Notas sobre redes sociales digitales, 2

Un futuro posible, redes digitales en 3D

Es posible que en el futuro Mark Zuckerberg y sus amigos, fundadores de la plataforma para redes sociales facebook, pasen a la historia como uno de los grupos que más contribuyó a alejar del ámbito geográfico, y a insertar en el espacio virtual de la internet, la diversidad de prácticas de socialización con familiares, amigos y conocidos que antes ocurrían en ámbitos geográficos locales. Porque actualmente la socialización tiene principalmente lugar en estos espacios virtuales que son las cuentas de facebook y de otras plataformas de redes sociales. Sin importar que los miembros de la red residan o se encuentren en Caracas, Singapur, New York, Londres, Paris o Mumbai, los miembros de una red social virtual pueden saber a qué fiestas, viajes, eventos, han acudido otros miembros e incluso conocer qué hicieron éstos cada vez que reconstruyen esos momentos con registros fotográficos, videos o entradas sobre lo que hacen, piensan o visitan. Porque habrá habido miembros de la red que se ocuparon, no de vivir esos momentos sino de registrarlos para los ausentes o para ellos mismos, cuando paseen en el futuro cercanos o lejano, y al hacerlo revivan lo que vivieron, sobre esa colección de registros de los eventos importantes de sus vidas, o los de cada día. Lo que me recuerda a esa novela corta de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel en que el narrador puede revivir una y otra vez las imágenes que contempla, y al hacerlo, amar a esa proyección que llama Faustine aunque no logre reunirse jamás con ella. ¿No es acaso facebook una versión primitiva de la posibilidad de ese existir inmortal con el que soñaba Bioy Casares?

Es cierto que la internet, la telefonía celular, y las diversas plataformas de redes sociales, propician nuestros encuentros virtuales, nos unen y reunen con gente afin a nosotros que puede vivir a miles de kilómetros de distancia. Esta conexión con los que son afines a nosotros puede, en un momento dado, y cuando se dan las condiciones, facilitar la acción colectiva, constituir un mecanismo de coordinación para la acción, una de cuyas consecuencias puede ser el cambio social, político o cultural, tal como ha ocurrido en Egipto y Túnez recientemente. Sin embargo, la posibilidad de tener acceso a las vidas de otros, a registros cada vez más ricos en los que han sido registradas las vidas de otros, los miembros de nuestra red, crea el riesgo de que nos volvamos todos voyeurs. De que derivemos lentamente hacia una pasiva y apática sociedad del voyeurismo. Una de las implicaciones de ello es que podríamos comenzar a actuar (más que vivir), pensando que en el futuro nosotros mismos, o los miembros de nuestra red (o incluso, gente totalmente extraña a nosotros) formaremos parte del registro que hemos hecho, apareceremos en algunas fotos, videos, textos, y tendremos la posibilidad de vernos de nuevo. Saber eso introduce un sesgo. Es difícil saber que podemos ser observados por nosotros mismos luego, o por otros en el futuro, y no modificar en algo nuestro modo de actuar. Me refiero a eso de ser menos espontáneos, vivir como si estuviéramos en un reality show del tipo Big Brother, en el que somos filmados 24 horas al día. Cuando vivimos con este certeza o (incluso) creencia es difícil no asumir, aunque sea de un modo tenue o velado, un rol, un papel. Y si hacemos esto, será difícil que lentamente, con el paso del tiempo, no ocurra un proceso inexorable que nos vaya alejando de nosotros para convertirnos en ese personaje que podemos haber diseñado de un modo más o menos consciente y deliberado. Un personaje que a diferencia de nosotros (seres de carne y hueso) podrá tener derecho a la clase de inmortalidad que, de algun modo concede la red a todo lo que circula por sus canales digitales.

No podemos descartar que en el futuro próximo, la tecnología de información ofrezca grandes facilidades para que cualquiera pueda moverse e interactuar mediante avatares que nos representen, que hayan sido diseñados con nuestros rasgos físicos (o que sean mejores que nosotros, tal como quisiéramos ser y no tal como somos) usando información subida a la red como: fotos de frente y perfil, talla, peso, color de la piel, grupo sanguíneo, y cualesquiera otros datos biométricos que se nos ocurran, e incluso perfil genético.

