Metáforas del Poder y del Amor en 1Q84 (2)

Este segundo post forma parte de una serie de notas sobre las metáforas del Poder y del Amor que Murakami explora en su novela 1Q84.

Aomame, como hemos contado en el post precedente, es junto con Tengo, uno de los dos protagonistas de 1Q84. Un día la viuda que contrata sus servicios (ambos, el de entrenamiento físico y el de asesinato a hombres que ejercen violencia sobre las mujeres) le pide a Tamaru, cortés y erudito guardaespaldas, que llame a Aomame para asignarle una nueva tarea. La viuda le dice que ésta pudiera ser su última tarea, a causa de que es muy riesgosa y difícil de ejecutar. Aomame deberá asesinar al líder de la secta religiosa Sakigake. Según información que ha recogido, ella cree que este hombre es el responsable de atroces abusos físicos y sexuales cometidos contra niñas impúberes. Durante semanas Aomame se adiestra física y mentalmente para tener éxito en esta tarea que exigirá lo mejor de ella.

En la narración de esta fase preparatoria, Murakami crea magistralmente un ambiente en el que se mezclan el miedo de Aomame ante la idea de fracasar en la tarea que le han asignado, y su ignorancia sobre la identidad, fortaleza y valores de este Líder carismático con el que se va a encontrar y al que pretende, luego, asesinar. Aomame pasa durante las semanas que preceden a su encuentro con el Líder, de instantes en los que se adiestra para llevar al límite su perfección física y habilidades de lucha, a instantes en los que se desanima, pierde confianza en sí misma, y la asaltan temores a morir.

Se puede leer el encuentro con el Líder como una exploración narrativa de la forma como actúa el carisma, porque el Líder es el representante de un modo específico de Poder, que es el poder carismático. Uno podría atribuir a ese carisma el hecho de que, incluso desde antes de conocerlo personalmente, y conocer sus capacidades superiores, Aomame anticipa que su encuentro con el Líder puede ser peligroso y, lo que es más importante, que es un encuentro que le puede dejar una marca duradera. El miedo no es una emoción que haya sentido con frecuencia antes de ese momento. Pero este hombre, y no sólo la organización hermética que lo rodea y protege, le infunde un temor difuso que impregna todo lo que la rodea. Murakami parece sugerir que ese carisma que tiene el Líder lo inviste de un aura numinosa capaz de ejercer su influjo a distancia, a través del espacio y el tiempo.

Contrasta con ese poder carismático del Líder el poder que ejerce la secta Sakigake, que nace de su inexpugnabilidad. Hay figuras arquetípicas que representan este aspecto del Poder y que un autor como Franz Kafka, cuya sensibilidad hacia el Poder y sus metáforas fue siempre aguda (ver post sobre el ensayo de Elías Canetti sobre Kafka en este blog), las exploró profundamente en El Castillo. Una de las bases sobre las que se funda el Poder de ese Castillo, que es la figura central alrededor de la cual se teje la trama de la novela, es ese mismo carácter de ser una estructura inexpugnable tanto en lo visual como en lo cognitivo: Ninguno de los aldeanos, ninguno de aquéllos que viven fuera de El Castillo, conoce lo que pasa adentro.

La secta Sakigake comparte con el Castillo kafkiano una impermeabilidad absoluta ante los repetidos intentos de leerla que realizan, tanto los habitantes de las poblaciones vecinas al lugar donde se ha instalado esa secta, como los funcionarios de oficinas estatales que tratan de supervisar lo que hace la secta. Unos y otros perciben a la secta como una estructura hermética y hegemónica. El otro rasgo que una metáfora del Poder (El Castillo kafkiano, la secta Sakigake, un gobierno totalitario) debe hacer creer que posee es: la capacidad para conocer de manera absoluta cuáles son las ideas, creencias, deseos, expectativas, pasiones de aquellos sobre los que ejerce su poder (el Poder como Panopticon). Ésta es la idea que nutre el desarrollo hasta la hipertrofia de las estructuras de vigilancia de los sistemas autoritarios: Se vigila para infundir temor. Por supuesto, porque hay una sanción a ciertas conductas o ideas que el Poder prohibe. Pero la vigilancia también funciona porque, aún si la sanción es solo ilusoria, el hecho de saber que somos vigilados es un conocimiento que nos somete. O que aspira a hacerlo.

