Araguaney de La Trinidad, A propósito de su actual condición de riesgo

Foto de la frondosa copa-penacho dorado del araguaney de La Trinidad, sábado 24 de marzo de 2012

Una vez más este maravilloso araguaney ha florecido. Ayer este magnífico árbol estaba en uno de sus días de máximo esplendor floral. Se veía desde muy lejos. A más de 300 metros podías distinguirlo como una espléndida mancha amarilla. El árbol se yergue solitario al borde de una carretera que se desmorona. Tiene la mitad de sus raíces al aire. Alguien podría interpretar su esplendor como la altruísta entrega al amado por parte de una amante moribunda. Pero sabemos que es antropomorfización inverosímil hablar del árbol como si se tratara de un ser humano que, agonizante, entrega lo mejor de su belleza física, en un país en el que los malos /(y aquí hablo de seres humanos) despojan a los vivos de su vida sin darles tiempo a demostrar generosidad alguna. En Venezuela, la crueldad del asesino extingue la belleza; quien mueve con su crimen la balanza hacia el rostro horrendo de la muerte (porque incluso desde la belleza se podría hacer un alegato a favor de la vida, valor que ha sido depreciado por estos tiempos y por el abominable discurso de odio del Poder): es más bella la vida que la muerte.

Foto del araguaney tomada el sábado 24 de marzo de 2012

No reclamo solamente la incapacidad de las instituciones estatales para reparar con diligencia la calle que sube desde la Avenida de La Guairita hacia las Minas, en el municipio Baruta, que se cae poco a poco. Pero no tan lentamente como para hacernos creer que este araguaney-la mitad de cuyas raíces disfrutan forzosamente (o más bien sufren) de la experiencia de tener contacto directo con el aire que las rodea porque la tierra que hasta hace poco las cubría se ha ido resbalando colina abajo- va a sobrevivir muchos años a esa ineficiencia. Reclamo también la indolencia de ciudadanos comunes que no han exigido a las autoridades competentes que se haga algo y pronto para evitar que este hermoso árbol perezca.

La belleza de este araguaney no solo nos estremece. Ahora, sabiendo que pudiera morir florecido (resulta que ha florecido precisamente en estos días en que la garúa y la lluvia ablandan el terreno sobre el que crece y podrían precipitar el deslizamiento de la escasa cantidad de tierra que rodea la base de su tronco y sus raíces) su belleza plena produce una suerte de dolor. Y es que creo que hay bellezas que duelen. Creo que hay rostros, miradas, timbres de voz, aromas, cuerpos, que concentran de tal modo la belleza (como lo hace por ejemplo la mirada de la niña afgana en aquella célebre portada de la revista National Geographic) que ésta pierde todo carácter redondeado, toda curva o sinuosidad, y se hace punzante por todas partes; como si adoptara la forma de un erizo o de un puercoespín. Y al contemplarla, es como si nos entraran espinas por los ojos. Y aquí pienso en el dolor que habrá sentido el maestro iluminador de Me llamo Rojo obra maestra del novelista Orhan Pamuk, cuando decide quedarse ciego y se pincha cada uno de sus ojos con una aguja. Produce un dolor semejante al que imagino debe haber sentido ese personaje, contemplar este árbol desde cualquier ángulo posible.

Otra foto tomada durante la mañana del sábado 24 de marzo de 2012

Te dolerá si lo ves desde unos cien metros de distancia. Si te paras a contemplarlo desde el oeste, justo al otro lado del pequeño valle que separa el borde de la calle donde ha crecido de las casas de Lomas de la Trinidad. Mirado desde esta distancia, lo primero que adviertes es una mancha absolutamente discordante de color amarillo intenso, frondosa, compacta (que podría parecer, pero no es, el trazo azaroso de un Van Gogh que no se decidió sino a “tocar con su pincel”, sutilmente, la visión de una naturaleza urbana e intervenida) que se hace surreal o artificial por su contraste con una poco deslumbrante paleta de verdes, marrones y ocres pajizos coronada por los blancos y grises de las casas contra las que se recorta la copa de este árbol.

