Los infinitos mundos y realidades en “1Q84” (1)

1Q84 es una novela envolvente que, a medida que avanzas en su lectura, te va revelando sus múltiples capas, de las que se despoja como si fuera una seductora stripper. Hasta quedar desnuda, en la penumbra y en ese silencio que Hamlet hubiera querido escuchar al final de su tragedia (The rest is silence). Pero no te muestra sus encantos fácilmente esta novela femenina. Te demanda una lectura continua y disciplinada que te conduzca con certeza hasta el final. A sabiendas de que habrá momentos en los que querrás abandonar la lectura. Si toda lectura es un viaje, 1Q84 es como navegar por un rio cuyo cauce es cambiante y cuyo caudal  es, a ratos caudaloso y rápido pero otros ratos con una tranquilidad de calma chicha. Pero todo este juego forma parte de un plan del escritor quien, no obstante ser un maestro de la rapidez, nos despista al decidir narrar algunos capítulos en un inesperado pianissimo. Y quizás la lentitud forma parte de esa reflexión que hace Murakami en esta novela sobre las relaciones entre el Poder y el Amor porque cada uno, a sus modos, tienen a la paciencia como condición necesaria de su existencia.

No he podido hacer una reseña corta de esta novela. Comenzando por el hecho de que su lectura me obligó a releer dos obras que deben haber sido una fuente de inspiración del autor. La primera es The Heart of Darkness, de Joseph Conrad, que es necesaria para comprender el significado de una de las escenas centrales de la novela. La segunda es The Golden Bough (La Rama Dorada), escrita por Sir James Frazer. Esto a causa de que encuentro que la agonía del líder (o Rey) en  El Corazón de las Tinieblas es una versión de la narrativa sobre la muerte del rey que Frazer estudiara exhaustivamente en  esa obra. En un post próximo, completaré algunos apuntes sobre la naturaleza del Poder que Murakami exploró en 1Q84 con una imaginación desbordada y una lucidez que emula a la de los sueños.

II

“There is always, as I said, only one reality” the driver repeated slowly, as if underlining an important passage in a book.

Múltiples temas y realidades, unas oníricas, otras fantásticas, y otras muy concretas aunque sin duda sentimentales, se mezclan y solapan en 1Q84, novela escrita por el escritor japonés Haruki Murakami, autor de obras tan conocidas en Occidente como La crónica del pájaro que le da la cuerda al mundo, Norwegian wood o Kafka en la orilla. Sin que podamos clasificar a 1Q84 como una novela milenarista (solo la madre de Aomame, quien pertenecía a una secta de cristianos milenaristas llamada la Sociedad de los Testigos, predicaba la venida próxima del fin de los tiempos), al leerla nos queda la impresión de que su autor metió dentro de ella—como si se tratase de un Arca de Noé a la que había que llevar a bordo, apresuradamente, una colección mínima de los elementos que sostienen, y con los que se teje, el mundo de la ficción antes de un cataclismo apocalíptico que los extinga—una selección personal de las ideas, creencias, narrativas, referencias, discursos y autores que nos ofrecen las claves para leer e interpretar su obra e, incluso, su visión del mundo, sueños, temores, ilusiones literarias y no literarias. El autor se preocupa de que los lectores conozcan claramente cuáles fueron los ingredientes que uso en esa cocción y en qué proporciones participó cada uno de esos ingredientes. Y así Murakami realiza un esfuerzo sistemático por hacer explícitas las referencias a los autores que lo inspiran y cuyas ideas y fragmentos narrativos están finamente integrados en su novela: Kafka, Orwell, Conrad, Proust, Jung, Frazer, Chejov, Dostoievski, entre otros. Quizás los menciona de ese modo explícito para que el lector no se pierda en la selva de ideas que conforma esta novela. Cosa que le quita parte de la experiencia de descubrir códigos ocultos en el seno de una jungla literaria. No estamos en los tiempos en que los lectores emprendían a ciegas o con muy poca luz la lectura de esos monumentos a la cultura y el tiempo libre que son: A la recherche du temps perdu de Proust, o La Guerra y la Paz de Tolstoi.