El corazón del Poder

Finalmente llega el día en que se produce el encuentro entre Aomame y el Líder de la secta Sakigake. Y entonces ocurre que ese atributo de inexpugnabilidad cognitiva que era uno de los pilares sobre los que se fundaba el poder de la secta se comienza a minar. En el preciso momento en que ocurre ese encuentro en la penumbra de la habitación de un hotel Aomame y nosotros, los lectores, comenzamos a conocer algo de lo que ocurre dentro de la secta.

Este encuentro define un cambio radical en la relación de Aomame con el . Es como si Murakam, súbitamente, hubiera recodificado su obra en la clave de una novela en la que se explora otros aspectos de la lógica del Poder. Me refiero a The heart of darkness, the Joseph Conrad, que si uno deja a un lado los rituales y demás elementos de la magia simpática que estudia Sir James Frazer en The Golden Bough, es una pieza clave en la comprensión de las relaciones entre: i) la lógica del líder carismático y la lógica de los gobernados; y ii) la relación de antagonismo-empatía entre el Líder carismático y el rival (aspirante a nuevo líder) que desafía su posición.

Ese encuentro de Aomame con el Líder carismático se parece demasiado al encuentro entre Marlow y Kurtz en la obra de Conrad. Aomame se sorprende cuando el Líder le da a entender que él está al tanto de la razón por la cual ha ido a verlo. Se sorprende aun más cuando el Líder le ruega que lleve a cabo la tarea que le ha sido asignada (su asesinato). Él le confiesa que, no obstante los poderes especiales que posee (escucha voces que le otorgan un conocimiento profético o clarividente sobre el mundo, puede hacer cosas impensables, como por ejemplo paralizar el brazo de Aomame en el aire, e impedirle que lleve a cabo su tarea), no logra evitar ataques de dolor físico cada vez más intensos y la muerte sería el único modo de concluir ese tormento. Pero además, dentro de la inevitabilidad de ciertos actos inefables, este Líder tiene conciencia (a ratos) de las atrocidades de las cuales él ha sido capaz, y anhela la muerte a la que considera como una oportunidad para su expiación.

No nos sorprende entonces que en las palabras que pronuncia en la penumbra de su cuarto, el Líder recuerde fragmentos de The Golden Bough. No nos sorprende además porque miles de estudiantes de antropología saben que el libro de historia de las religiones de Frazer es una versión general de la historia que se cuenta en The heart of darkness. Recordemos que el libro de Frazer se desarrolla alrededor de la tesis del asesinato periódico del Rey del bosque: “Now, why did the king had to be killed? It was because in in those days he was the one who listened to the voice, (…). And slaughtering the one who listened to the voices was the indispensable task of the community in order to maintain a balance between the minds of those who lived on the earth and the power manifested by the Little People” (la Gente Pequeña es el término con el que Murakami designa a los dioses).

