Sinrazón y ascesis en la obra de J.M. Coetzee, 1

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Seen from outside, from a being who is alien to it, reason is simply a vast tautology.

Elizabeth Costello

 

 En The Essential Gesture[i], ensayo escrito por la novelista surafricana Nadine Gordimer en 1984, esta escritora le recuerda a su audiencia (el texto fue escrito para una charla que Gordimer dictó en la Universidad de Michigan) que los escritores son menos libres de lo que creen porque tienen la necesidad de ser responsables ante la sociedad, la ideología y la historia. Entre las ideas que desarrolla Gordimer en el resto del ensayo, se encuentra la tesis de que, en Suráfrica, los activistas negros radicales esperaban que los escritores blancos asumieran de un modo vertical la tarea de concientizar a los ciudadanos blancos, despertarlos para que se dieran cuenta de la trágica situación que estaban viviendo. La misma Gordimer respondió a estas expectativas haciendo una literatura política comprometida que combinó con un activismo tan conspicuo que sin duda explica el que ella fuera una de las primeras personas que Nelson Mandela quiso ver cuando en 1990 fue liberado de la prisión. James Maxwell Coetzee, que también nació en Suráfrica y al igual que Gordimer obtuvo un Premio Nóbel de Literatura, hace referencia a The Essential Gesture en un ensayo que escribió sobre “Gordimer y Turgueniev”, que forma parte de Costas Extrañas, un libro que reune ensayos literarios de Coetzee publicados entre 1986 y 1999. Esta interrelación me hace pensar que uno de los aspectos que podrían ser comunes a algunas novelas de Coetzee, es el modo particular en que ellas reflejan las estrategias que este escritor ha elegido (presumiendo que realmente hubiera elegido alguna) para expresar esa responsabilidad de la obra literaria.

Aun cuando Coetzee consideró siempre al apartheid como un sistema abominable de consecuencias trágicas, que le permitió al gobienro racista de Suráfrica despojar a la mayoría negra de esa nación de derechos humanos esenciales, su obra literaria no podría ser clasificada de denuncia. Sin embargo, esta proposición simplifica la realidad. Coetzee escribe obras serias y profundas; y no acepta que sus lectores o sus críticos se aproximen a él, o a su obra, con una mirada simplificadora. Su obra es compleja y, en ocasiones, puede crear en el lector los efectos de un caleidoscopio, porque apenas éste cambia su posición, la lectura que ha hecho de la obra puede cambiar. Pudiera incluso ocurrir que de un modo que algunos lectores aún no se han percatado, la obra de Coetzee sea de denuncia social. Por otro lado, la extrema sensibilidad de Coetzee tampoco es consistente con una regla convencional de responsabilidad literaria que establezca que si el escritor advierte un problema social serio, su obra debe contribuir a que sus lectores se den cuenta de la existencia de ese problema social y de qué cosas pueden hacer para resolverlo.

En este ensayo sostengo que a Coetzee le interesa que su obra ilumine a sus lectores sobre una problemática general y universal, no necesariamente ligada al color de la piel, ni al segmento socioeconómico en el que han nacido o al que pertenecen en un momento dado alguno de sus personajes. Puesto de otra manera, lo que le importa a Coetzee son los problemas generales que afectan a los seres humanos: en ellos, el apartheid y la segregación que éste produce pudiera ser sólo la expresión particular de alguno de esos problemas. Pero esta clase de interés que tiene Coetzee crea un problema. Y es que a veces su responsabilidad está oculta y el lector debe encontrar códigos que le ayuden a leer mas claramente sus obras. Encuentro algunos de estos códigos en su novela Elizabeth Costello (2003), la que tomo como farol en esta lectura de algunos enigmas que plantea la obra de Coetzee.

En el primer capítulo de Elizabeth Costello, Coetzee propone una definición de realismo literario que es consistente con lo que se podría esperar de un autor al que le interesan las ideas pero que, curiosamente, reniega de la abstracción. Elizabeth Costello, la protagonista de esta novela homónima, es una escritora nacida en Melbourne quien, en una entrevista, sostiene que al realismo le son extrañas las ideas; presume Costello que éstas “no tienen una existencia autónoma, pueden existir sólo en las cosas. Por eso, cuando necesita debatir ideas (…), el realismo es propenso a inventar situaciones—paseos en el campo, conversaciones—, en las cuales los personajes le prestan voz a ideas antagónicas que ellos encarnan. La noción de encarnar se hace pivotal. En tales debates, las ideas no pueden flotar libremente: están ligadas a sus voceros, y a través de ellas son enunciadas…”(p. 9).

