Diario de un mal año: Obra de estilo tardío

 

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Conocemos a J.M Coetzee como un escritor que le otorga un sitio muy especial a las ideas en sus novelas. En esto se parece a uno de sus maestros, el ruso Fiodor Dostoievski (1821-1881) quien, no era solamente un genio por la originalidad de las ideas que expresaban los personajes en sus novelas como por la autonomía intelectual que mostraba cada uno de sus personajes. Éstos eran autónomos hasta el punto de que no era fácil reconocer cuál era vocero de la posición del escritor en cualquiera de los polémicos y profundos temas que éstos trataban en los diálogos que sostenían en novelas de este escritor.

Diario de un mal año, es una novela en la que las ideas tienen una posición central (ver nota en este blog sobre El maestro de San Petersburgo, novela enla que también son importantes las ideas). Esta es una obra que narra el encuentro cercano entre un célebre escritor australiano que ha ingresado francamente en su madurez (tiene 72 años)—a quien la novela designa simplemente como Señor C—y Anya, una hermosa y deseable joven, de cabello negro y brillo dorado en una piel “suavemente radiante”, que dice ser filipina, aunque jamás ha vivido en Filipinas, y  quien resulta ser su vecina. Anya vive en el mismo edificio de apartamentos varios pisos encima de C. Apenas la conoce, C. la contrata para que le transcriba una serie de grabaciones que él ha dictado y que, reunidas y traducidas al alemán, formarán parte de un libro que compilará las opiniones contundentes de cinco autores. Estas opiniones tienen el formato de una serie de notas sobre una amplia diversidad de temas tales como: el Anarquismo, el Terrorismo, la Matanza de los Animales, la Izquierda y la Derecha, o la Otra Vida. Los temas tienen un enfoque político y esto es algo que molesta a Anya (De lo único que escribe es de política , él, el señor C, no Alan. Es una gran decepción. Me hace bostezar. Intento decirle que lo deje, que la gente está de política hasta la coronilla. Hay muchas otras cosas sobre las que escribir). Fácilmente podría uno pensar que si el escritor y ensayista francés Michel de Montaigne viviera en estos tiempos podría haber escrito en sus célebre Essais, sobre los temas que escribe C en lugar de hacerlo sobre: La Gloria, Los Caníbales, La Vanidad, La Fuerza de la Imaginación, o La Experiencia. Para esta comparación, es más importante tener en cuenta que lo que escribe C. son notas, textos libres y muy personales en su desarrollo argumental. Los que escribe Montaigne, en cambio, son verdaderos ensayos; sin dejar de ser personales y libres (reflejan una mente meándrica y errudita), Montaigne evita dejar cabos sueltos en los argumentos que usa para desarrollar cada tema. El conjunto de las opiniones de C. comprende la parte no ficcional, aunque apócrifa de la novela. Las notas tratan temas de actualidad, hacen referencia a personajes reales (Tony Blair, al-Qaeda, etc), pero el escritor, el señor C., pertenece al mundo de la ficción

Contratar a Anya es la estrategia a la que recurre C. para no perder la oportunidad de disfrutar visualmente—e incluso (dependiendo de cómo evolucionen las cosas) de un modo más completamente sensorial— de un contacto frecuente y conocer mejor a esta joven (casada con el enigmático Alan), que con facilidad y rapidez despertará en él, más que una pasión, una obsesión. La historia de esos encuentros, lo que piensa C. sobre Anya y el modo como evolucionan las ideas, los sentimientos y sensaciones que ella inspira y produce en él; y lo que opina Anya sobre C, o lo que ella opina sobre las opiniones contundentes de C; y lo que Alan opina sobre C; todos estos discursos, cada una de los cuales narra, desde una perspectiva distinta, la historia del encuentro entre el escritor y Anya, su evolución y su desenlace, constituyen el componente narrativo u ficcional de esta novela híbrida. Y sin embargo, no hay pureza ficcional en este componente. Y gran parte de la culpa de que esto sea así la tiene Anya, cuyo discurso o voz, así como sus ideas y decisiones, nos muestran tener el poder para empastelar y confundir la ficción y la no ficción y al hacerlo trocar,—con un coraje y una energía que el ya cansado escritor parece haber perdido—a todo el material de esta obra una literatura que juega y masajea (sin tomarse la tarea de distinguirlas como categorías analíticas diferentes) las ideas y los hechos. Y a ratos, uno como lector es acosado por la sensación de que el escritor ha arrojado estas hjistorias en un salón de espejos literario dentro del cual las historias que cuentan cada una de los personajes se reflejan unas a otras, se funden entre sí y construyen maravillosamente la ficción novelística.

