Apuntes y fragmentos sobre tiempo y poder

Quiero escribir sobre esa impresión que tengo, que comparto con algunos de mis conocidos, de que el tiempo está suspendido en Venezuela. No se trata de que el tiempo transcurra más lentamente porque las semanas se suceden sin detenerse, una tras otra a la misma velocidad que lo hacen en cualquier otra parte del mundo. Me refiero más bien a la esfera de las decisiones existenciales.

Hay una obsesión y fobia del poder con el tiempo, cuyo avance inexorable reta su permanencia y supervivencia.

Tiempo suspendido

La idea de un tiempo que cuelga; que ha dejado de fluir. Figura metonímica (toma la parte por el todo) que designa más bien una vida que cuelga; es decir una vida cuyas decisiones esperan a un mejor tiempo. Millones de vidas que esperan el tiempo oportuno para tomar las mejores decisiones. O que, por el contrario se van a otros países. La imagen de un hombre indeciso al borde de un risco que cae verticalmente sobre la costa marina, que la vemos allá muy abajo. El hombre no sabe si arrojarse al vacío o quedarse parado en ese borde, deliberando.

La idea de un tiempo suspendido la tomo del título de la primera novela del fallecido escritor norteamericano Saul Bellow, Dangling man (1944), que narra la vida (suspendida) de su personaje Joseph, un desempleado que solo recupera la dinámica de su vida, que vuelve a tomar decisiones importantes determinantes para su existencia, cuando se enlista en el ejército para pelear en la Segunda Guerra Mundial.

Antagonismo entre tiempo y poder

La animadversión profunda del poder hacia el tiempo es uno de los factores que instaura ese clima de suspensión del tiempo en Venezuela. Somos gobernados por un poder que se regocija en su incompetencia porque el caos y la consecuente incertidumbre que éste crea (amplifica porque hay una incertidumbre basal) dificulta las decisiones (les impide a los gobernados decidir) y hace recomendable postergarlas. Un poder que a través de sus múltiples dicursos, versiones de una única aspiración a legitimar su permanencia en el tiempo, glorifica y exalta la muerte y el pasado, ambas expresiones de su aborrecimiento del tiempo.

El paso del tiempo le recuerda a quien encarna el Poder, a cada instante, que su existencia está limitada a un período finito cuyo final, en el mejor de los casos termina con su muerte.

La espera, Godot

La espera es uno de esos verbos que no designa una acción sino sólo un preludio de la acción, es casi un verbo que designa una no acción.

Como el poder aborrece el tiempo y hace lo posible por suspenderlo, sus esfuerzos se traducen en el despliegue de una vasta lentitud en el imperio. Dentro de sus confines el tiempo pasa muy lentamente. Tan lentamente que casi no pasa. Y los que no se dejan seducir por las virtudes de esa lentitud, esperan a que el tiempo vuelva una vez más a andar a su velocidad natural. La espera, un universo de ciudadanos pacientes a quienes se les pasa la vida en una espera, como en la antesala de un médico. Es una de las consecuencias de la instauración de un poder que se resiste a morir. O a pasar a otras manos, que es la regla tácita de la democracia. Un poder que no fluye.

Es esta lógica de un poder que se abraza a la inamovilidad lo que instaura la idea de que vivimos un tiempo de espera.

Pienso a veces que nuestra espera se asemeja a aquella en la que quedan atrapados Vladimir y Estragón, los personajes de Esperando a Godot, obra de teatro del irlandés Samuel Beckett. Cuando analizo esa obra desde nuestras circunstancias, pienso que quizá Godot no acude a su cita porque el tiempo de quienes esperan se ha detenido. O más bien porque cada una de las partes que ha acordado encontrarse, los que esperan y Godot, viven en mundos en los que el tiempo transcurre a velocidades distintas. Pudiera ser que el tiempo de Vladimir y Estragon no pasa o quizás sólo transcurre muy lentamente. Quizás Godot llegó a los pocos minutos de haberse separado; porque lo que para ellos son minutos para Godot son días o semanas. Quizás ocurre algo semejante (pero a la inversa) a lo que le pasó a Rip van Winkle, el personaje del cuento de Washington Irving, que llega 20 años retrasado a la cita con su pueblo natal, creyendo que sólo había pasado una noche fuera de aldea. Esta idea de un tiempo que pasa más lento en Venezuela, y por extensión en algunos lugares del Nuevo Mundo, es coherente con esa percepción de que el mundo de afuera nos deja atrás.

