La muerte del Rey del Bosque, Variaciones sobre una historia arquetípica

Como conté en un post reciente, la lectura de 1Q84, la última novela de Haruki Murakami, me condujo a releer la obra de Joseph Conrad, The Heart of Darkness (El corazón de las tinieblas) porque quería comprender mejor el significado de una escena central de la novela que estaba leyendo, en la que tiene lugar un encuentro entre uno de los protagonistas, Aomame, y el líder carismático de una secta religiosa muy cerrada a quien Aomame tiene intención de asesinar. Aunque en la obra de Conrad, Marlow, el narrador, no tiene la intención de asesinar al personaje central, Kurtz, ambos tienen un encuentro (relación) que a grandes rasgos comparte varios detalles con la escena de 1Q84 a la que hago referencia. Pero hay otra obra que es una referencia aún más general de estras dos escenas. Se trata de The Golden Bough (La Rama Dorada) , obra escrita por James George Frazer, un antropólogo social escocés estudioso de mitología comparada. Su obra monumental en doce volúmenes se desarrolla alrededor de una historia curiosamente bárbara y violenta. La escena central de la célebre obra de Conrad, así como la escena pivotal de 1Q84, las veo como versiones de esa misma historia arquetípica cuyas fuentes se mezclan con las del mito y la leyenda.

En el prefacio a su obra compendiada (pulicada en español por el Fondo de Cultura Económica), Frazer cuenta que lo que a él le inspira a escribir esa obra es investigar la ley que regulaba la sucesión en el sacerdocio de la diosa Diana en Aricia, que era una comuna de la provincia de Roma en el Lacio. Cerca de ésta, en la antigüedad existía un bosque de robles dedicado a la diosa Diana que llegaba hasta la ribera del Lago Nemi, que en algún momento fue llamado Lacus Nemorensis, o lago de Diana. En tanto que bosque dedicado a una diosa, sus árboles y el bosque eran sagrados. Alrededor de uno de esos árboles vivía un hombre corroído por la angustia que blandía una espada desnuda y acechaba todo el tiempo hasta el más mínimo detalle del entorno que lo rodeaba. Era el sacerdote y rey del bosque sagrado. Vivía en permanente temor e incertidumbre puesto que ignoraba cuándo llegaría el hombre que lo fuera a asesinar. Sabía que si se descuidaba, podía ser asesinado por un sucesor más fuerte o hábil que él que tomaría su puesto. Éste era el método de sucesión. En algunas de las versiones antiguas que describen esta práctica, se añade que el asesino del sacerdote del bosque sagrado tenía que ser un esclavo fugitivo que, antes de retar a muerte al sacerdote, debía desprender una rama de cierto árbol cuyas ramas no podían ser tocadas por cualquiera. Esta rama, “era aquella rama dorada que Eneas, aconsejado por la Sibila, arrancó antes de intentar la peligrosa jornada a la Mansión de los Muertos” (25). Frazer explica más adelante en el libro que la rama dorada es el muérdago, que crece sobre el roble y que en la mitología germana estaba asociada con Balder, dios de la luz de cabellos dorados al que Loki mata con una flecha que le dispara por la espalda y que estaba fabricada, precisamente, con una rama de muérdago.

El ritual de Aricia que despertó la curiosidad de Frazer, es un caso particular de una historia arquetípica: la de la muerte del rey por un rival que busca sucederlo. Este ritual legendario parece un recurso imaginado por el hombre primitivo para garantizar que aquéllos que gobiernan a los miembros de una comunidad sean siempre los más fuertes, diestros, hábiles y sabios. Mientras el rey fuera el mejor, no podría ser derrotado por rival alguno. Pero además, Frazer postula que en el pensamiento primitivo, el rey encarnaba (y no sólo representaba) al reino, de modo que su salud, fertilidad, fuerza y prosperidad eran las mismas que las del reino. A esta idea Frazer llamó simpatía, la cual actuaría de acuerdo con dos mecanismos: i) uno que dice que Lo semejante produce lo semejante (mecanismo que se cree opera en la medicina homeopática, por ejemplo), y, ii) otro que dice que que las cosas que una vez estuvieron en contacto se actúan recíprocamente a distancia, aún después de haber sido cortado ese contacto físico. El primer principio puede llamarse ley de semejanza y el segundo principio ley de contacto o contagio (p. 34).

