Melancholia, para pensar el apocalipsis

Cada cierto tiempo la gente tiende a pensar con más frecuencia que vive cerca del fin del mundo. Son tiempos en que cobran nuevas fuerzas los movimientos e ideas del milenarismo apocalíptico. Por ejemplo, sabemos que éstos encontraron un terreno fértil para germinar al final del Primer Milenio cuando produjeron conductas histéricas en los habitantes de varias naciones europeas. Algunas de esas ideas están inspiradas en el Apocalipsis de San Juan, donde se habla de un reinado de Cristo luego de mil años. Se supone que al cabo de ese tiempo, el diablo se escapará del abismo al que había sido arrojado, y regresará a la Tierra por un tiempo breve. Es entonces cuando Cristo regresaría una vez más para hacer justicia final.

Ahora que nos acercamos al final de la cuenta larga del Calendario Maya (cuyo ciclo total dura 26.500 años), el 21 de diciembre de 2012, pareciera como si los temores milenaristas y apocalípticos, que apenas pudieron expresarse con fuerza por parte de las masas cuando estábamos a punto de entrar en el Tercer Milenio (a propósito de eventos tan seculares, poco espirituales y poco efectivos para despertar histerias colectivas como el Y2K), hubieran recibido un nuevo aliento mediante una operación de mestizaje y crossing over religioso-cultural.

Pienso que una de los elementos que alimentan de modo concomitante, pero con más peso, las ideas apocalípticas de inspiración foránea a la cultura occidental, son algunas experiencias del hombre contemporáneo con respecto a su propia vida y la naturaleza del mundo que lo rodea. Por ejemplo, es posible que la consideración de que vivimos tiempos de cambio acelerado nos haga pensar que si no corremos a la par de los demás, nos vamos a quedar muy rezagados en esa carrera que a veces creemos que corremos junto con los de nuestra generación, para usar un término de Ortega y Gasset. Y ese apuro en la carrera nos cansa más pronto de lo deseable. Ideas apocalípticas podría también ser causadas por el hecho de que a mucha gente la vida se les ha convertido en una experiencia abrumadora, que les exige más de lo que pueden dar (más observación, más interacciones personales, más análisis, más síntesis, más interconexiones, más complejidad, mucha mayor información que procesar).

En algunas de sus versiones, el apocalipsis puede parecer una solución. Los perfiles de quienes pudieran pensar así del Apocalipsis son: 1. Los suicidas o quienes aman la muerte o que, en todo caso, aborrecen su propia vida así como la del resto de la vida sobre la Tierra y consideran el apocalipsis como camino ideal para que junto con él desaparezcan todos. El que un planeta como Melancholia haga colisión con la Tierra le alegraría, porque no tiene que pensar cómo contribuir a que se detone una Tercera Guerra Mundial que acabe con todos nosotros. Igual se alegraría si un virus letal produjese una pandemia como la descrita en Contagion (2011), la película dirigida por Steven Soderbergh sobre este tema. 2. Los puros, los que creen que se salvarán. Que un evento apocalíptico no los afectaría. Quizás porque creen pertenecer a los elegidos que proféticamente se salvarán, o porque cuentan con el poder y recursos necesarios para idear una estrategia que los proteja de la muerte. Este argumento supone un mundo postapocalíptico habitado por unos pocos, una fracción muy reducida de los que habitamos este caótico mundo en la actualidad, donde los sobrevivientes podrán modelar con más facilidad ese nuevo mundo (para una visión del postapocalipsis ver en este post la sección correspondiente. 3. La tercera clase gente que puede desear un apocalipsis son los que están convencidos de que este mundo material es ilusorio y ven el apocalipsis como un modo de desmontar esta ilusión. Uno pudiera argumentar que los gnósticos que crean que el universo físico fue creado por un Demiurgo maligno pudieran ansiar el apocalipsis al que considerarían como una herramienta para acceder a un universo no material.

La película

El polémico director danés Lars von Trier (recordemos sus declaraciones sobre su simpatía con los nazis), en su más reciente película, explora algunas de las aristas de la fantasía apocalíptica en su versión más tajante, más desgarradora, más total. Me refiero a Melancholia, una película de imágenes oníricas y surreales que narra y se aproxima al apocalipsis desde el drama personal y familiar de un pequeño grupo de personajes privilegiados, aislados del resto del mundo en un soberbio castillo rodeado de hermosos campos de golf, jardines, parques y áreas silvestres. Melancholia es el nombre de un planeta que se acerca a la Tierra. Los espectadores tenemos la certeza de que este planeta va a hacer colisión con la Tierra porque el director nos muestra imágenes de esta colisión en los primeros segundos de la película. De modo que la película es una historia de final cerrado: desde el comienzo sabemos cuál será el final. La miramos para saber cómo la historia llega al final desde ese comienzo de convite y alegría.

