Venezuela: Notas desde la perplejidad

 

Se me hace difícil obviar el hecho de que lo más importante que nos ha pasado a los venezolanos en estos primeros días del año 2013 es la voluntaria, y para muchos inexplicable, cesión de nuestra soberanía, sin término de tiempo conocido, al regimen autoritario que gobierna a Cuba desde hace más de 50 años, dirigido porlos hermanos Raúl y Fidel Castro. En un país en el que todos los pdoeres han sido secuestrados por el regimen, en el que luego de catorce años no queda ningún poder público con la autonomía necesaria para tomar decisiones independientes adversas al regimen, una cuestionada sentencia del Tribunal Supremo de Justicia dictaminó, el pasado 9 de de enero de 2013, que no era necesario que el presidente Hugo Chávez Frías, tomara posesión de su cargo como presidente electo de Venezuela. Con esta sentencia se crea una situación de incertidumbre sobre la cual se fundan las peores bases para que Nicolás Maduro tenga un desempeño decente en la presidencia que ocupa actualmente.

Miedo a la libertad

¿Cómo es posible que hayamos declinado colectivamente a ejercer el derecho a la libertad? ¿Será que tenemos, como pensaba el psicólogo Erich Fromm en su obra más importante, Miedo a la libertad? Fromm observó que casos como el que vivimos actualmente en Venezuela no se podían explicar sosteniendo que un líder o una estrategia específica (implantada por el regimen) para perpetuarse en el Poder hayan sido formidablemente eficaces. Sino que, más bien, gran parte de la explicación reside en lo que hacen o dejan de hacer millones de personas cuya libertad está restringida por ese regimen autoritario. Fromm escribe en el prefacio a Miedo a la libertad:

Hemos debido reconocer que millones de personas, en Alemania, estaban tan ansiosas de entregar su libertad como sus padres lo estuvieron de combatir por ella; que en lugar de desear la libertad buscaban caminos para rehuirla; que otros millones de individuos permanecían indiferentes y no creían que valiera la pena luchar o morir en su defensa. También reconocemos que la crisis de la democracia no es un problema peculiar de Italia o Alemania, sino que se plantea en todo Estado moderno.

Conciencia de la crisis

Lo dramático de esta crisis de la democracia venezolana es que ha llegado cuando (si la comparamos con democracias de países europeos) nuestra democracia apenas nacía. El otro drama de este asunto es que no todos todo el tiempo hemos tenido conciencia de que estábamos atravesando una crisis. Más bien creo que nos hemos ido despertando a la crisis de nuestra democracia de un modo gradual, como por etapas que estuvieran definidas por cada elección. Con pocas excepciones durante los últimos catorce años, luego de cada elección en la que el representante del regimen ha sido declarado victorioso, apenas minutos después de que el Consejo Nacional Electoral, el órgano oficial que regula las elecciones en Venezuela, ha anunciado resultados adversos a nuestra preferencia, nos hemos quedado en una pura perplejidad. Perplejidad mezclada con depresión y tristeza. Quedamos así, algunos de nosotros durante días, y otros por semanas, meses o años. La perplejidad proviene de la absoluta falta de congruencia entre lo que predecimos que van a ser los resultados y lo que finalmente ocurre. No se trata de la perplejidad de unos pocos sino la de millones. La depresión y la tristeza, todos sabemos de dónde vienen, pocos sabemos cómo evitarlas o alejarlas.

Engendrar perplejidad

Lo trágico es que la perplejidad, el desconcierto, la desorientación de la oposición, y en general de la ciudadanía (porque los opositores no son los únicos perplejos) es uno de los resultados que el Poder espera deliberadamente que se produzcan. Es un resultado, colateral a la victoria electoral, que el regimen sí ha anticipado y del cual sin duda se beneficia. En suma, no es una consecuencia no esperada.