La magia simpática forma parte de un pensamiento que precede al moderno concepto de causalidad. Vincula las cosas, no mediante leyes de causa y efecto, sino mediante principios de isomorfismo o de vecindad física. Y sin embargo, aun si el mecanismo que relaciona la causa con el efecto es fantasioso o imaginativo, en el universo del hombre de la antigüedad, la regla sucesoral a la que hemos hecho referencia, creaba un mecanismo de selección que impedía que gobernaran los débiles, pusilánimes, necios o incapaces. Esta regla acorde con la magia simpatética, sea o no racional, emulaba a un mecanismo de selección natural o artificial tal como el que, según Charles Darwin, opera en la naturaleza (y en ocasiones en la sociedad) y produce la supervivencia de los mejor adaptados (survival of the fittest). En el largo plazo, la selección natural hace desaparecer aquellos seres que están menos adaptados para sobrevivir en un ambiente determinado. De un modo semejante, todo rey que dejara de ser hábil, fuerte, sabio o capaz moriría. No sería digno de honrar con sus sacrificios y plegarias a la severa Diana. Los mecanismos de selección natural y las competencias (contiendas), sean extremas o estén éstas suavizadas por la civilización, permiten seleccionar a los más fuertes o adaptados.

Frazer halla evidencia que le sugiere que las historias de regicidio se repiten en las más diversas culturas y épocas. Con el paso del tiempo, en muchos lugares, esas prácticas se suavizaron y dieron origen a la institución de: contiendas, pruebas, torneos, que sin llegar a la muerte del rey, garantizaban ante todos, de un modo periódico, que el rey era el más capaz si en efecto salía victorioso de todas las pruebas.En conclusión, esta clase de reglas sucesorales impedían que un rey enfermo o agonizante gobernara, pues si esto ocurría él sabía que sus días estaban contados.

Kurtz como un rey del bosque

Kurtz podría haber sido un lector de La Rama Dorada, e incluso es posible que Joseph Conrad, hubiese leído esta obra. Esto podría haber sido posible a causa de que La Rama Dorada se publicó en 1890, y la primera edición completa de El Corazón de las Tinieblas, se publicó en 1903 (aunque una versión seriada de la novela se publicó en Blackwood Magazine, en 1899). De hecho, en Apocalypse Now, la película que el director Francis Ford Coppola realizó inspirado en esta obra, el coronel Kurtz (interpretado por Marlon Brando) tiene este libro sobre su mesa junto a una obra titulada From Ritual to Romance, escrita por Jessie Weston (obra que el poeta T.S. Eliot cita como fuente de su célebre poema “Waste Land”).

En la obra de Conrad, el genial coronel Kurtz se había convertido en una suerte de rey de un bosque virgen en lo profundo de la selva congolesa. Marlow era el hombre al que La Compañía había encargado traer de vuelta a Kurtz. Es el otro protagonista, y desempeña el papel de aquel que desafía al rey del bosque. Marlow podría, si lo deseara, quedarse con el reino que Kurtz ha instituido en la selva. Pero no es esto lo que le interesa. Marlow persigue más bien una visión; la de una oscuridad a la que pocos hombres europeos habían tenido el valor de mirar de frente.

Para el momento en el que Marlow emprende el viaje que lo llevaría hasta Kurtz, éste último ya se había convertido en un hombre enfermo y agonizante. No obstante, esa enfermedad no le impedía saber con anticipación que Marlow se acercaba con el fin de llevarlo de regreso a la civilización. Marlow se aproxima a Kurtz por el único camino que, Conrad imaginó, podría acercarse un hombre civilizado a otro que se halla en lo profundo de la selva, navegando rio arriba. Going up that river was like travelling back to the earliest beginnings of the world, when vegetation rioted on the earth and the big tress were kings. An empty stream a great silence, an impenetrable forest.(p.41).

Para impedir que Marlow llegúe a su destino, Kurtz intenta detenerlo o disuadirlo. Con este fin envía a un grupo de nativos a que ataquen el pequeño vapor en el que viajan Marlow con sus hombres. Durante el enfrentamiento muere uno de los miembros de la tripulación de Marlow. Pero éste no quiere matar a Kurtz. Y sin embargo, si llega hasta él, Kurtz intuye que morirá. Sin embargo, a Conrad no le interesa demasiado contar la historia de la muerte del rey del bosque haciendo énfasis en la cruel regla sucesoral que llamó la atención de Frazer.

