El ruido de las cosas al caer, Historias del reino y el exilio

“Hay un grito entrecortado o algo que se parece a un grito. Hay un ruido que no logro, que nunca he logrado identificar: “un ruido que no es humano o es más que humano, el ruido de las vidas que se extinguen pero también el ruido de los materiales que se rompen. Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha“.
(p. 83).

Hay una melancolía de fondo en esta novela de múltiples capas, que la he querido leer como una versión contemporánea de la historia de la expulsión del hombre del Paraíso y su consecuente e irreversible caída en el mundo en que vivimos, donde nos tenemos que ganar el pan con el sudor de la frente. Una caída por otra parte que ha estado asociada con la pérdida de la inocencia (por haber comido del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal).

¿De cuántos de los protagonistas de la novela podríamos decir lo que le dice Elaine Fritts, la mujer de Ricardo Laverde, a su hija Maya, cuando ella se entera de que su padre, a quien creía muerto años atrás, todavía estaba vivo: “que todos eran unos inocentes (p. 247)”?. Elaine recurría a esta frase para defender a Ricardo, su gran amor, del juicio severo de una hija dolida que sólo lo había conocido cuando era una niña y que se resisitía a reencontrarse con él.

Quizás es cierto que allá por los setenta, cuando todo comenzó, muchos eran unos inocentes. Quizás es cierto que ninguno de esos chicos que (como Mike Barbieri, el amigo de Ricardo y de Elaine) trabajaban como voluntarios en agencias norteamericanas que buscaban mejorar la calidad de vida de los campesinos en Colombia y otroas países suramericanos, y que promovieron con su rebeldía, sus ideas utópicas, su idealismo hippie, el arranque de ese negocio (que en poco tiempo se convertiría en ese entramado de carteles de narcotraficantes que tantas vidas han destruido) se detuvieron a analizar las consecuencias de mediano y largo plazo de aquello que fomentaban o, al menos, no censuraban. Por culpa de esa miopía, el tráfico de drogas se convirtió muy rápido en un negocio abominable dirigido por gente mala, codiciosa e inclemente como Pablo Escobar, capo que dirigía un negocio que para existir o crecer dependía de la extorsión, del asesinato, del terror y de la corrupción de gente honesta.

El escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez, en esta novela que obtuvo el premio Alfaguara 2011, pone de telón de fondo de múltiples historias de caída, la historia del ascenso vertiginoso y la estrepitosa caída de Pablo Escobar y, en general, del negocio del narcotráfico en Colombia. Pero el narcotráfico no es un telón de fondo pasivo. De una manera u otra, forma parte escencial de todas las historias de la novela tal como sucedía durante esos años con la vida real. Porque a semejanza de lo que hace la guerra, el narcotráfico colombiano durante los años de auge, durante esa época dorada en que un capo como Pablo Escobar podía construir un fantástico zoológico (cuyas ruinas visitan hacia el final de la novela el narrador, Antonio Yammara y Maya), fue una de esas realidades que exudaba una violencia ubicua que parecía que estuviera en el aire, una violencia que la respiraban los colombianos dentro y fuera de sus hogares, y que los hacía huir de los lugares públicos buscando el cobijo de los hogares. Así de desmesurada era la capacidad de esa violencia de minar las vidas de todos y cada uno de los colombianos que no eligieron el exilio.

Hay también un entramado transgeneracional de sincronicidades fatídicas en la novela. Como esa relación tortuosa de la familia Laverde con los aviones que, si uno lee alegóricamente, pudiera interpretar como un recurrente intento fallido de los miembros de esa familia, que son también los miembros de tantas otras familias colombianas y suramericanas, de subir y salir del nudo de restricciones que la pobreza les impone a sus vidas. Esfuerzo persistente y recurrente, generación tras generación, para ascender, llegar hasta las alturas. Para solo lograrlo por momentos, porque no saben cómo quedarse allá arriba, en el éxito o en la gloria. Lo que convierte a ese esfuerzo, a la larga, en el fracaso y, a veces, también, en tragedia.

Y así, se suceden una tras otra en la novela, historias trágicas relacionadas con aviones que súbitamente caen con consecuencias trágicas que dejan recuerdos indelebles y dolorosos. Está la historia del accidente del avión en la Tragedia de Santa Ana, del que fue testigo y afortunado sobreviviente Julio, el padre de Ricardo. Este accidente marca al primero de por vida con la cicatriz que le produce el aceite hirviendo que le saltó en el rostro, justo cuando el avión que observaban padre e hijo explotó en el aire, tan cerca de él, matando a ese piloto a quien tanto admiraban ambos.

Está también ese otro accidente en el que muere Elaine, el gran amor de Ricardo, de quien al final solo le queda a Ricardo (y luego a Antonio y a Maya, a quienes llega por caminos diferentes) el casette con la caja negra del vuelo 965, donde están grabados los últimos minutos de la conversación entre el capitán y el copiloto. Y es sorprendente cómo el escritor nos hace escuchar o imaginar el ruido de la tragedia (la novela toda es sonora, auditiva, traduce el dolor, la tragedia, en ruidos). Accidente que además es trágico porque en el vuelo 965 viajaba Elaine, la esposa de Ricardo, con quien éste se iba a reunir después de tantos años de haberse separado. Es la misma caja negra que luego escucha con estremecimiento y estupor Antonio. Experiencia que lo conecta inmediatamente con el dolor que sintió Ricardo la primera vez que la escuchó: “La grabación tuvo, además, la virtud de modificar el pasado, pues el llanto de Laverde ya no era el mismo, no podía ser el mismo que yo había presenciado en la Casa de la Poesía: ahora tenía una densidad de la que antes había carecido, debido al hecho simple de que yo había escuchado lo que él, sentado en aquel sofá de cuero mullido, escuchó esa tarde. La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos” (pp 84- 85).