Volviendo a la obra de Conrad, recordemos que luego de remontar aguas arriba, y a lo largo de cientos de millas, un rio en el Congo, Marlow llega al punto de la selva en el que Kurtz ha establecido su pequeño reino. Marlow puede ser considerado como un asesino simbólico de Kurtz (recordemos que en Apocalypse now, la película de Francis Ford Coppola, fue Marlon Brando el que hizo el papel de Kurtz. Un Kurtz que leía el poema The hollow men de T.S Eliot es lo que encuentra Marlow en la película citada). Éste ha llegado para detener su hegemonía en esa comarca tenebrosa localizada en lo profundo de un continente cuya oscuridad sólo reflejaba el temor del hombre Occidental del siglo XIX (que creía que gracias a la civilización había logrado pleno control de sus instintos), a perder ese control y, al hacerlo, enfrentarse con su sombra, con ese lado oscuro de cada ser humano. Una vez que Kurtz ha accedido a irse con Marlow y emprenden ambos el viaje de regreso rio abajo, comienza la agonía final del Rey. Las últimas palabras de Kurtz, aquellas que pronuncia como conclusión a esa apurada revisión que hace de su vida (Marlow se pregunta sobre éste: Did he live his life again in every detail of desire and temptation and surrender during that supreme moment of compelete knowledge?) serán: El horror, el horror. Son estas palabras, sin duda, el producto y la expresión de un instante de lucidez en que el aura de numinosidad de la que Kurtz se había rodeado se rarificó o esfumó y pudo tener consciencia de las prácticas brutales que él mismo había promovido y de las que, podemos presumir, se arrepentía. Una lucidez epifánica que llega como una oportunidad única de redención en medio de esa embriaguez que produce el Poder para que el hombre se reconcilie por un instante con su consciencia.

Por otra parte, Aomame se da cuenta de que, aún si el Líder ha cometido actos reprochables cuya responsabilidad no ha negado y que, por el contrario, son actos de los pareciera arrepentirse, éste es un ser especial. Por eso le dice Aomame: “Seguramente, usted también es un ser muy capaz y superior. Estoy segura de que debe haber un mundo en el cual no había necesidad de que yo lo mate”. A lo que el Líder le responde:“Ese mundo ya no existe”. Esta reflexión casi reproduce la opinión que tenía Marlow de Kurtz: Whatever he was, he was not common. He had the power to charm or frighten rudimentary souls into an aggravated witch-dance in his honour he could also fill the small sould of the of the pilgrims with bitter misgivings… “. En ambos casos ocurre lo mismo. Aquel Líder (rey) cuyos actos, cuando se consideraban desde lejos, podrían haber sido juzgados como abominables o censurables, es un hombre especial o superior. Y sus actos, considerados desde un puntos de vista muy cercano, lucen de un modo distinto. Se hacen menos susceptibles de ser juzgados. Es como si en la vecindad de ese líder, incluso aquel que lo desafía, fuese susceptible de caer seducido por un instante por los poderes de este encantador de serpientes y se enturbiara su razón. Lo que no le resta fuerza al argumento formulado por el Líder en la novela de Murakami: En ocasiones en necesario matar al rey para restablecer el equilibrio.

Durante ese encuentro cercano con el Líder, éste le revela que Tengo, el chico que estudiaba con ella en la escuela cuando tenía 10 años, el mismo cuya mano cogió durante un rato un día de su niñez en una escena cuyos detalles no ha olvidado, también había ingresado a este mundo extraño en el que ahora ella se encontraba. También le dicen a Aomame que Tengo y ella están en este mundo con el único propósito de encontrarse. Es esta revelación que a Aomame le llega como epifanía lo que señala un nuevo ámbito de desarrollo narrativo para la novela: el amor. No el amor dentro de un mundo paralelo sino el de un mundo paralelo en el que los amantes ingresan para poderse encontrar una vez más. Porque, uno como lector lo presume, a la vez que el Líder se lo deja entrever a Aomame, en un número infinito de otros mundos o universos posibles, Aomame y Tengo no se podrían haber reencontrado.

Múltiples mundos y realidades

Volviendo a lo que le dice el taxista a Aomame cuando ésta se encuentra a punto de abandonar el taxi para entrar, a través de un portal a un mundo paralelo: “Siempre hay solo una realidad”. Esa frase casi parece el inicio de una demostración por medio del absurdo de la hipótesis de que hay múltiples realidades. Nos hace pensar que miente deliberadamente el taxista y que Murakami desea probar justo lo contrario, que hay más de una realidad, quizás infinitos mundos.

