Dominó democrático en Medio Oriente

Está claro que no me refiero al juego con este título sino a la práctica de disponer unas detrás de otras decenas de piezas de dominó y de repente, derribar una y esperar a ver si las piezas han sido dispuestas de modo tal que la primera que cayó derrumbe a la segunda y ésta a la tercera y así sucesivamente hasta que no quede de pie ninguna pieza. Es una suerte de reacción en cadena a nivel macroscópico, una infección viral fuertemente contagiosa, una dispersión rapidísima de un movimiento de horizontalización del gobierno (y en algunos casos del Estado, que por decenios o siglos había estado secuestrado por el Ejecutivo) en el Medio Oriente que no quiere perder momentum. Y que para muchos, quizás no para los estudiosos, es una sorpresa.

No obstante, a menudo, los que viven y piensan sobre el resto del mundo en el corazón de Occidente, en Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos o en otras naciones de Europa, se sorprenden profundamente del hecho de que súbitamente, de un modo que pocos analistas políticos hubieran predicho, en los márgenes o fronteras de Occidente (o incluso fuera de esa sutil poligonal espacial, pero también geopolítica que se concibe a sí misma como ámbito en el que reinan y desde el que se diseminan por el mundo: la equidad, la imparcialidad, la objetividad, y la transparencia), exploten como un arsenal masivas manifestaciones populares contra gobernantes que, con la anuencia de Estados Unidos y otras naciones que han actuado como promotoras y defensoras de la democracia en el mundo, se han perpetuado en el poder, se han olvidado de gobernar por el Bien Común y, dejando al pueblo en el abandono, han perfeccionado los mecanismos para enriquecerse mediante el ejercicio impune de la corrupción.

Ese patrón de conducta de aquellos que se perpetúan en el Poder define la que era la situación política de Tunisia hasta hace poco. En esa nación localizada en el norte de Africa (Maghreb), su presidente, Zine El Abidine Ben Ali, había gobernado ese país desde 1987. En lo que se ha llamado la Revolución del Jazmín, luego de más de 23 años, como consecuencia de masivas manifestaciones populares que pedían su renuncia, Ben Ali abandonó su país. Lo impresionante es que en estas manifestaciones no se hacían proclamas religiosas sino cívicas que pedían, entre otras cosas, mayores libertades y protección de derechos humanos. Actualmente, en Tunisia se prepara una transición hacia mayor democracia. Luego de lo ocurrido con Tunisia, hemos visto manifestaciones populares en las calles de varios países musulmanes de África.

Nos recuerda en algo este proceso a lo que ocurrió con las naciones del Pacto de Varsovia luego de la Caída del Muro de Berlín en 1989, y el colapso casi en paralelo de la Unión Soviética. Durante aquellos turbulentos años de comienzos de los noventa, a fines del siglo veinte, uno a uno, como piezas de dominó, colapsaron los regímenes autoritarios o totalitarios que se llamaban comunistas en un proceso que demostraba la insostenibilidad de los sistemas políticos que limitan la libertad y restringen el mercado.

Lo sorprendente de este nuevo proceso de revueltas populares masivas en Tunisia, Yemen, Sudán, Irán, Bahrein, Libia y, el que concluyó la semana pasada (al menos en una primera fase) en Egipto, con la salida de Hosni Mubarak (éste es sin duda el que más conmoción ha causado en todo el mundo por haber sido durante años esta nación una suerte de muro de defensa no democrático contra el avance del fundamentalismo islámico), es que los manifestantes proclaman consignas predominantemente laicas. Digo sorprendente porque a los musulmanes, que tradicionalmente se denominan a sí mismos creyentes, epíteto que los distingue de nosotros a quienes ellos denominan infieles (entre otras cosas por ser gobernados por un gobierno no teocrático), les hemos escuchado proclamas demandando mayores libertades civiles, mayor protección de derechos humanos fundamentales, y declaraciones que expresan su rechazo a las prácticas de los líderes autoritarios, de perpetuarse en el poder y enriquecerse cmediante una creciente corrupción.