La espera, Heráclito, los cambios

Hay una versión presocrática de la espera que pudiera ofrecernos una clave distinta para responder a la pregunta sobre por qué Godot no acude a la cita. Me refiero a que del mismo modo que nadie se baña dos veces en el mismo rio (Así lo dice Platón en el Cratilo; Heráclito lo dice en las siguientes palabras: En el mismo rio entramos y no entramos pues somos y no somos los mismos. De este modo ha quedado registrado su aforismo en el fragmento 22 B12 de Diels-Kranz) porque cambian continuamente él y el rio, nadie debería ser el mismo cuando se separa de alguien que aquel que es al momento de reencontrarse con ese alguien. Lo que significa que todo reencuentro y consecuente reconocimiento luego del cambio que tuvo lugar durante la separación un milagro (1).

Un corolario de la idea de Heráclito de que vivimos en un mundo de cambios continuos, es sostener que lo que aprendemos nos cambia y que este nuevo aprendizaje cambia constantemente nuestro modo de mirar el mundo. Miramos con ojos diferentes lo que creemos que es lo mismo y pudiera ocurrir que algo de lo que miramos haya sufrido un cambio tan drástico que no lo reconozcamos como algo familiar. Por tanto, si además de cambiar significativamente nuestra mirada del mundo cambia también aquello que miramos (aquel que esperamos encontrar, el buen Godot) la cosa se complica. Digo esto porque una vez que se desatan las fuerzas del cambio (del verdadero cambio y no de aquel que cambia para seguir siendo lo mismo como en el caso del Gatopardo, la novela de Lampedusa), cabe la posibilidad de que Godot haya pasado a nuestro lado y no lo hayamos reconocido. Sería posible que, trágicamente, como en un cuento de Kafka, él tampoco nos haya reconocido. Todo conspira, en un mundo regido por las leyes del oscuro filósofo de Hefeso, para que nos desencontremos. O para que esperemos por largo tiempo sin la esperanza de que aquel a quien esperamos acuda a la cita. En ese mundo de cambios acelerados y ubicuos permeando la realidad como un virus sería un milagro reencontrarnos con alguien con quien hemos acordado vernos el dia anterior.

¿Pero qué es esto? Hablo de un mundo de cambios cuando lo que siento es que estoy viviendo en una realidad congelada. Quizás hablo del mundo de los cambios porque es lo que necesitaría; hablo de aquello de lo que carezco porque me hace falta. Porque mucha de la gente que me rodea, por decisión, o por simple indolencia, han postergado las decisiones críticas y han dejado su vida suspendida de un hilo. La han entregado al destino, a las fuerzas del azar o a la voluntad de dioses en los que algunos ni siquiera tienen suficiente fe de que ellos o Él, si son monoteístas, puedan hacer algo por ellos; para que logren sus propósitos o tan solo para que sean felices.

Interludio borgiano, glosa montejiana

Tiene una obvia inspiración heraclítea aquel poema de Borges que dice:

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca,/aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

Es ciertamente un mundo de cambios-pareciera que nos dice Borges-pero no produce esa rueda de los cambios una metamorfosis que me convierta a mi en el hombre que Matilde Urbach amaba a morir pues la ventura de ese azar de los cambios infinitos y continuos aún no la he disfrutado. El ingenioso poeta venezolano (fallecido en 2008) Eugenio Montejo, pareciera darnos una salida optimista al desánimo borgiano cuando escribió:

La tierra giró para acercarnos/ giró sobre sí misma y en nosotros,/hasta juntarnos por fin en este sueño…

Lo que de algún modo dice Montejo, sin abandonar el espíritu de Heráclito, es que aún si es necesario que la Tierra toda gire sobre su eje, y recorra al hacerlo 40 millones de kilómetros, o que yo me transmute en 40 millones de otros hombres, hasta llegar a ser aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach, eso puede ocurrir. No por azar sino por amor. Montejo lo sugiere entre líneas.

Transmutación infinita del que ama versus ansia infinita de quietud del que detenta el poder.

Nuestra espera

¿Qué esperamos en este país? ¿Qué esperan los que piensan comenzar a vivir el día que ocurra lo que esperan que ocurra? Algunos esperaron a los marines hace unos años, hasta que se dieron cuenta de que éstos no llegarían a la cita; otros a que actúe el destino, a que el regimen implosione espontáneamente y regrese la paz. Otros esperan cosas peores; violentas, crueles muchas de ellas. Pero también una gran mayoría espera la paz.

