La posibilidad de una isla, Un diálogo entre clones

Y el amor, en el que todo es fácil
Donde todo se da al instante
Existe en mitad del tiempo
La posibilidad de una isla.

Relato de vida de Daniel1, poema final

Comencé a leer este libro como una referencia ficcional a las ideas sobre posthumanismo que han desarrollado algunos de los ideólogos, futuristas y filósofos de la singularidad tecnológica. Como pueden haber leído en un post reciente sobre el tema, me parece que merece la pena dedicarle algo de atención. Aún si algunas de las ideas que propone parecen muy fantasiosas. El libro que reseño en este post llega a las ideas sobre el posthumanismo desde una suerte de cansancio y agotamiento del proyecto de vida que nos ofrece Occidente y, en particular, del que nos ofrece la Europa del final del Segundo Milenio.

En La posibilidad de una isla, el novelista francés Michel Houellebecq continúa el cuestionamiento que hace a la cultura europea contemporánea que, en Las partículas elementales, una novela anterior, había desembocado en una propuesta, muy al estilo de la ciencia ficción, de cómo se podía lograr la vida eterna mediante manipulaciones de ingeniería genética.

Houellebecq ha sido clasificado como escritor irreverente de lenguaje ácido y temática recurrente. Y esos epitetos pueden haber sido usados para restarle méritos a su obra o para explicar los enojos e intolerancia de la izquierda o la derecha, los musulmanes o los católicos, con sus obras. Y sin embargo, se tolera bien su ácidez, el desapasionamiento ocasional de sus personajes (que en eso se asemejan a algunos personajes de Kafka o a Mersault, el personaje de Camus en El extranjero) porque, a cambio de leer pasajes que pueden herir la sensibilidad de algunos, disfruta el lector de la libertad con la que escribe. Su irreverencia es menos un producto de la rebeldía o antagonismo contra un sistema o cuerpo de valores, y más un ejemplo del ejercicio puro de la libertad literaria. No escribe pensando en gurdarle respeto a un grupo étnico, religioso, a una facción política. Es un escritor que se hace esclavo de la historia y de las dinámicas lexicales que define para sus personajes. En el momento en que un personaje ha sido caracterizado, con una máxima economía adjetival, se dejará arrastar por la lógica de ese personaje hasta el final de la historia o hasta que este personaje fallezca (cosa que ocurre a menudo en las novelas de Houellebecq).

Tanto en Las partículas elementales como en La posibilidad de una isla, publicada años después, el autor nos entrega una ficción que revela su profunda admiración por la ciencia, semejante a la que he apreciado en autores como el mexicano Jorge Volpi (En busca de Klingsor). Pero además, es consistente con esto el hecho de que Houellebecq explora en estas dos novelas la posibilidad de que sea el hombre de ciencia (Michel Djerzinski, el Sabio) actuando como un Cristo para la Edad de la Razón, el único capaz de encontrar la redención, para él mismo y para el resto de la humanidad; que sea éste quien libere al hombre contemporáneo de vivir en un mundo de tedio, de globalización homologante y homogeneizante en el que el deseo no tiene ni el tiempo ni la posibilidad de nacer, crecer, desarrollarse, para ser luego satisfecho plenamente, en un acto erótico-sexual explosivo y catártico capaz de engendrar ternura, solidaridad, compasión y empatía con la pareja y, por extensión, con el resto de la humanidad.

Es posible que el título de esta novela, La posibilidad de una isla, le rinda homenaje a la novela La isla, que Aldous Huxley publicara en 1962 y que es analizada por Michel Djerzinski, uno de los personajes de Las partículas elementales, hacia la mitad de ese libro. Michel (el personaje) alega que La isla es una especie de Un mundo feliz 2.0, pero que como Huxley ya estaba mayor no se percató del todo de las semejanzas de La isla con esta novela anterior que él no había dudado en clasificar como una distopía.

Pero si la acción de La isla estaba situada en una isla paradisíaca que recordaba a Sri Lanka, el centro de los acontecimientos que definirán el futuro del mundo en La posibilidad de una isla, tiene lugar en una comunidad científico-religiosa de elohimitas, religión que pudiera tener algún parecido con la cientiología, situada en Lanzarote, isla de origen volcánico que pertenece al archipiélago de las Canarias.

