Robots, gatos, Murakami y la crisis nuclear

Los bio-robots de Chernobyl

Es tarde. Pero solo a esta hora pasada la medianoche tengo el tiempo para leer un poco las noticias internacionales con alguna calma. No tengo la energía para escribir una entrada larga y mejor pensada, como las que me gustan. Pero la angustia no me deja dormir tranquilo. En parte es el producto de un ejercicio voluntario de imaginar a los japoneses, este Otro que realmente no es tan distinto de mí. Imaginar lo que deben estar sintiendo en este momento los habitantes de ese país. La preocupación que les debe producir ese proceso mediante el cual se les desliza como en un tobogán el piso de la realidad. Leo esa variopinta marea de riesgos que flota alrededor de ellos como una forma vertiginosa de diluirse, de desmaterializarse su realidad cotidiana, y específicamente su realidad social.

Las notas que he leído en la prensa internacional sobre Tokio, creo a ratos que no las estoy leyendo. No quiero creer que es una realidad sino un sueño. Esa imagen que me hago de las calles de Tokio, que las crónicas describen como solitarias, gélidas emocional y literalmente. El hielo silencioso del terror que se confunde con ese otro hielo. Hallo terrible esos casos en que la realidad se nos adelanta y decide hacer poesía, de este modo crudo y primitivo que prescinde de las palabras, para decirnos que todo lo que rodea a los habitantes de esa nación ha quedado desierto y yermo, sin las luces de neón antes encendidas a toda hora; todo cubierto de una paleta de grises y blancos. Para decir todo esto simplemente se pone a nevar. Es suficiente con eso. Dentro de los apartamentos y casas, los habitantes que todavía no han abandonado la ciudad ( los que aún resisten y no se han marchado a Osaka y otras ciudades del Sur, como sí lo han hecho todos los que temen que ocurra una catástrofe con consecuencias imprevisibles), han barrido los anaqueles de los supermercados para abarrotar sus alacenas domésticas. Me los imagino atacados por ese terror cósmico al que hacía referencia H.P Lovecraft. Estos habitantes de la resistencia dentro de sus apartamentos, conectados con el resto del mundo por la tecnología, mirando una o más de las múltiples pantallas o interfases por las cuales reciben noticias, palabras, texto, imágenes, video de lo que ocurre afuera, o de sus amigos y familia. Sin el deber de ir al trabajo porque los empleadores les han dado licencia para que trabajen desde sus hogares. Pero, cómo se puede trabajar cuando a menos de 250 kilómetros se cocina un problema tan complejo que puede tener consecuencias trágicas de tal magnitud. He imaginado sus vidas. Algunas de sus horas de sueño. Algunas de sus muchas más horas de insomnio. Me doy cuenta de que el acto de imaginar es volitivo. Primero tengo la intención, luego ocurre.

A ratos se suma a esta suerte de meditación de la tragedia de este pueblo, mi empatía con las emociones que les produce esa tragedia. Empatía que aparece de manera más espontánea o no intencional, sin que la convoque. No me son ajenos los japoneses. Tampoco me son ajenos sus gatos, algunos de los cuales se podrían haber extraviado durante la catástrofe, o durante el éxodo de muchos de los habitantes, como le ocurrió a Toru Okada, el protagonista de El pájaro que le da cuerda al mundo, que leí en Londres hace más de 10 años. Me pregunto dónde estará y qué estará pensando en este momento Haruki Murakami. Conozco su sensibilidad e interés por el lado humano de estas catástrofes. Vienen a mi mente algunos relatos de After the quake, que Murakami escribió luego del terremoto de Kobe, quizás en pleno estado de intensidad emocional. Porque ser testigo de cómo ocurren estas catástrofes es terrible, pero no lo es menos serlo de la devastación que sucede a la catástrofe. A esa calma en la que parece haber desaparecido todo orden. Pienso en Murakami y me convenzo de que va a escribir sobre esta triple catástrofe en un futuro próximo. Va a escribir sobre cómo el terremoto, el tsunami, y la crisis nuclear se confabularon para atacarlos simultáneamente y crear una situación de extrema complejidad.

Pienso una vez más en los 50 o 150 héroes que han trabajado frenéticamente para salvar Japón de esta crisis nuclear y que seguramente quedarán profundamente afectados por la radiación a las que han estado expuestos. Y me pregunto por qué todavía no hemos desarrollado robots no vulnerables a la radiación. Recuerdo que alguna vez leí que en Chernobyl trataron de usarlos pero que se descomponían sus circuitos por culpa de los muy elevados niveles de radiación. De modo que los trabajos para construir el primer sarcófago fueron realizados por ucranianos y nativos de otras naciones de la Unión Soviética que bautizaron como liquidadores. Algunos llamaron a estos hombres bio-robots, término sarcástico que designaba la burla ante la incapacidad de la ciencia soviética de construir un robot que fuera resistente a la radiación. Han pasado casi 25 años desde que ocurriera el accidente de Chernobyl. ¿Existirán en la actualidad robots capaces de resistir los niveles de radiación de un accidente nuclear como el de Fukushima? Y si aún no existen, tendremos la capacidad de desarrollarlos a toda velocidad para trabajar allí. Contar con tales robots sería la mejor manera de reparar los reactores sin sufrir la secuelas de estar expuestos a niveles tan elevados de radiación. Aunque pienso que seguramente el hombre, me refiero a nuestra especie sabrá superar esta crisis y saldremos fortalecidos.

Convivir con el enemigo
Sin embargo, espero que la energía nuclear no salga fortalecida. No quiero decir que debemos olvidarnos de una vez de ese ingreso express a un futuro de energía económica que imaginara el hombre cuando apenas la comenzaba a usar. Pero saber que el averiado Reactor 4 de la Central Nucelar de Chernobyl emitió una cantidad de radiación superior a la producida por la bomba que cayera sobre Hiroshima puede darnos una idea de la magnitud de la crisis que pudiéramos esperar si Japón no logra contener estos cuatro reactores.

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