Orlando: Una exploración de la identidad

Tilda Swinton en el papel de Orlando en la película de Sally Potter (1992)

La biografía de un personaje de ficción que vive trescientos o más años, longevidad que excede lo que hasta el presente es el promedio de años que vive la gente que hemos conocido, es el tema de la novela Orlando, Una biografía (1928), escrita por la novelista inglesa Virginia Woolf. Nosotros podemos leer esa novela como un ensayo de la exploración de las amenazas y debilidades (fragilidad incluso) de esa ilusión que es la identidad y de la que depende que la idea de biografía tenga algún sentido.

Orlando nos permite ver, por ejemplo, cómo se comporta la idea de identidad en un sujeto cuya memoria está intacta y tan poderosa en su capacidad de registrar y almacenar todo lo que le ocurre luego de haber vivido trescientos años como el primer día de nacido. La memoria de Orlando conserva la capacidad para recordar con precisión recuerdos de vivencias que tuvo 50, 100, 200 o 300 años atrás. «Ha pasado tiempo sobre mí», reflexionó, tratando de serenarse, «esta es la cuarentena. Qué raro!, no hay cosa que ya sea una sola cosa. Tomo una valija y pienso en una vendedora de manzanas congelada en el hielo. Alguien enciende una vela rosada y veo una muchacha con bombachas rusas. Cuando salgo afuera—como ahora», (p. 195). La vendedora congelada es la misma que divisó cerca del Puente de Londres, en tiempos de la Gran Helada, en el lecho del Támesis, sentada entre su guardainfante y sus chales con la falda llena de manzanas (p. 26), era una visión que tuvo cuando no debía haber cumplido treinta años, antes incluso de que la hermosa Sasha huyera de su lado para siempre; la muchacha de bombachas rusas no podría ser otra que Sasha. Esa particular angustia existencial que afecta a Orlando nace de la sensación de que su vida ha transcurrido a lo largo de una línea temporal que se ha colapsado y derivado en vertiginosa simultaneidad; en la que el pasado y el presente son sólo uno, se convierten eun uno sólo a ratos; y este colapso de los múltiples tiempos en un presente atiborrado de recuerdos (imágenes) es tanto más probable cuanto mayor es Orlando. En Orlando, pasado y futuro, ambos apuntan⎯como dice T.S. Eliot en Burnt Nortona un solo fin que es siempre presente.

Regresando a esta idea de que la memoria de Orlando, luego de tres o más siglos se conserva tan lúcida como si él tuviera apenas poco más de treinta años. Es posible que el deterioro que sufre nuestra memoria en el común de los mortales nos ayude a vivir y a sostener viva y fuerte la ilusión de identidad. Pienso en Funes, aquel supermemorioso personaje de un cuento de Borges, en quien las imágenes de su vida colapsaban en un presente hipercargado de recuerdos e intolerable para cualquier ser humano. Imágenes que obligaban a Funes a vivir en la oscuridad de una habitación silenciosa y aislada de todo. Funes, si fuese Orlando, no sólo recordaría a la vendedora de manzanas congelada en el hielo cuado el Támesis se congeló durante la Gran Helada. Recordaría también cuántas manzanas tenía esa cesta, recordaría con precisión los colores de cada una de esas manzanas, así como los tenues pero complejos patrones de manchas de la cáscara de cada una de ellas, y los podría comparar (nopodría evitarlo, con los patrones tenues y no menos completos de los papeles veteados con los que estaban forrados las guardas de un libro de Rudyard Kipling que leía de niño. Y con cientos de otras cosas más.