Coetzee es un escritor cuya circunstancia existencial le impuso una serie de expectativas, tensiones y presiones, que lo afectaron de una manera particular a causa de su extrema sensibilidad. Cuando hablo de circunstancia, no me refiero solamente a que haya tenido que ser testigo de los modos como operaba el apartheid, sino también a detalles menores, como el hecho de que en su hogar natal se hablaran el inglés y el afrikaner (Coetzee es descendiente de afrikans y de polacos), lo que le confirió una dualidad de perspectivas a su escritura; o al hecho de que Ciudad del Cabo, donde nació, desde un punto de vista geográfico, esté situada en la periferia de Occidente, y no en alguno de sus nodos neurales. Pienso también que el público lector de Coetzee, por razones semejantes a las que (según señala en “Gordimer y Turgueniev”[ii]) determinan el público lector de Gordimer, es un público dual que está dividido: “dentro de Suráfrica es una intelligentsia radical principalmente negra, y fuera de Suráfrica es una intelligentsia liberal, principalmente blanca” (p. 270). Esas circunstancias han marcado a Coetzee y han determinado en gran medida un conjunto de rasgos generales de su obra narrativa. Lo que lo hace original es el modo—aparentemente caprichoso, imaginativo y en gran medida libre—en que esa obra ha respondido a esas circunstancias, tratando de que esa respuesta no fuera obvia ni predecible.

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Dusklands (Tierras de Poniente)[iii] es la primera novela de Coetzee. La escribió cuando daba clases en la Universidad de Buffalo, pero la publicó en 1974, cuando ya había regresado a Suráfrica. La novela esta compuesta por dos piezas narrativas. La primera, el Proyecto Vietnam, es una suerte de memoria escrita en primera persona por Eugene Dawn. Al comienzo, Dawn parece un académico que trabaja aplicadamente. Declara que es un especialista en mitografía que aspira a ascender con un trabajo con el que quiere impresionar a su jefe, el director Coetzee, a quien admira, teme y aborrece. La oficina en la que trabajan Dawn y Coetzee está adscrita al Departamento de Defensa. Dawn prepara un informe sobre los resultados de un proyecto de propaganda militar realizado en Vietnam. Para llevar a cabo su trabajo, estudia un grupo de 24 fotos con escenas de la guerra. Dawn no se da cuenta hasta qué grado lo afecta mirar estas imágenes. “…siempre me ha serenado el saber que puedo confiar en que esas fotos, debidamente sacadas de sus funciones y desveladas, le den a mi imaginacion el ligero impulso eléctrico que es lo único que hace falta para volver a liberarla. Yo reacciono a las fotos mucho más que a la letra impresa” (p. 29). No se da cuenta de cómo al mirar esas imágenes una y otra vez evoca repetidamente el horror que es la guerra. Dawn se expone a un horror que tiene el poder de deshacer poco a poco su razón. Y aunque uno pudiera no verlo, porque es algo que ocurre lentamente, mientras le “florecen formaciones exorbitantes en la cabeza, en ese mundo sellado y sin aire.” (p. 51), cuando uno avanza en la lectura se hace cada vez más obvio que el monólogo de Dawn solo puede provenir de alguien que ha perdido totalmente la razón.

La segunda parte de esta novela, La Narración de Jacobus Coetzee, está constituida por cuatro documentos. El autor atribuye a su padre, un tal S.J. Coetzee, las tareas de edición y redacción del epílogo de ese relato, cuyos hechos ocurrieron supuestamente en 1760. Este relato narra cómo el colono boer Jacobus Coetzee emprende una expedición hacia el interior de Sudáfrica que lo lleva al encuentro con un grupo de hotentotes, quienes lo tratan de envenenar, lo despojan de sus bienes, lo maltratan por haberse portado mal, y al final lo expulsan hacia el vasto y solitario desierto, acompañado de Klawer, un nativo domesticado. Luego de meses de sobrevivir en el desierto, Coetzee regresa a sus dominios. Coetzee organiza luego una segunda expedición en la que se vengará terriblemente del mal rato que le hicieron pasar los hotentotes. Uno de los pasajes que mejor ilustran lo que entiendo como el proyecto del autor en esta obra pionera es lo que dice Jacobus Coetzee en medio de un delirio producido delira por el veneno que le han dado.

“En la naturaleza salvaje pierdo todo sentido de los límites. Es una consecuencia del espacio y la soledad. La operación del espacio es como sigue: los cinco sentidos se despliegan desde el cuerpo que habitan, pero cuatro de ellos se extienden en un vacío. El oído no puede oír, la nariz no puede oler, la lengua nopuede probar sabores. La piel no puede sentir. (…). Solo la mirada tiene poder. La mirada es libre, se extiende por el horizonte en todas direcciones. Nada se oculta a la mirada. A medida que los demás sentidos se embotan, mi mirada se flexiona y se extiende. Me convierto en un ojo reflectante esférico que se mueve por el yermo y lo ingiere. (…) Soy un saco transparente con un núcleo negro, lleno de imágenes y un arma de fuego” (pp 112-113).

