Los cincuenta

Uno de los 50 (¿70, 150?) héroes de Fukushima

Toda tragedia engendra sus héroes. A veces uno diría que algunos de éstos parecen haber tenido desde el mismo momento que nacieron sólo esa razón para haber vivido: realizar un trabajo que requería algo extraordinario que solamente ellos poseían. O, alternativamente, estar precisamente at the right place and at the right time, dónde y cuándo iban a ser necesitadon.

¿O será el héroe aquel que, a diferencia de los otros, los seres comunes (que nunca son comunes), posee una intuición premonitoria de su razón de vivir?. Aquel que vive su vida hasta que, justo en el preciso momento en que la totalidad de sus fuerzas y habilidades e inteligencia van a ser necesitados, se encuentra allí, listo para hacer lo que tiene que hacer. Corre al encuentro con su destino.

Como el hombre que nace para interponerse (con o sin deliberación) en la trayectoria de una bala que iba a segar la vida de otro hombre. Estos hombres me recuerdan a los 300 hombres que Leonidas el espartano se llevó con él a la Batalla de las Termópilas, durante la Segunda Guerra Médica. Los 300 lucharon hasta la muerte contra los persas, cuyo número de soldados fuertemente apertrechados era considerablemente superior.

En este caso son 50 (que luego se fueron, y luego regresaron pero entonces eran 150) los últimos que trabajan en la sumamente vulnerada y accidentada Planta Nuclear de Fukushima. Este contigente de valientes trabajadores constituye el último frente de batalla capaz de impedir, mientras sus fuerzas y capacidad lo permitan, que toneladas de polvo radioactivo sean vertidas al aire y amenacen la vida de millones de ciudadanos en Japón y tierras aledañas. La información que llega de Japón relata que estos hombres trabajan en las condiciones más adversas que podamos imaginar.

Atrás se quedaron las imágenes terribles con las que Hollywood ha retratado la amenaza nuclear o un ataque biológico (e.g. Andromeda Strain (1969), basada en un libro de Michael Chricton). Uniformados totalmente con trajes blancos herméticos que cubren la totalidad de su cuerpo y cabeza, y respirando como si fueran buzos dentro de esa especie de escafandras flexibles, los trabajdores realizan sus tareas en un ambiente con niveles de radioactividad que alcanza cinco o más veces el máximo permitido a trabajadores de plantas nucleares en condiciones regulares.

Muchos de los trabajadores de la planta de Fukushima ya sufrieron accidentes en días pasados, en los que fallecieron o quedaron severamente heridos. Sin embargo, estos trabajadores sienten la responsabilidad de quedarse luchando hasta el final. Por supuesto esto no es algo que les hayan obligado a hacer. Pero de algún modo tienen claro su destino.

Pienso en estos hombres dispuestos, con tristeza, resignación y mucha templanza (con konjo, que significa coraje), a morir por sus familias, compatriotas y el prójimo. Pienso es esa voluntad de morir por la vida y salud de miles, millones de sus semejantes. Pienso en cómo algunas situaciones logran sacar de los seres humanos lo mejor de ellos y cómo, al hacerlo, reivindican a la totalidad del género humano. Cómo entregan aquello que no hubiéramos pensado que fueran capaces de dar porque quizás dudábamos que eso estuviera antes allí guardado, oculto, latente, en el interior de sus cuerpos, o de sus almas.

Pienso en esa otra voluntad de morir por la muerte. Esa voluntad que alguna vez estremeció, indignó y atemorizó a Occidente, de la que fueron testigos todos aquellos que vieron cómo los kamikazes japoneses, pero esta vez imbuidos de un amor terco por la muerte, se lanzaban con sus aviones (sin miedo alguno a morir) contra sus objetivos, abrazaban la muerte para ayudarla a llevarse a otros seres humanos que seguro no compartían con ello esta idea demente. Pienso en lo parecida que es esta voluntad de morir por la muerte a la que intuimos subyace casi latente en los extremistas islámicos que se suicidan matando 10 o 50 personas. Éstos adoran la muerte.

Curioso que se pueda morir por la muerte y morir por la vida.

¿Quién soy yo para bendecirlos? ¿Quién para proclamarlos como héroes de la vida?, ¿como actores que representan, a su modo, la Pasión? Y que al hacerlo, nos redimen y se redimen. Frente a ellos, muchos de nosotros no existimos siquiera. Pero debemos aprender a agradecerles.

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