Aproximación a su identidad

Orlando nace durante la Era Isabelina. La autora lo describe como un joven de mejillas rojas, labios cortos “sobre dientes de una exquisita blancura de almendra”, sagitaria nariz de “vuelo breve y tenso”, cabello oscuro, orejas pequeñas, y “ojos como violetas empapadas, tan grandes que el agua parecía haber desbordado de ellos”, y “una frente como la curva de una cúpula de mármol” (p. 13). En cuanto a su ersonalidad, si es que se puede hablar de algo semejante: la autora nos dice que: “Orlando estaba extrañamente formado de muchos humores: de melancolía, de indolencia, de pasión, del amor a la soledad”; era aficionado a los libros, y “padecía del amor a la literatura”, pasión nefasta que era capaz de hacer que se evaporasen su una casa de piedra de nueve acres, su magnifica mansión, junto con sus vastas posesiones, cada vez que leía. Seguro que movido por el despecho, luego de que Sasha, la enigmática aristócrata rusa que lo había derretido de amor lo abandonara, logra que lo nombren Embajador Extraordinario en Constantinopla. Es entonces cuando, al final de una noche cargada de presagios y augurios, Orlando cae en un profundo letargo que dura varios días. Al cabo de ese periodo de tiempo Orlando emerge de su letargo, ,etamorfoseado en mujer. Huyendo del caos de Constantinopla, Orlando llega a una comunidad de gitanos donde se queda un tiempo. Pero no esperamos grandes hazañas de este héroe al que la literatura ha contagiado con su ponzoña. No se pasa la vida pensando sólo cuando luego de vivir tres siglos, quiere recordar sus andanzas por el mundo. Orlando ha pensado y cavilado toda su vida. Su amor a los libros y la literatura han sido la causa de que viva una vida en la que su (al principio) inspirada e interesada biógrafa, ha ido perdiendo interés hasta que llega a sospechar que quizás Orlando no vive realmente, es solo un cuerpo que está; cosa que hace absurdo el propósito de escribir su biografía.

O quizás, concluye la biógrafa, que su pasión por la literatura es lo que pudo haber actuado como un obstáculo para vivir. Idea que a uno le hace pensar si no era ése un mensaje autorecriminatorio que Woolf se dirigía a sí misma por no haber amado con más pasión, fuerza y determinación a Vita Sackville- West (1892-1962), la poetisa, novelista y jardinera inglesa que fue su amante y a quien estaba dedicada la novela.

Dualidad de género y crisis del yo

Orlando es un personaje que nace hombre y luego, como dijimos, súbitamente⎯a semejanza de Tiresias, el mítico adivino de Tebas a quien la diosa Hera habría convertido en mujer, como castigo por haber separado a dos serpientes que se estaban apareando⎯, se metamorfosea en mujer. Esta metamorfosis produce una crisis en su identidad. Fue hombre hasta los treinta años. Luego será mujer. Ésta es una primera puesta a prueba del concepto de identidad individual. ¿Qué cosas tienen en común la nueva Orlando mujer y el original Orlando hombre? ¿Qué cambia y que permanece igual en él luego de esta metamorfosis?¿Son acaso ambos, no caras o aspectos de una misma persona sino meramente roles que se ven obligados a desempeñar a o largo de su vida los seres extremada (y fantásticamente) longevos? Porque hay que decir que Orlando nace en la Era Isabelina y, cuando concluye la novela (exactamente la medianoche del 11 de octubre de 1928)⎯que no es cuando Orlando muere⎯han transcurrido unos trescientos años. Y sin embargo, Orlando nunca parece tener ni un año más de 36 años (aunque ya había cumplido los 36, no representaba un día más, p. 193).

Fragmentación del yo

La dualidad de sexos y la crisis que ella engendra no es el único quiebre en la identidad de Orlando. Hacia el final de la novela, y en un proceso que corre en paralelo con un desorden del tiempo, tiene lugar una fragmentación del yo de Orlando en múltiples yo. “Porque si hay (digamos)—escribe Woolf—setenta y seis tiempos distintos que laten a la vez en el alma, ¿cuantas personas diferentes no habrá—el cielo nos asista—que se alojan, en uno u otro tiempo, en cada espíritu humano? Algunos dicen que dos mil cincuenta y dos. De modo que es lo más natural que una persona llame en cuanto se queda sola. ¿Orlando? (si tal es su nombre) significando con eso. “Ven, ven! Este yo me harta. Necesito otro.” Pero tampoco es fácil porque uno puede llamar, como Orlando lo hizo, (…) y el Orlando requerido puede no presentarse; estos yo que nos forman, uno apilado encima de otro, como los platos en la mano del mozo, tienen lazos en otra parte, simpatías, pequeño códigos y derechos propios, llámense como quiera (…) de modo que uno de ellos no acude sino en los días de lluvia, otro en un cuarto de cortinas verdes, otro cuando no está Mrs. Jones, otro si le prometen un vaso de vino (…) y otros son demasiado absurdos pra figurar en letras de molde” (p. 197).

