Never let me go, O de cómo perder el alma en una distopía

“We took away your art because we thought it would reveal your souls. Or to put it more finely, we did it to prove you had souls at all.”

Why did you have to prove a thing like that, Miss Emily? Did someone think we didn´t have souls?

Kazuo Ishiguro (nacido en Nagasaki en 1954) es uno de esos escritores que tiene una capacidad única para construir ambientes y tensiones irresueltas que crean múltiples y contradictorias expectativas en los lectores a medida que éstos progresan en la lectura de sus novelas. The remains of the day (Lo que queda del día) es un ejemplo de lo que afirmo. En ella se muestra cómo, en medio de las pequeñas intrigas que forman el día a dia de los sirvientes de la clase alta británica, pudo nacer un amor muy intenso entre el mayordomo Stevens y la ama de llaves Miss Kenton. Y sin embargo, la madeja de reglas que reglamentan y constriñen la conducta de Stevens y Miss Kenton impiden que ese amor se llegue a concretar. Es por tanto esta novela un modelo de contención que muta en ocasiones hacia una especie de continencia religiosa. La novela es magnífica, no sólo por el grado de realismo y detalles con el que Ishiguro narra el mundo de la servidumbre británica, para cuya descripción tan fina se requiere una especial intuición además de muy buena información, sino también por mostrarnos tan claramente ese punto extremo y dramático de inhibición de la conducta y emociones que las reglas de la más estricta cortesía y etiqueta inglesa pueden producir en un ser humano. Llevándo al ser humano, por decirlo así, a un grado cero de la emoción y eliminando casi totalmente la espontaneidad.

Lo que admiro en esta otra novela de Ishiguro,Never let me go (Nunca me abandones) es el talento de este escritor para describir con un detalle impresionante el ambiente y los valores morales de una versión hipotética y perversa de los internados ingleses (boarding school). Narrada en primera persona por Kathy, Nunca me abandones cuenta la vida que tuvieron ella y sus amigos Ruth y Tommy, durante los años que crecieron y estudiaron internos en Hailsham, una escuela que sentían era especial y que el hecho de haber estudiado en ella, ellos pensaban que los hacía diferentes.

Sin ser totalmente una novela de ciencia ficción, por eso de mantener a raya los aspectos técnicos que presenta, el mundo en el que ocurren los hechos narrados en esta novela pudiera fácilmente existir puesto que algunas de sus condiciones de posibilidad ya se han verificado. En este mundo son criados y educados los tres amigos. Ignoran cuando son niños que su único y trágico destino es el de crecer para ser donantes de órganos vitales cuando sean adultos. Lo extraordinario del libro es cómo, muy gradualmente, el lector, casi en paralelo con los estudiantes de Hailsham, se va enterando de que a diferencia de los personajes de las novelas que se ven en la televisión, de aquéllos que actúan en las películas que los estudiantes tienen oportunidad de ver en video, o de los personajes que son protagonistas de las novelas que leen, ellos no podrán tener hijos, ni viajar al extranjero, ni hacer vidas normales. Jamás podrán los tres amigos o sus compañeros ganarse un salario trabajando en una profesión como médicos, abogados, pilotos o policías. Parte de eso se los dice Lucy, una maestra rebelde que siente la necesidad de revelarles la razón de su vida en esa institución. La causa principal de que los estudiantes de Hailsham, y otras instituciones similares pero de menor nivel, no puedan vivir como gente normal es que es casi seguro que, antes de cumplir los cuarenta años de edad, ellos habrán completado (eufemismo usado para designar el morir), y dejado este mundo dado que a esa edad habrán participado ya en dos, tres o cuatro operaciones cada uno, en calidad de donantes de sus órganos vitales.