Araguaney de La Trinidad, al atardecer, a contraluz

Te dolerá más todavía si lo contemplas desde unos 10 metros de distancia, ahí mismo al borde de la calle donde crece, al atardecer, poco antes de caer el sol, parado delante tuyo contra ese cielo gris que hemos tenido en Caracas estos últimos días de marzo (modo curioso el nuestro de recibir la primavera): y ves su tronco oscuro, casi negro a contraluz, y su fronda teñida de un color amarillo quemado; y piensas que esta visión que no destaca la intensidad gloriosa de su color, te permite a ti y a cualquier otro observador de este maravilloso especimen, olvidarte de lo obvio, de la intensidad y esplendor de su fronda amarilla, y admirar el delicado equilibrio de su contorno. Y es cuando menos vemos el despilfarrador derroche de amarillos cuando más podemos admirar el carácter único de este balance entre su tronco, sus ramas y sus flores.

Y es entonces cuando nos damos cuenta de cuánto contribuye a la belleza de este árbol una elegancia de formas que podríamos pasar por alto cuando concentramos nuestra atención en su magnífica cresta dorada. Y quizás algún filósofo, hasta estaría tentado de apelar a ese modo que tiene este araguaney de representar la idea platónica de lo que todos sabemos es un araguaney. Aunque otro filósofo podría aventurarse más lejos, y sostener que ese araguaney realmente representa una noción arcaica de árbol arquetípico. Que pudiera perfectamente este árbol representar para nosotros una idealización de lo que debe ser o es un árbol de un modo semejante al que un Jack Russell con pedigree puede representar para un jurado platónico la encarnación perfecta de ese perro (raza que por su inteligencia se convirtió en estrella de películas como The artist o The mask). Perfección platónica, brochazo de artista genial, o simplemente un árbol generoso que sin importarle la amenaza de una muerte posible y cercana, decide entregarnos toda su intensidad cromática en un acto de amor incondicional.

Escribo este post (el primero en mucho tiempo, luego de haber abandonado este blog por exceso de trabajo, y por otras razones) para llamar la atención sobre un árbol, sobre un único árbol, que nos entrega a todos los que querramos verlo, una belleza intensa y estremecedora durante unos cuanto días luego de haber pasado muchos meses de vida frugal e inadvertida. Más que inadvertido, cuando no está florecido, este árbol cubierto de epífitas, puiede parecer un cansado y triste arbolito. Quiero llamar la atención sobre este árbol porque mañana o dentro de una semana podría derrumbarse. Morir sin gloria. Y podríamos nosotros haber sido testigos inútiles de esa muerte anunciada.

Pienso en la indiferencia que desarrollan algunos ciudadanos, no sólo ante la belleza de un árbol (¿cómo es posible que no se detengan más personas a admirarlo a diario?, a pintarlo y dejarlo plasmado en una acuarela, en un óleo, o acrílico, en una foto?) o ante el peligroso riesgo que lo amenaza, sino también ante esa otra cosa que es más que solo belleza, al valor de la vida humana.

El día de hoy, por razones fortuitas, me enteré de forma temprana y estremecedora del secuestro y posterior asesinato de un joven productor musical. Pensé en ese momento en las 19.336 personas asesinadas en Venezuela en 2011, según datos compliados pro el Observatorio Venezolano de Violencia. Habrá algun relación entre la indiferencia a lo bello y el desprecio de la vida humana? A través de qué caminos, me pregunto, llega a devaluarse a tal punto la vida humana que se pueda matar de un modo de ese modo banal, como quien se toma un refresco, por motivos banales (en una terrible validación del argumento de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal)?