Y a propósito de ese acto-y comento esto a modo de paréntesis en esta lista de experiencias trágicas con aviones- quiero distinguir entre esta conexión empática automática con visos de epifanía que relaciona a Ricardo y Antonio y la célebre experiencia epifánica de la magdalena sumergida en el tilo que describe el narrador de A la recherche du temps perdu, en el primer volumen de la heptalogía de Marcel Proust. Sin tener la mínima intención de comparar la calidad moral de estas dos experiencias, pienso que el segundo es un fenómeno circunscrito alrededor del ego, que funciona como conector automático entre aquel yo que somos en el presente con aquel yo que fuimos en el pasado. Es decir, constituye una experiencia esencial a la ilusión de que somos el mismo a lo largo del tiempo (la ilusión de la identidad). En cambio, la epifanía que se produce en Antonio al escuchar el casete que antes había escuchado Ricardo crea una conexión no menos fuerte con un otro, con un yo distinto de nosotros (que es la experiencia más pura de la empatía), con un otro que apenas conocemos o del cual ignoramos mucho. En esa frase final de ese párrafo, en la que Antonio define la experiencia como la simpatía hacia los dolores ajenos, Vásquez parafrasea la frase de Terencio que construye la solidaridad y empatía con el género humano: Soy hombre, nada de lo que sea humano me es ajeno (Homo sum; humani nihil a me alienum puto). En esta novela, esta epifanía auditiva (escucho lo que otro escuchó y logro sentir, súbitamente, lo que otro sintió) engendra la obsesión de Antonio por conocer el resto de la historia de Ricardo Laverde. Esta epifanía es el punto a partir del cual se desarrolla convolutamente la historia.

Y está la historia trágica relacionada con el inocultable talento de Ricardo para pilotear aviones. Un talento que en otras circunstancias, en otro tiempo y país, le hubieran permitido llegar a ser el feliz marido de Elaine y amoroso padre de Maya. Pero las circunstancias reales conspiran contra sus sueños. Le crean la ilusión de que puede hacer realidad sus sueños cuando la verdad es todo lo contrario. Y de este modo, para Ricardo, los aviones siempre fueron un vehículo de doble filo, que pudieron haberlo llevado hasta lo más alto, pero también, según reflexionamos los lectores al conocer el destino de Ricardo, un vehículo que lo podía conducir a la perdición, a la prisión, o a una muerte producida por despiadados sicarios. Porque originalmente el avión era un vehículo idóneo para la redención de los soñadores como Ricardo. Pero en los tiempos en que Colombia había sido tomada por el narcotráfico y la violencia, los aviones fueron secuestrados por ese negocio que encarna el Mal. Y así el ser un soñador y un hábil piloto fueron la condena de Ricardo.

La novela es también la historia de tres amores y una amistad. Del amor largo, tortuoso, y hermoso, persitente y desencontrado, de Ricardo por Elaine Fritts, la joven voluntaria que había llegado a Colombia para trabajar en el Peace Corps. Este es un amor que es recíproco y correspondido como suelen serlo esta clase amores. Del amor de Antonio por su esposa Aura y su hija Leticia, quienes soportan con gran paciencia (uno siente que hasta el límite de la paciencia) las secuelas del trauma que le ha producido a Antonio el hecho de haber sufrido él también las consecuencias de encontrarse en el lugar y tiempo incorrectos. Consecuencias que por mero azar, conducen a Ricardo al único puente que pudo haberlo vinculado con Maya, la hija de Ricardo y Elaine, quien le cuenta la parte de la historia de Ricardo que éste no tuvo posibilidad (o ganas o tiempo) de contar. Tiempo de narración que para Ricardo y Maya es también un tiempo, quizás muy breve, para encontrarse, para conocerse, y para amarse a su manera.

Y, cómo dejar de lado, la amistad, breve, de pocas palabras, pero construida seguramente sobre alguna empatía profunda que ambos intuían sin nombrarla, entre Ricardo y Antonio. Ricardo como alguien que no es lo que parece. Y el reto que plantea la intuición de que, detrás del silencio y del hombre que recien conoces hay palabras, sentimientos y una larga historia. Porque para Antonio, Ricardo fue desde el comienzo un enigma: “Este hombre no ha sido siempre este hombre. Este hombre era otro hombre antes” (p. 29). Y esta idea configura a la novela, también como la historia sobre cómo se puede conocer la historia de un amigo incluso después de que él ya no se encuentre a tu lado para contártela. Y cómo al conocer su historia, puedes recordar mejor a tu amigo, un poco como recordará el piloto a su amigo El principito cuando éste ya se haya marchado de regreso a su asteroide. Iría entonces más allá y hablaría de ese compromiso que adquieren los amigos cuando se quieren sentir sinceramente amigos, de conocer la historia del otro. Y cierro con esta idea del compromiso por conocer las historias de los otros, de aquellos a quienes amamos aunque conozcamos de ellos apenas fragmentos muy cortos de sus vidas, como una alegoría del camino que debe tomar una sociedad que ha estado permeada por la violencia, para reunirse con el otro, con los semejantes y los diferentes.

Hace memorable a esta novela esta trama narrativa de múltiples capas, que está como empujada, por así decirlo, por el deseo persistente y obsesivo de Antonio de reconstruir la historia de Ricardo, el amigo al que ha perdido irremediablemente; pero también el amigo con el que ha quedado conectado de por vida, entre otras cosas, por una cicatrtiz que no se borrará de su piel, y por una historia que difícilmente olvidará.

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