Aquí Coetzee revela el sesgo perceptivo que produce la mirada cuando rige sola sobre el resto de los sentidos. Cómo al prevalecer el sentido de la vista, el hombre corre el riesgo de derivar hacia una suerte de autoritarismo hegemónico del observador en el que el mundo deja de ser una arena para la acción y se convierte en un escenario para el espectáculo. Es entonces cuando ese observador solitario, equipado con un arma, se convierte en amo de la vida y la muerte en la vastedad del desierto. Solamente al matar, rompe el colono el espejismo de que la realidad no es ilusoria, que lo que está dentro no es parte de él mismo: “El arma de fuego nos salva del miedo de que toda la vida esté dentro de nosotros” (p. 113). No se trata aquí de la fragilidad de la razón (destruida por esa experiencia brutal que es la guerra, sino de los trucos que le pueden jugar a ésta el aquietamiento de unos sentidos y la exaltación de la vista. ¿No son estos riesgos semejantes a aquéllos en que nos sume la sociedad del espectáculo? Destaco el paralelismo de este texto con el Proyecto Vietnam. ¿Me pregunto cuánto de la locura de Dawn no la podemos atribuir a su repetida y acuciosa contemplación de las 24 fotos de la guerra que estudiaba celosamente una y otra vez?

La hipótesis del extravío de la razón por una conspiración de los sentidos es sólo, así lo entiendo, una estrategia de Coetzee, no para advertirnos que no creamos plenamente en los datos que nos entregan los sentidos sino para mostrarnos cuán fácil la información que éstos captan y envían, por medio de los nervios, a la corteza cerebral para ser procesada, es tan poco eficaz para protegernos del Mal, para impedir que derivemos como sin darnos cuenta hasta caer en el Mal. En los dos relatos apreciamos cómo, el hombre que comete el acto reprobable, aquél cuyo razonamiento torcido o tortuoso lo conduce al crimen, forma parte de un Leviatán socio cultural cuya lógica no es inconsistente con el Mal. ¿Qué diferencia hay, pareciera preguntarnos Coetzee, entre la lógica del Departamento de Defensa con la que se legitima la guerra de Vietnam, y la de la máquina militar y cultural sobre la que se edifica el Imperio y se incita su expansión? ¿Y acaso no son estas dos lógicas engendros de la razón?

Y qué puedo pensar de la presencia ubicua de alter egos de Coetzee en las entrañas del mal en los dos relatos? ¿No es un signo de nuestra propia proximidad al Mal?; ¿o de la ineludible responsabilidad, del autor y de nosotros los lectores, en las atrocidades y actos de injusticia y crueldad que se cometen a diario? Al ubicar a personajes con su apellido (hay 10 mil Coetzees en Suráfrica ha dicho Coetzee) en posiciones de dominio en los dos relatos, el escritor reconoce su cuota de culpa por el Mal que se perpetra en el mundo, tanto el que le toca directamente por haber nacido en un país colonial como Suráfrica, que tiene una historia de siglos de colonialismo, violencia étnica y atrocidades, como por estar trabajando, en Estados Unidos, en una agencia al servicio de la Guerra. No importa dónde estemos, no podemos ocultarnos, parace inevitable ser cómplices del Mal. Por comisión, como J. Coetzee, o por omisión como el doctor S.J. Coetzee. De modo que sí hay una denuncia, pero no hace referencia directa a Suráfrica. Lo mismo con el tratamiento de la discriminación racial; no importa que el oprimido o asesinado sea un hotentote del desierto surafricano o un vietnamita, quien perpetra ese acto es en ambos casos un doble de Coetzee y del hombre de Occidente, que creen estar libres de culpas, protegidos de la barbarie por sus valores o por la distancia al sitio en que ésta sucede.


NOTAS

[i] Gordimer, Nadine (1984) “The essential gesture, writers and responsibility”, ensayo presentado en The Tanner Lectures on Human Values, Universidad de Michigan, el documento completo se puede descargar como pdf del site de esta serie de charlas (http://tannerlectures.utah.edu/lectures/atoz.html).

[ii] Este ensayo forma parte del libro Costas Extrañas, Ensayos 1986-1999 (2004), Barcelona: Random House Mondadori.

[iii] Las citas de esta novela fueron tomadas de: J.M. Coetzee (2009) Tierras de Poniente, Barcelona: Random House Mondadori.

Los lectores interesados en este autor, pueden también revisar otras dos reseñas sobre novelas de este magnífico escritor que el autor ha realizado en este blog: 1.Sobre  Diario de un Mal Año; y 2. Sobre El Maestro de Petersburgo.

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