Hechos, narrativas, palabras, Límites de la transparencia radical

El sitio web dedicado a la publicación online de documentos filtrados ha vuelto a sus andadas (1). Como un solitario lobo de mar, o más bien como una veloz y escurridiza ave nocturna su director, el antiguo niño genio y hacker australiano Julian Assange, sobre cuyas espaldas pesa ahora una orden de captura de Interpol, piensa y (tácitamente) asume todas las consecuencias de lo que considero es la irresponsable publicación, (supuestamente en pro de un mundo mejor) de 251.287 mil comunicaciones, unas secretas y otras no tanto, entre el Departamento de Estado y personal diplomático norteamericano designado en 270 naciones. Aunque ninguno de los documentos pertenece a la categoría top secret, y la mayoría constituye material no clasificado, 11 mil de ellos han sido clasificados como secretos, 9 mil como noforn (abreviación de material demasiado delicado para ser compartido con un gobierno extranjero), y 4 mil han sido clasificados a la vez como secretos y noforn.

Periodistas rigurosos de periódicos como NYT, que han podido revisarlos detenidamente, dicen que no se han protegido los nombres de informantes, periodistas, y personal de confianza de las naciones con las que Estados Unidos tiene relaciones diplomáticas y que la seguridad de estos informantes puede ahora estar seriamente comprometida. En un post anterior hice algunos comentarios sobre lo cuestionable que era poner en riesgo la vida de la gente buscando una transparencia inasible y elusiva en la que no se ven cuáles son los beneficios de ella y, por el contrario, es posible ya visualizar múltiples consecuencias negativas al tratar de lograrla.

Información sobre hechos que no conocíamos

Esos documentos (llamados genéricamente cables pero que en realidad son correos electrónicos encriptados), ofrecen una perspectiva cercana, cruda y poco sofisticada, de la forma como interpreta y comprenden los funcionarios diplomáticos norteamericanos lo que escuchan, miran, y en general, leen de lo que ocurre a su alrededor en las cerca de 270 naciones en las que Estados Unidos tiene representaciones diplomáticas. En algunos casos, esta información puede ayudar a fortalecer el criterio de la ciudadanía en materia de política exterior. Por ejemplo, conocer que la diplomacia norteamericana ha fracasado en evitar que Siria envíe armamento a Hezbollah en el Líbano puede ser importante para el ciudadano común. Lo mismo puede decirse de los cables que sugieren que Corea del Norte puede haber enviado a Irán misiles BM-25 de largo alcance. Si éste fuera el caso, Estados Unidos, Europa y otras naciones de Occidente estarían ante una amenaza mayor de la que creen frente a una nación de politica exterior tan impredecible como Irán. De igual manera, puede ser importante que sepamos que el hackeo masivo perpetrado hace unos meses a los servidores de Google en China fue una actividad dirigida desde el Politburó Chino que formaba parte de un programa de saboteo de la internet en el que participaron hackers, expertos privados en seguridad y forajidos de la informática reclutados por el Gobierno de China.

Todas las revelaciones sobre hechos (asunto Siria-Hezbollah) o indicios de hechos (misiles Corea del Norte-Irán), pueden contribuir a mejorar la capacidad del ciudadano común a formarse una idea acerca de cuán eficaz es la diplomacia norteamericana en los programas de lucha antiterrorista que se traza y, eventualmente, ejercer algún tipo de presión para que se reemplacen los funcionarios actuales, o cambie el lineamiento dictado por el Departamento de Estado y esa línea de acción o programa sea reemplazado por uno más eficaz. Respecto al asunto China-Google, la información nueva puede ayudar a conocer qué tipo de actividades oculta China detrás de los discursos hipócritas que la caracterizan y que sólo sirven a sus intereses, como por ejemplo abrir o mantener abiertas sus relaciones comerciales, ocultando su fiero rechazo a valores consistentes con la libertad de expresión y otros derechos humanos fundamentales. Lo anterior para alegar que cuando se trata de hechos como los arriba referidos, si información que antes era privada luego se hace pública tiene grandes posibilidades de tener un impacto positivo en la formación de criterio del ciudadano.


