Ismael Mundaray, Travesía o la invitación al viaje

Ismael Mundaray con una marioneta tailandesa en su estudio, Caracas 2011

Hay vacíos plásticos, literarios, imaginarios, metafísicos, que nada más verlos (o incluso pensarlos), se nos eriza la piel, nos invade un terror que fácilmente deriva en esa sensación familiar y ambivalente de atracción-repulsión. Terror ante la oscuridad, producido por la anticipación del vértigo que produce la caída hacia ese fondo, situado allá abajo, donde la oscuridad o la niebla no nos deja ver. Ambivalente combinación de atracción y repulsión, a lo desconocido; seducción que ejerce en nosotros la experiencia de caer libres, lo que de algún modo es siempre una forma de volar y por tanto un modo de experimentar la levedad. Pero no son ésas las sensaciones que nos producen los vacíos que vemos en los cuadros de la serie Travesía realizados por Ismael Mundaray, artista venezolano nacido en Caripito, estado Monagas. La travesía se inspira y de algún modo recrea el viaje que realizó el artista desde ese ignoto, agreste y étnico Orinoco habitado por nativos (yanomamis y otros), donde vivió, con algunas interrupciones, durante diez años, y París, donde reside actualmente.

Comenta Ismael respecto a esta serie: Pienso que la travesía es un encontrarse con el mundo occidental; nos hace ver las diferencias que hay desde el punto de vista etnográfico entre esas dos culturas. Tiene mucho que ver con lo etnográfico, lo sociológico, lo antropológico. En mi travesía hacia Europa tuve un reencuentro con lo occidental; en ella encuentro un eco de la experiencia que he tenido de estar relacionado con artistas, creadores, estilistas, diseñadores, arquitectos, fotógrafos, pintores europeos. Con ese mundo más cosmopolita que es Francia; con la moda, el diseño, la arquitectura, el paisajismo. Eso marcó mi obra en el sentido de que mi trabajo tiene que ver con el espacio, la vivencia, la cotidianidad; lo que nos nutre cada día, cada instante; la luz y los colores del rio o de la casa. Mi travesía a Europa es una continuidad de ese recipiente que me acoge, de ese rio que me entorna.

El espectador se dará cuenta de que se trata de otra muy distinta familia de sensaciones las que producen estas representaciones de espacios vacíos que agrupa el artista en esta nueva serie. Los vacíos de Ismael no son vacíos verticales⎯por así llamarlos⎯ hacia cuyo fondo el observador o los retratados pudieran caer o, si es el caso, arrojarse como lo hace el artista Yves Klein en la foto célebre tomada por Harry Shunk, titulada Le saut dans le vide, donde uno llega a sentir la complejidad de emociones que produce en el artista un salto al vacío. Son más bien vacíos horizontales, espacios hacia los que el espectador, o cualquiera de las figuras que el artista pudiera pintar dentro de esos cuadros, pudieran avanzar seguros, correr hacia ellos, para alejarse de la civilización, del ruido de las ciudades, de las palabras o gritos de la gente, para encontrar el silencio, o la soledad; ambos escasos en los espacios urbanos, privados o públicos que habitamos. Porque éstos están cada vez más llenos de gente o de sus representaciones, llenos de bienes de consumo y, sobretodo, de información.

Estos cuadros de formato medio y grande están ocupados casi en su totalidad por inmensos vacíos (desiertos, descampados, llanuras yermas). Son extensiones en ocasiones brumosas y difusas de tierras planas solo limitadas por el horizonte, como guardando respeto por el silencio y soledad que él mismo ha construido. En el fondo, próximos a la línea del horizonte que divide verticalmente la obra vemos, si acaso, solo uno, dos o tres arbolitos que parecen signos de resistencia ante la fuerza avasallante y contagiosa de la soledad. Esas líneas de horizonte me vienen de un viaje que hice a Italia hace alguno años. Recorrí desde Florencia hasta Nápoles. Iba viendo el horizonte en la Toscana, el horizonte en Roma hasta llegar a Nápoles. Esos horizontes son bellísimos. De tanto en tanto podías ver los arbolitos, los llamados pinos parasol, que se encontraban al fondo del horizonte y dividían espacio tras espacio.

Pinceles y cuadro al fondo, estudio del artista, Caracas 2011

En esos espacios estilizados de inspiración europea en los que imperan el silencio y la soledad, el artista sólo osa incluir, cerca de los márgenes de la obra, un par de zapatos o zapatillas, por lo general usados, raídos, desgastados. Uno no sabe si son zapatos de cortesía que deja el artista para quien desee emprender el camino hacia los confines de esos espacios vacíos, para que se los ponga y se adentre en la profundidad del vacío, caminando hacia la lejania del horizonte; o si son zapatos dejados allí por el último caminante, quien decidió emprender el camino hacia el silencio y la soledad de esas llanuras con la libertad que produce el caminar descalzo. Para de este modo sentir de una manera más íntima el suelo que pisa, la tierra de la que alguna vez salió y a la que deberá regresar.

Pero los de la serie Travesía no son solo cuadros para espectadores que anhelan convertirse en caminantes. Otro elemento que incluye este constructor de vacíos plásticos minimalistas son asientos. Sillas, poltronas vacías, que invitan al espectador de carne y hueso a que abandone su mundo real y tome asiento en esa silla vacía. Ismael piensa que son elementos que ayudan a la contemplación: El sofa para mi es la parte masculina de la obra. El hombre que se sienta para ver la modelo y pintarla. Y sin embargo, es también posible que el hombre se siente para esperar a la mujer, modelo o no, que ha partido y él tiene fe en que regresará. Un hombre pasivo al que solo le queda contemplar a esta mujer nueva, activa, que ya no está sometida como hasta hace poco tiempo a sus dictados y se marcha solitaria a lo profundo de ese espacio vacío, mientras él la espera. Con la esperanza de que regrese; con el temor de que no lo haga. En todo caso, el artista ha pintado un asiento para que el que espera pueda hacerlo durante largo tiempo sin sufrir los rigores de la espera.

Ismael Mundaray delante de una obra de la serie, Caracas 2011

El silencio y el artista

Es un silencio que nos permite, en un momento determinado, escucharnos. Un silencio que te permite lograr hacer éso que haces. Lo necesitas para penetrar ese espacio. Es que nunca hay silencio, tú lo escuchas a pesar de que no existe. Uno dice: “estoy en silencio”, y ¿cómo sabes que estas en silencio?. Lo sabes porque lo estás escuchando. Es como la soledad: la soledad vivida que quieres estar solo o esa otra soledad, la que existe a pesar de estar reunido con tanta gente, porque igual te sientes solo. Creo que el objeto te permite identificar todos esos momentos y es por esa razon que pienso que esta obra te permite encontrarte con tu silencio, con tu soledad, con tu presencia y no presencia. Yo paso por un lugar y me gusta una tetera y decido poner esa tetera en un cuadro. O me gustan unos zapatos y los pongo. O son zapatos que les pueden gustar a una de mis amigas, o a mi mujer. Todo eso nutre tu vida igual que nutre tu obra.

Estudio del artista con una obra de la serie, Caracas 2011

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