A propósito de Orlando, La biografía y la identidad

Uno de los conceptos que sostienen nuestra visión del mundo, es la idea de que a lo largo de la vida somos la misma persona, sin importar cuánto cambiemos. La idea de que hay una permanencia de nuestra identidad. Vivimos con la ilusión de que la niña, que luego de sentir miedo al escuchar los truenos se va a la cama de sus padres; la adolescente que se enamora del chico con el que apenas ha cruzado una cuantas palabras en una fiesta de cumpleaños; la esbelta joven de 27 años que hombres y mujeres admiran cuando baila en la fiesta, y la abuela de 67 que recuerda con añoranza cuando escalaba empinadas montañas, son una y la misma persona. De que son las cuatro el sujeto único de las aventuras y desventuras que ha vivido; el responsable de las decisiones acertadas o no que ha tomado, el mismo que en cada encrucijada de la vida, ha elegido un camino en lugar del otro. Y por mucho que esta idea parezca natural, no lo es. Bien podría ocurrir que nuestra identidad fuese una ilusión construida mediante la yuxtaposición a lo largo del tiempo, de decenas, miles, millones de seres distintos que ocupan nuestro cuerpo y recuerdan lo que hizo, dijo, pensó el anterior.

La reflexión anterior la realizo a propósito de la nota que le hice a la novela Orlando, Una biografía de la escritora inglesa Virginia Woolf. Creo que toda biografía plantea otro problema importante, que está relacionado con esa ilusión sobre la permanencia de la identidad. Me refiero a cómo hacer para seleccionar, entre la casi infinita sucesión de eventos que hilados entre sí constituyen la vida de un alguien que es el mismo a lo largo del tiempo, solo unos cuantos, aquellos que fueron memorables para la vida del biografiado o, si era un individuo público, porque tuvieron un gran impacto social, cultural, o histórico. Se puede resolver este problema de dos maneras. Lo podemos hacer con una máxima economía de eventos, como en aquel poema de Borges que considero una autobiografía mínima: Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca, aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach. Pienso por otro lado en algo opuesto, en esa aventura biográfica pantagruelica nacida de una combinación de amor, admiración, obsesión, pereverancia, meticulosidad y pasión por los detalles que no tiene parangón en la literatura y que conocemos como la biografía del doctor Samuel Jonhson (Boswell´s Life of Johnson), que fue escrita por su amigo James Boswell a quien el doctor conoció en 1763, cuando el primero tenía sólo 22 años.

Un tercer problema que plantea la escritura de una biografía es el de la objetividad. Se podría argumentar que nadie (ni siquiera cuando se trata de una autobiografía) puede conocer (carece de la omnisciencia necesaria para lograr esto) la totalidad de la vida de una persona y narrarla. De modo que deberían abandonarse las pretensiones de objetividad y enfoque científico de todo proyecto biográfico y confesarle al lector desde el principio que forzosamente lo que leerá es una narración muy personal, sintética, e incluso fantástica, del sujeto biografiado.

Recuerdo haber leído hace años en Justine, la primera de las cuatro novelas del Cuarteto de Alejandría de Durrell, que un personaje (¿sería Justine?) le decía al narrador que cada amigo nuestro conoce un aspecto distinto de nosotros. Somos entonces, según Durrell, la suma de las percepciones que tienen de nosotros todos y cada uno de nuestros amigos. Algo parecido dice Justine sobre la escritura de ficción: “Si yo fuera escritora trataría de conseguir una presentación multidimensional de los personajes, una especie de visión prismática. ¿Por qué la gente no muestra más que un solo perfil a la vez?” (p. 26). Parafraseando a Justine, sería ideal escribir una biografía desde una multiplicidad de puntos de vista, como si el biografiado fuese un personaje de Rashomon (la película de Kurosawa, no el relato de Akutagawa), y le pidiéramos a todos los personajes que lo conocieron, e incluso a los que no lo conocieron pero se toparon con él, más o menos brevemente, que escriban todo lo que saben sobre él. Y, como también ocurre en Rashomon, podríamos pedirle al alma del biografiado que asumiese ella también papel de narrador (en calidad de autobiógrafo). Me gusta esta idea aunque agregaría a la lista de posibles fuentes de conocimiento sobre el sujeto cuya biografía queremso escribir a todos los que nos conocieron o se toparon con éste alguna vez. Para que cada uno de ellos escriba una biografía que narre esa vida. La suma de ese conjunto de historias de vida sería una biografía que se aproximaría con cierta objetividad a la vida del sujeto biografiado.

Historias coherentes de Griffiths

A menudo nos contamos a nosotros mismos (simplemente la construimos sin contársela a nadie, solo para archivarla en nuestra memoria y recordarla años o decenios más tarde) la vida de muchas de las personas con las que nos topamos a diario de modo tangencial o, simplemente, sin habernos topado con ellas, decidimos contarnos esas vidas por el mero hecho de que nos impresionaron. Así, como nuestra memoria es falible y limitada, de Marta, una amiga a la que vimos por última vez hace 12 años, recordamos solo su mirada de celosía la tarde que la conocimos; sus susurros oscilantes cuando hablaba con su amiga Titina; la ocasión en que dos meses más tarde la vimos llorando a mares por la enfermedad de su madre, o el día en que dejó plantado en la Iglesia a Pedro, su prometido.

Michel, un personaje de Las partículas elementales, novela del escritor francés Michel Houellebecq, diría que con esa clase de información sobre alguien sería posible construir una historia coherente de Griffiths, que no es lo mismo que una biografía. (…) una historia de Griffiths se construye a partir de una serie de medidas tomadas más o menos al azar en momentos diferentes. Cada medida expresa que una determinada cantidad física, diferente de una medida a otra, se encuentra comprendida en un momento dado, dentro de una determinada escala de valores (…) A partir de un subconjunto de medidas se puede definir una historia, lógicamente coherente, de la que en cambio no puede afirmarse que sea verdadera; simplemente, puede sostenerse sin contradicción. Entre las historias del mundo que son posibles en un marco experimental determinado, algunas pueden reescribirse en la forma normalizada de Griffiths; se llaman entonces, historias coherentes de Griffiths, y en ellas es como si el mundo se compusiera de objetos aislados, dotados de propiedades intrínsecas y estables. No obstante, el número de historias coherentes de Griffiths que pueden reescribirse a partir de una serie de medidas es, por lo general, bastante superior a 1. Tú tienes consciencia de tu yo; esta consciencia te permite emitir una hipótesis: la historia que eres capaz de reconstruir a partir de tus propios recuerdos es una historia coherente, que justifica el principio de narración unívoca. Como individuo aislado, empeñado en existir durante cierto lapso de tiempo, sometido a una ontología de objetivos y propiedades, no te cabe la menor duda sobre este punto: se te puede asociar, necesariamente, una historia coherente de Griffiths. Esta hipótesis a priori te sirve para la vida real, pero no para el mundo de los sueños. (pp 67-68).

Cuando coinciden el biografiado y el biógrafo, las cosas se complican porque las dudas sobre la permanencia del yo afectan la biografía. No solo que no sabemos si hablamos de la misma persona cuando hablamos del niño, del adolescente y del adulto. Sino que la voz del que habla pudiera ser proferida no por una única persona sino por más de una, lo que introduce inmediatamente una subjetividad que se incrementará en la medida en que progrese la biografía.

Un comentario en “A propósito de Orlando, La biografía y la identidad

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