Pudiera también ocurrir que en el futuro haya plataformas para redes sociales en las quienes estén conectados a ella puedan moverse a sus anchas, usando los referidos avatares, en universos virtuales 3D, que representen: ambientes rurales, silvestres, suburbanos o francamente metropolitanos. O incluso ambientes con paisajes fantásticos extraplanetarios. Imagino un amigo de este facebook 3D futuro que se encuentra a otro en el medio de una planicie descampada. Ambos disfrutan, sentados en el sofá de una sala con ventanas panorámicas, de los últimos rayos dorados con los que tiñe un sol amarillo las espigas fucsias que ondean al viento en un campo de cebada gigante soñada por un diseñador gráfico con conocimientos de botánica digital o alguna otra especialidad igual de sofisticada. Quizás ninguno de los dos amigos se conocen en el mundo real. Aunque tengan años mirando fotos tomadas en entornos reales y locales, de grises y malolientes calles de Tercer o Cuarto Mundo, con huecos en el pavimento y paredes en las que desteñidos graffitis se superponen unos sobre otros y sobre las que se recuestan para dormir la siesta niños drogados con alguna píldora sintética robada de un dispensador automático de drogas y medicinas. ¿Para qué encontrarse en la vecindad del desaliñado y caótico mundo local cuando se pueden encontrar en el paisaje de ensueño del mundo virtual?

La idea de que facebook pueda convertirse en una herramienta que, en lugar de contribuir a cambiar el mundo real contribuya a crear mundos virtuales hacia los cuales podamos escapar cada vez que nos sentimos agobiados por una realidad que se puede haber hecho intolerablemente sórdida y abyecta, es un riesgo que no podemos perder de vista. Es particularmente posible por la adictividad que crea facebook (en Estados Unidos está rankeado de segundo, sólo después de la cerveza y antes que el ipod entre los estudiantes universitarios).

Po rotra parte, es también posible que los menos optimistas, los que están menos dispuestos a luchar por el cambio, los que se dejan abatir por el caos y complejidad crecientes de la realidad, elijan la opción de escapar del mundo hacia mundos de ensueño color azul eléctrico como los que soñó el director británico James Cameron en la película Avatar.¿No fueron por ejemplo aquellos casos de depresión con tendencias suicidas que produjo la película una muestra terrible de lo que podría ocurrir si nos ofrecen la posibilidad de vivir en un mundo mucho más amable y hermoso que aquel en el que vivimos? Me refiero a que cierta tecnología pudiera despertar (en todo aquellos que confían menos en la realidad y sus impredecibles posibilidades de cambio), el gusto por huir de la realidad hacia los paraísos artificiales de la realidad virtual. Y precisamente al escribir esto me asusta pensar que la tecnología para crear estos mundos virtuales progrese mucho más rápido que la tecnología capaz de mejorar la calidad de ambientes contaminados, deteriorados irreversible o casi irreversiblemente. Temo también que la misma tecnología que hoy nos mueve a salir a manifestar masivamente contra los dictadores pueda en el futuro ser la semilla de una cárcel al estilo The Matrix.

En tanto que seres humanos tenemos la oportunidad de elegir lo que podemos y queremos hacer con la tecnología. Lo que significa que ella no es un demonio ni un redentor. Podemos elegir hundirnos dentro de la irrealidad que con ella es posible construir y convertirnos así en inútiles espectadores-jugadores de unos simulacros de nuestras vidas. O, alternativamente, elegir una tecnología que propicie la acción colectiva como vemos que ha pasado recientemente en algunas naciones del mundo árabe en las que, durante varios años, habían estado gobernando líderes autocráticos.

Otrom odo alterno de uso de la tecnología es su capacidad para sensibilizarnos ante los dramas que importancia que ocurren en este mundo interconectado: las inundaciones, las erupciones volcánicas, los derrames petroleros de proporciones gigantescas, etc. Pudieran alegar los que adversan la tecnología, que en estos casos, lo que ésta hace es simplemente extender las dimensiones de ese gran escenario en el que hemos convertido el mundo. Escenario frente al cual nos sentamos como espectadores o, lo que es peor, como pasivos e inútiles voyeurs para contemplar con indiferencia el drama de una humanidad aquejada de problemas cada día más complejos. Y sin embargo, creo que este hipotético crítico de la tecnología se equivoca.

