La otra playa, Un encuentro entre dos mundos

Pensó en un lugar donde las sensaciones se superpusieran unas sobre otras, un lugar donde los colores, los ruidos se encimaran, y todos los gustos fueran el mismo gusto. Un lugar donde la proximidad no existiera, donde la apetencia no pudiera darse y la simultaneidad fuera la única alternativa. Los sentidos estarían confundidos porque cada cosa taparía a las demás, pensó. Y los amores serían todos iguales: Y por iguales intercambiables (p. 153).

La otra playa es entre muchas otras cosas, una exploración literaria de las propiedades y los límites de ese lugar único en el que, como dice la cita, la coincidencia y la proximidad hacen imposible la apetencia y por tanto el deseo (que supone siempre cierta distancia entre el sujeto que desea y el objeto deseado), dado que todo coincide en ese mundo que se asemeja en algunas de sus propiedades a una singularidad (agujero negro). Ese mundo, que a algunos le puede recordar el Punto Omega de Teilhard de Chardin, es en esta novela un punto de encuentro entre dos seres que se aman, Antonio y Lorena, quienes sufren y gozan a la vez de la condición de ser habitantes de dos mundos paralelos en los cuales las categorías físicas de espacio y tiempo no son equivalentes.

Antonio es un apasionado de la fotografía, sobretodo de la fotografía de calle. Está casado con Marta y tiene con ella una hija de veinte años que se llama Victoria. En ocasiones, Antonio y Marta se reunen con una pareja de amigos, Sara y Zopi. Recientemente han organizado algunas sesiones para disfrutar de las cientos de fotos que estaban dentro de dos viejas maletas llenas de fotos que Sara consiguió cuando hurgaba en dos ferias de objetos usados. La diversión es fácil y no necesita mucha imaginación. Mientras comen pizza y toman Bidú Cola (no hay Coca Cola en el mundo de esa novela), miran pasar las fotos en el carrusel y se inventan la historia de la familia que aparece en ellas. Quienes aparecen en las fotos, ahora descoloridas, parece que hacen un viaje de vacaciones en un Renault Dauphine. Entre foto y foto se cruzan palabras y miradas entre los cuatro. Y Sara y Zopi se dan cuenta de que una cierta tensión está presente todo el tiempo entre Antonio y Marta. Una tensión que sin llegar a hacerlos sentir incómodos, exige de todos un esfuerzo constante y discreto para que no se rompa la armonía. Uno podría pensar que se trata más bien de una falta de pasión entre Marta y Antonio lo que Sara y su marido identifican sin darle ese nombre. Pero Marta se da cuenta de que su marido desvía la mirada y no la mira a los ojos. Algo se ha perdido en ese matrimonio. Algo no ha sido capaz de resistir el paso de los años.

Un dia de esos en que Antonio pasea por la calle con su cámara tomando fotos de todo lo que se cruza por el camino de su mirada, una imagen lo impresiona con más fuerza que todas las demás. Una fuerza, una pasión podríamos pensar, ante la cual Antonio queda subyugado. Como si la imagen fuera cóncava y profunda como un pozo, la mirada de Antonio (y él mismo, su cuerpo entero) parece que de repente hubieran quedado enredados en la madeja de líneas, colores, texturas y tramas que conforman eso que Antonio está mirando. Mira el reflejo de una cabeza de mujer en el vidrio, el detalle del peinado atado en un manojo. Un elástico amarillo al que le dieron tres vueltas sobre el pelo; colita, clic. Aros de plástico infantiles, aunque la chica no era tan chica, pelo castaño oscuro, clic, como el de Marta, clic, los ojos abiertos, redondos, no como los de Marta, no: sorprendidos. (p. 30). La imagen tiene la fuerza de esos encuentros tangenciales que marcan profundamente las vidas de la gente, de esos encuentros que uno siente como si fueran un golpe de cuchillo en la piel. Encuentros que de tan intensos pueden dejar heridas abiertas y profundas en las pieles más sutiles.

