Imágenes del ocio

Vacaciones en la playa, Litoral Central, Carnavales 2011

De tanto en tanto, me alejo por unos días de esa posición de observador perseverante y no desinteresado del drama que, con un tempo en continua aceleración, nos narra el mundo actual a través de los múltiples dispositivos a los que estamos conectados, para mirar la naturaleza o la gente real. Necesito a veces un descanso de la visión de esa panorámica dramática que la realidad cotidiana nos ha obligado a mirar, a menudo sin comprender (o por lo menos no de inmediato), lo que pasa y, menos aún, su sentido. Durante esos momentos de descanso converso plácidamente con amigos o conocidos, descorcho una botella de vino, camino por cerros o calles vecinas, o leo un libro o dos al mismo tiempo. Por ejemplo, me llevé a estos días de playa para leer en el apartamento en que me alojaba, el Orlando de Virginia Woolf, y La advertencia del ciudadano Norton de mi amigo Karl Krispin. Quisiera escribir más adelante sobre estos dos libros. En todo caso, el primero es la biografía novelada sobre ese personaje de ficción de extraordinario carisma charm y belleza que, a semejanza del griego Tiresias, fue hombre y también mujer, como para conocer dos puntos de vista desde los que se puede ver, experimentar y comprender la realidad. El segundo, narra la historia de Max Moro, un personaje perseverante, terco en su modo de enfrentar el mundo, que insiste en seguir los caminos del orden y la ley en medio de un entorno urbano crecientemente caótico como es Caracas, a sabiendas de que no va a lograr lo que se propone, y menos aún cambiar la incomprensible y violenta realidad. Pero nada de eso desanima a Max ni lo hace abandonar el país, como ha ocurrido con muchos otros. Tuve también la oportunidad de ver durante este carnaval un par de películas, A tall dark stranger, escrita y dirigida por Woody Allen, en la que éste regresa a algunos de sus temas de siempre, como el azar y el destino, el bien y el mal, el deseo y el amor, la pareja y sus crisis, y (como envolviéndolos a los demás), los ineludibles miedos y goces que experimenta todo creador, y en particular el escritor. La otra película que vi fue Io sono l´amore, dirigida por Luca Guadagnino, y protagonizada por Tilda Swinton, actriz de rostro tan particular, que en la película interpreta a Emma de Recchi, una rusa que se ha casado con un poderoso empresario del norte de Italia (Milán). Siento que Swinton le permite el director mostrar cómo puede salir, de un modo sereno y contenido, de esta mujer de ademanes severos y parquedad en la expresión de sus emociones, pero que se presenta en todo momento vestida con la elegancia polícroma de modelos diseñados por Raf Simons para Jil Sander, semejante tsunami de pasión, capaz de llevarse por delante todos los obstáculos que sel azar haya dejado en su camino. No dejaré de hacerle una nota a esta película hacia el final de esta semana.

Pero no era mi propósito en esta entrada hablar de libros o películas sino más bien compartir algunas imágenes que tomé entre el sábado y el lunes de carnaval en una playa del Litoral Central, en el estado Vargas. Encuentro un encanto muy particular en las fotos que muestran cien, doscientas o más personas en un lugar. Creo que fue eso lo que me impresionó de las fotos de vi alguna vez de Sebastián Salgado en el libro Éxodos.

No deja de impresionarme la multiplicidad de posiciones que en un instante dado, una fracción de segundo, pueden mostrar cada una de las personas captadas por la cámara. Posiciones que, desde lejos, pueden sugerir acciones que cada una de las personas retratadas realizaban en el instante en que fueron captadas/congeladas por la foto. Es como jugar a mirar con los ojos de Dios por un instante. Imaginar que desde allí miramos la mvastedad del mundo en toda su anchura y largura. Mirando con más detenimiento estas fotos antropológicas, busco imaginar lo que les pasa por la mente a esas personas en el preciso momento en que fueron captadas por la cámara. Sus deseos, sus emociones, sus sueños, el placer que sentían al hacer lo que hacían, o de qué manera el ocio se reflejaba en sus cuerpos de modos espacialmente diferentes. Pero no quiero hablar más de estas imágenes. Solo quiero compartirlas. Temo que las palabras no capten lo que quiero mostrar.