Impostura, drama y crisis de identidad

Contribuye con la fragmentacion de la identidad de Orlando (que también puede ser ilusoria, o ser más bien el producto de una alucinación), su propensión a la impostura, o si se quiere a lo dramático, a encarnar muchos personajes a lo largo de un año de vida. A olvidarse de la persona (que aunque pueda ser vacía como una cáscara de huevo es duradera) porque ésta ha sido secuestrada por el personaje, que tiene mas brillo, es más capacidad de expresión corporal y verbal. Sobre esta propensión dramática de Orlando escribe su biógrafa: “…la descubrimos un instante y la perdemos acto continuo. La tarea es aún más difícil por sus frecuentes cambios de traje de hombre a traje de mujer. (…) parece que no le costaba el menor esfuerzo mantener ese doble papel, se cambiaba de género con una frecuencia increíble para quienes están limitados a una sola clase de trajes. Ese artificio le permitía recoger una doble cosecha, aumentaron los goces de la vida y se multiplicaron sus experiencias” (p. 142).

Longevidad e identidad

Uno llega a sospechar que la difuminación lenta pero progresiva del interés que presentaba Orlando para su biógrafa (“Nada más desesperante que ver a un personaje al que hemos prodigado tanto tiempo y trabajo, escurrirse del todo de nuestro alcance (…) nada más humillante que presenciar esta pantomima de emoción y de excitación cuando sabemos que su causa—el pensamiento y la fantasía—carece de toda importancia”, p.172) es el resultado lamentable pero inevitable, y predecible, de la fragmentación del yo del biografiado luego de que su vida ha durado tanto. Como si actuara una suerte de trampa isomórfica en la que el biografiado, luego de escribir sobre la vida de una persona que vivido tanto tiempo comenara a sufrir los riesgos de desintegración de la identidad que amenazaban a su biografiado.

Es probable que sea esa multiplicidad de “yos”, tirando cada uno hacia una dirección distinta, lo que le impide a la narradora-biografa tomar decisiones y, al hacerlo, vivir a plenitud, o al menos vivir. Porque, piensa la autora, “si la heroína de nuestra biografía no se resuelve ni a matar, ni a querer, sino a pensar e imaginar, podemos deducir que no es otra cosa que un cuerpo muerto y abandonarla…” (p. 173). Como digo, es posible que cada uno de los yo, alojados en diversas capas de la conciencia de Orlando, hayan desarrollado, luego de tantos años de haber convivido, manías que los hacen caprichosos, diferenciados. Pero también preferencias específicas, actitudes diferentes ante el riesgo, y que tomen decisiones que se cancelen mutuamente y resulten en un exasperante quietismo.

Alternativamente, cabe pensar que ha sido precisamente ese proceso de fragmentación y subsecuente dispersión de la diversidad de yos de Orlando lo que lo/la ha dejado en esa vida sin vida que desanima a su biógrafa. Se puede especular que la fragmentación haya producido cientos o miles de yos, algunos de vida brevísima, semejantes a partículas elementales en su comportamiento, que luego de cobrar vida para: realizar una acción, decir una palabra, emitir un juicio o tomar una decisión, se sumergieran de nuevo en ese magma que es el inconciente de Orlando. O quizás, la fragmentación lo que hace es despojar de gravedad al yo. Lo condena a vagar como si fuera partícula de polvo diminuta flotando levísima en el aire. En todo caso, sea como reingreso al magma original o como difuminación en el eter de ensueños e ideas que rodea a los seres imaginativos y amantes de la literatura como Orlando, el resultado es la anulación del yo. Camino inesperado al cual el biografiado accede por serendipity, al éxtasis místico. “Éxtasis, éxtasis”, profiere el narrador a lo largo de varias páginas de la última parte de esta novela.