No importa en esta película, como sí importa en el cine de Hollywood, averiguar cómo hacen los héroes para evitar el desastre apocalíptico. Ni siquiera es importante saber quiénes se salvan de ese apocalipsis, porque ella no deja espacio, tampoco, para redentores o Mesías, puesto que no construye ese desastre natural total como el castigo de un Dios vengativo o resentido. Simplemente, nos hace pensar que la Biosfera, ese ecosistema de formidable complejidad que el Universo ha tardado miles de millones de años en confeccionar, no juega papel alguno en la combinación de azar y necesidad que rige los caprichosos y esporádicos encuentros de dos cuerpos celestes. Me pregunto si el hecho de que haya vida e inteligencia en la Tierra, ¿nos protege como especie y planeta de un desastre, o por el contrario lo propicia porque somos una clase de vida que demostró demasiadas perversiones? ¿Y si el Universo fuera ciego y sordo a nuestras reflexiones? ¿y si fuera indiferente a nuestros crímenes más horrendos, o a aquellos actos de bondad y altruismo que nos emparentan con los santos?

Al margen de nuestras expectativas, los cuerpos celestes se encuentran caprichosa y calamitosamente de un modo semejante a como los seres humanos cruzamos ocasionalmente miradas por fracciones de segundo con extraños que caminan igual que nosotros en la acera de una calle tumultuosa. Es la ciega inexorabilidad del desastre apocalíptico planteado en la película lo que elimina (de la mente de sus personajes) la idea de que le importamos al Universo o a un creador de éste y de nosotros.

Lo único que le interesa al narrador-director es mostrar cómo poco a poco, en cosa de menos de una semana, todos los protagonistas adquieren una conciencia plena de que ha llegado el fin del mundo y de que la colisión de la Tierra con Melancholia será un hecho inevitable. De modo que esta película, que se aparta de algunos preceptos de Dogma 95, invita a que el espectador contemple desde afuera cómo un grupo aislado de personajes experimenta la tragedia del fin del mundo.

La película comienza con la fiesta de boda de Justine (una intensa y hermosa Kirsten Dunst), brillante creativa de una agencia de publicidad, que contrae matrimonio con Michael (Alexander Skarsgaard). La fiesta tiene lugar en un castillo único en donde los invitados visten rigurosa etiqueta para celebrar esa fiesta en un castillo de interiores sobrios en donde todo es impecable y nada se ha dejado al azar (pero, ¿qué importaría si hubiese errores, detalles no contemplados, en fin, la introducción de este azar micro, cuando los actores se mueven sin todavia saberlo dentro de un marco de azar macrocósmico que los condena inexorablemente?)

Desde los primeros minutos apreciamos las tensiones que rodean esa celebración. La madre de Justine, interpretada por Charlotte Rampling, actriz cuya fuerza gestual ha crecido y cuyo rostro envejecido comunica con facilidad la intensidad de sus emociones es el gatillo que dispara los conflictos al hacer declaraciones fuertes y ofensivas sobre esa celebración. El padre, de carácter alegre y ligero (John Hurt), se empatiza inmediatamente con el dolor que le producen a la hija la conducta y palabras de la madre. La hermana de Justine, Claire (Charlotte Gainsbourg), sale como protectora incondicional de su hermana. Su marido, John (Kiefer Sutherland), de carácte rirascible y dominante, ha pagado esa fiesta de boda (quizás con la intención no revelada de celebrar en silencio y personalmente su liberación y la de su esposa de la dependencia de Justine de su hermana Claire). Como sin entender del todo lo que sucede en esta fiesta, está Michael, ingenuo y poco agudo para comprender la madeja de tensiones anudadas a pasiones y emociones que se gestan en esa fiesta y que tiene a su esposa como centro o nodo principal. Pero este grupo de protagonistas evoluciona. Ciertos personajes desaparecen de la historia. Otros quedan y se transforman. Los que solían ser fuertes se hacen débiles ante la inminencia del fin delmundo; lo contrario ocurrirá con quienes eran frágiles como Justine.

Es notable cómo el estilo narrativo, la locación y el uso de la música hacen referencia a la enigmática película de Alain Resnais, L´Année derniere a Marienbad (1961). Si el componente onírico de la película de Resnais nacía de la insistencia de la mujer (interpretada por la francesa de origen libanés Delphine Seyrig) que niega conocer al hombre (interpretado por el actor italiano Giorgio Albertazzi) que declara haberla conocido y tenido con ella un affaire el año anterior, a pesar de que la mujer le haya dicho que en realidad él se confunde y que ella está casada (con Sacha Pitoeff) en la película de von Trier, lo onírico nace de plantearse narrar el fin del mundo desde una perspectiva de estricto drama personal y familiar que no alcanza, ni siquiera, a incluir a los habitantes del poblado vecino al castillo, el cual es designado en varias ocasiones en conversaciones entre personajes de la película.