Foto 1. La foto de abajo fue tomada hacia las cuatro de la tarde del lunes de Carnaval. Me deleito mirando esa perfecta integración de los carros, las motos, las camionetas, los autobuses, con la carpas o toldos y la gente. Al ver toda esta gente desde la distancia, uno deja de sentir, como lo pudiéramos haber hecho en otra ocasión, que esa intimidad que tiene el vehículo con las personas es fuente de alguna impureza o que contamina la estética de un paisaje del ocio. Los vehículos en esta imagen son otra cosa, protección, identidad (estoy desnudo en el mar pero el vehículo dice quiénes somos yo y mi familia), recuerdo o fragmento del hogar (quizás metáfora del hogar), garantía del regreso a la casa, reservorio de víveres y por tanto seguridad, y muchas otras cosas. La imagen es un canto a la diversidad y a las posibilidades de convivencia pacífica de gente que vive en Caracas o en el litoral. La espuma del mar blanca como signo de tregua, distracción y distensión de la violencia perenne de la ciudad de la que tantos desean huir o descansar por un rato.

Vacaciones en la playa, Litoral central, Carnavales de 2011

Foto 2. La foto de abajo es como un detalle de la imagen precedente. Fue tomada unos minutos antes. Por cierto, la foto no numerada del comienzo sí es un detalle de la foto 1. En ésta se pueden ver con mayor detalle cada persona capturada por la foto.

Vacaciones de carnaval en la playa, Litoral central, Carnavales de 2011

Foto 3. Otro grupo de gente vacaciona en la playa. Forman parte de un grupo más homogéneo. Los vehiculos no aparecen en esta foto; el espacio permite dejarlos lejos de donde están los toldos, que son todos del mismo color. Esta gente parece mas homogénea como grupo y sin embargo ello pudiera ser una ilusión. Se parecen a la gente de las dos fotos anteriores en que también muchos de ellos residen en Caracas y han llegado allí para alejarse por un rato del agite, caos y ruido de la ciudad.

Vacaciones en la Playa, Litoral Central, Carnaval del 2011

Foto 4. Esperando la ola, al atardecer en el malecón.

Foto 5. Rompe la ola al atardecer en el malecón. El contraste entre esa masa líquida que es el agua de mar, a esta hora dorada y enceguecedora, y las miles de gotas que nacen (y mueren) de la ola al romper contra la piedra.

Foto 6. Rompe la ola en el malecón al atardecer (2). Otra ola, otro patrón de rompimiento en el que aparecen formas. Caprichosas figuras fugaces y fortuitas nacidas de una colisión entre el agua y la piedra. Como una remebranza de Hokusai y su obsesión con la ola.

Rompe la ola en el malecón (2), Litoral Central, Carnavales de 2011

Foto 7. Velero tricolor navegando al atardecer sobre un mar dorado.

Velero navegando al atardecer, Litoral Central, Carnavales de 2011

Foto 8. Una vez más rompe la ola en el malecón de la playa al atardecer.

Rompe una ola en el malecón (3), LItoral Central, Carnavales 2011

2 comentarios en “Imágenes del ocio

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  2. Veo la foto 5. Y las otras fotos de olas que tomé ese sábado de Carnaval cuando aún no había ocurrido la tragedia de Japón; cuando todavía no habían llegado a nosotros las terribles imágenes del tsunami que azotara las costas aledañas a Sendai. Esa ola oscura, como de pesadilla. Aunque en mis sueños, cuando habían olas inmensas eran siempre azules, e incluso como las de los surfistas, con espuma en la cresta, pero esta ola, ese frente larguísimo que se acercaba rugiendo, estremeciendo, arrollando todo lo que encontraba a su paso. Como masticando la realidad cotidiana y luego regurgitando los despojos. Qué diferencia con esa ola que se pulveriza y produce una miríada de diminutas gotas transparentes acompañadas por la espuma blanca. Esa levedad y transparencia a la que está asociado el mar cuando
    opta por seducir suavemente. Esa idea de levedad es la que veo dibujada con fidelidad en los retratos de las olas que rompían contra las piedras del malecón de Camurí Grande el sábado de Carnaval. Las contrasto en mi mente con la ola única, oscura, sucia, voraz, que todos hemos visto una y otra vez como se llevaba pueblos enteros con su casa, sus automóviles, su gente.

    Mar leve y manso, mar grave, tenebroso y voraz. Naturaleza de belleza amoral. O silenciosa buscadora de venganza por las tantas heridas sufridas a lo largo de siglos de luchas del Homo sapiens por su dominio. Pensar cada una de estas catástrofes como reediciones de la lucha mítica de cada hombre con Dios y con los hombres, aquella que tiene lugar en el vado a lo largo de la noche, entre Jacob y el contendor, hasta que al alba Dios lo marca y le dice “¨Déjame porque raya el alba”, y Jacob que no lo deja. Hasta que lo bendice y lo rebautiza como Israel. Y en cada contienda el hombre recuerda, aprende y luego olvida una vez más.

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