Los textos transcritos por Anya (la serie de notas que C ha dictado y que serán publicadas en el futuro libro) están dispuestos en la parte superior de cada página y constituyen el material principal de la novela. No son ficción y pueden ser leídos como si hubieran sido escritos por un alter ego de Coetzee (¿qué relación guarda Coetzee con C aparte de ser ambos escritores y tener una inicial común?). Abajo de estos textos, casi en cada página de este libro— y como si fueran glosas a las notas de C—, aparecen los discursos formados por: las reflexiones de C sobre su relación con Anya; las de Anya y, ocasionalmente, también, las de Alan, pero contadas por Anya.

Dependiendo de las preferencias de cada lector, éste seguirá un orden o estrategia de lectura diferente al enfrentarse a este libro. Por ejemplo, pudiera ser que lo que más le interesa a cierto lector es conocer la historia que narra C, de modo que, haciendo caso omiso de sus opiniones contundentes, este hipotético lector pudiera decidir leer, primero que nada, la secuencia de fragmentos que recogen la voz de C. (no sus notas)desde el principio hasta el final. Y hacer luego lo mismo con la secuencia de fragmentos que recogen la voz de Anya. Y solo después de haber leído estas dos historias claramente vinculadas e interdependientes, iniciar la lectura de la serie de opiniones contundentes dictadas por C y transcritas disciplinadamente por Anya. Otro lector hipotético, podría tener un patrón de preferencias distinto. Éste podría leer primero todas las opiniones contundentes de las que C es autor, y decidir luego que los comentarios que hace Anya a esos textos (que aparecen entreverados en la narración de la historia sobre su encuentro con C), son lo segundo más importante y leer esta serie en segundo lugar. Finalmente, leería la serie de fragmentos que recogen  la narración que hace C de su relación con Anya. Pero estos son ejemplos de lectores con preferencias extremas. Lo más probable es que los lectores del común sean medianamente disciplinados y lean el libro de acuerdo con el orden impuesto por las páginas o por las dobles páginas; leyendo primero el texto que corresponde a la nota, en segundo lugar el fragmento que corresponde a la historia contada por C; y en tercer lugar, el fragmento correspondiente a la historia que cuenta Anya que se encuentra en la parte inferior de cada página. Esta estrategia de lectura puede estimular al lector a establecer conexiones (como por ejemplo si se considera a una idea la clave de una secuencia narrativa) no anticipadas necesariamente por el autor, entre algunos de los textos de la serie de notas (opiniones) y alguno de los fragmentos que narran la historia, desde los puntos de vista cualquiera de los dos protagonistas (o de ambos).

Una obra de estilo tardío

Entre ese laberinto de taxonomías que engendra la crítica literaria para organizar sistemáticamente la diversidad creciente del material que estudia y buscar claves pàra suinterpretación, me llama la atención la noción que acuñara Theodor W. Adorno (y desarrollara posteriomente el fallecido crítico palestino Edward Said) de obras de estilo tardío. Adorno acuñó ese concepto para referirse a las últimas composiciones de Beethoven. No se trata (solamente) de obras en las que el autor está consciente de la proximidad de su muerte, de su decadencia fisica, del paso inexorable del tiempo sino, sobre todo, de obras en la que el autor está consciente de que su obra ha cerrado su ciclo. Creo que Diario de un Mal Año es una de esas obras de estilo tardío, en la que el lector puedesentir la proximidad inocultable de la muerte para el señor C.