Opiniones, el terreno de la ficción

Con lo que estoy en desacuerdo es con la publicación indiscriminada de opiniones, sin importar de quién sean éstas, porque su publicación no contribuye con la transparencia de una organización o unidad de gestión y, en cambio, introduce un ruido que a nadie beneficia y sí complica la dinámica de las relaciones internacionales o, en el peor de los casos, es totalmente indiferente y lo único a lo que contribuye es a llenar miles de páginas de titulares en la prensa y medios audivisuales de todo el mundo. ¿A quién le sirve, por ejemplo, saber que Robert Gates piensa que “la democracia rusa ha desaparecido”, o que describe al gobierno ruso como “una oligarquía dirigida por los servicios de seguridad”, tal como lo reporta el New York Times? ¿ O a quién beneficia conocer, según lo que leemos en uno de los cables, titulado “Turkmenistan: Cat Implicated In Presidential Security Incident“, que un funcionario fue despedido luego de que un gato se cruzara en el camino por el que pasaría la caravana de automóviles del presidente del turquestán Gurbanguly Berdimuhamedov? Pero esa es una historia que inevitablemente atraerá la atención de los funcionarios que se topen con ella en Washington. Las opiniones del personal diplomático forman parte de narrativas que simplifican el análisis y eventual exploración de las soluciones a determinados problemas. Pero no contribuyen a que logremos una mejor comprensión de los dilemas y complejidades de los asuntos internacionales. Todo lo contrario, contaminan nuestra comprensión de lo que es la verdadera política, de aquella que prescinde de los temores, emociones, recelos, envidias, codicia, ira y resentimiento de quienes están sentados frente a frente, ante una mesa de negociaciones y conversan, negocian, debaten, una y otra vez, hasta metamorfosear una serie tortuosa de sucesivos borradores en una resolución, un protocolo ambiental global, un acuerdo de desarme, una plataforma para el desarrollo conjunto de proyectos de investigación científica que empujarán la frontera del conocimiento, y de muchas cosas más. Es la información precisa de lo que contienen esos borradores y documentos finales, lo que me interesa como ciudadano. Son esos acuerdos o documentos finales suscritos por las dos partes los que espero que reflejen mis expectativas como experto ambiental, científico, militar, etc. No son las comunicaciones confidenciales nocturnas enviadas por estos mismos señores a sus jefes las que me interesa conocer.

Esa tramoya de narrativas que se entrelaza con, y dentro de, la diplomacia norteamericana es ruido y material idóneo para la ficción: pero inútil e ineficaz como herramienta para mejorar las relaciones entre dos o mas países. Sobretodo si se tiene en cuenta que, no obstante la globalización y la consecuente universalización del idioma inglés, fenómeno que separa las barreras del idioma, nuestros distintos entornos físico y cultural, nuestras diferencias étnicas e históricas, ya de por sí nos obligan a hacer un esfuerzo enorme para lograr comprendernos, para lograr conexiones, empatías aunque sea momentáneas, con los Otros. De modo que venir a complicar esa tarea de comunicarnos con los que están al otro lado del mundo, eleva los costos de lograr acuerdos, porque introduce la desconfianza, la duda, e incluso el resentimiento. Hacer que alguien piense cosas como: “Mientras yo llegaba a este acuerdo que lo beneficiaba a él, él pensaba de mi esto y aquello”. Que luego de este masivo filtrado de documentos confidenciales algunos individuos piensen de un modo como el que ilustro aquí es decepcionante. Pero es peor que además, junto con esta información, se hayan filtrado los nombres y apellidos de quienes recolectaron determinadas piezas clave de información.

Cuestionando el ideal de transparencia total

Uno se pregunta si de verdad sería un mundo ideal (conmejor democracia, libertad) y justicia) aquel en el que todos pudiéramos leer el pensamiento y conocer en todo momento lo que el Otro piensa sobre el mundo y, en especial sobre nosotros. Quizá éso sería decepcionante. No estamos preparados para conocer de un modo absoluto el presente (insisto en citar a Eliot en donde dice que el ser humano no soporta demasiada realidad). Por esta misma razón tampoco estamos preparados para conocer el futuro. Todavía el hombre no ha aprendido a pensar poco y hacer más. No tenemos todos esa salud espiritual a la que aspira el zen que tengamos: Una mente vacía de ideas negativas que en nada contribuyen con la convivencia, con el amor, con el logro de acuerdos productivos y pacíficos, y que nos permita dedicarnos sin pensar al hacer.

Conocer por ejemplo todas las especulaciones, las sensatas y las más descabelladas, de lo que opina un grupo de funcionarios del Departamento de Estado sobre líderes como Chávez, Kirchner, o Ahmadinejad, no me sirve. Es información que opera al nivel emocional, aunque lamentablemente es explotada por la prensa y medios noticiosos internacionales, los amarillistas y los no amarillistas. Es información que mina el ego de los líderes gubernamentales implicados. Pero tristemente es la clase de información que puede deteriorar el ambiente de trabajo de quienes tienen la tarea de lograr acuerdos con otros países en una muy amplia variedad de temas.

