Todas las almas, Una novela sobre Oxford

Como ciudad inhóspita conservada en almibar define Julián Marías a la ciudad de Oxford en el primer capitulo de la novela Todas las almas (1989), cuya lectura acabo de concluir. Esta ciudad le sirve de locación a esta novela que tiene aires de crónica. Es tan fuerte esta impresión que cuando se publicó algunos lectores pensaron que el narrador era realmente el escritor Javier Marías, confundiendo al personaje con el autor. Lo que es parte de lo que se espera de la literatura, que se confunda con la realidad. Sin embargo, la novela debe estar inspirada por las experiencias del autor durante los dos años (entre 1983 y 1985) que éste dictó clases de Literatura Española y Teoría de la Traducción en la Universidad de Oxford.

No coincido con Marías en su opinión de que Oxford es inhóspita por haber tenido yo mismo una experiencia fortuita que me mostró lo contrario. Visité por primera vez esta ciudad durante la primavera de 1998, al cabo de por lo menos cuatro meses de haber llegado a Londres. Apenas me bajé del autobús que me había llevado a Oxford desde Paddington, en Londres, me encontré por casualidad con mi amigo Pablo Astorga, acompañado de su hija Paula, que era muy niña cuando la había conocido en Venezuela. A Pablo no lo veía desde que trabajábamos en oficinas contiguas, con un baño compartido, en el IESA. Debían haber pasado por los menos cinco años desde que lo hubiera visto por última vez, en los tiempos en que estudiábamos ambos inglés con la profesora Cristina. Pablo fue uno de los que no regresó a Venezuela luego de irse afuera (Oxford) a hacer el doctorado. Fue uno de los amigos a los que dejé de ver por culpa de esa todavía temprana expresión de la globalización. Este mismo Pablo estaba llegando puntualmente, como si hubiese sabido que llegábamos esa mañana y nos estuviera esperando en la estación de autobuses de Oxford. Lo que había sido en realidad una casualidad que, sin embargo funcionó desde entonces como un marcador de esa ciudad. Porque nos hizo recordarla como hospitalaria, simpática y acogedora.

En cambio coincido con el autor en su percepción de que Oxford es una ciudad conservada en almíbar porque sus edificios medievales, a semejanza de lo que se siente en otras ciudades de Europa, incrementan la gravidez de la ciudad, su aislamiento del mundo. Y acentúan esta sensación las miradas introspectivas y profundas, muchas de ellas omo extraviadas totalmente, de estudiantes y profesores, cuando pasan a tu lado. O quizás se trate de que, como extranjero de origen latino no leo correctamente lo que Marías define como las miradas veladas de los oxonienses (y de los británicos en general). Miradas veladas que no te dejan saber qué piensan, sienten o desean, cuando pasan a tu lado o los miras de frente a los ojos con tu mirada desnuda. Si uno le suma a esto la hiperregulación de la conducta por un conjunto de muy antiguas reglas tácitas o explícitas que conocen todos los estudiantes, profesores y trabajadores de la universidad de Oxford, pues es difícil no sentir que te mueves dentro de un anacronismo que no tiene cabida en el mundo actual.

Y a propósito de las miradas veladas de los británicos, y las desnudas o descarnadas de los continentales y, en particular de los latinos, europeos o iberoamericanos, el capítulo en el que Marías narra la cena en la high table, donde su mirada se cruza por primera vez con la de Clare Byes, la que iba a ser luego su amante, es un ejemplo paradigmático de literatura antropológica. Retrato antropológico que realiza un escritor con una nación que ha producido tantos etnólogos autodidactas.

Ese medievalismo que recorre Oxford transmite a quienes la visitan por corto tiempo, una sensación de paz y serenidad. Y sin embargo, es sorprendente cómo algo sereno como es esa ciudad, cuando te sumerges en sus entrañas (probablemente con ese lente etnográfico que lleva puesto todo escritor o incluso aprendiz de tal), el autor te persuade, te puede perturbar y hacerte escribir una novela, sobre tu experiencia de inmersión total en esa ciudad, impregnada de esa perturbación, que él describe como: “leve y pasajera, articulada y lógica”, y que le confiere a la obra ese estilo tan intrincadamente interrelacionado. Como si las páginas y personajes tuviesen la capacidad de reproducir isomórficamente en lo espacial el estilo literario, en Todas las almas, cada página o capítulo parecen atravesados por ríos y puentes que unen y fusionan sin esfuerzo aparente, las vidas, hechos y recuerdos de los personajes. Y de este modo y para poner un ejemplo, el rio Yamuna o Jumma, que era aquel que miraba la amnte del narrador, Clare Bayes (quien de niña se llamaba Clare Newton), cuando de niña vivía en la India y se paraba junto a su aya Hilla esperando la llegada del tren, pudiera haber juntado sus aguas con las del “rio Windrush y el rio Evenlode, que son los rios entre los que ha crecido Muriel”, mujer de labios gruesos y succionadores a la que el narrador califica de falsa gorda y con la que pasó una noche completa de placer. Pudiera también intercambiar el rio Yamuna o Jumma sus aguas con las del “rio Cherwell, junto al que vive Toby Rylands, el don sagaz y verídico que declara estar escribiendo un ensayo sobre A sentimental journey de Laurence Sterne, y en el que Rylands mira “el transcurso”. O podría hacerlo con las aguas del “rio Avon, a cuyas orillas estudia Eric”, que es el hijo de Clare Bayes, quien está casada con Edward Bayes y quien, es probable, aun cuando el narrador no lo pueda afirmar con seguridad, sea el afortunado amante de la chica a la que el narrador conoció en la estación de Didcot, aquella cuya belleza “al primer golpe de vista, más lo había conmovido a lo largo de su juventud”, pero a quien no pudo reencontrar sino contadas veces después de aquella feliz ocasión (y algunas de esas veces ni siquiera tuvo la certeza de que la chica que viera fuese la misma que lo había impresionado en la estación de Didcot).