Algo de esto ya le decía Hamlet, el vengativo Príncipe de Dinamarca a su buen amigo Horacio a propósito del encuentro con la sombra de su padre asesinado: “querido Horacio, hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que pueda soñar tu filosofía”. La frase de Hamlet no hace solamente referencia a la infinita multiplicidad de cosas con las que nos podemos topar en la realidad. Porque no es una observación de naturaleza cuantitativa sino más bien cualitativa. Ésta quiere significar no solo que la multiplicidad de lo real reune cosas muy diversas entre sí: muy densas o muy ligeras, extremadamente grandes o extremadamente diminutas; unas muy claras y otras muy oscuras. Hamlet se refiere con esa frase a que hay en el cielo y la tierra también cosas sin masa e, incluso, cosas sin energía susceptible de ser medida; cosas que se encuentran fuera de las categorías de espacio y tiempo como, por ejemplo, un fantasma o el alma. Al llegar a este extremo, uno piensa si todas esas cosas de naturaleza tan distinta forman parte de la realidad o si pertenecen más bien a otras realidades, a otros mundos: al de los sueños, ilusiones y alucinaciones; o al de lo espiritual, numinoso o trascendental; o a los mundos de la fantasía o la ficción; o a ese mundo que se corroe o desgasta con el paso del tiempo que es el de la memoria. Si ése fuera el caso, lo real sería una agregación de múltiples mundos que en nuestra miopía y limitaciones leemos como si fuera un único mundo. Pero pudiera suceder que esos objetos pertenezcan a múltiples mundos, no más importantes o reales unos que otros.

Por otra parte, ni nuestros sentidos ni nuestra razón nos permiten en todos los casos distinguir (aun cuando a menudo creemos lo contrario) cuándo nos encontramos dentro de uno u otro de los múltiples mundos posibles. Cosa que convierte a la realidad en un ámbito caótico en el que todo está mezclado desordenadamente. Mejor dicho, en el que los límites entre los diversos ámbitos de lo real se desdibujan.

Y eso es precisamente lo que ocurre con frecuencia en 1Q84, que en ocasiones la novela nos parece un experimento de combinación y recombinación de múltiples mundos. O una exploración de cómo se imbrican y conectan, aún si la mayor parte del tiempo creemos conocer sus límites con la realidad. Y de este modo, por ejemplo, Tengo, el escritor y profesor de matemática que ama a Aomame, no entiende cómo es posible que: i) la novela que él escribe (a la que todavía no le ha puesto título); ii) Crisálida de aire, la novela que ha escrito Fuka Eri, cuyo texto Tengo ha mejorado en calidad de ghost writer; y iii) 1Q84, que es el nombre del mundo en el que le suceden a Tengo y Aomame los hechos que se narran en la novela homónima, tengan dos lunas en el cielo igual que las tiene 1Q84. ¿De qué modo, se pregunta Tengo, se inmiscuye la ficción en la realidad? ¿De qué modo la determina si lo más lógico sería creer que sucede más bien lo contrario: que es la realidad la que inspira o determina rasgos de los mundos de la ficción?

“The newly added moon was absolutely the same size and shape as the one for which he had invented a description. (…) This can´t be, Tengo thought. What kind of reality mimics fictional creations? No, this can´t be,” he actually said aloud. (…) There is no way this can be. That is a fictional world, a world that does not exist in reality. It was a world in a fantastic story that Fuka-Eri had told Azami night after night and that Tengo himself had fleshed out.
Could this mean, then—Tengo asked himself—that this is the world of the novel? Could I have somehow left the real world and entered the world of Air Chrysalis like Alice falling down the rabbit hole? Or could the real world have been made over so as to match exactly the story of Air Chrysalis?…”