Esa perplejidad es análoga a lo que se siente el soldado cuando una bomba estalla en el campo de batalla muy cerca de él (hemos visto tanto esa escena en las películas de guerra) y el soldado, al que la bomba no ha tocado, queda sordo y pierde la orientación, no oye bien lo que le dicen, no sabe dónde está o qué hace allí. Es esta desorientación, tanto como la victoria misma en las elecciones, uno de los efectos (resultados) que busca engendrar el Poder en el adversario, actor al que presume débil por hipótesis porque él posee el monopolio de la violencia con el cual, llegado el momento, puede infundir terror y el adversario es civil y carece de armas.

El Poder está consciente de que luego de dos, tres, siete experiencias seguidas creadoras de perplejidad, las creencias, valores y supuestos con los que los ciudadanos (opositores y oficialistas) construyen sus modelos de la realidad en, general, y de la política en particular, se comenzarán a minar y confundir, como si esos modelos hubieran sido primero disgregados y luego metidos en un salón de espejos.

El regimen ha utilizado las elecciones del mismo modo que lo haría un aventajado boxeador que decide debilitar gradualmente a su adversario hasta noquearlo, o mejor aún, hasta que éste se sienta tan débil que acceda a regresar al ring tantas veces en el futuro como el otro lo desee, en el momento en que éste lo determine (nunca antes), y dentro de las condiciones específicas que éste fije.

Incluso el Poder puede jugar, para distraer, para hacer más verosímil la percepción de que sí hay una democracia en Venezuela, que le teme a la oposición. Pero intuyo que ese temor es falso porque el Poder sabe en todo momento cuándo y cómo recurrir a la violencia. Y quien controla la violencia tiene menos probabilidades de temer.

Caos

Pero no son siempre necesarias las armas y los tanques para crear violencia e infundir terror. El Poder apuesta por el caos al que concibe como una olla de cultivo de la violencia. Apuesta también a que ambos (la violencia y el caos) se conviertan en una creíble fuente de terror. Le es indiferente si este terror afecta también a los que apoyan al regimen. El Poder sabe cómo manejar eso porque controla todas las instituciones del Estado, incluyendo el órganismo electoral. Así que el tema de los números, y sobretodo el del número de votantes a favor o en contra, ése no es su problema. Mientras pueda controlar el organismo electoral del modo como lo ha hecho hasta la fecha.

Doble secuestro institucional

En el caso actual se debería hablar de un secuestro total de las instituciones del Estado por parte del Ejecutivo, y dentro de éste por el Presidente quien, a su vez, está secuestrado por líderes extranjeros. Lo que tenemos entonces es un doble secuestro. Un secuestro que se ha montado sobre otro secuestro. Cuán alejados estamos del arreglo ideal de pesos y contrapesos que debiera existir en democracia!

Discurso de odio, confrontación

El regimen actual ha podido prescindir de los costos económicos y políticos de crear un sistema de represión formal tradicional, semejante a la Stasi alemana, o a la más criolla Seguridad Nacional. Sin necesidad de crear tal sistema ha alcanzado inverosímiles cifras en lo que se refiere a las muertes con armas de fuego y otros crímenes que son, en gran parte, atribuibles al discurso de odio que se ha propagado durante años, varias horas cada dia, por todos los canales de la masiva red de medios de comunicación que controla el Estado. No todos los afectados por esa violencia son miembros de la oposición. Pero esto no importa. Importa que la oposición lea esa violencia como una amenaza creíble; y si esto ocurre ello le al Poder posponer hasta el límite el recursos a los tanques o a la represión formal, manteniendo ambas en níveles mínimos.

El discurso de odio legitima el robo y el asesinato, no solo a los propietarios de los grandes capitales, sino también a millones de asalariados que, por oponerse a la llamada revolucion y los supuestos beneficios que ésta tendría para los desposeídos, merecen ser llamados apátridas, traidores a la patria, o amigos del imperialismo. No es necesario concluir el silogismo. Nadie tiene que decir que los traidores deben ser castigados, despojados de sus bienes, asesinados. Esa es una conclusión que cae por su peso. De modo semejante a como cae por su peso la idea de que ese castigo crea una oportunidad cristiana para la justicia distributiva a la Robin Hood. La muerte de algunos es el costo de la justicia alegan los líderes del regimen.