Otro personaje clave de esta novela, que muere apenas el narrador se va de Oxford, es Cromer-Blake, el amigo homosexual del narrador, que el profesor Rylands intuye se está muriendo de una enfermedad cuya seriedad no le ha confesado a nadie. Esta había nacido en Londres, y por tanto cerca del Támesis, que llega hasta Oxford. También las aguas de este rio se cruzan en las páginas de la novela con las de los otros rios que la recorren. También este personaje está conectado por lazos invisibles y no siempre obvios, con otros habitantes de Oxford, algunos de ellos tambien personajes de la novela. Y es clave también la disgresión de Rylands sobre la muerte posible y próxima de Cromer-Blake. Su análisis sobre cómo la enfermedad que él presume tiene Cromer-Blake y se lo oculta, ha secuestrado la voluntad de su amigo enfermo. Y al final no sabes cuánto de la voluntad (y por tanto de la persona que conocías) queda en el enfermo. Como si el enfermo al perder parte de su voluntad pasara a ser otro. Perdiera su identidad porque quizás para ser el mismo, para mantener la identidad, es necesario tener una mínima fuerza que la enfermedad, cuando es poderosa, te la roba impunemente. Como le dice Rylands al narrador. ¿A quién pertenece la voluntad de un enfermo? ¿Al enfermo o a la enfermedad? Cuando uno está enfermo. como cuando uno es viejo o está perturbado. se hacen las cosas a partes iguales con voluntad propia y con voluntad ajena. Lo que no siempre se sabe e a quién pertenece la parte de la vountad que ya no es nuestra.(…) ¿Al que ya no somos…que se la llevó aconsigo? (p. 158).

Una excepción a ese flujo rizomático subterráneo de interconexiones que Oxford parece auspiciar, pudiera ser Above the river, obra supuestamente escrita por el enigmático escritor John Gawsworth, pero de la cual el narrador nunca pudo obtener ni un solo ejemplar. Es posible que ella misma no sea rio ni transcurso, no obstante su título, sino lo contrario. Un punto que se coloca por encima de las interconexiones, como metáfora de la amenaza de la muerte, que es detención de todo trasncurso, y que pende sobre las cabezas y almas de los personajes y a la cual, esta madeja real o ilusoria (producida por una visión perturbada de la realidad) de: rios, cruces y entrecruzamientos combate. Y si ése fuera el caso, Above the river sería el único elemento que, por su mera ausencia, se colocaría al margen de cualquier riesgo de: contaminarse, conjugarse, unirse, juntarse entrelazarse con el resto de los personajes, hechos y lugares de esta novela cuya trama le hace honor (uno debiera sospechar) al nombre de la ciudad, que era conocida en la antigüedad como Oxenaforda (oxen: buey; ford: vado)o vado de los bueyes (porque es más fácil cruzar el rio por el vado que construir el puente). Porque Oxford es una región cruzada por ríos. Y en un lugar con tal topografía, uno pensaría que sería más fácil que tengan lugar, con cierta frecuencia, perturbadores (y quizás hasta mágicos) cruces de almas, de todas las almas (All Souls, es como se llama uno de los colleges de Oxford), un cruce circunstancial y quizás momentáneo de las vidas, hechos, ideas y palabras de quienes viven en esa ciudad. Y como la literatura es también un reflejo de la realidad, uno piensa que deberían haber más novelas como ésta, tan bien contadas por un visitante extranjero cuya ciudad, Sanlucar de Barrameda, es punto en el que desemboca el Guadalquivir.

Y esta mínima nota no agota sino más bien inicia, y al hacerlo invita a los lectores a leer esta novela tan bien tramada, tan meticulosamente tejida, que trata sobre: la amistad, el amor, el deseo, la fidelidad y la traición; la enfermedad y la muerte; las dos caras del saber, la vanidad y la trascendencia. Y la manera como la curiosidad, el chisme, ese modo de espiar disimulado que los británicos llaman eavesdropping y sobre el cual Marías discurre de ese modo tan divertido; y las habladurías a las que esa práctica da lugar, las conversaciones y las tertulias; las empatías y antipatías; y una vez más el deseo, el amor y la amistad tejen hilos de atracción o repulsión que unen a todas las almas en esa ciudad única y memorable que es Oxford.

(Mi copia de Todas las almas, es de Editorial Anagrama, Barcelona, 1993)

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