Creo también que el tema de esta novela es la exploración de las consecuencias del encuentro cercano entre un hombre mayor (el escritor C) y una joven hermosa y deseable. Disgrace, otra obra de Coetzee, es una variante de este mismo tema que tiene visos de tragedia. Una carga dramática semejante tienen otras novelas contemporáneas que tratan ese tema como por ejemplo: The Human Stain (2000) o The Dying Animal de Philip Roth (2001), que también pueden ser clasificadas como de estilo tardío. Es un tema que mezcla de una manera especial el amor del hombre por la mujer con la muerte.

En general, este tema no pierde su capacidad de inspirar continuamente nuevas variantes, quizás a causa del poder dulcificante y gratificante que tiene. Y sin embargo, un elemento frecuente en las historias que se desarrollan sobre este tema son las complicaciones morales del deseo. Como si la proximidad de la muerte que experimenta el hombre mayor (esa familiaridad con la muerte que desarrolla gradualmente el hombre que envejece) le restara legitimidad moral y física al deseo, y sobre todo a su eventual consumación, al punto de hacerlo problemático. C piensa: Mientras la miraba me invadió un dolor, un dolor metafísico, que no traté de reprimir. Y de una manera intuitiva ella lo supo, supo que al viejo sentado en una silla de plástico en el rincón le ocurría algo personal, algo relacionado con la edad, el pesar y la tristeza de las cosas. Algo que a ella no le gustaba en particular, que no quería recordar, aunque era un tributo a ella, a su belleza y frescura así como a la brevedad de su vestido. (p. 15). Un poco más adelante, C ve a Anya luego de una semana y le ocurre algo parecido, lo asalta un deseo que él juzga vergonzoso y, por tanto, reprime su salida a la luz: .”…sólo fugazmente, cuando cruzó la puerta principal enfundada en unos pantalones blancos que resaltaban un trasero casi tan perfecto que podía ser angelical. Dios concédeme un solo deseo antes de morir, susurré; pero me embargó la vergüenza por la concreción del deseo, y lo retiré (p. 16).

Anya como la Diosa de la Muerte

Hay una variante de esta historia que trasciende el nudo problemático que parece serle inherente y le otorga pleno sentido a la relación entre el hombre mayor y la mujer. La legitima en un mundo como el actual en el que el amor y el deseo asociado a éste parecen ser legítimos sólo mientras dura la juventud de los amantes. En primer lugar porque el hecho de toparse con ella, haberla conocido, deja de ser el producto del azar, como uno pudiera creer que sucede con todo encuentro fortuito entre dos seres humanos, para convertirse en un designio de los dioses. Éste es el sentido con el que Coetzee puede haber escrito el siguiente párrafo:

Anoche tuve una pesadilla, que luego anoté, en la que me estaba muriendo y una mujer joven me conducía a la puerta del olvido. De lo que no dejé constancia es el interrogante que se me ocurrió mientras escribía: ¿Es ella?. /(en la página siguiente) Esa joven que no quiere llamarme por mi nombre y me llama “señor” o tal vez “senior”…¿es la que me ha sido asignada para conducirme a mi muerte? De ser así, ¡qué extraño mensajero, y qué poco apropiado!/(y termina en la página siguiente) Sin embargo, tal vez esté en la naturaleza de la muerte que todo lo que le atañe, hasta la última cosa, nos parezca inapropiada. (pp 71-73)

De modo que C, no obstante la confusión que pudiera haberle producido su deseo y su obsesión por Anya, su inconsciente lúcidamente le revela el sentido de su encuentro: le dice que esta mujer que se le presentó, en una primera impresión, como la encarnacion deseable del amor es la mujer que le envían los dioses para conducirlo con ternura y dulzura hasta el umbral de su última morada.