La lengua y el Poder

El llamado discurso del odio es una secuela aislada de un programa general dirigido a torcer el sentido de la lengua para que, gradualmente, deje de servir los propósitos naturales para los que ella sirve: comunicar a la gente y se convierta en un instrumento del Poder. Este es un tema que el escritor George Orwell trató extensamente en su novela 1984; bautizó como doble habla (double talk) a esa práctica del Poder de  usar de modo  ambiguo y oximorónico el lenguaje. La única forma de que el liderazgo enfrente esta pretensión del Poder es desarrollar y ejercer sin descanso una pasión por la lengua y una obsesión permanente por el uso preciso del lenguaje (lo que no impide que éste sea imaginativo e incluso que esté ocasionalmente dotado de una sublime belleza poética) en toda comunicación pública.

Polarización y perpetuación del antagonismo

Crear terror en la población no es la única estrategia seguida por el regimen para perpetuarse en el Poder. Hay otro objetivo que es mantener la polarizacion de la población que permita alentar y mantener un nivel mínimo de antagonismo, que tenga lugar, principalmente en el plano discursivo sin que ello impida que proyecte la ilusión de que éste se puede deslizar fácilmente al plano real y traducircse en confrontación abierta. Por eso es ncesario mantener la ilusiñon de que la sociedad está dividida en dos bloques entre los cuales no desaparece nunca la probabilidad de una confrontación violenta. Capriles antes del 7O logró desconstruir esa polarización. Pienso que con el líder enfermo, esa polarización ya no existe o ha descendido a niveles sin precedentes.

Dictadura que se disfraza de democracia

La dictadura de estos tiempos postmodernos ha aprendido a disfrazarse de democracia.  Se disfraza con estrategias diseñadas por el fraude y el engaño análogas a las que han usado algunas celebridades contemporáneas para ocultar sus mentiras y sus crímenes. Pienso en el fraude forjado por el ciclista Lance Armstrong, que solo pudo ser revelado gracias a la obsesión extrema de los funcionarios de USADA. En una nota publicada en octubre de 2012 en El Pais,  se pudo leer que Travis Tygart, Director de USADA declaró: Las pruebas muestran más allá de cualquier duda que el equipo ciclista US Postal puso en marcha el programa de dopaje más sofisticado, profesionalizado y exitoso que el deporte haya conocido en su historia”. Esta presunción fue finalmente confirmada el 14 de enero de 2013, cuando Armstrong confesó finalmente que, en efecto, había recurrido al uso de estupefacientes para ganar las competencias.

No hay muchas diferencias entre el caso de Armstrong y la estrategia de engaños y abusos sexuales a menores diseñada por Jimmy Savile, célebre presentador de la BBC quien, entre las cosas que hizo para ocultar su conducta insidiosa, fue donar 60 millones de libras esterlinas a obras de caridad que beneficiaran a niños.

Pero en casos como éstos, el éxito, entendido como la capacidad para mantener la verosimilitud del engaño (ilusión) a miles, o a millones, de personas durante decenas de años, no depende de  ninguna cualidad excepcional del mecanismo o sistema que se haya diseñado con ese fin sino del deseo de querer (o no) ver la realidad. Desenmascarar la trampa y gritar que el Emperador está desnudo, que Lance Armstrong es un fraude; que Savile es otro fraude; que la democracia venezolana en este momento no existe y es otro fraude. Cuanto más tiempo pasa menos probable es que alguien grite esto último. No porque el diseño del fraude necesariamente mejore con el paso del tiempo (que eso sí es posible que ocurra porque uno debe suponer que hay una curva de aprendizaje de quienes perpetran el fraude, y sostienen la ilusión de democracia o de lo que sea que se quiere proyectar como realidad) sino porque cada día que pasa la oposición, el país, tienen menos ganas, menos fe, menos energía, menos capacidad para distinguir cuál es la realidad y gritarla a los cuatro vientos. A menos que un grupo de gente suficientemente grande reuna fuerzas y grite a todo pulmón que este país, junto con todo su aparto de instituciones públicas, ha sido secuestrado y que nuestra democracia agoniza por culpa de ello. Y por culpa de muchas cosas más.