En esa ocasión, y con el temor de lucir como un acosador a quien en cualquier momento la chica pudiera denunciar a la policía, Antonio le hizo más de 100 fotos a esa chica que, aunque nadie se lo ha dicho, él está seguro de que se llama Lorena (lo intuye, lo sabe y no sabe cómo es que lo sabe). Es extraño todo lo que le ha ocurrido en ese encuentro. Su conducta, sus emociones. No sabe cómo explicarlo porque no sabe qué es lo que siente por esa chica y por qué siente todo aquello. A veces, Antonio hacía fotos porque los gestos de la gente le recordaban otros gestos anteriores, o fotografiaba lugares porque le parecía que ya había estado allí, como en un deja vu. Su memoria era una trampa y la fotografía un atajo para burlarla o adentrarse en ella. ¿Qué le había gustado de la chica? (p. 32). Pero lo más terrible es cuando las coincidencias comienzan a jugar con sus temores y su incomprensión del encuentro del cual a estas alturas, uno siente que no podría sentirse sino una víctima, a causa del escaso control que tiene ahora sobre todo y, en particular, sobre el disparador de su cámara. Decía que las coincidencias jugaban con humor con Antonio. Y lo hacen de tal modo que cuando luego de andar con cierto desánimo tras haberla perdido, Antonio entra en un café, y la vuelve a encontrar, ya está seguro de que hay algo, una misteriosa conexión entre ellos dos que, aunque parezca inescrutable en ese momento, más temprano que tarde su vida le dará una respuesta.

No es difícil imaginar cómo sigue esta novela cuya lectura nos conduce por una ruta narrativa tan inesperada como original. Antonio revelará las fotos en su casa y su familia, Sara y Victoria le formularán preguntas que no podrá responder. Lo pondrán contra la pared y le pedirán respuestas, Pero él no podrá darlas. Y sin embargo, a medida que pasa el tiempo tiene más y más certezas. Certezas frente a las cuales él es el primero en sorprenderse.

Gustavo Nielsen, nacido en Buenos Aires, arquitecto, dibujante fue el autor de esta novela corta y aguda, ganadora del Premio Clarín de Novela 2010, que dispara una lectura ávida y atenta. Gustavo ofrece en esta novela, una explicación peculiar de la madeja compleja de pasiones y sentimientos que ha despertado en Antonio esa chica con la que su mirada se topó en la calle por una aparente casualidad. Antonio cree que es amor lo que siente por esa chica pero no está seguro de ello. Oportunamente descubrirá cuál es la naturaleza precisa de esos sentimientos, y este descubrimiento será muy importante para su identidad, es decir, lo ayuda de un modo muy importante a conocerse mejor a sí mismo. El autor teje en esa novela una explicación al encuentro mágico de Antonio con esa chica en la que vincula la magia del amor con el misterio inescrutable de la vida después de la muerte. El autor nos permite creer que el amor o lo que tenga la fuerza para producir encuentros de esa naturaleza puede ser capaz de abrir portales a otros mundos, en donde seamos capaces de comprender porqué ciertos encuentros producen marcas tan indelebles y profundas. Cierta literatura new age, afirma que las personas con las que tienes conexiones especiales son amigos y familiares que conociste, y a los que amaste, en encarnaciones anteriores. Este argumento no deja de tener belleza. Pero ni es más convincente que el argumento que nos ofrece Platón en El Banquete, sobre el origen del Amor ni lo mina. Este otro argumento habla de que en el pasado remoto había seres humanos superiores cuya individualidad estaba conformada por parejas (hombre-hombre, hombre-mujer, mujer-mujer). Por creerse superiores y semejantes a los dioses, fueron castigados y divididos. El amor sería para Platón solo un reencuentro de mitades que sufrieron esa separación. En esta novela, el amor y otras pasiones y sentimientos parecidos con los que éste se confunde, pudieran ser motivados por seres a los que amamos y ya no están en este mundo. Pero que en ocasiones tenemos la posibilidad de ver e incluso retratar con una cámara fotográfica.

No quiero contar más sobre esta novela cuya lectura recomiendo ampliamente por temor a maltratarle demasiado al lector el encanto que se deriva de su suspenso. El placer de leerla sin saber exactamente a donde nos conduce el autor. Solo la quería usar para comentar que no solo la filosofia, sino también la ficción en prosa, se plantea de vez en cuando ofrecernos argumentos nuevos que expliquen la magia que rodea siempre los encuentros en los que se gesta el amor.

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