Aceleración del tiempo e identidad

“Nada se veía entero, nada se podía leer hasta el fin. Se veía el principio—dos amigos cruzando la calle para encontrarse—y nunca el encuentro. A los veinte minutos el cuerpo y el espíritu eran como el papel picado chorreando de una bolsa. Realmente el hecho de correr en automóvil por Londres se parece tanto al desmenuzamiento de la identidad personal que precede al desmayo y quizás a la muerte que es difícil saber hasta qué punto Orlando existía entonces.” (p. 196).

Pero además hay otro factor que se suma a la longevidad en la ya señalada fragmentación del yo del Orlando y es la velocidad de los tiempos modernos. Velocidad que convierte a Orlando en espectador perplejo de lo que pasa. Espectador que a menudo se queda rezagado ante la velocidad a la cual el mundo se transforma y al hacerlo se llena de cosas nuevas que reeplazan a las anteriores. Como cuando Orlando se sube a un tren aunque no se ha dado cuenta de que se había inventado la locomotora (“tomó asiento en un vagón de ferrocarril y se envolvió las piernas en una manta, sin reparar siquiera en esa «invención estupenda que (dicen los historiadores) alteró por completo la faz de la Europa en los últimos veinte años», p. 175).

A esta Orlando perpleja de las últimas páginas de la novela, las cosas le suceden a tal velocidad que, pareciera, prefiere abandonar la acción y retomar su hábito de pensar, lo que es posible haya sido la causa por la que su biógrafa haya perdido la motivación y pasión con la que escribía al principio. Que ningún lector que haya seguido con atención la vida de Orlando desde cuando era joven y todavía hombre, puede olvidar que éste, desde chico padeció la enfermedad del amor a los libros y la literatura. Pero, uno siente como si, el ingreso de Orlando en estos tiempos modernos que marchan a la velocidad de vehículos movidos por motores de combustión interna le hubiesen creado la sensación angustiante de que esta velocidad era capaz de levantar vientos huracanados capaces de descoyuntar el yo, e incluso fragmentarlo en cientos de partículas diminutas, cada una de las cuales apenas alcanza a ser llamada un yo. Esto pudiera explicar esa suerte de decisión tácita de dedicarse a la vida contemplativa, es decir, a mirar el mundo y pensar sobre lo que miraba. Como si Orlando hubiera dejado de ser un personaje de ficción para convertirse en un espectador de la vida real.

La reflexión anterior nos conduce a pensar si todos los que vivimos en estos tiempos, que se mueven a una velocidad aún mayor que aquellos en los que vivía Orlando (a principios del siglo XX) hacia el final de la novela, no nos hemos metamorfoseado, igual que lo hiciera Orlando, en espectadores de lo que nos rodea, en filósofos de lo que pasa ante nuestros ojos, en lugar de ser actores responsables de transformarnos a nosotros mismos, a quienes nos rodean así como al pedazo mundo que ambos habitamos.

Reconstrucción del yo versus recuperación del tiempo perdido

Finalmente, cuando Orlando es capaz de calmar su estado conversacional (en el que intercambian, como si fueran comadronas de un edificio de vecindad, ideas y palabras entre sí y con el narrador, en voz alta e incluso a gritos, las muchas identidades del yo fragmentado) y callar, para dedicarse a la silenciosa reflexión a la que lo obliga su pasión por la abstracción, logra reunir una vez más en uno solo su yo, antes disperso y fragmentado en múltiples yo. “Dobló la cabeza cavilando. Y fue en ese momento, cuando había dejado de llamar «Orlando», y estaba absorta en otras ideas, que el Orlando que había llamado vino por su cuenta; según lo prueba la transformación que se operó en ella. (…) Asi estaba oscurecida y quieta, y la agregación de ese nuevo Orlando la convirtió en lo que se llama, con razón o sin ella, un solo yo, un yo real. Se quedó silenciosa. Es verosímil suponer que cuando se habla en voz alta, los yo (que bien pueden ser más de dos mil) sienten su división, y se están llamando, pero que al efectuarse la comunicación se quedan silenciosos” (p. 200-201).