La Boétie o de la Servidumbre voluntaria

Quizás lo que nos ocurre como país es lo que el escritor Etienne de La Boetie predijo que ocurría cuando los seres humanos habían pasado mucho tiempo bajo algún esquema de dominacion: la servidumbre voluntaria. La aquiescencia con el Poder.

Al igual que Jesucristo, Etienne de La Boétie (1530-1563), escritor francés murió precozmente a los treinta y tres años. No sólo su muerte fue precoz; lo fue también su obra. A los 18 años escribió un ensayo, El discurso de la servidumbre voluntaria o el Contra Uno, que revelaba una impresionante madurez intelectual y una aguda capacidad de observación de la naturaleza humana. El novelista surafricano J.M. Coetzee cita a de la Boétie en uno de sus libros recientes, Diario de un mal año. En esta obra de género híbrido (a medias entre la ficción y la no ficción), una colección de opiniones contundentes, escritas por el personaje principal de la novela (un eminente escritor autraliano que pudiera ser un alter ego de Coetzee), se presentan en paralelo con la trama novelesca: la historia de la obsesión del escritor por una hermosa joven que vive algunos pisos arriba en su mismo edificio, que deriva lentamente hacia una historia de amor. En la nota sobre el Anarquismo, que escribe este escritor ficticio esta citado el siguiente texto de la Boétie:

Es increíble ver cómo la población, una vez que ha sido sometida, cae de repente en un olvido tan profundo de su independencia anterior que le llega a ser imposible despertarse y recuperarla; de hecho, se apresta a servir tanto sin que la inciten, tan libremente, que, al verlo, uno diría que no ha perdido su libertad sino ganado su servidumbre.             Quizá sea cierto, de entrada, que uno sirve porque ha de hacerlo, porque le obligan a ello, pero quienes vienen después sirven sin que les pese, y por su propia voluntad hacen lo que sus predecesores hicieron bajo coacción. Resulta así que los hombres, nacidos bajo el yugo, criados en servidumbre, se contentan con vivir como nacieron…adoptando como su estado natural las condiciones bajo las que nacieron”.

Me pregunto si habremos llegado ya en Venezuela a ese punto al que hace referencia de La Boétie; aquel en el que nos sometemos tranquilos a la voluntad del déspota extranjero, en este caso los líderes de la revolución cubana, los hermanos Castro. Tanto como la generalizada y predecible obediencia que muestran los oficialistas a ser gobernados por el extranjero me sorprende la indiferencia que muestran muchos opositores a esta situación. O al menos la falta de actos (no virtuales) que revelen nuestra inconformidad y malestar, aunque sea en estado latente.

Y sin embargo, intuyo que lo único que nos protege de la posibilidad de que el Poder secuestre por completo nuestra libertad, de un modo casi independiente de nuestra presunta voluntad de servidumbre, es una idiosincrática propensión hacia el caos. Lo cual es un consuelo menor, sin duda alguna.

PD

Hay una perpeljidad sana, que nos ayuda a reflexionar sobre la crisis. Se trata de aquélla que ha quebrado nuestras teorías sobre lo que es el mundo porque éstas han dejado de ser congruentes con la imagen que nuestros sentidos nos permiten construir del mundo. Me gusta esa perplejidad porque me protege del riesgo de normalizar esto que vivo actualmente. Trato de no tomarlo como algo natural, como algo que tenía que suceder. Esa perplejidad estará conmigo mientras mis teorías y el mundo no sean congruentes. O al menos hasta cuando esa incongruencia se reduzca significativamente. Desde esa perplejidad he escrito estas notas. Perplejidad mezclada con una serie de otras emociones. 

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