Conocer el destino que la vida les tiene preparado no atormenta demasiado a este trío de amigos. La fantasía más delirante que albergan se basa en una creencia, que algunos compañeros desacreditan alegando que es un mito: Que es posible que las parejas que sienten y demuestran un amor intenso puedan calificar para un diferimiento en las operaciones de donación de sus órganos y posponer así en unos cuatro o cinco años su inevitable deceso prematuro. En algún momento, hacia el final de la novela, se enteran de la verdad. Pero conocerla tampoco les produce una terrible decepción aunque sí algo de tristeza y frustración. En realidad, nada parece producir en ellos sentimientos de desacato a las reglas básicas de ese sistema perverso e inhumano. Quizás porque han sido educados como seres obedientes. Y sin embargo, una dulzura serena e inocente impregna el ambiente de la vida de ese trío y de sus compañeros mientras viven y crecen en Hailsham. Crecen como inconcientes de los horrores y contradicciones éticas que existen en el mundo en que han nacido, aparentemente incapaces de apreciar y cuestionar la lógica perversa de un mundo que permite que existan y permanezcan en el tiempo instituciones como Hailsham en la que estudian personas que son simples medios para lograr la felicidad de otros. Me recuerda a ratos esta novela a la película La vida es bella (1997), dirigida e interpretada por Roberto Benigni. En ella Guido, un judío que ha sido detenido junto con su hijo Josué para ser deportado a un campo de concentración nazi inventa para Josué un mundo de fantasía. Guido recrea este mundo de juegos y fantasías para preservar la pureza e inocencia de ese niño. Para que su niñez no se vea contaminada por el horror en que había convertido el nazismo al mundo en tiempos de la Segunda Guerra.

Algo semejante ocurre con Hailsham, un internado que es un mundo de fantasía que aisla a los niños del horror que les supondrá vivir ya de adultos en su calidad de donantes. Pero lo que es más importante, es probable que Hailsham tenga también un rol principal en prepararlos a aceptar con serena resignación su destino de vivir como donantes hasta que mueran prematuramente. Uno hasta pudiera sentir empatía con el puñado de idealistas que, viendo cómo la lógica de los intereses había corrompido la moral del mundo, no se les ocurrió mejor cosa que concebir una institución como Hailsham, donde la breve vida de los futuros donantes transcurra del mejor modo posible, de un modo que no les haga sentirse distintos. O al menos que no sientan que son demasiado diferentes de los seres humanos normales. Quizás—pensaron los más tercos de estos defensores de la calidad de vida de los donantes—hasta pudiera demostrarse que está equivocada la creencia de que los donantes son seres sin alma. Y para ello, sin que los jóvenes estudiantes se enteren de cuál era el verdadero propósito, la directora de Hailsham comienza a acumular una enorme colección de dibujos, poemas, cartas de amor, ensayos, producidos por los internos. Pensando que quizás si logran convencerse a sí mismos primero, y luego a terceros, de que esas obras revelaban una real sensibilidad estética, podría argumentarse que esos niños sí tenían un alma. Y quizás eso hubiera podido ser el comienzo de un cambio.

Impresiones que me deja la novela

No puedo ocultar la contradicción y sentimientos encontrados que me produjo la lectura de este libro. Primero me invita a que admire la amistad inocente y hermosa que surge entre los tres amigos, cuyos afectos se combinan y recombinan de modos hermosos y lunáticos, como las mareas, a veces tocando el cielo y otras descendiendo suavemente varios metros bajo la tierra. Es una belleza que se consolida y refuerza a lo largo de los años. Pero el goce que sentimos como lectores ante la contemplación (imaginación) de la belleza de las cambiantes relaciones de este triángulo fraternal-amoroso de seres que actúan como adolescentes, se ve contaminado por la lenta pero gradual comprensión de qué es lo que verdaderamente se oculta detás de las palabras apacibles y maneras suaves de quienes dirigen la escuela. Y nosotros como lectores quedamos desvastados cuando confirmamos nuestras sospechas. Sufrimos o nos afectamos más de lo que lo hacen los personajes. Al principio, porque pensamos erróneamente que ellos no podrán aceptar la mentira sobre la que se sustenta su vida cuando llegado el momento se enteren de la verdad. Más tarde, cuando nos damos cuenta de que a pesar de que se han enterado de lo que es ese mundo, no han hecho nada de lo que anticipamos, nuestro desánimo proviene de imaginar lo terrible que puede ser una sociedad estructurada por seres que aceptan con resignación serena y sin violencia el trágico destino que les ha tocado vivir. La respuesta más directa a la revelación de que pueden morir más temprano es querer vivir tres o cuatro años más. De resto, ninguno de ellos cambia sus vidas. Continuaran ocupados y preocupados por las mismas cosas. Se conforman con gozar o sufrir cuando tienen éxito o fracasan en sus pequeñas iniciativas de seducción y sexo, único campo de competencia que no les está vedado a los donantes. Creo que en general, lo más devastador de los donantes es su resignación, su falta de rebeldía, su conformidad con el destino que el sistema distópico e inhumano les tiene reservado. Pero por qué hace esto Ishiguro, Por qué nos seduce como lectores para que disfrutemos de las relaciones de este trío de amigos-amantes al tiempo que nos muestra lo que ellos no ven, al tiempo que nos tortura con la imaginación de lo que no podrán hacer?