Egipto

En este país, el presidente Hosni Mubarak había gobernado ininterrumpidamente desde octubre de 1981, pocos días después de que fuera asesinado el presidente Anwar el-Sadat. Esto significa que en 2011 estaba por cumplir treinta años de mandato. La tumultuosa situación de revuelta popular no permite saber si en efecto Mubarak vaya a alcanzar las tres décadas como gobernante. Durante este proceso de revuelta popular cientos de manifestantes fueron asesinados, la mayoría de ellos por las fuerzas policiales leales al regimen. No se portaron de igual manera los militares quienes, no obstante haber salido con tanques a recorrer las calles de El Cairo y otras ciudades egipcias, no atacaron a los manifestantes desarmados y, por el contrario, socializaron en un ambiente que uno puede interpretar como simpatía por lo que los manifestantes reclamaban.

Por otra parte, la estabilidad política de Egipto es importante para la paz en el Medio Oriente porque éste es un país que comparte una frontera con Israel y, además, porque la fortaleza y carácter cívico de su gobierno sería importante para evitar que grupos fundamentalistas islámicos introduzcan a través de la frontera con la Franja de Gaza armas y municiones que pudieran amenazar la paz de Israel y el Medio Oriente. El único grupo islámico que que ha actuado legalmente en Egipto es el de los Hermanos Musulmanes. Fundado en 1928, este grupo no tiene una ascendencia importante en la población egipcia, que aun cuando está formada en 90 por ciento por musulmanes, se han moistrado ante todo interesados durante las manifestaciones en elevar sus voces con proclamas que los alineaban y no con aquellas que los separaban.

Occidente como promotor de la democracia

Las potencias de Occidente suelen declarar su rol como promotoras de la democracia en el mundo. Declaran que son agentes responsables de velar porque el mundo sea más democrático, para que cada día haya más naciones gobernadas de acuerdo con las reglas y los principios que caracterizan a una democracia. Esta tarea altruista de promover la democracia no es un capricho nacido en Occidente. En su versión moderna de democracia liberal consistente con los principios humanistas que defendía la Revolución Francesa de igualdad, libertad y fraternidad, la democracia es un sistema político que permite que una población plural, en la que los ciudadanos tienen diversas concepciones del Bien Común, puedan todos perseguir libremente sus ideas de la Buena Vida. Por esta razón, muchos piensan que la democracia es una condición y una consecuencia de la civilización; y que la democracia en su versión liberal es un sistema político que garantiza los derechos humanos y la libertad. Lo contrario no es cierto necesariamente. La historia sugiere que en los regímenes no democráticos los derechos humanos no son necesariamente tomados en cuenta como algo importante y, en el mejor de los casos, garantizados y activamente defendidos constitucionalmente.

Occidente como cuna de la imaginación moral moderna

Se puede alegar no obstante, que la idea de derechos humanos es un concepto eurocéntrico, que forma parte del equipaje conceptual e ideológico de Estados Unidos, Canadá y Europa principalmente y que no reconoce otros principios éticos, tradiciones y creencias que son valorados por culturas diferentes de la occidental, los cuales determinan creencias y prácticas que no son consistentes con la idea de derechos humanos o que, específicamente, violan o restringen de manera significativa uno o más derechos humanos. Se puede también alegar que los derechos humanos son un lujo; que son aspectos a los que se puede prestar atención solo después de que se han resuelto problemas más concretos, relacionados con la satisfacción de necesidades básicas de casa, ropa y alimentación. Se puede finalmente alegar que los ricos países de Occidente pueden dedicarse a pensar y promover los derechos humanos porque han resuelto sus problemas económicos mediante la explotación de la riqueza de los países pobres.

Todos los alegatos anteriores nos hacen pensar que somos los occidentales, o los que hemos sido educados dentro de los valores y creencias de esta civilización, los que estamos siempre más dispuestos a defender la democracia. Y, en consecuencia, que los miembros de culturas o civilizaciones diferentes de la Occidental son impermeables a las ideas de democracia, y lo que ella (creemos que) hace posible (la libertad, los derechos humanos, etc.) por las razones antes mencionadas o por otras distintas.