La posibilidad de una isla narra el relato de vida de Danie1, el primero de una serie de clones cuya identidad se mantiene entre clon y clon, a lo largo de los siglos, gracias al dominio al que llegan los elohimitas de un proceso de uploading de toda la mente del individuo que va a ser reemplazado por el nuevo clon, a un autómata de cableado difuso (máquinas inteligentes “capaces de establecer conexiones variables, evolutivas, entre unidades de cáculo adyacentes: por lo tanto son capaces de memorización y aprendizaje.”, p. 121). Uno de estos autómatas no programados recibiría la memoria del ser humano pocos minutos después de su fallecimiento. Esto sería una operación temporal porque, “la siguiente etapa consiste en reinyectar la información en sentido inverso hacia el cerebro del nuevo clon” (p. 121). Con estas palabras, explica el Sabio (personaje que será el gran artífice de la utopía elohimita) a Daniel1 de qué modo se garantizará la continuidad de la identidad y por tanto la de la memoria entre un individuo y el clon siguiente en el que va a “reencarnar”.

Daniel24 y Daniel25 están separados de Daniel1 y de los hechos de su vida, que los elohimitas denominan relato de vida, por dos milenios. Aunque el lector presume que el sistema descrito someramente por el Sabio debe haberse sofisticado a la perfección Y que la continuidad de la identidad de quienes se clonan está garantizada), a lo largo de las sucesivas reencarnaciones los clones van olvidando o dejando de comprender ámbitos del universo de sentimientos y emociones descritos por sus antecesores. Así, el relato de vida de Daniel1 se va haciendo progresivamente oscuro para los clones más tardíos. Conceptos como la risa, por ejemplo, dejan de tener sentido con el paso del tiempo. “Al haber sido creado genéticamente a partir de Daniel1 tengo, por supuesto, los mismos rasgos, la misma cara; incluso la mayoría de nuestros gestos se parecen (…) pero me resulta imposible imitar esa súbita distorsión expresiva, acompañada de cloqueos característicos, que él llamaba risa; incluso me resulta imposible imaginar el mecanismo.” (p. 56). Parece razonable pensar que si la risa es algo imposible de imaginar para el clon avanzado, lo es mucho más el amor. El poema que cierra el relato de vida de Daniel1, aquel en el que narra poéticamente su amor, y cuya estrofa final he usado como epígrafe, no tiene un sentido claro para Daniel25. Y sin embargo, es posible que haya sido ese poema, la intriga que despertó en ella, lo que ella intuye era su sentido original, aquello que inspiró en Marie23 el deseo de sacrificar la posibilidad de vida eterna y partir en peregrinación al mundo exterior, en busca del amor. Para encontrar afuera, ese grupo de renegados (todavía humanos o neo-humanos en rebeldía) que se resisten a la vida eterna. Porque es necesario decir que uno de los logros tempranos de los elohimitas, comprendido dentro de lo que se conoció como la Rectificación Genética Estándar, fue la modificación del ADN de los humanos para integrar en nuestra especie capacidades autótrofas. El neo-humano, una vez que poseyera capacidad para la fotosíntesis, podría olvidarse de actos primitivos tales como la lucha por los alimentos, así como de actividades que le restan energía como la digestión y la excreción. Luego del rediseno genético, perdería esos sistemas; para sobrevivir, le sería suficiente tener acceso a la luz del sol, al agua y a algunas sales minerales esenciales. A la vez, esa nueva configuración de su código genético los separaría de los humanos heterótrofos. Definiría una nueva especie (un nuevo Reino piensa el Sabio): los neo-humanos. Seres plenamente autónomos que no necesitarían del otro, ni del prójimo. Y tampoco necesitarían del amor para reunirse, aproximarse o sentir lo que sienten sus semejantes.

