Banalidad del horror, Kurtz y los elefantes

Elefante africano

Evidently, the appetite for more ivory had got the better of the-what shall I say?-less material aspirations
(Marlow describiendo la codicia de Kurtz)

En algun pasaje de El corazón de las tinieblas, novela de Joseph Conrad sobre la que he escrito recientemente, el autor cuenta que en la estación de la selva en la que Kurtz se había establecido había apilados varios montones de marfil que a Marlow le han dicho que es, principalmente, de origen fósil pero que es fácil suponer que, una fracción importante proviene de la matanza de elefantes. El marfil es una de las cosas que Kurtz, ese hombre blanco que parece haberse convertido en un salvaje y que se ha despojado de tantas comodidades y bienes de la civilización, todavía valora y por la cual sería capaz de matar a su mejor amigo. Como cuando le cuenta Van Shuyten a Marlow: “Now-just to give you an idea-I don´t mind telling you, he wanted to shoot me, too, one day-but I don´t judge him. Shoot you!, I cried. What for? Well, I had a small lot of ivory the chief of that village near my house gave me. You see I used to shoot game for them. Well, he wanted it and wouldn´t hear reason. He declared he would shoot me unless I gave him the ivory. What did I care (…) and there was nothing on earth to prevent him killing whom he jolly well pleased. And it was true, too. I gave him the ivory”.

¿Cuántos elefantes ha matado Kurtz? La respuesta a esta pregunta no es una cifra que aparezca en muchas obras de crítica literaria a esa obra maestra. Pero intuimos que muchos elefantes han sido asesinados por Kurtz o, lo que es peor, es posible que éste haya asesinado a otros asesinos de elefantes para robarles el marfil extraído del elefante muerto. La codicia por el marfil pierde a Kurtz. Es una de las pasiones que lo ha conducido a esos ámbitos tan alejados de la civilización; a esos reductos oscuros que le han mostrado a Kurtz su rostro mas tenebroso, aquel que él no había logrado conocer antes. Pero Kurtz no es un ignorante, ni tampoco un necio. Todo lo contrario, es un genio que ha tenido acceso a momentos de conocimiento absoluto. Es esta grandeza la que le permite acceder a un instante de lucidez redentora antes de su muerte y confesarse con esas palabras, The horror, the horror. Como resumiendo en ellas todas aquellos actos atroces, abominables, abyectos que cometió o promovió; o de los que fue testigo, y que lo inculpan y convierten en un pecador. Palabras que al tiempo que describen de un modo general su codicia, su concupiscencia (“…Mr Kurtz lacked restraint in the gratification of his various lusts…“), sus otros pecados, lo hacen culpable y lo redimen; todo al mismo tiempo, antes de su muerte. Qué diferencia con la falta de culpa de los cazadores legales, legalizados y legítimos del presente que, todavía viajan el continente más tenebroso en pos de una adrenalina barata y ficticia y que, aún si no codician el marfil del modo como lo hacía Kurtz, sí matan elefantes y otras bestias nobles y luego, si algo les sale mal, se despojan de la culpa, como si fuera un vestido ligero, con un par de palabras corteses.

Por un lado Kurtz, con palabras que emergen desde sus entrañas y corazón hasta sus cuerdas vocales en el último minuto de su vida, y desde ahí, vibrantes y reverberando, viajan a lo largo del tiempo hasta nosotros, inculpando y redimiendo a ese personaje de ficción. Por el otro, Su Majestad el Rey, profiriendo esas palabras de disculpa que no llegamos a identificar ni sentir (como si fueran silentes esas palabras) desde qué lugar de su cuerpo emergieron y viajaron hasta nosotros. Y menos aún comprender su sentido (moral, filosófico). Era mejor el silencio.

El título de este post parafrasea el de una obra de Hannah Arendt, que escribió luego de asistir al proceso que se le siguió a Adolf Eichmann en Israel, Eichmann en Jerusalén, Un estudio sobre la banalidad del mal. Si la obediencia de Eichmann a los principios, reglas y órdenes impartidas por los jefes de un sistema totalitario pudo ser la causa detrás de las decisiones de quien fuera catalogado uno de los más grandes criminales de todos los tiempos, cómo no ser capaces de extender esas conclusiones a nuestros tiempos? Cómo no hablar de la facilidad con la que vivimos una banalización del horror? No están acaso presentes una mediocridad intelectual y moral semejantes a la que descubre y describe Arendt en Eichmann, en quienes perpetran la matanza de un elefante en Botsuana (puedes ver detalles aquí), el asesinato de opositores, frente a los ojos (y cámaras?) de los periodistas de guerra internacionales en la ciudad sitiada de Homs, en Siria; o el asesinato del cajero de un banco en un suburbio de Caracas? ¿Qué política pública o proyecto de concientización pueden hacerle frente al avance aparentemente inexorable y viral de esa banalidad? O se trata más bien de un argumento peligroso y profundamente errado éste de la banalidad sostenido por Arendt en la obra citada y debemos insistir en educar moralmente al hombre, y olvidarnos de la idea de que son los contextos totalitarios, burocráticos, caóticos, complejos, postmodernos, violentos o mediatizados los que determinan en útima instancia una conducta inmoral?

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