De nuevo el Poder, Orwell

El título de esta novela hace una clara referencia a 1984, la novela en la que George Orwell explora en la ficción las contradicciones lógicas de una distopía totalitaria. Sin duda Murakami le hace un homenaje a Orwell, y trata algunos de los aspectos del totalitarismo que aparecen en esa novela. Pero además, por esas carámbolas del estino, el año 1984 tiene, para los japoneses acuciosos, una segunda connotación totlaitaria. Ese mismo año se fundó la secta Aum Shinrikyo, un modelo de grupo fundamentalista y, de algún modo, también totalitarista (en la medida en que éste aspiraba a determinar de modo estricto las creencias y conducta de sus creyentes). En 1995, esta secta perpetró el ataque con gas sarin en el Metro de Tokio, en el que murieron 13 personas, 54 sufrieron graves consecuencias sobre su salud y otras 980 sufrieron efectos menores. Este acto terrorista sensibilizó a Murakami quien en el año 2001 publicó la obra Subterráneo, El ataque al Metro de tokio y la psique japonesa. En esta obra que combinaba la entrevista periodístiica con la crónica y el ensayo, Murakami intenta desconstruir la diferencia entre ese nosotros, las víctimas del ataque, y ellos, los agresores, y argumenta que de algún modo ambos fueron consecuencias y elementos de la psique japonesa. Japón por ejemplo, es una nación en la que florecieron sectas religiosas, muchas de ellas con creencias de tipo milenarista y apocalíptico como Aum Shinrikyo. Los que se sumaban a las filas de estas sectas lo hacían originalmente con un idealismo que no se podría clasificar de falso, superficial o hipócrita. Y sin embargo, muy rápidamente, muchas de esas sectas derivaron hacia el fundamentalismo. Este fenómeno ocurrió en la secta Aum Shinrikyo. Lo curioso es que los adeptos a la secta, según lo que Murakami encontró en su obra, no la abandonaron masivamente al derivar hacia una posición más radical, ni siquiera ocurrió tal cosa después del atentado en el Metro de Tokio. Murakami ofrece una explicacion sobre por qué jóvenes educados se sumaron a una secta como ésta, y permanecieron en ella, no obstante su radicalismo. Ésta sería la de una crítica a la actitud excesivamente materialista con que enfrentan la vida la cultura japonesa. La elocuencia y valores morales extremos de la secta habría actuado como sucedáneo del vacío espiritual y moral en el que todavía son criados los jóvenes japoneses.

Es muy posible que Sakigake, el ficticio culto religioso alrededor del cual Murakami analiza en 1Q84 la lógica de esa variante del Poder que se sostiene sobre el carisma de un Líder Supremo, esté calcada de la secta Aum Shinrikyo. Quizás lo hizo para llamar la atención sobre la facilidad con que una comunidad de ideales bucólicos que predican el regreso a la vida simple asociada con el trabajo del campo y el desarrollo espiritual puede hacer una rápida transición hacia una institucion hegemónica y cerrada, opaca al escrutinio civil o estatal, capaz de recurrir a la fuerza y la violencia, de ser necesario, si su existencia o logro de sus ideales se ven amenazados.

Amor en un universo cuántico

En el prefacio a las cuatro novelas que integran el Cuarteto de Alejandría (Justine, Balthazar, Mountolive y Clea), el escritor Lawrence Durrell le informa al lector que esas novelas configuran una exploración del amor contemporáneo que le rinde tributo a la Teoría de la Relatividad de Einstein. Las tres primeras novelas, Justine, Balthazar y Mountolive serían versiones de una misma serie de hechos, que ocurren en un mismo lapso de tiempo pero que son contadas por tres narradores distintos, desde tres ángulos diferentes, incluyendo el del narrador omnisciente. Estas tres novelas se corresponderían con las tres dimensiones espaciales de la Teoría de la Relatividad (ancho, largo, alto). Clea, la cuarta novela, es la única que narra el desarrollo futuro de los hechos contados en las tres primeras novelas, y presenta un cierre de estas historias. Esta novela se correspondería con la cuarta dimensión de la Teoría: el tiempo. Pero decía arriba que hay algo en 1Q84 que evoca el proyecto de Durrell con el Cuarteto. En efecto, si Durrell hacía un intento de vincular la relatividad con la literatura y el amor, Murakami parece tratar de vincular la teoría cuántica con la literatura y el amor.

