Travesuras de la niña mala, Una disgresión sobre la metamorfosis

“…refería la historia de un maravilloso animalito que vivía en lo alto de una torre en estado letárgico y sólo despertaba a la vida activa cuando alguien subía la escalera. Dotado de la propiedad de transformarse, cuando alguien bajaba o ascendía los peldaños el animalito empezaba a moverse, a iluminarse, a cambiar de forma y color.” (p. 356)

Esta obra es un canto novelesco a la persecución y defensa a ultranza de la libertad por parte de la niña mala, una mujer camaleónica de gran inteligencia, belleza, atractivo, osadía, y, sobretodo, ambición. Una mujer que a lo largo de su vida sacrifica, una y otra vez, su identidad, su felicidad, su estabilidad (valor pequeñoburgúes del que está dispuesta a prescindir si es necesario), así como sus logros materiales cada vez que se siente sofocantemente atrapada o encerrada en las redes amables, suaves y tiernas o, por el contrario, crueles, violentas y lacerantes, de sucesivos matrimonios o vidas en pareja. La niña mala es una mujer paradójica que, a semejanza del animalito que es protagonista de la obra Metamorfosis, cuya sinopsis el autor hace hacia el final del libro, ha decidido que el cambio y la mudanza son su única y verdadera identidad (1).

La novela narra la historia del amor desencontrado pero constante e ininterrumpido a lo largo de casi cuatro décadas de Ricardo Somocurcio por una mujer a la que conoce cuando eran ambos adolescentes. En ese entonces, ella dice llamarse Lily y se hace pasar por chilena aun cuando poco tiemppo después se descubre que es peruana. En la novela, los lectores conoceremos a Lily, o la niña mala, bajo diversos nombres y personalidades: como la socialista camarada Arlette que viaja a Cuba vía París: como la honorable madame Robert Arnoux; como la sofisticada Mrs Richardson, esposa del comerciante británico David Richardson; como la sumisa Kuriko, amante del perverso señor Fukuda; como la agradecida madame Ricardo Somocurcio, o como Otilia, la hija del peruano Arquímedes, suerte de mago y asesor para la construcción de rompeolas.

Ricardo declara estar enamorado de ella. Se lo dice cada vez que la reencuentra luego de haber creído que la había perdido para siempre. Pero la niña mala es proteica, tercamente cambiante y no acepta moldes. No hay marido o pareja al que pueda tolerar por mucho tiempo. Una y otra vez se resiste a vivir la vida como una mujer cuyo esposo o amante (ricos muchos de ellos) la pueda hacer feliz, o solo complacer en sus deseos y caprichos. Con convicción defiende su renuencia a ser domesticada por un hombre. Porque la niña mala se alimenta de la impostura, del drama de los personajes que crea y destruye periódicamente, al asumir los papeles de: personaje, director y autor, todos a la vez, de esa obra que es su vida.

Pero también siente la niña mala un profundo rechazo a ser la misma persona a lo largo de su vida. Está determinada a no ser ella misma. No es que se avergüence de su origen humilde sino que teme que, al reconocerlo, pudiera reconciliarse serenamente con una vida de miseria, pobreza, necesidad que aborrece desde muy niña. Y sin embargo, no es una vida de lujos, fasto, riqueza para comprar lo que desee lo que la niña mala anhela. No es ella una simple trepadora social porque para serlo tendría que haber tenido el propósito de ir puliendo (quizás dejando que la pula algún Pigmalión con el que se topara en el camino) su personalidad hasta construirse a sí misma una que fuese una impostura pero, a la vez, más adecuada para convivir con la vida de lujos y privilegios que pudiera haberle ofrecido algún amante rico o poderoso. No. La niña mala es compleja debajo de su aparente simplicidad de gata. Tal es su aversión al compromiso que la niña mala no se compromete ni siquiera con una misma identidad por demasiado tiempo. Porque la identidad (el ego, ese accesorio ineludible con el que solemos guardar esa relación ambivalente de amor-odio), es también una celda, la camisa de fuerza más duradera que nos puede obligar a usar esta vida. Y ni siquiera a esta celda se adecúa la niña mala. Lucha contra la identidad mudando ésta como si se tratase de la piel de una serpiente cada cierto tiempo. Y a semejanza de ese curioso cefalópodo que es el nautilus, la niña mala clausura para siempre (por lo general de manera trágica) cada nueva identidad que adopta; se despoja de ella como si fuese una piel, pero también la quiebra desde adentro como si fuera ésta el fino cascarón de un huevo, abandonando para siempre de este modo su habitat-identidad anterior. En este proceso de ir por la vida cerrando identidades pasadas y abriendo otras nuevas, la niña mala hace sufrir (sobretodo a los que la aman, y más que nada al que más la ama, a Ricardo Somocurcio), pero todavía más sufre ella. Cada nueva mudanza desgarra y maltrata una parte distinta de su ser, una o más de las capas más profundas que conformaban su identidad. La niña mala se lacera desde afuera hacia adentro y llega cada vez más profundo. Y es que la niña mala, no obstante lo cruel y dolorosa que pueda resultar su determinación para con ella misma, insiste tercamente en recordarnos que la esencia de la mujer, y por extensión de todo ser humano, es el cambio, la metamorfosis recurrente, y que este cambio es signo y significado de la libertad.