Incluso me he llegado a preguntar si el asesino mata porque comparte (irónicamente) con algunos místicos, o con algunos creyentes en ideas New Age, la idea de que la realidad concreta que vivimos no existe. Por ejemplo, él pudiera pensar que somos parecidos a los personajes de un comic, ambiente literario dentro del cual la violencia exacerbada está culturalmente permitida. O pudiera pensar que los seres humanos se parecen a los personajes de un juego de video. Que son lo que vemos desde afuera. Que somos lo visible. Obviando toda complejidad, simetrías, orden y estructuras internas. Tangibles o intangibles. Pero podría también suceder que, precisamente el discurso de que lo que cuenta es el otro mundo y no éste, que el asesino le otorgue poca importancia a la vida en este mundo. Que lo desprecie incluso pensando que, como el mundo que habitamos no es el Reino de Dios, es legítimo eliminar de este mundo de sufrimiento, dolor y violencia en el que caímos al ser expulados del Paraíso, a quienes les parezca. Pero también es posible que aquel que desprecia la vida, que asesina de ese modo casi automático, sin pensarlo mucho, lo haga porque no cree en la realidad. Lo haga porque piense que la realidad es un truco. Y que en realidad vivimos en un sueño. Y concluya, de algún modo, que si es cierto que el mundo físico y sensible no existe, si todo lo que nos rodea es sólo ilusión, si nuestro mundo, como llegan a pensar William Shakespeare (con Próspero en La Tempestad) o Pedro Calderón de La Barca (con Segismundo en La Vida es Sueño), es sólo un sueño, no habría pecado alguno en el acto de borrar de un plumazo, de un tiro, a figuras de ese sueño. ¿Actúan acaso los ejecutantes de esta banalidad del mal movidos por una creencia semejante, o es simplemente el exceso de materialismo lo que los motiva?

Araguaney, desde lejos, como mancha amarilla enntre la vegetación (marzo de 2012)

Araguaney de La Trinidad, desde el oeste

Araguaney de La Trinidad, mirado desde el oeste

Esta es la imagen dramática, trágica, evidencia de nuestra indolencia ciudadana y gubernamental. La que nos debe consternar.

Esta segunda vista del hueco debajo del araguaney es aún más dramática, más trágica. Y define una amenaza más drande para este magnífico ejemplar.

Nota:

La cita de la Tempestad que hace alusión a la idea de que la vida es un sueño, similar o que evoca la idea con la que Calderón de La Barca tituló su obra de teatro es la siguiente:

Our revels now are ended. These our actors,
As I foretold you, were all spirits, and
Are melted into air, into thin air:
And like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp’d tow’rs, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve,
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on; and our little life
Is rounded with a sleep.

Las palabras finales son las que suelen recordarse de esta cita: “Estamos hechos de la misma materia de que están hechos los sueños. Y nuestra pequeña vida está rodeada por un sueño”. (Qué puede también traducirse como “completada por un sueño” soñado por alguna otra mente). Quién iba a pensar que alguna vez alguien (como el autro de la presente nota) pensase que la poesía de una frase semejante pudiese concebirse como argumento que explicara la banalidad con la que el asesino de la metrópolis contemporánea ejecuta sin titubeos a su víctima. Qué mezcla de videojuegos, realidad virtual y antiguas creencias en la irrealidad del mundo físico pudieran restarle su valor incalculable a cada vida humana?. Y a todo lo que vive?

Un comentario en “Araguaney de La Trinidad, A propósito de su actual condición de riesgo

  1. Hola, yo he estado pendiente de ese ARAGUANEY, somos un grupo de amigas que caminamos todos los dias y hemos disfrutado cada año de la belleza de nuestro arbol nacional. Cuando se derrumbó parte de esa calle nos angustiamos mucho, y pensamos que este seria el ultimo año que lo fotografiariamos, pero ya veo que hay personas que tambien estan pendientes, el alcalde se tiene que ocupar de esta situacion, tenemos que unirnos para que se haga algo para recuperar ese trozo de acera y curar el ARAGUANEY, que esta muy enfermo y sin embargo nos brinda su belleza, gracias señor Dávalos.

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