Aomame y Tengo, dos seres que se habían encontrado cuando ambos tenían diez años de edad y estudiaban juntos la escuela primaria, durante unos minutos, se agarraron de las manos. Durante esos instantes una conexión singular y muy fuerte se creó entre ambos. Luego los niños se separaron y no supieron más el uno del otro por veinte años, hasta el año 1984. Ese año, a ambos les ocurre algo singular. De modos distintos y absolutamente independientes, ambos ingresan, sin habérselo propuesto, a un mundo en el que sus caminos se cruzarán de nuevo. Esto es lo que le revela el Líder a Aomame. Lo sorprendente es que hasta 1984, ninguno de ellos estaba claro sobre qué les había sucedido aquel día en la escuela. Pero en 1984, cuando, metidos en medio de la historias extraordinarias de las que forman parte, reflexionan sobre aquella ocasión, comienzan a darse cuenta de que se habían enamorado. En lo más profundo de sus corazones tenían una certeza absoluta de que amaban al otro. Intuían que eso, y no otra cosa, es el verdadero amor. Pero pensaban que era muy poco realista anhelar un reencuentro. La revelación que le hace el Líder a Aomame, que entre infinitos mundos paralelos, 1Q84 es el único en el que se podrán reencontrar, muestra una confianza absoluta del narrador (o de Murakami?) en el poder infinito del amor incondicional. Como si Murakami tuviese la convicción de que el amor posee una sabiduría sin límites que nos llevará a ciegas a quel mundo en que el amado y el amante podran encontrarse, o reencontrarse si éste es el caso. Como si el amor, usurpando el papel de un Dios omnisciente que no juega a los dados sino al billar, pudiese siempre conducirnos a aquel mundo singular entre los infinitos mundos posibles—sin importar cuán absurdo, loco, o inconsistente pueda ser este mundo; cuán lleno de riesgos, maldad o crueldad pueda estar—en el que podamos reencontrar a la amada.

Teniendo como axioma tácito ese caos heterogéneo de mundos entremezclados que es la realidad, Murakami explora en 1Q84 los límites de dos recursos (herramientas) que posee el ser humano para crear orden en la realidad: el Poder y el amor. El Poder separa, crea líneas divisorias de diversas clases entre los elementos de la caótica realidad; define compartimientos para facilitar su tarea de segregación de la diversidad de acuerdo con múltiples criterios. El Poder vigila que las categorías que ha creado se mantengan separadas. El Poder controla a aquellos que están bajo su influencia para que sus conductas sean acordes con patrones de acción predefinidos. Al Poder la resulta antipática la libertad precisamente porque puede hacer que el hombre muestre conductas no congruentes con el repertorio de las conductas previamente definidas. El Poder vigila, define sanciones y las ejecuta cuando considera que ello es necesario. El Poder crea una realidad, o un numero rigurosamente definido de realidades cada una de ellas bien especificada. En  1984 de Orwell, el Poder dice que en su realdiad 2+2 son siempre 5.

El amor, por el contrario, reune. Crea puentes o vínculos entre lo que está separado. El amor, como la araña, teje hilos o redes que reunen los múltiples y heterogéneos elementos de lo real al punto que se llega a tener la ilusión de que todos forman parte de una misma cosa. El amor crea vasos comunicantes entre compartimientos otrora estancos. Facilita el intercambio; borra las fronteras entre los múltiples mundos que conviven en lo real.El amor es caótico. Crea desorden. Puede crear una realidad pobremente especificada en la que, como en el mundo de Hamlet, puede ocurrir cualquier cosa. Como por ejemplo que una sombra o fantasma inmaterial hable con  un ser vivo. Elamor puede hacer que un mundo tenga dos lunas. O cinco o dieciocho. No hay parámetros establecidos en los mundos que crea el amor. Uno no puede anticiparlos. Pero el amor puede también crear diez, cien, mil, cienmillones de realidades, cada una inespecificada, cada una de ellas abierta, cada una de ellas con una combinatoria en la que todo puede ser posible. Son mundos impredecibles en los que nada es imposible En los que hay reglas pero tambien hay violaciones a esas reglas. Realidades que pueden ser comprendidas y racionalizadas por el hombre de ciencia o el filósofo, pero solo hasta cierto punto.  Pero insisto, sin importar que sean una o infinitas realidades, el amor crea mundos soprendentes, impredecibles, maravillosos, semejantes a los de nuestra fantasía, o a los de nuestros sueños.