Uno de los temas que, en cambio, sí le interesan a Conrad es mostrarnos la oportunidad que tiene Marlow para conocerse a sí mismo de un modo más completo mientras realiza su viaje rio arriba, hacia la estación (the Inner Station) en la que Kurtz ha establecido su pequeño reino. Quizás Marlow espera que el viaje le permita empatizar con Kurtz, prepare su mente y su cuerpo para experimentar algo de lo que Kurtz sintió mientras se internaba en la selva primero, y luego durante los meses que vivió allí momentos de extrema soledad, asomándose ocasionalmente a esos abismos oscuros cuya experiencia le era (¿es?) negada al hombre civilizado. Marlow recuerda de Kurtz: “His was an impenetrable darkness. I looked at him as you peer down at a man who is lying at the bottom of a precipice where the sun never shines.” (p. 86). Esa perspectiva que tuvo Kurtz de la profundidad de su propio abismo, el valor con que contempló las caras más oscuras de la naturaleza humana era la experiencia que marlow admiraba y que seguro ansiaba. “And perhaps in this is the whole difference; perhaps all the wisdom, and all truth, and all sincerity, are just compressed into that inappreciable moment of time in which we step over the threshold of the invisible” (p. 88). En ambos casos, las figuras que usa Marlow para describir la experiencia de Kurtz son de una rara y oscura belleza poética: “fondo de un precipicio en el que no brilla el sol”, o “pararse sobre el umbral de lo invisible”. Quizás Marlow empatizó con Kurtz hasta el punto de visualizar él mismo ese abismo oscuro que Kurtz había contemplado y que se asemejan tanto a aquello que el psicólogo Carl Gustav Jung designa como la sombra, una parte oscura de nosotros mismos cuya existencia negamos con mucha frecuencia.

La filosofía de la Ilustración pretendía iluminar al mundo con la luz de la razón al tiempo que persistía en promover su sistemático desencantamiento. Ésta es una tarea equivalente a despojar al mundo de la magia y todo lo que la recuerde. Esa búsqueda de la luz de la razón es una de las causa de que la sombra y los fantasmas inconscientes que la habitan y constituyen se hayan alejado de nosotros.

Hay otro aspecto de la experiencia que ha tenido Kurtz en la profunda soledad de la selva que Conrad quiere destacar. Está relacionado con la capacidad que muestra tener Kurtz para hacer a un lado los velos y figuras fantasmales, reales o imaginadas, y mirar las consecuencias de los actos atroces que ha cometido durante la temporada que ha pasado en las tinieblas. Es lo que yo llaamaría una capacidad para la autorredención, una oportunidad de lucidez que le llega como epifanía, como revelación que se apaga igual que lo hace el relámpago, justo antes de morir. Otro aspecto que parece señalar la historia de Conrad, es lo innecesario que ha sido el viaje como recurso para acercarte y conocer las tinieblas, las tuyas o las de otros. Ni siquiera el hombre civilizado cercano a la luz de la razón tiene que partir al corazón de ese continente que el léxico colonialista del siglo XIX clasificaba como oscuro. Conrad señala al comienzo de la novela, hablando a través de las palabras de Marlow, que incluso en el Támesis, donde navegaba plácidamente, en el pasado hubo tribus bárbaras que no eran demasiado distintas de las que uno se puede conseguir en África. Esta reflexión continúa hasta la actualidad. Cuando es demsiado vigente la apreciación de que no podemos llamar civilizado a un hombre (un rey) que caza a un elefante del modo como lo hace el Rey de España y tantos otros hombres que han tenido el beneficio de ilustrarse con las maneras e ideas de la civilización.

Pero hay otro mensaje más críptico que nos envía Conrad en esta novela. Y es el de que el Poder, con el que te topas, en el seno de la selva o en el seno de la civilización, es una de las grandes metáforas la mejor metáforas de la oscuridad. Kurtz se marchó al corazón de la selva buscando la escencia del Poder, ejercerlo como amo y señor en los dominios que marcó de manera tan categórica. Pero ese Poder lo poseía ya Kurtz mucho antes de llegar a la selva. Conrad nos dice que él era un hombre con carisma y genio. Pero sobretodo, tal como lo recuerda Marlow, era un hombre con una palabra mágica y envolvente que, más que persuadir, hipnotizaba. Sus palabras, recuerda en cierto pasaje Marlow, tenían para mi, para mi mente, la maravillosa capacidad de sugestión que tienen las palabras que escuchamos en los sueños, frases proferidas en las pesadillas (pp 82-83). Y en otro pasaje: “Oh yes, I heard more than enough. And I was right too. A voice. He was very little more than a voice. And I heard-him-it-this voice-other voices-all of them were so little more than voices-and the memory of that time itself lingers around me, impalpable, like a dying vibration of one inmense jabber, silly, atrocious, sordid, savage, or simply mean, without any kind of sense. Voices, voices-even the girl herself-now (p. 59). Esa palabra mágica que Kurtz pronunciaba, es ahí dónde residía su poder. Era ésta la que lo había enredado, la que había tejido aquella red de la que no había podido escapar; aquello que lo ligaba a ese pequeño y perdido reino que había fundado en la lejana estación de marfil de La Compañía.