Tres respuestas posibles

Tengo tres respuestas posibles a esa pregunta sobr ela intención del autor al escribir esta novela. Ninguna me convence demasiado y es posible que la respuesta correcta sea todas las anteriores y ninguna de las anteriores al mismo tiempo. Procedo pues a listarlas.

1. Una educación que diseca el alma

Quizás Ishiguro quería criticar una educación represiva que, aunque sutil en las técnicas que usaba para la represión, y mentirosa, podría no sólo producir personas obedientes que ni atacan ni vulneran las bases del sistema, sino también personas sin alma porque ésta se les ha encogido de tan resecas que quedaron. ¿Pero es que acaso podemos anular a un ser humano hasta convertirlo en una oveja? Recuerdo la historia de Winston Smith en 1984, aquella distopía imaginada por George Orwell. Cuando comienza la novela él es un rebelde y parece tener la madera necesaria para cambiar todo un mundo. Pero Winston tiene un talón de Aquiles y por ese punto débil se desliza el Mal. Me refiero a su terror ciego a las ratas. El Poder utiliza este terror para doblegar la moral y la logica de Winston, hasta el momento en que sea capaz de repetir que 2 + 2 es igual a 5, porque la verdad es lo que el Partido Único diga y no lo que su lógica deduzca. En el momento en que Winston se quiebra, el Poder habrá ganado, se habrá llevado su alma. En el Estado totalitario, Fausto deja de pactar con el Diablo porque ese mismo Estado lo obliga a pactar con él, pero no para darle la inmortalidad o la sabiduría sino para quitarle la libertad y con ella la vida, y el coraje para vivirla con pasión e intensidad.

2. Vivir como los donantes sin serlo

Es también posible que el autor desee que consideremos la posibilidad de que un grupo de técnicas educativas como las que se practican en Hailsham pueden formar ciudadanos perfectamente obedientes, carentes de un amor posesivo a la vida (más bien indiferentes a tenerla o no tenerla), aunque capaces de disfrutar de ella de un modo sereno, viviendo en el aquí y el ahora, sin preocuparse por lo que nos depara el futuro de bueno, pero tampoco con terro sobre las catástrofes que nos puede traer. Hombres y mujeres por tanto que no se preocupan por los cientos de problemas complejos, la mayoría de ellos insolubles o de muy difícil o costosa solución, que agobian al hombre contemporáneo. ¿No sería ésta una manera plausible de ser felices? Vivir como los donantes sin serlo. Quizás ése es un secreto para la felicidad.

3. Una crítica a la vida en el gueto

O todo lo contrario. El autor podría haber intentado una crítica al hecho de que existan sociedades en el mundo contemporáneo que se tapan los ojos y los oídos, que recubren su piel, que se encierran en sus mundos personales o grupales, que se aíslan de la realidad (ahora más con la ayuda de la tecnología) y viven como Josué el personaje La Vida es bella, pensando que el mundo es como uno de esos exclusivos internados, un gueto o paraíso artificial siempre cerrado y protegido, como un club exclusivo. Y no salen. Para qué si no quieren ni pueden cambiar nada del modo como está diseñada su ciudad, su país, el mundo afuera de ese lugar donde viven. Y son gente que vive sólo atenta a lo que ocurre dentro de los ámbitos de sus pequeños y estancos “aquí y ahora”, encerrados en visiones provincianas de un mundo interconectado donde el batir de las alas de una mariposa puede tener insospechadas consecuencias, muchas veces catastróficas. O quizás son las tres lecturas, todas distintas, igualmente válidas.