Como soy optimista, pienso que lo que hace la tecnología es sensibilizarnos ante lo que le ocurre al otro, sin importar donde se encuentre este otro. Y al hacerlo, multiplica nuestra empatía con el resto del mundo; nos ayuda a (hace posible la experiencia de) sentir el dolor, la angustia, la esperanza de otro que vive a miles de kilómetros de distancia. Y un ejemplo de lo que afirmo es lo que sentimos cuando vimos el rescate de los 33 mineros chilenos. Podemos también elegir (tal como argumento en un post anterior) en el que hago algunas notas sobre lo ocurrido en Túnez y Egipto, una tecnología que recablea nuestra mente y nos ayuda a conectarnos en redes, de modo horizontal, sin que medien elementos de poder o autoridad, con decenas, cientos o miles de otros individuos que, igual que nosotros aspiran a vivir en libertad en un ambiente en el que se respetan los derechos humanos. Una tecnología que luego nos permitirá, en una segunda fase, prescindir de la tecnología porque nuestra mente y nuestro espíritu habrán sido recableados para interactuar con los universos social y humano de este modo nuevo: para que seamos capaces de mirar aquella masa a la que se refería el escritor Elías Canetti en opera magna Masa y Poder, no como masa sino como red de individuos con los que hemos logrado alinear (prescindiendo absolutamente de jerarquías): objetivos, ideales, expectativas, valores.

Redes sociales virtuales y movilidad

Al deslocalizar los encuentros e interacciones que tienen lugar dentro de las redes sociales, la tecnología que las hace posible actualmente (plataformas como facebook, twitter, así como las redes de telefonía celular y, por supuesto los dispositivos tecnológicos que usamos para tener acceso a esos ambientes y conexiones tales como celulares y tablets entre otros) ha creado posibilidades para que las personas que participan en esas redes supere limitaciones impuestas por el lugar donde se encuentran, pero también limitaciones impuestas por condiciones de salud que afectan la movilidad de sus cuerpos. El caso que tengo en mente es el del marine parapléjico Jake Sully, quien es el protagonista de la película Avatar de james Cameron. Como todos recuerdan, mediante una operación a éste lo conectan con el cuerpo de un saludable avatar de una especie alienígena. Gracias a una sofisticada tecnología, la operación le permite actuar e interactuar en el mundo real como si tuviera todos sus miembros con total movilidad. La única condición es que Sully no puede estar despierto mientras su cerebro se ocupa de controlar el cuerpo y vivir como si de verdad fuera uno de esos alienígenas de color azul nativos de Pandora. Notemos que en este caso el avatar de Sully existe en el mundo real de Pandora. Pero igual nos podrían haber contado una historia cuyo protagonista fuese un avatar que se moviera e interactuara con sus pares en el universo virtual.

Cabe entonces imaginar que la tecnología médica necesaria para prevenir, curar o superar enfermedades o traumas que nos limitan más o menos severamente, pudiese ser más lenta en su progreso, o menos accesible económicamente a las grandes masas de población, que aquella otra capaz de crear avatares que nos representen y vivan por nosotros en mundos virtuales cada vez más realistas, a los que estaremos cada vez más tiempo conectados mediante interfaces crecientemente sutiles, poco visibles, que se hallen en un contacto más íntimo con nuestro cuerpo o mente. Habrá a quienes les cueste distinguir, luego de haber estado conectados durante cierto tiempo a mundos virtuales, cuál es el mundo real y cuál el virtual. O quizás a sabiendas de que el mundo real puede suele ser menos brillante y sus colores menos intensos e, incluso, menos dinámico y cambiante que el virtual, pudiera suceder que los usuarios de esta tecnología (de espíritus y cuerpos atormentados a los que ella les ofrece una suerte de paraíso antes de la muerte) decidan abandonar durante períodos cada vez más largos el mundo real y sumergirse de un modo más permanente en el virtual.

No obstante todos esos riesgos, creo que conocerlos, o planificar para anticiparlos, nos ayudaría a desarrollar una relación más libre con la tecnología y de este modo conocer cómo dominarla para que amplifique (y no reduzca) nuestra capacidad para construir un mundo libre más justo en el que los derechos humanos sean respetados.

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