¿Es entonces tarea de cada hombre longevo (ni siquiera tiene que llegar a la edad de Orlando) cuya memoria no es afectada por la edad, reconstruir su yo único, aquel que él se empeña en creer que es el original, a partir de una multiplicidad de “yos” que pueden haber ido despertando en sus noches de soledad, cuando ya se ha hecho franco el diálogo en voz alta entre todos ellos? Será que la autora intuye que ese hablar en voz alta (común a ciertas clases de alienados) actúa como si fuese una poderosa fuerza centrífuga, desintegrando la unicidad del yo, dispersando cada pequeño yo? Recuperar el silencio, para que resurjan las posibilidades de la abstracción y puedan luego la multiplicidad de yos ser reencontrardad y fusionadad de nuevo, como si fuesen las piezas autónomas de un rompecabezas?

Y es que no se desea solamente recuperar recuerdos o experiencias pasadas sin disminución alguna de su intensidad o precisión, como lo hace el narrador de la novela de Marcel Proust, A la recherche du temps perdu, cuando experimenta el evento de la magdalena en la infusión de tilo y recuerda su infancia con absoluta precisión gracias a los sentidos del olfato y el gusto. Se trata de reunir los dos yo, el de quien ejecuta la acción en el presente y el del niño que la ejecutaba años atrás. Es ir más allá de la experiencia y el recuerdo y llegar hasta el sujeto.

Recuperar el tiempo perdido no es solamente un problema de recuperar la memoria con todo su brillo—parece decirnos Virginia Woolf—sino también un problema de reconstruir la identidad. Restituir a cabalidad la conciencia y la sensacion, la intuicion y la pasión, la sensibilidad y la emoción, para resucitar al niño, al adolescente, al adulto. Para resucitar en cada instante de tiempo presente a los hombres o mujeres que vivieron en todos nuestros ayeres, para usar una frase macbethiana. Y quizas de este modo darnos cuenta de que debajo de las metamorfosis que nos hacen mudar lo que es accidental en cada uno de nosotros, yace inalterable el yo. O quizás no es el yo sino el alma lo inalterable. Quizás es ésta lo que a lo largo de la vida y, para quienes creen en la metempsicosis, a lo largo de muchas vidas, permanece inaterable.

Nota final

Durante los últimos meses he estado pensando (algo preocupado, aunque aún falta tiempo para que suceda o no lo anticipado) sobre el tema del transhumanismo, como un hecho vinculado o no al concepto de singularidad tecnológica. Uno de los postulados fundamentales de esta corriente existencial es una longevidad que pudiera convertirse en eternidad o, al menos, en vida conuna duración indefinida. Lo que produciría un mundo terrible en el que podría darse el caso de que compitiesen por el amor de una misma mujer, o por una posición de poder, un hombre, su abuelo y su tatarabuelo. En este no menos terrible tiempo presente, en el que cada dia, menos cosas nos sorprenden, hemos visto gobernantes o candidatos a serlo, tan aferrados al poder, que les han dado dolorosos puntapiés metafóricos a sus delfines o hijos putativos. Nada impide que en el futuro, si sons exitosos los filósofos del posthumanismo, veamos como se repite esta escena entre familiares con máxima cosanguinidad. Por otro lado, ya en Orlando, la aceleración del tiempo tiene efectos dramáticos en la percepción del mundo en alguen que ha vivido durante tres o cuatro siglos. Si le hemos de creer a la Ley de George Moore, este efecto va a ser miles de veces más dramático si el tiempo (nuestra vida) sufre la aceleración que esa regla empírica predice.

Orlando, la película de Sally Potter estrenada en 1992 (trailer)

Es difícil pensar en una actriz con un rostro más andrógino, enigmático y perturbadoramente atractivo que Tilda Swinton, cuya actuación reciente en Io sonno l´amore hace que valga la pena ver esa película. Perfecta para hacer el papel de Orlando.

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