Sin embargo, esa idea de que los logros morales más universales de nuestra civilización han sido concebidos y gestados en el mero corazón de Occidente ha sido analizada y desmantelada por el escritor, ensayista, académico y novelista Michael Ignatieff. Éste ha analizado algunos de los mitos sobre el origen del conjunto de conceptos que definen la imaginación moral del mundo moderno, y que en la actualidad hemos llegado a pensar que se integran con la democracia formando un único constructo político-moral. Ignatieff ha argumentado que conceptos como el de genocidio o el de crimen contra la humanidad no fueron acuñados solamente por juristas o intelectuales de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Ignatieff sostiene que en la construcción de ese amplio repertorio de derechos humanos han participado intelectuales que eran oriundos de naciones o culturas situadas en el margen de occidente o seriamente amenazadas por el proyecto nazi. Un caso ejemplar que muestra cómo ciertos concepto smorales proviene del margen, y sobre el que Ignatieff ha escrito extensamente, es Raphael Lemkin, un polaco nacido en Byalistok, a quien se le atribuye la sensibilidad moral para haber acuñado el concepto de genocidio en 1943. Fue él quien preparó el primer borrador de la Convención sobre el Genocidio, aprobada por Naciones Unidas en diciembre de 1948. (si se quiere leer más sobre Lemkin haga click aqui).

Apropiación de ideales democráticos

Por lo general nos sorprendemos cuando vemos cómo personas que pensamos que son resistentes o impermeables a nuestro modo de ver el mundo, nuestras creencias y nuestros valores, salen a demandar con tanta pasión más democracia, como lo hemos vistoo en días pasados en las calles de ciudades de Egipto y otras naciones de la África musulmana. Sobretodo en estas naciones en las que sus ciudadanos han vivido sometidos por décadas a los caprichos de un gobierno autoritario. Ellos salen a la calle, se movilizan y manifiestan pacífica y públicamente con estrategias muy semejantes a como lo podrían hacer ciudadanos de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Alemania o, nosotros mismos, los ciudadanos de países latinoamericanos. Formulan proclamas en las que demandan lo mismo que demandaríamos nosotros: libertad, políticas económicas adecuadas, y respeto a los derechos humanos fundamentales. Cuando cosas como ésta ocurren pienso que la democracia y los derechos humanos son valores o conceptos más robustos de lo que creemos y que se han puesto de moda. Son conceptos que deberían formar parte del patrimonio común de la humanidad y que su capacidad de penetración amigable de otras culturas es una muy mala noticia para los dictadores y los aprendices y emuladores de éstos. Quizás ocurre todo esto porque las ideas de democracia, libertad y derechos humanos constituyen bienes universales responden plenamente al espíritu del sentido común.

De algún modo estas manifestaciones desmontan la tesis neoconservadora sobre el choque entre civilizaciones, propuesta por el fallecido profesor de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington (1927-2008). Para que el postulado choque violento y peligroso entre dos civilizaciones (o culturas) tenga lugar ese carácter impermeable hacia las ideas y valores occidentales debería mantenerse. Huntington tuvo importancia por dos cosas: 1. porque sostenía que en el futuro sería la cultura y no la ideología lo que motivaría las confrontaciones; y 2. Porque sostenía que éstas no tendrían lugar entre naciones sino entre culturas. Era éste el argumento que desplazaba la confrontación desde la nacion hacia la cultura como unidad de análisis de confrontaciones futuras. Huntington postulaba que, además de la cultura Occidental, se podían identificar en el mundo otras seis culturas entre las cuales podía en cualquier momento surgir un conflicto: 1. El islam, 2. la China; 3. la Hindú, 4. la Ortodoxa, 4. la Japonesa, 5. la Africana y 6. la Latinoamericana.