Hollywood no hubiera hecho nada de este modo. No es ese su estilo de narrar el fin del mundo. Y sabemos que no hubiera resistido mostrar, por lo menos, una pantalla de televisión con imágenes transmitidas por una cadena de noticias como CNN que, en breaking news, anunciara el fin de los tiempos. Y estoy seguro de que nos mostraría también rios de gente en decenas de ciudades, saqueando, lanzándose por los balcones de rascacielos o, por el contrario, arrepentidos de sus pecados, meditando sentados en posición de loto, con los ojos cerrados, concentrados en mirar ese tercer ojo interno, repitiendo la sagrada sílaba Om, esperando el fin, o el instante en que serán abducidos por Dios o por algún extraterrestres. Deseando ser los elegidos, aunque sea de un ser no divino que ha alcanzado una tecnología millones de años superior a la nuestra, lo que lo haría semejante a nuestra idea de Dios.

Pero no es ése el estilo de von Trier. Y es esto lo que le confiere carácter onírico a la película y la emparenta más con la de Resnais. Porque al concentrarse en ese grupo de personajes que han quedado aislados en ese magnífico castillo rodeado de parques y extensos campos de golf, podemos creer (y queremos creer) que lo que vemos es realmente el sueño de uno de los personajes. O podemos creer que todos los personajes, como en la historia de la Bella Durmiente, han bebido o comido algo en esa fastuosa fiesta de bodas (que concluye tan mal) que les ha producido una pesadilla colectiva. Y que ésta les hace creer que un planeta llamado Melancholia se acerca a la Tierra y va a chocar inexorablemente con ella al cabo de los próximos cinco días. Y que éste será el fin de la Tierra y de todo lo que ella contiene.

Melancholia es onírica, estética y alucinante pero no catastrófica. Presenta un ambiente de tensión creciente y escenas en las que hasta el final se mantiene el equilibrio perfecto de la fotografía, lo que desmonta a la película como apocalíptica y la reclasifica como algo distinto. A vece suno tiene la sensación de que el tiempo gradualmente se congelara; de que, con cada segundo que pasa, la Tierra estuviese más cerca del fin del mundo, y el tiempo se hiciese más lento. Hasta llegar a ese tiempo en el que nada se mueve como dice la ciencia que ocurre cuando se alcanza la temperatura teórica de cero absoluto (cero grados Kelvin). Esta sensación puede que no esté en la película. Seguramente fue un truco creado por mi deseo de que esto ocurriese. De que el Universo descubra la singularidad de la vida, su carácter único. Un modo de impedir esa colisión sin violar la inercia de la trayectoria de esos dos cuerpos celeste masivos es pensar en modificar esa categoría que Einstein demostró que era relativa. Ese congelamiento del tiempo es un modo lógico de impedir la colisión que luc einevitable entre los dos cuerpos celestes. O como si a última hora, después de todo, el Universo no fuese indiferente a la pérdida de algo tan maravilloso como es la vida. Como si el mismo Universo (que posee un alma a la que le duele la pérdida irreversible de la vida y del planeta que la contiene) impidiese esa colisión. Y el tiempo se detuviese por completo justo antes de que ocurra la colisión. Lo que crearía ununiverso extraño en uestra región del espacio-tiempo. Habitado por seres humanos, y objeto sinanimados todos inmóviles. Pero dotados con la capacidad de soñar, de moverse solamente en sueños. Y de soñar que sueñan. Y así, sin darse cuenta de que sueñan en la inminencia del fin del mundo, la humanidad y el resto de los seres de la Tierra pudieran vivir y soñar una eternidad. ¿Quién osaría despertarlos con el riesgo de que el tiempo se descongele, y el mecanismo se ponga en marcha una vez más?

Es diferente lo que ocurre en L´Annee derniere a Marienbad, donde, si forzamos un poco la lectura de las anomalías que observamos, parece haber ocurrido una colisión de dos Universos paralelos. Esa película parece diseñada de acuerdo con una lógica cuántica. Como si hubiesen dos universos paralelos asociados a esa relación de amor. En uno el hombre se encontró en el castillo con la mujer el año anterior. En el otro, ella y él no se encontraron nunca, quizás porque ella estaba casada como en efecto lo afirma. En el presente los dos universos se han entrecruzado como resultado de una colisión de universos. Quizás porque Marienbad es un portal mágico, un lugar en el que se mezclan e interpenetran promiscua y caóticamente, objetos, leyes y hechos de esos dos universos. Cada uno de ellos con lógicas internas ligeramente distintas. Por ejemplo, el tema de las sombras. En la lógica interna del universo paralelo en el que ocurrió el encuentro, pudiera ser que los cuerpos opacos no proyectan sombras. En el nuestro, sí lo hacen. Pero como la mezcla es caótica y la colisión no ha respetado la integridad de las lógicas internas de cada universo, vemos una imagen anómala con ciertos objetos con sombras y otros sin ellas.