Los neo-humanos también logran prescindir del sexo, lo cual los libera del deseo. “Estaba convencido-dice Daniel25-de que tampoco Marie23, pese a su partida, ni Marie22, pese al extraño episodio (…) que antecedió a su fin, había conocido el deseo. Lo que había conocido en cambio, y de forma singularmente rigurosa, es la nostalgia del deseo, las ganas de volver a sentirlo,…” (itálicas mías), p. 384). A semejanza de Buda, quien predicaba que el dolor nace de la insatisfacción del deseo, los neo-humanos creen que han logrado la paz búdica por vivir en esa asensualidad. Sólo de este modo, diría la Hermana Suprema (una suerte de Madre de la Comunidad de Neo-Humanos que funge de fundadora de su dogma),”se alcanza la libertad de la indiferencia, condición que hace posible la perfecta serenidad”.

Como puede intuir el lector, lo que construyen los elohimitas es una distopía. Nada mueve a los neo-humanos a juntarse entre sí, a aproximarse hasta fundir sus cuerpos y sus almas en ese acto singular que pudiera no tener símil en el Universo. La sociedad de líneas de clones eternas engendra vidas tediosas de individuos solitarios cuyas trayectorias parecen repetirse a lo largo de los siglos sin mayores cambios. Probablemente el cambio técnico y el avance de la ciencia que hicieron posible la aparición de los neo-Humanos se hayan detenido. El tiempo se ha congelado (“Nosotros, por el contrario, acogemos la innovación con la mayor reticencia,…”;dice Daniel25, p. 374). La “perfecta serenidad” lograda por la comunidad elohimita ha condenado al cambio social, así como a la volatilidad económica y la inestabilidad política, que de algún modo han estado históricamente relacionadas con el primero, a la total e irreversible desaparición. El del elohimita es un mundo sin incertidumbre donde, por tanto, no es necesario hacer planes. Todos los neohumanos nacen con la posibilidad de lograr sin esfuerzo alguno la paz interior.

El relato de vida de Daniel1 muestra que, a pesar del éxito que tuvo en su carrera de humorista, oficio que le permitió hacerse rico y vivir una vida llena de lujos y celebridad, sufrió la tragedia del envejecimiento. Daniel1 le tenía pavor a hacerse viejo. Y quizás tenía más pavor aún al hecho de amar o vivir con una mujer que se hubiera hecho vieja. Habia conocido a Isabelle cuando era joven y hermosa. Pero apenas descubre en ella los primeros signos de la edad, la abandona y se enamora de la muy joven Esther. Daniel1 amará a Esther, quien es muchos años menor que él y que lo admira por su celebridad y disfruta con él de los lujos que puede comprar con su dinero. Pero su relación con Esther parece destinada a terminar trágicamente: ella lo abandona un día. Y cuando esto ocurre Daniel1 sufre intensamente los dolores del amor perdido. No puede superar esa pérdida. Y en una época que, no se ha quitado todo el karma que le produjo matar a Dios (o al menos haber perpetrado un atentado contra Él), hay muchos que pregonan la muerte del amor. Pero él se empeña en creer y demostrarse a sí mismo que el amor existe y que es inmortal. Y quizas sea éste empeño, paradójicamente, aquello que lo lleva a buscar la inmortalidad. Irónicamente, para vivir para siempre en un mundo que olvidará lo que es el amor.

Como en otras novelas de Houellebecq, luego de concluir la narración (el relato de vida de Daniel1 junto con los comentarios de Daniel25), viene un epílogo que constituye una larga y apretada reflexión realizada por Daniel25 sobre el drama del género humano. El texto de esta parte final, enmarcado por un entorno post-apocalíptico, narra cómo podría un representante de una especie plenamente autónoma (que piensa que ha superado la dependencia y consecuente fragilidad que caracterizaba a los humanos), reaproximarse a la naturaleza luego de haberse separado de ella durante siglos. La experiencia de reunión con la naturaleza es tan intensa que Daniel25 decide, como en un cuento de hadas, que prefiere esta experiencia, que él sabe que le impide disfrutar de la eternidad, a disfrutar del eterno retorno a una vida predecible, aburrida, sin sentido y solitaria en la que se ha perdido el sentido y olvidado el significado del amor.

Un comentario en “La posibilidad de una isla, Un diálogo entre clones

  1. Interesante, Lorenzo. Imposible olvidar que eres, originalmente, biólogo; además de mil cosas más.
    Lástima no tener más disponibilidad de tiempo para leer y escribir.
    Saludos a tu familia desde Madrid,
    Concha Seijas

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