Quizás uno de los puntos más débiles de la tesis de Huntington es el carácter arbitrario de esas supuestas unidades culturales que de algún modo él presentaba como homogéneas o estadísticamente significativas. Si se hablara con rigor habría que poder afirmar mas allá de toda duda razonable que la diversidad de creencias y pareceres de los individuos pertenecientes a culturas diferentes era siempre mayor que la diversidad de creencias y opiniones dentro de cada grupo. Este supuesto de diversidad cultural en el mundo cada vez se cumple de un modo más débil, es decir, tiene menos significación estadística.

Contaminación de las culturas puras, mestizaje cultural

Pareciera tener más sentido concebir el mundo actual como un caldo en el que a diario tienen lugar procesos de recombinación y fusión cultural. Procesos de mestizaje cultural en el que núcleos cada vez más circunscritos y limitrados de culturas puras hacen agua, son penetrados desde muchos frentes, no solamente por procesos de globalizacion económica y cultural, sino sobretodo por procesos de importación y consecuente diseminación de las nuevas tecnologías de información dentro del espacio geográfico por el que se extiende cierta cultura.

Globalización vs tecnología

Frente a la amenaza de penetración cultural que representaba la globalización, la respuesta de los núcleos antiglobalización fue tratar de articular, desde lo que hoy en día luce como un precario y fugaz andamio de los movimientos antiglobalización (Berlin 1988, Madrid 1994, Seattle 1999, Londres 1999, entre otros) una heterogénea alineación idológica que le prestara sustento conceptual a esos movimientos y se erigiera como barrera de resistencia masiva y popular contra la globalización.

En cambio, no hemos visto que los núcleos antiglobalización hayan sido capaces (ni que alguien le haya encontrado un sentido que se disemine masivamente) de articular un movimiento masivo y popular de tecnófobos que resisten la diseminación y uso de las nuevas tecnologías. No lo han hecho a causa de que fueron precisamente las nuevas tecnologías de información (la internet, la telefonía celular y sus derivados) el elemento que actuó como catalizador de un proceso, cada vez más eficaz, de auto-organización de los movimientos populares.

Disparadores espontáneos e impredecibles y la tecnología

Los nuevos movimientos acontra el autoritarismo que hemos visto recientemente en países árabes, nacen de modos espontáneos y caóticos, y están dirigidos contra una amplia variedad de regímenes autocráticos: esas acreciones y pretensiones de control hegemónico y duradero de la ciudadanía y de los recursos que (maquilladas con una o muchas máscaras de pseudodemocracia) impiden que se instaure la democracia, restringen la libertad, y limitan, violan o ignoran los derechos humanos.

Muchas veces, los movimientos de revuelta popular pueden ser disparados por eventos impredecibles realizados por un individuo. Gracias a un complejo proceso que involucra diversos elementos de las nuevas tecnologías de información (específicamente los dispositivos de producción de contenidos que son luego subidos y compartidos viralmente en las redes sociales), estos hechos espontáneos que revelan la inadecuación de un regimen autoritario a una realidad social, económica, cultural o moral (o o todas a la vez, como suele ser el caso) tiene el poder de despertar una solidaridad automática en decenas o cientos de miles de otros ciudadanos que se identifican con el acto o hecho al que está asociado .

Muerte de Khaled Said

Tal es el caso de Egipto, donde-aparte de los hechos de Túnez- uno de los disparadores locales de los movimientos que hemos visto ya durante 13 días ininterrumpidos fue el asesinato de Khaled Said por parte de una fuerza policial brutal a favor del regimen de Mubarak. Said fue un joven hombre de negocios egipcio de 28 años que fue sacado a la fuerza de un cibercafé ante la vista de testigos por dos policías vestidos de civil y luego golpeado hasta morir en el lobyy de un edificio residencial. Cinco días después de su muerte, activistas en derechos humanos crearon una página de Facebook llamada: Todos somos Khaled Said. En ella se mostraban fotos de Said tomadas con un celular en la morgue, con su rostro cubierto de sangre y heridas ocasionadas por los brutales golpes que le había propinado la policía, al lado de fotos de Said sonriendo, tomadas antes de su secuestro por la policía. En pocos días esa cuenta de facebook tenía más de 450 mil amigos.