Replicantes versus donantes

Y aquí pienso en otra distopía y un personaje que se conduce de una manera totalmente opuesta a los chicos de Hailsham. Pienso en Roy Batty, el replicante de Blade Runner quien no es un clon sino un cyborg creado como una herramienta diseñada por seres humanos sin compasión para hacerles la vida más fácil a quienes viven en la Tierra. Roy Batty me gusta porque se rebela con violencia contra la lógica del sistema inhumano que lo ha engendrado, el genio Tyrell y su corporación global. Porque hace cosas terribles y comprensibles como es asesinar a su creador, y a otros que cooperan con él, por haberlo traído a un mundo que lo utiliza de un modo tan vil.Roy es memorable porque actúa de un modo contradictorio que nos cuesta comprender, salvando a Deckard a última hora, quien ha sido el asesino de sus queridos compañeros y lo persigue para matarlo. Admiramos en Roy Batty su amor apasionado por la vida, su altruismo, cuando a sabiendas de que está por morir salva de una muerte segura a su perseguidor, su pasión, su solidaridad con sus compañeros, sus contradicciones. Admiramos en Roy y los replicantes su lucha absurda por sobrevivir que la suscribimos totalmente. Es ésta la que nos hace identificarnos con los replicantes y sentirlos tan humanos como nosotros.

Conocer el valor de la vida

No quiero que se me malinterprete. No es un amor a la muerte como el que podríamos encontrar en un kamikaze lo que explica el modo de actuar de los tres amigos y el resto de los estudiantes de Hailsham, sino más bien una mezcla de ignorancia con inocencia que los hace desconocer cuál es el valor de la vida, qué es lo mejor que ésta nos puede ofrecer, y por qué es razonable desear a toda costa continuar viviendo cuando se tiene aún salud y juventud. O incluso cuando ya no se poseen ni la una ni la otra. Otro factor que explica el modo de ser, actuar y sentir de los personajes de esta movela es su casi absoluta falta de apego. Los donantes son profundamente desapegados, personas a las que parece darles lo mismo lo que ocurra con sus vidas. Personajes que saben, y aceptan como un hecho inexorable, el hecho de que no pueden impedir que sus cuerpos sean usados como un instrumento para restablecer la salud y prolongar la vida de otros seres humanos. Y este conocimiento los hace ser indolentes ante el futuro. Y es esa conciencia de su incapacidad para cambiar su destino, lo que los hace interesarse en las cosas del dia a dia, esas pequeñas cosas del aquí y del ahora que producen felicidad. Una escena que recoge esa capacidad de los donantes para disfrutar de una perecedera felicidad inmediata es ésta:

    We took the table right at the back—which meant the one stuck out closest to the cliff edge—and when we sat down it felt like we were virtually suspended over the sea. I didn´t have anything to compare it with at the time, but I realise now the café was tiny, with just three or four little tables, They´d left a window open—probably to stop the place filling up with frying smells—so that every now anf then a gust would pass through the room making all the signs advertising their good deals flutter about. There was one cardboard notice pinned over the counter that had been done in coloured felt-tips., and at the top of it was the word “look” with a staaring eye drawn inside each “o”. I see the same thing so often these days I don´t even register it, but back then I hadn´t seen it before. So I was looking at it admiringly, then caught Ruth´s eye, and realised she too was looking at it amazed, and we both burst out laughing. That was a cosy little moment,…” (p. 149).

No dista mucho la descripción de esta escena en el café de la que he recogido in extensoen otra entrada de este blog, extraída de Suave es la noche de Francis Scott Fitzgerald. Esa mesa leve a cuyo alrededor se reunen los amigos, casi suspendida sobre el suelo, o sobre el mar, esa imagen de levedad para significar una cima momentánea pero memorable de felicidad, ésa es la clase de belleza que nos muestra en su meticulosa narrativa esta novela. Dejando para otro nivel, su efecto emocional, su efecto devastador. Como insistiendo en producir ambas emociones a la vez en el lector.

Utopías y distopías

Históricamente, la cultura inglesa ha mostrado poseer una capacidad inagotable para imaginar utopías y distopías. Desde aquella célebre Utopía de Tomas Moro, pasando por las ideas extravagantes y fantasiosas del socialista utópico Robert Owen, hasta llegar a los oscuros callejones de distopías como Mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell o aquella pesadillesca realidad temporal y distópica que se constituye en The Lord of the flies, de William Golding.