III

Murakami es el autor de una obra que a lectores y críticos les ha parecido pop e irreverente, alejada del estilo que esperarían, los lectores del Viejo Mundo, tenga un escritor japonés contemporáneo. Hay quienes desearían leer autores japoneses que narren el Japón posterior a la Guerra Fría y posterior también al milagro japonés que colocó a la economía de este país entre las primeras del mundo, luego de la miseria, devastación y humillación que les produjo la Segunda Guerra Mundial. Quizás quisieran leer historias en las que pudieran apreciar ese desgarre, que está presente en las obras de Yukio Mishima por ejemplo, producido por la crianza en un mundo que convive con dos sistemas de valores: los que son consistentes con un tradicionalismo milenario que asumía la vida con una disciplina casi religiosa y los consistentes con la sociedad crecientemente laica (en que se fue convirtiendo Japón por obra de la restauración Meiji (1868-1912), la que abrazó con velocidad pasmosa los valores y placeres de Occidente y, más de siglo y medio más tarde, abraza con semejante avidez los productos de lujo que ofrecen las sofisticadas marcas europeas, o los gadgets tecnológicos que ofrecen los conglomerados asiáticos.

La obra de Murakami, aunque no es la clase de narrativa que típicamente escriben los escritores  que se han criado y educado entre dos mundos, ello no significa que en sus obras no podamos encontrar dialécticas, tensiones, contradicciones. Más bien, la suya es una narrativa en la que, como ocurre a menudo en los sueños, todo se mezcla sin aparente orden o concierto y en el seno de esa mezcla uno puede identificar con cierto esfuerzo dónde están presentes las dialécticas, tensiones y contradicciones. Pero ni las tensiones ni las afinidades son evidentes, manifiestas, fijas o rígidas. La imagen que describe mejor la literatura de Murakami es la de una malla flexible, proteica, y deformable, que se asemeja a la red que coloca debajo de él el funambulista. Aun si la lectura que hacemos en un momento dado de alguna de sus novelas, nos conduce en línea recta de un punto A a un punto B, debemos estar conscientes de que al leer esa novela estamos caminando sobre una cuerda suspendida en las alturas. Y si perdiendo el equilibrio llegáramos a caer, nos esperaría abajo esa malla, que no nos dejará perecer, pero que nos mostrará otra realidad, una en la que se multiplican las direcciones y sentidos; una en la que pudiéramos seguir cualquier camino (unos con corazón y otros sin él), una en la que somos tan libres como en nuestros sueños o fantasías.

IV, Dos lunas

La novela comienza con las cavilaciones y disgresiones de Aomame, una chica de 30 años que viaja en el asiento de atrás de un taxi que avanza muy lento por culpa de un formidable embotellamiento de tráfico en una autopista de Tokio. Aomame se sorprende de que el taxista estuviera escuchando la Sinfonietta de Janacek. Disfruta esta pieza que le trae recuerdos. Pero está preocupada porque piensa que no va a llegar a tiempo a su destino. Conversando con el taxista sobre las posibilidades de tomar rutas alternas, éste le sugiere que se baje del taxi ahí mismo, camine hasta una garita, abra una compuerta y busque una escalera de emergencia que llega hasta el nivel de la calle donde podrá tomar el metro hasta su destino. Vestida impecable, con zapatos altos y minifalda, su caminata hasta la garita por el borde de la congestionada autopista es una sorpresa y un espectáculo para los conductores. De inmediato Aomame desciende por una escalera que se parece a las de incendio tal como le había indicado el taxista y llega al nivel de la calle en el que puede tomar el metro hasta su destino. Aomame no se da cuenta todavía de que al salir del taxi (o eso ocurrió al entrar al taxi?), ingresó a un mundo paralelo. Uno en el que muchas cosas son idénticas al de nuestro mundo. Pero que tiene, sin embargo algunas diferencias. Y la que Aomame nota más temprano es la que se refiere al uniforme de la policía y su arma de reglamento. ¿Desde cuándo, se pregunta de repente Aomame, los policías no llevan revólveres sino pistolas, quizás Glocks o Berettas, en Japón?