Pienso que esta clase de información sobre lo que piensa un líder de otro sí es útil para el escritor de ficción o el guionista de thriller cinematográficos. Son material de inspiración para quienes tienen el trabajo de inventar tramas novelescas que, empacadas en best sellers venden cientos de miles de ejemplares antes de convertirse en nuestros familiares thrillers de Hollywood. En esas tramas, que a menudo pintan la realidad como caricatura, periodistas heróicos que escriben para oscuros blogs de izquierda (como el que aparece en la película Wall Street 2, de Stone), cuya lógica se coloca al margen de los intereses del Gran Capital, revelan los hilos de redes internacionales que implican a poderosos grupos económicos, contratistas de la Secretaría de Defensa, milicias de derecha, y carteles de narcotráfico quienes logran alinear sus intereses y conspiran para derrocar gobiernos demócratas de izquierda donde inocentes y analfabetas ciudadanos escuchan embobados la palabrería zonza de un líder populista que colecciona y usa relojes Cartier finísimos al tiempo que defiende una revolucion pacífica para los pobres del futuro.

Como alguna vez dijo Haruki Murakami, si los escritores de novelas, si los productores de la ficción fuesen más arrojados e imaginativos (tanto como es él agregaría yo) e hicieran su trabajo adecuadamente, los hijos realengos y desorientados de las megalópolis posmodernas no tendrían que buscar afinidades e identificaciones, no tendrían que hallar el sentido para sus vidas, en las malas narrativas que construyen con sus discursos estupidizantes los líderes populistas y autoritarios, o peor aún, los líderes terroristas. Si los escritores de ficción hicieran bien su oficio, sugiere Murakami, los periodistas no tendrían que alimentar a sus lectores, como si se tratara de perros hambrientos o del público salvaje de un circo romano, arrojándoles como si fuera carroña, todas esas historias malas y predecibles, llenas de dictadores dementes, populacho estúpido, narco-guerrilla, uranio, petróleo, drogas, y milicianos suicidas fundamentalistas.

Que sería patético que el oficio del periodista se metamorfosee en esta era digital en un arte dirigido a sacarle el mejor provecho posible a esta clase de información. Digo, que olvide lo que solía hacer, y se dedique a elaborar, con base en esa masivo laberinto de documentos filtrados como los que ha colgado Wikileaks, series inagotables de malas historias. Que además pueden ser peligrosas y tener consecduencias negativas en el mundo real, porque los personajes de los que tratan estas historias son reales, y pueden ser posibles víctimas de retaliaciones por parte de aquellos que los han desenmascarado; de aquellos que han revelado su lado más débil, ridículo, humano. Wikileaks no puede pretender sustituir ese trabajo de investigación del cual el buen periodismo no puede prescindir, de ese que arma con laboriosidad una buena historia y no una azarosa madeja de chismes.

No combatiremos los prejuicios, plagas, parias y parásitos (conceptuales) que contaminan las relaciones internacionales lanzando al vasto universo digital océanos de data, llenos de chismes, opiniones, narrativas, en suma, de palabras. Los combatiremos con hechos, con debates y negociaciones. Con borradores y acuerdos desapasionados. Forjados con paciencia. Y diseñando innovadores mecanismos institucionales que nos informen de manera confiable y oportuna sobre la naturaleza de los acuerdos, protocolos, decisiones que nos impliquen y afecten.

Ese ideal de transparencia radical que Assange presume posee el potencial para mejorar nuestra felicidad no tiene nada que ver con las palabras sino con los hechos. Creo que una proliferación hipotética de sitios semejantes a wikileaks podría terminar convirtiendo a la sociedad en un espacio sin privacidad. Porque lo que ahora se llama filtración, o fuga de información, se podría llamar en un futuro denuncia. Y lo que ahora es ilegal o trasgresor, podría convertirse en una regla general: anticipando que otro pueda subir información sobre mi, yo me adelantaría a producir y publicar la información sobre aquel que yo presumo tiene la más alta probabilidad que en el futuro me perjudique publicando en la web información sobre lo que digo o hago. Esta cadena de incentivos perversos minaría rápido la confianza y crearía una sociedad de vigilantes obsesionados por denunciar a aquellos que estos consideran pudieran denunciarlos a ellos. De modo que lo que se configuró primero como un instrumento para lograr la transparencia se corrompe y convierte en un instrumento para acabar con la privacidad minando al hacerlo los derechos civiles de la gente. Estaríamos construyendo entonces una sociedad en la que se implementara la caza de brujas posmoderna y digital. Una sociedad de delatores, de agentes oscuros y mezquinos que como en la época de la Stasi en la Alemania Oriental, se atreven a filtrar todo tipo de información. Una distopía nacida de la voluntad de implementar una idea genial (la transparencia) pero radical y por tanto peligrosa.

