que al final de cada jornada de creación, Dios miraba que lo que había hecho estaba bien hecho. Y si Dios no hubiese mirado su creación, ¿sabría que lo hecho estaba bien hecho? ¿O le quedaría alguna duda? Pero Dios es omnisciente y esa duda está descartada por principio. Aún si Dios fuese invidente, sería capaz de saber que lo que El creó estaba bien hecho. Pero el mensaje del Génesis es entonces para el hombre. Es como si la Biblia nos dijera que cuando el hombre cree (fabrique, haga en el sentido más amplio de la palabra), vale la pena que haga un alto y mire. Que recurra a su sentido de la vista y vea si lo que hizo le luce coherente y (además) bello. Lo curioso sin embargo es que la vista opera como una suerte de criterio de verificación de la calidad de la acción. Como si Dios dijera: “Mira siempre lo que hiciste durante el día. Revisa. Repasa. Recuerda lo que hiciste; trata de visualizarlo, y piensa al mirar de nuevo en tu memoria, si eso que hiciste estaba bien hecho. Fórmate un juicio. Usa la vista para revisar el pasado. Que es equivalente a un desandar, a un recorrer de nuevo. Y lo más curioso de todo es que al principio, en Dios está Logos, la palabra, pero en el hombre, está la imagen, o una idea de esa imagen, que el hombre prefigura en su imaginación (sin duda en el poeta, que es casi siempre visionario, y en el profeta, en el principio está la imagen). De modo que ese mirar lejano pudiera no ser otra cosa que un cotejar entre aquella idea primigenia, esa imagen tenue de lo que se quiere hacer, esa imagen que anticipa lo que se va a hacer y lo realmente hecho. Y esto que se dice del hacer es válido también para el vivir. Se prefiguran una vida, un viaje o un proyecto, y luego, una vez que se ha vivido la vida, realizado el viaje, ejecutado el proyecto, se los mira desde la distancia. Y así se cierra un ciclo que comienza con una imagen y termina con una imagen. Comienza con un mirar lo que está dentro gracias a la imaginación y termina con un mirar lo que el creador ha sacado afuera, con su capacidad de fabricar o hacer.

El abra del noroeste, con nubes al atardecer.

El abra del noroeste, con nubes al atardecer.

IV

Recuerdo ese pasaje en la Insoportable Levedad del Ser, del escritor checo Milan Kundera, cuando Teresa asciende caminando lentamente por la ladera de la colina de Petrín hasta la cima; y al llegar mira hacia abajo la fila de santos que descansa en el Puente de Carlos y se recuerda a sí misma que Praga es la ciudad más bella del mundo. Recuerdo cuando viví en Londres, hace más de 10 años. Vivía en una casita vecina a Lions Gate, una de las puertas de Kew Gardens,los fantásticos jardines botánicos de Londres, que además estaba a pocas cuadras de otro parque,Richmond Park. En ese parque hay una colina a la que solía llegar en bicicleta desde mi casa,  y  desde ella, en días claros podía ver la cúpula de la Iglesia de Saint Paul y otros hitos de Londres. Es maravilloso saber que ésa es una vista protegida, lo que significa que nadie puede construir ningún edificio que le impida a un observador parado en esa colina divisar la cúpula de esa iglesia. Y al pensar en la noción de vista protegida, pienso en que la contemplación es sin duda un acto civilizatorio, así como un indicador de civilidad. Mirar la ciudad desde lo alto, es también lo que uno hace al llegar a París, subiendo por ejemplo a la torre Eiffel y mirando alrededor. Viendo a los cuatro puntos cardinales e imaginandp cómo sería esa ciudad cuyos límites casi que divisas, si la miraras desde muy alto con una vista cenital.

V

El deseo de mirar Caracas desde un punto de vista elevado (como las alturas de la subida hacia el Volcán) también nos asalta ocasionalmente a quienes vivimos en Caracas, donde es mucho más fácil que en ciudades planas tener una idea de hasta dónde llega la ciudad. Pero a veces no es ese límite externo lo que uno quiere ver sino simplemente ampliar el horizonte. Por ejemplo, quizás el que sube hacia la cima de El Volcán busca contemplar la ciudad desde un sitio elevado para comprobar si, mirando hacia esa abra situada en el noroeste de Caracas, ahí donde declina hasta un mínimo la  elevación de las cimas más occidentales del Ávila, puede divisar el mar.

Yo mismo he tratado de divisar la línea del horizonte marino mirando hacia en el sentido señalado los días en que el aire es más transparente y no he logrado ver el horizonte. Aunque sé que esta ahí. Quizás está situado un poco más abajo del punto virtual donde lo busco con la mirada. Quizás está situado en un punto que no podría divisar desde la altura y lugar en que estoy parado por culpa de la redondez de la Tierra. Pero igual insisto. Persevero en mi intento. Construyo un nuevo argumento para explicarme por qué no logré ver el mar o al menos el horizonte la vez anterior para regresar con nuevas ganas la vez siguiente. Tengo la esperanza de ver esa línea del horizonte algún día. E imaginar el resto de esa superficie azul de la que el horizonte es el límite, que sé que tendría un tono de azul o de verde que, mirado desde esta distancia, todavía no puedo anticipar.

Vista panorámica de Caracas desde El Volcán

Vista panorámica de Caracas desde El Volcán

VI

Una de las conclusiones que saco de las reflexiones anteriores es que el mirar desde lejos puede tener un efecto civilizatorio por ese mecanismo de adecuación de lo que se contempla desde lejos con lo que se vive de cerca; es decir, por ese mecanismo que busca casar lo sublime y casi silencioso de una visión de la ciudad desde la lejanía con la intensidad y riqueza multisensorial de la experiencia cercana, cotidiana, intensa y violenta que todos tenemos de una metrópolis como Caracas. Mantengo esta idea aún si ese personaje de J.M Coetzee en Tierras de Poniente, el colono boer Jacobus Coetzee, sostiene lo contrario: que el acto de mirar a lo lejos en la vasta soledad del desierto, al haber eliminado de la experiencia el resto de los sentidos, puede propiciar y legitimar el crimen y la barbarie.

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