Estas reflexiones no distraen a Aomame de su objetivo, quien debe llegar a un hotel, encontrar a un hombre y asesinarlo en su habitación con un instrumento que se parece mucho a un delgado picahielo que ha fabricado ella misma. Con una precisión que sorprende en esta mujer delicada y elegante aunque nada frágil (es maestra de artes marciales y otras disciplinas deportivas), Aomame concluye rápido su tarea y sale del hotel. Poco tiempo después entran en escena los que serán dos de los personajes más importantes en la vida de Aomame: Tamaru, un enigmático e ilustrado guardaespaldas, que protege a la rica, elegante y sofisticada regente, heredera de una poderosa familia, a la que el autor nunca designa por su nombre o apellido. Esta mujer combate de manera firme y severa el maltrato extremo que ejercen sobre las mujeres algunos hombres. Con sus propios recursos financia el mantenimiento de un edificio en el que se viven ocultas de antiguos agresores o en proceso de recuperación física, psicológica y espiritual varias mujeres. Ella ha tenido que recurrir al asesinato en casos extremos en los que no era posible salvar a alguna víctima femenina de las garras de su agresor masculino. Aomame, precisa, discreta, fuerte e inteligente, es su brazo ejecutor desde algún tiempo atrás. Su víctima más reciente se escudaba detrás de una fachada de hombre trabajador y decente, pero en su hogar maltrataba a su esposa de manera frecuente y sistemática. La relación entre Aomame, Tamaru y la rica y poderosa viuda es de respeto, aprecio, admiración y pocas palabras. Por otra parte, Aomame no es persona de muchos amigos. Nunca lo fue. Su mejor amiga de la escuela secundaria, Tamaki Otsuka (con quien, cuando tenía 17 años tuvo una experiencia íntima, que fue única y excepcional) cometió suicidio a los veintiseis años. Recientemente Aomame ha conocido a Ayumi, una mujer policía que le recuerda en algo a Tamaki y que se ha convertido en su ocasional compañera de salida a bares o discotecas, cosa que hace cada vez que siente el deseo de un aventura sexual que no le cree ninguna atadura.

Es sorprendente cómo Aomame combina su vida casi ascética de férreo entrenamiento físico con noches ocasionales de licencia sexual. Y sin embargo, incluso esta falta de consistencia pareciera formar parte de la vida cotidiana de Aomame, de aquélla que ha vivido toda su vida. Pero eso es una ilusión porque no hay tal cosa como vida cotidiana. Aomame vive ahora en un mundo diferente y este hecho ha convertido a su vida en algo extraordinario donde las cosas no son lo que parecen, tal como se lo advirtió el taxista. Ella ha denominado a este mundo 1Q84, donde la “Q” designa un signo de interrogación, una marca que lo diferencia del Japòn de 1984 en el que solía vivir antes de ingresar en este mundo paralelo cuyo rasgo más conspicuo—cree ella— es que tiene dos lunas. El problema es que a causa del carácter ostensiblemente manifiesto de este detalle, Aomame no se atreve a preguntarle a nadie si esas dos lunas que ve en el cielo son algo real o si son más bien producto de su imaginación. Pero pronto Aomame se dará cuenta de que el mundo en el que vive es aún más extraño de lo que creía.

V

En capítulos alternos (a aquéllos en que narra las aventuras de Aomame) Murakami narra la historia de Tengo. Un joven escritor, con notable talento y estilo, que aspira a ser un novelista, y que tiene como oficio la enseñanza de las matemáticas en una escuela técnica. Uno de los mejores amigos de Tengo es Komatsu, editor de una revista literaria que a los 45 años es 16 años mayor que Tengo. Lo conoció cinco años antes, cuando éste último quedó como finalista de un concurso literario que organizó la revista que editaba Komatsu. Ahora, Komatsu le hace una propuesta a Tengo. Para un concurso literario del cual él será uno de los miemros del jurado, le pide que reescriba (como si fuese un ghostwriter) una novela que ha sido escrita por una niña de 17 años que, no obstante su estilo aun incipiente, describe una historia fantástica y fascinante. Tengo se muestra al principio renuente a actuar como ghostwriter, le parece que es una conducta poco ética. Pero luego de leer el manuscrito, conocer a Fuka Eri, la jovenautora,  de enigmática belleza, y viajar más adelante hasta la casa de su tutor, termina por aceptar el encargo de Komatsu. Tengo no sabe en qué clase de problemas se ha metido al tomar esta decisión.