El modo de Murakami de rendirle homenaje a Orwell es creando una puerta de escape de esa distopía que libere a los ciudadanos a los que agobia la distopía orwelliana. Así, ante el encierro, tristeza y opresión que producía en los ciudadanos la pálida y arbitraria realidad que se describe en la distopía orwelliana, Murakami les ofrece la salida del amor. Les dice, que ese mundo en el que 2 más 2 son cinco es sólo uno de infinitos mundos posibles. Porque hay otros, sin duda (lo predice la Teoría Cuántica), en los que 2 más 2 pueden ser 7 o 19. Y en alguno de esos mundos, los gobernantes hegemónicos que los someten es posible que sean esclavos, o simplemente hombres libres igual que ellos, que se han dado cuenta de la necedad del Poder. De los absurdos  que éste crea cuando se perpetúa o se expande sin restricción. Y un modo de ingresar en ese univeso cuántico en el que los mundos de multiplican y con ellos la libertad, es amar de un modo absoluto que es la única arma, creo que eso lopiensa Murakami, frente al Poder absoluto. Pero hay otro recurso al que siempre es posible acudir. Y ése es la literatura.

Otra conclusión es que, así como el Poder absoluto aísla de modo absoluto (aquí pienso en Kafka como visionario y genial narrador del Poder absoluto y sus metáforas: la Caja Negra que es El Castillo, la Jaula de Hierro weberiana que es la burocracia descrita en El Proceso, las escaleras, los patios, las puertas y los palacios en “Un mensaje Imperial”, etc. ), el Amor absoluto diluye en el Otro nuestra individualidad y nos fusiona con el amado, que es una metáfora del Todo, en esa esfera única que es Dios, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

Nota

La Teoría Cuántica y los infinitos mundos paralelos

La Teoría Cuántica postula la existencia de mundos paralelos. Esta hipótesis se deriva de cierta formulación de esta teoría desarrollada por el físico norteamericano Hugh Everett (1930-1982), quien en su tesis doctoral de 1957 postuló la existencia de una Función de Onda Universal, al tiempo que negó que tenga lugar un colapso de la función de onda (tal como lo sostiene la interpretación de Copenhagen, desarrollada escencialmente sobre las ideas del positivista Niels Bohr) que se produciría con la aparición del observador en un sistema cuyas variables se rigen de acuerdo con la mecánica cuántica. De modo que, dado un evento con múltiples resultados, asociados cada uno a una probabilidad determinada, la noción de colapso de la función de onda implica que cuando se hace manifiesto (para el observador) uno de los resultados posibles, el resto de los resultados posibles, sin importar qué probabilidad de ocurrencia tuvieran, desaparece. No hay cabida para los mundos paralelos.

En la versión de los múltiples mundos, esto no ocurre. La función de onda no colapsa, y todos los mundos posibles existen en paralelo. A semejanza de lo que Borges plantea que ocurre en El jardín de los senderos que se bifurcan, Murakami parece haber escrito 1Q84 con el supuesto de que: existen “infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas la posibilidades.” (Borges, obra citada).

3 comentarios en “Metáforas del Poder y del Amor en 1Q84 (2)

    • Estimado Antonio,

      La edición que leí la compré en USA y estaba en inglés. Puedes tratar de ver en Amazon. O si vives en Venezuela, en las librerías Alejandría. Saludos!

  1. Pingback: De la lúcida conciencia de Frankenstein | caracas 10N, 67W

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