Inmolación de Mohamed Bouazizi

Otro de estos eventos impredecibles detonantes de un proceso de revuelta popular fue la auto-incineración del vendedor de frutas tunecino Mohamed Bouazizi, quien se prendió fuego luego de ser humillado brutalmente por la policía. Su acto produjo protestas que fueron grabadas con celulares, subidas a internet, compartidas en youtube, y eventualmente, transmitidas por el canal árabe de noticias Al Jazeera. (puede verse más información sobre estos dos eventos aquí).

Tengo la impresión de que de algún modo, ese imaginativo uso combinatorio que hacen los usuarios de la tecnología para diseñar el arma tecnológica más eficaz para luchar contra el poder es el equivalente real a aquella súbita iluminación que producía el grito del niño en el cuento de Andersen. La tecnología multiplica hasta el infinito el hecho que se ocultaba hasta hace poco a millones: que el Emperador está desnudo, que el poder autoritario carece de lógica interna porque su única lógica es el capricho personal de quien lo detenta.

Tomar riesgos para promover la democracia

Ha sido importante, pero no demasiado, que Estados Unidos rectificara a tiempo tal como lo hizo Barack Obama, y reconociera la importancia de apoyar una transición hacia una futura democracia en Egipto. Tenía que hacerlo a pesar del riesgo que podría implicar esta transición, a la que seguramente estará asociada un debilitamiento del gobierno egipcio y, por tanto, una mayor probabilidad de que en esta nación sean secuestrados los ideales cívicos y democráticos que en la actualidad han sido formulados conjuntamente por musulmanes (cerca del 90 por ciento de la población), sufíes, coptos y cristianos que hemos visto proclamar durante estas manifestaciones. No podemos obviar el temor de que el fundamentalismo islámico o cualesquiera otros ideales extremistas perturben el resultado de estos movimientos populares que no se erigen contra la izquierda o la derecha, sino más bien a favor de la apertura, la democracia, la libertad, los derechos humanos. Debemos confiar en que la sensatez de estos valores y principios, de los que ellos se han apropiado, protegerán estos movimientos cívicos y laicos de ser corrompidos o minados por el odio, la partidización o la faccionalización. En la actualidad, la amenaza más inminente de que este movimiento sea tomado por un grupo no laico reside en los Hermanos Musulmanes, una facción que, bajo la actual constitución egipcia, no está autorizada a actuar en la arena política y que por estar relativamente muy debilitada por diferencias internas no representa una amenaza en el corto plazo.

Marcados por la tecnología

Sin duda la tecnología de información, los celulares y las plataformas de redes sociales han jugado un papel crítico en la capacidad de la población de organizarse y movilizarse exitosamente. Hemos visto que cuando el gobierno cortó el servicio a internet y desactivó las redes de telefonía celular, con la intención de minar la capacidad de organización de los manifestantes, éstos rescataron del olvido y reactivaron con una agilidad impresionante tecnologías olvidadas durante más de una década como las redes de radioaficionados o el fax. Es como si la práctica misma de la comunicación en red (horizontal) se hubiese quedado como impronta (como huella) e implantado de un modo casi genético en el modo de hacer las cosas y relacionarse con otros al que se ha acostumbrado y amañado el hombre contemporáneo.

De modo que creo que no se trata ya de pensar que la internet es un factor necesario para las redes sociales y éstas para garantizar el éxito de movilizaciones populares masivas sino, más bien, que el haber aprendido a comunicarnos con un gran número de personas (algunas más y otras menos conocidas) es la verdadera consecuencia (implicación) de nuestra inmersión a tiempo completo y navegación dentro de esas redes sociales que la internet y la telefonía celular hacen posible. Puesto en otras palabras, uno de los rasgos de ser globales y contemporáneos sería esa experticia que nos permite pensar y actuar en (y dentro) de redes sociales. Experticia que poco a poco alcanza el nivel de un arte. Pienso que esta lógica de las redes sociales y el arte de movernos dentro de ellas (arte en el que algunos han adquirido una maestría que alcanza el virtuosismo) es la más importante consecuencia de la tenología, y es lo que verdaderamente nos ha cambiado profundamente.

