Perplejidad 1, OBL, Adolf Eichmann, el mal radical

Estoy conciente de que he abandonado a mis lectores durante las últimas semanas. Quiero excusarme por haberlo hecho. No puedo solamente atribuir mi ausencia al exceso de trabajo aunque debo reconocer que cuenta en algo. Pero hay también algo de perplejidad, por haberme encontrado con una diversidad de sucesos que de la noche a la mañana, como validados una y mil veces por esa complejísima caja de resonancia en que se ha convertido la web, que uno siente es un ambiente, o ámbito, en el que es mil veces más fácil encontrar conformidad que disidencia. Como si dentro de la red se perdiera o disminuyera considerablemente nuestro espíritu crítico y nos hiciésemos propensos a decir lo mismo que el otro, a repetir lo que otros dicen y, lo peor, lo que otros piensan. De repente, cosas, hechos, proposiciones, afirmaciones, con las que uno no tiene porqué estar automáticamente de acuerdo, se convierten muy fácilmente en verdades.

Ejemplo: 1. Celebración de la muerte de OBL

El presidente Barack Obama recomendó días después de que ocurrieran los hechos que ya todos conocemos, que debían visitar un psicólogo todos aquellos que no estuvieran convencidos de que había que matar a OBL. Cuando escucho este tipo de declaraciones, o cuando, días antes, escuché el discurso en el que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama anunciaba la muerte de OBL, me pregunto si no hemos retrocedido frente al proceso que le siguió Occidente a los criminales nazis. Ahí se hizo un esfuerzo serio por demostrarle al mundo que nosotros, los civilizados, éramos diferentes de ese grupo de asesinos que había llevado a los campos de concentración y las ´cámaras de gas a millones de judíos.

Recuerdo en particular a la filósofa Hannah Arendt (1906-1975) y su libro sobre Adolf Eichmann (Eichmann en Jerusalén, Un estudio sobre la banalidad del mal, 1961), cuya sorprendente tesis (que algunos sostienen la desarrolló para, de algún modo tácito y meándrico, complacer a su mentor, antiguo amante y amigo, el filósofo alemán Martin Heidegger) era que el mal podía ser banal, y que los peores criminales podían (como era el caso de Eichmann) ser oscuros burócratas que realizaran los más atroces crímenes contra la Humanidad sólo cumpliendo órdenes, aspirando al hacerlo, quizá, a escalar una posición más alta en la jerarquía, desarrollar sus carreras o, lo que sería lo mismo, mejorar su posición personal. Este oscuro y banal criminal que a nadie le pareció que er aun psicópata, este criminal que fue hallado responsable directo de la muerte de millones de seres humanos, fue sujeto de un juicio y sentenciado a muerte.

¿Será que OBL era peor que este criminal o será más bien (lo que me resulta francamente deprimente), que desde 1961 hasta el presente, hemos avanzado en nuestro nivel tecnológico y en nuestro conocimiento científico, pero que no le ha ocurrido lo mismo a nuestra ética, o lo que es equivalente, a nuestra capacidad para comportarnos de acuerdo con los principios que fundamentan nuestra sociedad, cultura y civilización? ¿O es que vamos a recurrir al argumento de Kant sobre el Mal Radical (poco desarrollado por este filósofo y solo limitadamente desarrollado por Arendt), que se refiere a la tesis de que hay males que trascienden nuestra capacidad de racionalizarlos, son males que escapan o están más allá de toda racionalización y que, por tanto, colocan a quienes los perpetran más allá de las instituciones diseñadas por los seres humanos para castigar tales males? ¿Me pregunto por ejemplo si jugaba acaso el equipo de Seals responsable de darle muerte a OBL el mismo papel que juega Billy Budd en el análisis que realiza Arendt del mal radical en el segundo capítulo de su libro On revolution, titulado éste “The social question”?

Al referirse al mal radical, Arendt dice que Hermann Melville plantea es su obra Billy Budd marinero una confrontación entre el mal radical y el bien radical donde el protagonista, Billy Budd, que representa al bien radical, le da muerte a John Claggart, personaje que Arendt dice que representa al mal radical. Como el mal radical no sería racionalizable y se encontraría más allá de las instituciones, solo podría ser enfrentado (nunca juzgado) por un ser tan inclasificable (que se encuentra más allá de toda virtud, dice Arendt de Billy Budd) como el mal radical.

Ese concepto difícil del mal radical me hace pensar que aquella retórica del Eje del Mal, y el discurso sobre el Mal, que fue lanzado al ruedo global desde Estados Unidos durante la administración del presidente George W. Bush, pudiera haber preparado el terreno para actuar con una conducta pragmática como la que hemos visto con respecto a este perverso líder terrorista. El discurso de que Occidente debía realizar todos los esfuerzos posible para atacar y exterminar el mal (radical agrego yo), estaría tratando de legitimar una conducta y unas estrategias no consistentes con los principios y valores de Occidente. Estrategia que de otro modo hubiera creado un grado intolerable de disonancia, ruido, y cuestionamientos por parte de la inteligencia norteamericana y los intelectuales que defienden la libertad, la equidad y la democracia.