Es como si el Poder mismo fuese una gigantesca y compacta madeja en la que, si eres rey, te internas poco a poco hasta que de repente, un dia te das cuenta de que ya no puedes salir de ella. Olvidas cómo salir (un poco como lo olvidó Rip Van Winkle). Y pierdes la lucidez. Te embriagas, corrompes, desfiguras; el tiempo te ha atrapado adentro de ese ovillo que es el Poder. Y lo que crees que son nuevos hilos de esa madeja (hilos asfixiantes), de repente te das cuenta de que no son otra cosa que hilos discursivos. Los hilos formados por los silogismos que construyen tus palabras vacías, los hilos de tus promesas incumplidas, los de las mentiras que propones como verdades de seda aunque sepas que son solo ilusiones. Te has dejado acariciar por esos hilos a lo largo del tiempo. Has querido enredar dentro de esos hilos de seda a todos aquellos que escucharon tus historias. la dulzura hipnótica de tu voz.

La grandeza de Kurtz, su acto de proporciones épicas, fue su capacidad para darse cuenta de su locura. Lo fue aun si ésta lucidez llegó tarde (I think the knowledge came to him at last-only at the very last, dice de Kurtz Van Shuyten, su amigo y admirador, uno de los hombres blancos a los que Kurtz había encantado). Muchos conocen esas últimas y memorables palabras: The horror, the horror. Permiten imaginar qué clase de cosas extremas había sido Kurtz capaz de hacer, pero sobretodo, de propiciar o auspiciar. Como por ejemplo, aquellos unspeakable rites, esas danzas sagradas que bailaron los salvajes para Kurtz delante de él. Lo atormenta el recuerdo de haber sido testigo o actor de esas rituales inefables.

La muerte del Líder

El Líder en la novela 1Q84, al igual que Kurtz, sabe con anticipación que se acerca alguien para asesinarlo. Conoce todo sobre su asesino. Hasta sus más profundas cavilaciones y secretos. Conoce incluso que se llama Aomame y que ama a Tengo; conoce que ella llama 1Q84 a ese mundo poco poblado.

De modo semejante a Kurtz, El Líder ha tenido la oportunidad de recuperar su lucidez. Sabe que su muerte es su único camino a la liberación y a la redención y hace lo imposible para persuadir a Aomame de que lleve a cabo la tarea que tenía planeado hacer. Como en la novela de Conrad, a Murakami le interesa las posibilidades de que un ser especial, un Rey del Bosque para llamarlo con las palabras de Frazer, tenga una oportunidad para redimirse. El Líder se topa con esa oportunidad cuando Aomame entra en su habitación. Sabe que ella constituye una puerta de salida de ese mundo que lo encierra de un modo cada vez más asfixiante. Porque el Poder te posee, no eres tú el que posee al Poder. Eso no ocurre nunca.

Lo trágico es que en la vida real no ocurre siempre como en la literatura. No todos los reyes del bosque sagrado recuperan su lucidez antes de morir. Abundan los que se llevan a la tumba su necedad. Los que luego de una breve o larga agonía, luego de gobernar en un bosque en el que los árboles sagrados se han ido muriendo, sólo queda él solo, clamando con envejecidos discursos en una tierra yerma. Un rey que persiste en su necedad, en exaltar la oscuridad. Un rey que ha perdido la oportunidad de la lucidez. Un rey que ha evitado que cree poder postergar una y otra vez la llegada de aquel que lo reemplazará.

2 comentarios en “La muerte del Rey del Bosque, Variaciones sobre una historia arquetípica

  1. Pingback: Banalidad del horror, Kurtz y los elefantes | caracas 10N, 67W

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