El lector se dará cuenta poco a poco de que Fuka Eri no es lo que parece ser. Su novela Crisálida de Aire, describe la vida de una niña en el seno de una comunidad religiosa cerrada que pudiera ser la secta Sakigake. Fuka Eri cuenta cómo el personaje de esa novela llegó a a conocer, cuando vivía en esa secta, a la Gente Pequeña, seres diminutos con poderes especiales que un dia salieron de la boca de un animal muerto con el que tuvo que dormir durante varias noches. Habla también en esa novela su joven autora sobre crisálidas tejidas por estos seres diminutos de las que salen, como si se tratase de una pupa, los dobles de algunos de los seres de carne y hueso que viven dentro de la secta. A éstos seres en la novela los llaman dothas y son el complemento de las mazas. Fuka Eri dice que en Crisálida de Aire ella cuenta una experiencia propia; aunque esto no le creen los que la escuchan o quienes han leído su novela. Como era de esperarse, la novela de Fuka Eri gana el premio literario en el concurso en el que Komatsu era miembro del jurado. Luego de ese premio, y la amplia difusión en medios que le dan a la novela, empiezan a pasar cosas extrañas. Tengo y Komatsu reciben amenazas. Fuka Eri cree que la gente de Sakigake teme que la novela constituya una descripción en código de ciertas prácticas secretas que ellos tienen y que no quieren que se conozcan en el mundo externo. Aunque Tengo todavía no lo sabe, desde el instante que aceptó escribir esa novela se comenzó a internar en un camino que, sin saberlo, lo acercará cada vez más a Aomame. En algún momento de su futuro, su camino y el de Aomame volverán a encontrarse. Y digo volverán, porque ellos olvidaron que se conocieron cuando eran niños. Pero el lector no debe perder la paciencia, puesto que para que este entrecruzamiento se produzca, Tengo y Aomame recorrerán un camino largo y tortuoso. Como si los autores que Murakami menciona tuvieran un poder mágico capaz de alterar el estilo o contenido de la ficción, a lo largo de varios de los capítulos en los que se hace referencia a cada uno de los autores citados en esta novela, el escritor camaleónicamente le imprime a la narración un estilo que emula el de éstos. Así por ejemplo, en los capítulos en los que se habla de Proust y su novela El Buca del tiempo perdido, vemos cómo el escritor practica un estilo de narración de una acción que toca el límite de la inacción. Y entonces, de un modo mágico Murakami tiene la capacidad de hacernos creer que estamos leyendo a un Proust que se traslada desde el mundo de la Duquesa de Guermantes a las calles de Tokio en un año que pudo haber sido 1984. Precisamente en esos capítulos aparece Ushikawa, un ser oscuro y extraño cuyo rasgo físico más resaltante es la forma poco simétrica de su cabeza, quien trabaja como espía para la secta Sakigake. De tal modo se interpone entre Aomame y Tengo que Murakami decide que sea el único personaje de la novela que rompa la alternabilidad de capítulos dedicados a Aomame y Tengo. En casi toda la tercera parte se suceden, uno detrás de otro, capítulos que narran los hechos de Aomame, los de Ushikawa y los de Tengo. Ushikawa parece desempeñar el papel de un pequeño Gran Hermano, que fisgonea sigiloso dentro de las vidas de Tengo y Aomame en un acto que Murakami convierte en un absurdo, porque termina por quitarle el sentido a su oficio e incluso a su propia vida. La sociedad de la vigilancia, el vigilar-y-castigar foucaultiano termina por deshacerse, perder densidad y consistencia hasta el punto de que uno se pregunta si de verdad alguna vez esa práctica dual tuvo alguna consistencia lógica, o física y no fue solamente una leve ilusión. Pero si la vigilancia es uno de los rostros del Poder (te vigilo porque te domino, te vigilo para dominarte), esta reflexión conduce a la pregunta sobre si el Poder, en lugar de ser esa masa densa y monolítica, que son los atributos que con más frecuencia asociamos al Poder, no es un espejismo, algo que se asemeja a un nube, a una ilusión que puede desvanecerse sin darte cuenta, como ocurrió con el Muro de Berlín.

¿Cuál es el destino final de la información que el oscuro Ushikawa recabó sobre Aomame y Tengo? ¿Qué utilidad tuvieron los miles de archivos que produjo la Stasi, en cuya colección invirtieron millones de horas-hombre quienes estuvieron (hoy lo sabemos luego de que ésto se abrieran al públlico) dedicados por años a la escucha y registro de conversaciones de otros, o a la observación y registro fotográfico de esos mismos otros? ¿O para qué le sirvió conocer a Ushikawa, hacia el final del trabajo de informante que le habían asignado, que el psicólogo Carl Jung había erigido una torre con sus propias manos que, tal como lo escribió en su autobiografía, era su modo de habitar dentro de un arquetipo?

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