Para reforzar el contraste entre los dos caracteres, el autor construye a Ricardo como un hombre estable, monótono, predecible y muy poco ambicioso que, gracias a que ha aprendido varios idiomas, incluyendo el ruso, puede vivir decentemente como traductor e intérprete que trabaja a destajo para organismos internacionales, como Unesco o Naciones Unidas en París. Sin embargo Ricardo no es amargado, frustrado o infeliz. A veces parece que se resigna a ese destino de no ser correspondido (como uno piensa que él quisiera) por la niña mala. Sin embargo, por encima de su persistente deseo y pasión por esta mujer (que con el tiempo se impregna de compasión, y ternura) Ricardo está dotado de una capacidad ilimitada para perdonarle a su amada los recurrentes y ya predecibles desaires que le hace. Llegado un momento, Ricardo la llega a conocer y se da cuenta de que ninguna relación o persona retendrá nunca a la niña mala dentro del cascarón de un matrimonio, o vida en pareja. Al margen de una escena de despecho poco creíble, Ricardo ama a la niña mala de un modo incondicional, masoquista, obsesivo y claramente irresponsable para con su autoestima dado que no parece hacer nada para protegerse de la conducta patológica de esta mujer.

Apenas comencé a leer este libro me asaltó la idea de que la niña mala era una versión madura y moderna de Emma Bovary, el protagonista de Madame Bovary, la novela escrita por Gustave Flaubert que Vargas Llosa tanto admira. La niña mala parece una Emma Bovary no menos vehemente ni menos brillante que el personaje de Flaubert, quizás tampoco menos soñadora, y en el fondo no carente de idealismo, que desde niña se ha trazado objetivos materiales y sociales muy claros y sabe que, para lograrlos, deberá realizar múltiples sacrificios, comenzando por su identidad, el amor de su familia (quienes la tratan como a una descastada). Pero esta Bovary postmoderna no anda en busca del romanticismo. Ricardo es cierto que se parece al personaje León de Madame Bovary, el amante sensible y de intereses literarios con el que se ilusiona Emma Bovary. Pero así como León está limitado para concebir la complejidad del imaginario romántico que ha construido y reconstruido Emma Bovary durante sus horas de soledad y fantaseo, así como el modo en que ese imaginario romántico determina la intensidad y complejidad de sus pasiones y sentimientos, pienso que Ricardo ama, y por tanto perdona, a menudo sin comprender (la comprensión no es necesaria para el amor) la conducta irracional de la niña mala, su pasión, sus imposturas, su amor obsesivo por la libertad. Un amor quizás determinado por su temor profundo y remoto a vivir en el mundo de pobreza y miseria en que vivieron sus padres. A reproducir un modo de vida que ella percibió desde niña como una cárcel.

No quiero concluir esta nota sin observar que creo que el autor ha introducido un código para leer la novela cuando en el último capítulo nos habla de Metamorfosis, una obra de teatro en la que trabaja Marcela, una escenógrafa amiga de Ricardo con quien éste vive en Madrid. Esa obra, cuya sinopsis inserté como epígrafe de la nota, ayuda a interpretar ( o si se prefiere a amar a este personaje complejo que es) a la niña mala. Metamorfosis para la libertad. Pero también para el juego, si se le atribuye un sentido lúdico. Se puede también pensar que la metamorfosis es un recurso para la supervivencia; vista darwinianamente: la presa cambia para que el predador no la reconozca. Se puede, finalmente, pensar en la metamorfosis como una estrategia extrema para mantener vivo ese amor incondicional y obsesivo que siente Ricardo por ella que, lo intuye acertadamente, es lo mejor que le ha ocurrido en su vida.