De algún modo, la retórica del mal logró prevenir o atenuar esta avalancha de cuestionamientos teóricos, alegando que cualesquiera acciones emprendidas para atacar el mal radical, realizadas desde un limbo institucional como por ejemplo la prisión de Guantánamo y, junto con ella, la red de instituciones fantasmas cuya lógica y funcionamiento no eran consistentes con la moral y principios de las instituciones púbicas norteamericanas sólo respondía a la necesidad de hacer justicia y frente a la amenaza de un Mal que el análisis filosófico habría demostrado se encontraba más allá de todo vicio y no podía ser racionalizado.

Me preocupa recurrir al discurso del mal radical como justificación de un asesinato para que el acto no luzca discordante con el espíritu de Occidente, una civilización en la que el humanismo ha sido su piedra fundacional. Un humanismo que, a la vez, se ha fundado sobre el espíritu de aquella frase de Terencio: homo sum, humani nihil a me, alienum puto (soy hombre, nada de lo humano me es ajeno). Y si lo humano no nos es ajeno, tampoco nos debe ser ajena la muerte de un ser humano. De ninguno. Debemos siempre lamentarla. O al menos callar. Que creo que es lo mejor. De otro modo, ¿cómo podemos argumentar que somos mejores nosotros que quienes cantan y celebran la muerte educando a niños para que se conviertan en suicidas, a los que luego les entregan cinturones cargados con explosivos para que con su suicidio prolonguen una espantosa cadena de muertes de inocentes? ¿Cómo podemos decir con alguna credibilidad que solo creemos (y defenderíamos con nuestra vida) los valores de libertad, igualdad, justicia, que son totalmente coherentes con la defensa de la vida? (pensando entre paréntesis, no creo por ejemplo, que un humanista como Albert Schweitzer, de quien dicen que todas las mañanas se arrodillaba para rezar por la vida allá en su hospital en Lambaréné, en el Gabón actual hubiese celebrado la muerte de OBL).

Quedé perplejo ante lo que llamo la conformidad automática, fortalecida por la red y los medios de comunicación. Perplejo ante la falta de una voz más fuerte que llamara a la reflexión. Y todo esto lo escribo para recordarle a los lectores que me lean que necesito menos pragmatismo y más argumentos. Creo que todos necesitamos argumentos, los que son presentados por la parte acusadora y la defensa en un proceso. Creo que el mundo de hoy debe, de tanto en tanto, ser espectador de proceso de este tipo que los obliguen a pensar a fondo sus creencias, someterlas a prueba, y reforzarlas si es el caso. No podemos vivir sin poner a prueba nuestras creencias o nuestra ética. Pensar que creemos y defendemos una cosa, cierto conjunto de valores, principios, creencias y, llegado el momento, sin percatarnos de lo que estamos haciendo o diciendo, actuar totalmente en contra de lo que hemos combatido toda la vida. En conclusión, me niego a celebrar aquello que combato. Y una de las cosas que combato son los ataques a la vida. No me cabe duda de que al final de un hipotético proceso de OBL, la sentencia hubiera sido semejante a la que el tribunal sentenció para Eichmann: la muerte, la cremacion y el vertido de sus cenizas al mar. Por ejemplo.

Lo que me disgusta del caso OBL es el atajo pragmático que hemos tomado como civilización. Me disgustan los atajos cuando se toman con la excusa de que el mundo se ha acelerado y no tenemos tiempo para argumentos que nos distraen de llegar a nuestro destino (¿cuál es ese destino?). O con la excusa de que, si el final iba a ser el mismo, pues siempre se puede actuar sobreseguro (en este caso basados en el argumento de que vivimos un mundo de riesgos crecientes y no siempre manejables), y por tanto tocaba matar primero y luego deliberar. Es contra esta actitud contra la que debemos reaccionar. Porque si actuamos de ese modo pragmático desde el poder y la ley, qué podemos enseñarle al asesino de calle que dispara primero, asesina a la niña de 12 años o madre de 19, por azar, y reflexiona o no a posteriori durante su corta estadía en prisión. De donde saldrá mucho más malo y con más resentimiento.

Estas reflexiones no agotan mi preocupación por este tema. Pero creo que algún momento debo dejar de pensar en él y preocuparme por todo lo que veo durante estos dias y ponerme a escribir. Por otra parte, debo confesar que semanas después de los ataques el 11 de setiembre, publiqué un artículo en la prensa venezolana en el que argumentaba que éstos eran en efecto un ejemplo del mal radical concebido por Arendt y que por tanto debían ser tratados analíticamente y pragmáticamente como tales. Que sólo asi podría Occidente protegerse del riesgo de que se repitieran en el futuro.

No es que ahora me contradigo. Pasa que poseo información que no tenía cuando escribí ese artículo. Pero luego de ver los resultados de una posición extrema como la que sostenía Kant, Arendt y otros, me decido por la moderación y huyo de la radicalidad en política y filosofía. Principalmente, porque creo que no podemos predecir nunca los resultados de una toma de posiciones extremas. La verdadera civilizacion consistirá en diseñar instituciones que sean capaces de tratar lo extremo como casos cuantitativamente extremos y no como si formaran parte de elementos que están fuera de las taxonomías, fuera de las instituciones, fuera de la lógica y la razón, Porque en ese territorio nos puede asaltar la oscuridad y, al caminar por ese limbo umbrío, nunca sabemos con certeza qué peligros nos podems topar.

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