Dos escenas peculiares

No quiero concluir sin mencionar dos escenas que rompen con ese desapasionamiento que he alegado que exhiben los donantes. Una de ellas ocurre cuando Kathy es una niña de once años. Kathy soñaba en ese entonces con ser madre algún día. Un día escucha en un casette de origen norteamericano una canción titulada “Never Let me Go”, la canta Judy Bridgewater y está recogida en su album Songs After Dark. Kathy imagina que la canción hace referencia a una madre que le dice a su bebé, lo que dice una estrofa de la letra: “Baby, never let me go,…oh baby, baby,…never let me go…”. Imaginando a la madre y su bebé, mientras escucha la canción Kathy agarra una almohada y la arrulla como si fuera un bebé sosteniéndola en sus brazos. La directora pasa de repente por la puerta del cuarto donde Kathy hace esto y al mirarla se le salen las lágrimas. Luego se marcha en silencio. Al final de la novela, esta señora le cuenta a Kathy, ya adulta, por qué lloró aquel día. La canción le da el título a la novela. Obviamente Judy Bridgewater es apócrifa, al igual que lo es la canción. y Kathy hace una lectura extraña de la letra de la canción.

La otra escena que rompe con ese juicio que he hecho sobre los donantes, diciendo que son desapasionados, (carentes de pathos), tiene lugar a la salida de la casa de la antigua directora de Hailsham. Muchas cosas nuevas sobre Hailsham, su vida allí, y el mundo externo, escuchan los tres amigos durante esa visita. Y al salir y tomar el camino de regreso a casa, de repente, Tommy le pide a Kathy, quien está a cargo de conducir, que se detenga. Tommy se baja, y se mete caminando en el bosque. Y entonces grita varias veces muy fuerte. Tres veces escucha Kathy gritar a Tommy esa tarde. Cuando se reencuentran, Tommy le pide disculpas y le dice: “Que buena suerte que no me topé con ninguna vaca. Me hubieran dado tremendo susto!”. Y ya. Ahí termina la rabia, es la única escena que describe un acto de catarsis pura hecho por un donante, un acto que drenaba la rabia y la frustración acumulada a lo largo de decenas de años de mentiras y verdades a medias dichas por los rectores de Hailsham. Y entonces Kathy se acuerda de que Tommy, cuando era niño, solía comportatrse de ese modo. De repente se volvía loco. Y Tommy piensa que quizás él fue el único que siempre lo supo. (“Maybe I did know, somewhere deep down. Something the rest of you didn´t”.) Un saber en todo caso que no servía, al menos no servía para cambiar el trágico destino de cualquiera de ellos.

Sé que estas dos escenas quiebran la idea del desapego y ausencia de pasiones que les he atribuido a los donantes. En un caso muestra una niña que sueña con ser madre y demuestra ser tierna y capacidad de amar a una futura pero negada hija. Primero inocentemente. Luego, cuando está plenamente conciente de que nunca se va a cumplir su sueño, sigue soñando pero con temor y en secreto. En el segundo, intuimos que Tommy es un rebelde pero que algún momento se dio cuenta de que la rebeldía no le sirve para cambiar su destino y capitula. Aprende a controlarla e inhibir los actos de ira o locura que ésta motiva. De este modo el sistema perverso termina por quebrarlo. Solo falla el sistema y se escapa de Tommy algo de eso que todos creían muerto o desaparecido, el día que Tommy pega esos gritos de loco en el bosque. De resto obtiene de Tommy y de todos los demás una total y pacífica obediencia. Sin necesidad de ejercer violencia alguna.

Creo que estos tres chicos, y todos sus compañeros, poseían un alma que les pedía alimento físico y espiritual. Pero por miedo a mostrarla terminaron por ocultarla. Otros quizás la olvidaron o incluso la mataron para no tener problemas con el perverso y poderoso sistema en que nacieron. Y vivieron creyendo que eran felices. Sin cuestionarse si eso era cierto.

Un comentario en “Never let me go, O de cómo perder el alma en una distopía

  1. Me encanto todo y la forma en como escribiste. Realmente no lei el libro, acabo de ver la pelicula, la cual me doy cuenta que se come muchas partes de la novela (como siempre) y me dieron muchas ganas de leer el libro, con todos los detalles, como debe ser.
    Me gustaron mucho tus deducciones y comparaciones con otras novelas.
    Me ayudaste a entender escenas de la pelicula que no se entienden bien, o que simplemente estan cambiadas de la historia original.
    Te felicito por el analisis que hiciste.

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