¿Estamos ingresando en una nueva era?: La tesis de Paul Kennedy

En un artículo publicado en el diario El País, Paul Kennedy (1945), profesor de Historia de la cátedra J. Richardson Dilworth de la Universidad de Yale, sostiene que a pesar de que los signos son aún incipientes y difusos, es posible que estemos entrando en una nueva era. “]sas transformaciones históricas tan bruscas no son el objeto de este artículo. Lo que nos interesa aquí es la lenta acumulación de fuerzas transformadoras, en su mayor parte invisibles, casi siempre impredecibles, que, tarde o temprano, acaban convirtiendo una época en otra distinta.”, dice Kennedy en el artículo tan sugestivo. Kennedy sostiene que uno de esos signos es económico. El dólar norteaméricano ha dejado de ser la divisa en la que están denominadas, como hace una década, el 85 por ciento o más de las reservas mundiales y la cifra actual se acerca al 60 por ciento. Kennedy cree que no es descabellado que en un futuro próximo las reservas se distribuyan entre euros, dólares y yuanes.

Un segundo signo de cambio global sería la crisis de la Eurozona. Un sueño que en algún momento se quiso fundar sobre instituciones como el Parlamento Europeo, la Comisión, el Tribunal de Justicia, y que se hace cada vez más difuso y está en franco proceso de disolución por culpa de una generalizada falta de disciplina fiscal. Sin embargo, recordando una conferencia de Lord Ralf Dahrendorf que una vez escuché en LSE, él dijo que “el factor más importante que había determinado la creación de la UE era el miedo a Alemania”. Reflexionando ante lo que ocurre ahora, uno podría pensar que decisiones que se tomaron por temor, fueron también, decisiones en las que prevalecieron sentimientos como el amor a la paz, a la fraternidad, o a la solidaridad. No fueron decisiones en las que sólo privaron intereses. Y creo que una de las cosas que han sucedido en los últimos años es un proceso gradual de reemplazo de emociones y pasiones por intereses. Intereses que se disfrazaron de valores para legitimarse, como ocurrió con la Guerra de Irak. Éste es el tipo de cambios que marcan los ingreso en nuevas eras.

Un tercer proceso que Kennedy interpreta como evidencia de que vivimos un momento de transformación histórica profunda es la pérdida gradual pero inexorable de liderazgo militar por parte de Occidente frente a China y otras naciones de Asia como: Japón, Corea del Sur, Indonesia e India, entre otros.

Finalmente, un cuarto signo, lamentable, a causa del profundo y arraigado cinismo que revela, es la pérdida de seriedad de una organización global como el Sistema de Naciones Unidas, y en particular del Consejo de Seguridad, donde se usa el poder de veto de sus miembros permanentes de una manera absolutamente desvirtuada. Rusia y China vetan irracionalmente resoluciones contra el asesinato indiscriminado de nacionales sirios, y Estados Unidos hace lo mismo contra resoluciones que impidan el avance de Israel en tierras Palestinas.

El artículo de Kennedy me parece importante porque nos muestra uno de esos momentos cuando un académico dice con tristeza y no poca decepción y desilusión cosas que él no hubiese querido escuchar; y para eso se necesita mucho valor. Y que, él sabe que es posible, que como le sucedió a Casandra, las diga una y otra vez y no le crean. Pero no porque si le creen se pueda hacer algo. Porque los procesos que describe Kennedy pertenecen a esa clase de procesos inexorables que de tanto en tanto emprende la historia. Procesos que crean la ilusión de que fueran teleológicos, de que persigue un objetivo que nadie conoce o puede prever todavía. Procesos que parece que condujeran a un fin determinado. Procesos como los que hicieron que Marx creyese que la historia se podía comportar como una ciencia exacta.

A nosotros, los que no somos historiadores, nos toca pensar sobre estas ideas de Kennedy que generan una multitud de preguntas como por ejemplo: ¿Qué papel juegan y jugarán las nuevas tecnologías en esa transición a lo que Kennedy predice será una nueva era?, ¿Cuán serena o tortuosa va a ser esa transición?, ¿cuán radical o gradual?, ¿cuán local o global?, ¿qué papel jugarán las pasiones en ella y cuál los intereses?. Y finalmente,¿Qué cosas exactamente van a definir el mundo en esa nueva era en la que ya podemos anticipar un rol radicalmente menos protagónico para Occidente?, ¿Cómo va a ser ese mundo en el que Occidente haya perdido radicalmente su influencia y junto con él, la hayan perdido (hayan dejado de estar de moda, ¿será eso posible?), ese conjunto de valores e instituciones que, como la libertad, la equidad, la justicia, entre otros, nos han parecido desde tiempo inmemorable razonables, neutrales y transparentes, en el sentido de que nos han creado la ilusión de que todos ellos, integrados en instituciones democráticas, permiten que cada individuo miembro de ese futuro extremadamente diverso y heterogéneo tendrá la libertad de perseguir sus propios ideales y objetivos de acuerdo con una concepción personal y no necesariamente compartida de la Buena Vida?

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