Polisemia en las relaciones internacionales

Es peligroso otorgarle demasiada importancia a las palabras y sus sutiles sentidos en las relaciones internacionales. O más bien, nuestro deseo de que sean saludables las relaciones internacionales nos obliga a ser meticulosamente obsesivos con las palabras que se usan en conversaciones para llegar a acuerdos, o negociaciones. Sobretodo cuando están implicadas operaciones de traducción que producen sutiles alteraciones en los sentidos. A propósito de esto, quiero citar un breve análisis sobre la importancia de darle el sentido correcto a las palabras en las relaciones sinternacionalesque realizara la fallecida crítica literaria francesa Marthe Robert en un libro titulado La verité literaire(1981). Allí Robert nos recuerda que en la literatura, y solo en ella, es la palabra la que porta la verdad. Y nos recuerda que es posible que el bombardeo de Hiroshima haya estado determinado por un error de traducción.

Robert nos explica que la palabra mokusatsu, pronunciada por el Primer Ministro japonés Suzuki delante de los periodistas de la prensa internacional, luego de que Japón hubiera recibido el ultimátum estadounidense, tenía por los menos cuatro sentidos: 1. Tomar nota de algo; 2. Tratar algo con un silencio de desprecio: 3. Pasar algo en silencio; y 4. Quedarse sabiamente a la expectativa. Cuatro significados asociados a cuatro traducciones posibles de ese término. Como se podría esperar, los periodistas optaron casi de común acuerdo por atribuirle a Suzuki el uso del sentido menos probable: el del silencio despreciativo. El insulto. Aun si todos sabían que no era un momento para provocaciones ni fanfarronadas. Japón ya se había arrodillado. En consecuencia, un político responsable del calibre de Suzuki no podría haber querido decir que lo que su país respondía a ese ultimátum era el desprecio. Robert supone que Suzuki debe haber querido decir (aunque de manera ambigua en efecto), que él iba a avisar, que iba a consultar con el resto de los responsables de la política de su país para decidir la conducta y que cuando esta decisión estuviese tomada se los haría saber. Pero que en ese instante él no tenía nada que declarar. En todo caso, él tomaba nota de la amenaza y se reservaba un tiempo de reflexión. Era lógico, era la evidencia. Pero los periodistas quisieron tener un impacto en todo el mundo y seleccionaron la traducción tendenciosa de mokusatsu: el desprecio y el silencio. Diez días más tarde, los norteamericanos, furiosos, lanzaron la bomba sobre Hiroshima.

Y Robert concluye esta nota con: Un massacre pour un mot.

Y pienso en las traducciones realizadas por los cientos de funcionarios del servicio exterior norteamericano. Y las decenas, centenas de errores de traducción que ellas tiene. Errores en la selección de los sentidos correctos de los términos. Y pienso luego en los que han leído y aún están por leer esta nueva serie de documentos recien publicados en wikileaks, y me horroriza pensar en cuáles pueden ser las consecuencias de tomar decisiones con base en sentidos erróneos. Básicamente porque quizás alguien pensó que el lenguaje que hablan los diplomáticos es equivalente a algún lenguaje de programación. O a algún lenguaje formal. Pero éste no es el caso. Los lenguajes naturales (como el de los diplomáticos) son redundantes, contradictorios, en ocasiones tautológicos o circulares, hiperbólicos, irónicos. Y todos esos tropos y figuras de retórica, y estilos de habla, pueden afectar el sentido de lo que quisieron decir los funcionarios en esos correos encriptados.
Al margen de que esto son sólo opiniones que muchas veces no se correspondían con lo que los funcionarios hacían. Y es por eso que digo una vez más que no debemos darle importancia a las opiniones. Primero, porque implican palabras y éstas, como lo sugiere el texto de Robert, configuran un terreno muy resbaladizo y peligroso. Y segundo, porque en la práctica, lo que importan son los hechos, que son menos ambiguos por las razones ya expuestas al comienzo del presente texto.

Notas

(1) Luego de que el sitio original recibiera decenas de ataques de hackers, wikileaks decidió mudar su sitio a un servidor en Suiza y abrir versiones espejo de ese sitio en servidores de otras naciones europeas, excepto Francia. Uno de los sitios enlos que s epuede consultar wikileaks es: http://wikileaks.ch

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