En la mitología germana, las Valquirias (o nornas) eran las que recogían los cuerpos de los guerreros que habían caído en la batalla y los llevaban hasta el Valhalla, quizás con la intención de que en el fin de los tiempos esos guerreros combatan junto con Odín en el Ragnarök (suerte de Armagedon germánico). Anya pudiera encarnar el rol de una Valquiria, una diosa que lleva al hombre hasta el umbral de su última morada, si asume la tarea del modo como C la ha soñado.

La identidad de Anya como una Valquiria se revela cuando hacia el final de la novela, escribe: “Volaré a Sidney. Haré eso. Le sostendré la mano. No puedo irma con usted, le diré, va contra las reglas. Nopuedo irme con usted perole sostendré la mano hasta que llegue a la puerta. En la puerta podrá soltarme y sonreírme para demostrar que es un chico valiente y subir a bord de la barca olo que sea que deba hacer. Le sostendre la mano hasta la misma puerta, estaré orgullosa de hacerlo. Y luego haré la limpieza. (…) Le prometeré todo eso, y le sostendré la mano y le daré un beso en la frente, un beso como Dios manda, solo para recordarle lo que deja atrás. Buenas noches, señor C, le susurraré al oido: dulces sueños y vuelos de ángeles y lo demás.(pp 239-240)

De modo que Anya, quizás nunca recoja como las Valquirias de la mitología el cuerpo del señor C de un campo de batalla pero en cambio pareciera tener la intención de recogerlo de su departamento de Sidney y llevarlo hasta esa barca, a la espera de que Caronte pase a recogerlo.

No se consuma en la novela, el deseo que despierta Anya en C. Pero al asumir el papel para que el que parece haber sido destinada, gracias a un giro epifánico que toman las cosas, se confiesa a sí misma que nunca le molestaron las fantasías de C con ella. Que por el contrario, ella era feliz por haberlas alentado y, al hacerlo, haberle regalado escenas o imágenes de un ser tan hermoso y deseable como ella. “…le confesaré que nunca me importó que usted tuviera fantasías conmigo.(…) Ponte guapa para el señor C, solía decirme cuando me preparaba para visitarle por la mañana (…) Ponte guapa para que pueda acumular recuerdos y tener algo con que soñar cuando se acueste esta noche.” (p. 225).

Pero Anya hace algo más que alentar y alimentar las fantasías de C. La serie de notas estériles, secas, hiperracionales que escribe C, con el paso del tiempo, y gracias a la energía, frescura y amor que inspira ella, se llenan de alma y corazón. Hacia el final de la novela, C ya no escribe las aburridas y secas notas sobre temas políticos (o notas que descubren la veta política de cada tema). Después de ese encuentro con Anya, C, que tiene cada vez más su corazón y su cabeza llenos de amor (prefiero no hablar de obsesión) por Anya, escribe sobre: El Agua y el Fuego, sobre la Compasión, o sobre su maestro Dostoievski (que es la nota final.). Y estos últimos son textos escritos con pasión y corazón. Llenos, uno diría, del hermoso y deseable cuerpo de Anya, en los que el lector adivina las trazas de su frescura, su belleza, su inteligencia. Lo mismo puede afirmarse del discurso de Anya, que ha quedado tan impregnado por las ideas y la contundencia de C, que ella nunca será la misma. Lo más probable es que su vida cambie para siempre. En un tiempo secular como el actual, no solo el guerrero (o el poeta que es C), también esa fígura mítica que es la Valquiria son transformados por el encuentro cercano entre sus cuerpos y corazones mediante una suerte de fertilización cruzada metafísica que engendra frutos en el uno y el otro. Como si en ese otro ámbito de la novela que es el discurso, el deseo sí se hubiera consumado sin consecuencia trágica alguna.

Diario de un mal año (2008)

J.M. Coetzee

Barcelona: Random House Mondadori

Un comentario en “Diario de un mal año: Obra de estilo tardío

  1. Pingback: Sinrazón y ascesis en la obra de J.M. Coetzee, 1 | caracas 10N, 67W

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