El arte y la lógica de las redes sociales

Asimilar y conocer la lógica, y dominar el arte de construir, comunicarnos y movernos a nuestras anchas dentro de las redes sociales es algo a lo que nos obligan las dinámicas laboral, social y cultural contemporáneas. En este sentido, todos estamos expuestos a esa presión selectiva. O dominamos ese modo de estar en el mundo o desapareces (bueno, hablo metafóricamente). Y creo que no hace mayor diferencia el hecho de que residamos en Londres, Nueva York, Cairo, Caracas o Buenos Aires. La tecnología se ha hecho global y democrática, la más democrática de todos los bienes. Eso es lo que quiero destacar de la experiencia que hemos tenido y la experticia que hemos desarrollado con las redes sociales. Creo que no se trata solo de desenterrar tecnologías olvidadas (cable, fax, radioaficionados), por ejemplo, sino de usarlas de acuerdo con una lógica contemporánea que nos revela como ciudadanos del tercer milenio, que nos identifica como ciudadanos cuyos patrones de atención, procesamiento de información, estilos de percepción, modos de aprendizaje y perfiles de destrezas físicas, nos identifican como miembros de un tejido de redes que se unen unas a otras en una gran red global. La lógica de las redes sociales y el arte de construirlas y luego navegar por ellas nos permite incluso usar los bastones de madera con los que hemos retratado en el comic al hombre de las cavernas como instrumentos de comunicación dentro de las redes sociales antes que como armas. No terminamos de darnos cuenta del valor competitivo que nos confiere esta destreza (recien adquirida) para la inmersión y navegación dentro del universo físico o virtual de las redes sociales.

Al dictador: Cercena la lógica no la tecnología!

El razonamiento anterior me hace pensar que la única forma que tienen los gobiernos autoritarios y totalitarios, de prevenir eficazmente el surgimiento de movilizaciones masivas de ciudadanos que los adversen, y que estén impresionantemente organizados y alineados en sus ideales, objetivos y consignas, es impedir que se aloje y arraigue con fuerza, en nuestra corteza cerebral y en nuestro cuerpo, la lógica y práctica de las redes sociales. Estoy convencido de que una vez que esta lógica germina, las dictaduras, el autoritarismo abusivo, y las prácticas de manejo corrupto o secreto de fondos públicos, tendrán sus días contados. Porque por supuesto estoy seguro de que una vez que se ha arraigado esta lógica en el modo de ser de los seres humanos será muy difícil extirparla.

La tecnología actual como caballo de Troya de la democracia
Pregunto como conclusión final de estas notas: ¿Es la tecnología actual un Caballo de Troya, un vehículo que introduce subrepticiamente (mediante esa marca indeleble que produce en aquellos que la han aprendido a dominar) en culturas lejanas a Occidente un conjunto de ideales, valores y prácticas que subyacen a los fundamentos de la civilización Occidental. Mi respuesta a esta pregunta retórica quiere ser afirmativa. Sin embargo, estoy claro de que el panorama es aún incierto. La tecnología tiene el potencial de salvarnos pero tiene también el potencial de perdernos. En un próximo post trataré algunas ideas sobre este punto a propósito del tema facebook, su fundador principal, Mark Zuckerberg, y la película The Social Network. Es mi optimismo el que me hace pensar que seremos testigos durante los próximos años de múltiples procesos como el que vemos en Egipto y otras naciones de África. Y creo que no será fácil para los gobiernos autoritarios luchar contra la diseminación de esta lógica de las redes sociales, este pensamiento horizontal que adversa la lógica vertical del poder (lo que seguro que a algunos les recuerda ideas de Robert Putnam y su concepto de capital social).

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