Notas:
(1) Encuentro un oscuro parentesco entre la niña mala y The Talented Mr Ripley (1999), aquel legendario psicópata y asesino que saliera de la imaginación de la genial Patricia Highsmith, que en la más reciente versión cinematográfica del libro, dirigida por Anthony Minghella, fue interpretado por Mat Damon. Aparte del hecho de que Ripley usa la impostura para secuestrar una identidad, aquella que él piensa le ayudará a escalar todo lo que sea necesario para satisfacer su desmedida y ciega ambicióm, la niña mala no se casa con ninguna identidad. Las usa y luego las desecha cuando se aburre de ellas. La impostura es para ella un recurso para incorporar variedad en su vida. En esta relación con cada vez renovadas identidades, la niña mala se parece más a un actor. A alguien que en cada obra que interpreta adopta una nueva identidad que puede luego dejar de lado a discreción. Hay un desapego casi místico en la niña mala que configura un camino hacia su redención. Al menos yo la salvaría. Por otra parte, esta lectura de la niña mala como encarnación de la idea de que la vida se debe asumir como un proyecto de cambio constante, al que nada constriña, propone una idea de libertad bastante original y diferente de la ya más conocida libertad existencial postulada por el existencialismo de Sartre, donde es precisamente esa cadenna de decisiones tomadas a plena conciencia las que van forjando tu esencia, tu identidad, para hablar en los términos en que hemos conversado hasta ahora. Diferente es también la niña mala de ese final dramático y casi épico con que el joven Joyce termina su obra The Portrait of the artist as a young man: “I go to encounter for the millionth time the reality of experience and to forge in the smithy of my soul the uncreated conscience of my race”. ¿Cuántas veces no ha creado la niña mala, con esa encantadora levedad y desapego (insoportable para otros), una nueva identidad sin sentirse heróica ni portadora de un testigo legado por sus ancestros?

4 comentarios en “Travesuras de la niña mala, Una disgresión sobre la metamorfosis

    • Roberto,
      Gracias por el comentario. Espero que si lo lees te guste el libro. Yo lei porque senti que tenia una deuda con él. Algunos de sus libros recientes no son tan buenos y no me habian provocado mayor emoción, salvo La Fiesta del Chivo. Pero es que es dificil hacer deccenas de novelas todas igual de buenas. Creo que son 16 hasta ahora. Pero esta niña mala es divertida como personaje. Saludos.

  1. Me encantó esta reseña, Lorenzo. También me parece que la niña mala es un personaje divertido e interesante. Uno de esos a los que puedes llegar a odiar casi desde el principio de la novela. Me recordó un poco a Ignatius Reilly en La Conjura de los Necios, quien también andaba por la vida haciendo y deshaciendo sin importarle a quien se llevaba por el medio. Saludos y felicitaciones por tu excelente blog.

    • Mauricio,

      Que bueno que te gustó. Tengo la impresión de que el libro lo escribe Vargas Llosa para ilustrar una idea. O para hacer ficción de su hipótesis sobre lo que sería una Madame Bovary en el siglo veinte. Creo que también hay ideas políticas. El tema por ejemplo de la identidad es muy interesante. El plantea que, contra lo que podemos creer a priori, que es bueno tener identidad y que los marginados y excluidos aman a los líderes que les otorgan o refuerzan su identidad (tal como lo suelen hacer los líderes populistas), la niña mala, Otilia, desprecia su identidad asi como el concepto mismo de identidad, porque aceptarla (cree ella) implicaría una aceptación de un modo de vida, una cultura (de la pobreza), y ella no se quiere reconciliar con la miseria, o con una identidad que la pudiera hacer elegible como receptora de dádivas (subsidios) de un gobierno populista, quue la conviertan en un autómata y no en un ser autónomo y libre. Frente a eso que ella ve como falsas oportunidades para escapar de su miseria, ella elige la impostura, la metaamorfosis. Pero a la Niña Mala es tambíen posible leerla como una niña eterna. Como una musa en el sentido que el escritor Robert Graves le da a ese concepto en su obra magna: La Diosa Blanca. Estoy releyendo a Graves. Algunos capítulos de ese libro y de otro que conseguí hace poco sobre la poesía (una compilación de charlas sobre poesía que Graves dictó en Oxford donde glosa algunas de sus ideas sobre las relaciones del hombre con la musa y la Diosa Triple que es la luna es sus aspectos de diosa del cielo (Selene), diosa de la tierra (Diana), y diosa del infierno (Perséfone). . La Niña Mala puede también ser vista como una descripción de una Musa que al metamorfosearse, adopta identidades de esos tres aspectos inconciliables de la Diosa Blanca. Y Ricardo como un persistente y ferviente devoto de la Diosa a la que ama a través de la Niña Mala.

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