¿Qué espera el Poder? A veces creo que su absurda esperanza es que los que lo adversan (los que se oponen a este proceso absurdo de destrucción y demolición de nuestro pais) se vayan; que les dejen hacer (que ha sido más bien un no hacer) a sus anchas. Lo que no deja de ser una aspiración profundamente infantil. Porque el poder es parecido en su manera de pensar a los niños. Mira el mundo del mismo modo egocéntrico que ellos. La diferencia es que ellos finalmente crecen (muchos de ellos lo hacen); el jerarca totalitario o aspirante a ello nunca crece. Es un puer aeternus, un Peter Pan en una Tierra de Nunca Jamás en la que no pasa el tiempo.

No vivimos aún en una dictadura pero muchos de: los rasgos que distinguimos en los actos de gobierno, los significados que captamos en el casi continuo y mediatizado discurso del gobernante, o en ese otro discurso que es calco indistinguible del que enuncia y pronuncia del líder supremo (que fusionado con el primero lo escuchamos como una serie de ecos repetidos hasta la saciedad, que emergen de las bocas del líder y de las de una serie redundante de autómatas que han abdicado de su volición en favor de la del primero) se parecen mucho a los de un gobierno totalitario.

Es entonces cuando aparece ante mis ojos la imagen de ese regimen que devora pantagruélicamente organizaciones, instituciones, principios, valores, propiedades, proyectos de vida, bienes privados, noticias, para luego vomitar o excretar verborréicamente un discurso continuo que revela su desmedida ansia de permanencia. Pero el tiempo conspira contra ese objetivo, de manera inexorable.

El poder y la memoria

Pienso que hay una relación dialéctica entre el poder y la memoria. Por un lado anhelaría éste que los gobernados recuerden con precisión fotográfica las obras y hechos gloriosos del gobernante. Por el otro, que sean olvidados sus errores y desaciertos. Que se borren de sus mentes como si no hubieran existido todos sus errores. Por eso el afan de todos los Príncipes de reescribir la historia, tal como narra Orwell que ocurre en el mundo de 1984.

El paso del tiempo le recuerda al Príncipe el riesgo, la tentación y, en definitiva la inevitabilidad del olvido; que es algo similar a la fragilidad de la memoria. Cuando aquellos que gobernó lo olviden como persona o como líder, cuando olviden las consecuencias materiales, morales, estéticas de su ejercicio del Poder, que son las últimas reminiscencias de todo Poder, su poder habrá desaparecido por completo.

Fragilidad tu nombre es mujer, dice con un tono misógino Hamlet cuando advierte la facilidad con la que su madre Gertrudis ha olvidado los votos realizados a su fallecido (realmente asesinado) padre y se ha casado con su tio Claudio luego de enviudar. Frágil memoria que quizá es la expresión, en Gertrudis, de una superficial o falsa admiración hacia quien era su esposo.

Teme el Príncipe que lo que interpreta en los gobernados como adoración sea realmente una impostura, o si es real, que sea de una fragilidad semejante a la de Gertrudis. Presunción de una impostura que es tanto más probable cuanto mayor haya sido el terror que despertaba la posibilidad de una retaliación del líder supremo.

El ideal del Poder absoluto de gobernar en un mundo que ha quedado suspendido eternamente, sin historia. Pienso en Shi Huang Ti, aquel legendario y primer emperador chino que erigió la muralla y quemó los libros (ver magnífico ensayo de Borges sobre este tema en Otras Inquisiciones), seguro que para aislar a su imperio del tiempo; para que viviese el imperio inmerso en la oscuridad quietista de una suspensión de la historia.

Al final de su vida no logró escapar Shi Huang Ti a la decadencia. Persiguió por todos los confines del imperio magos y alquimistas que le ofrecieran la inmortalidad (de la que la memoria es la más eficaz metáfora). Prohibió que se mencionara la muerte en su entorno; temía ser víctima de un atentado, por lo que se escondía en un palacio con tantas habitaciones como días tienen los años. Así buscaba desorientar a imaginados y temidos magnicidas.

Pero ésta es una fantasía y por eso el poder real, en un mundo en el que existe el tiempo recurre a las más delirantes estrategias para negarlo, detenerlo o, lo que es peor, para retrocederlo. Por eso su semejanza con la figura del puer aeternus.

Esta relación antagónica entre el Poder totalitario y el tiempo o la historia, es lo que determina en el primero conductas ambivalentes, irrracionales, dramáticas y teatrales, trágicas y cómicas, frente a la historia. En los casos en los que el ansia de poder no ha ensombrecido del todo la comprension del Príncipe, éste adoptará la estrategia del disimulo. De tarde en tarde se transará con la historia. Armado de valor, se aventurará en el ejercicio de mirarse a sí mismo en el futuro lejano como si éste fuera un espejo. Tendrá el valor de imaginar cómo (luego de que pasen los eones (y que los retratos que mandó a hacer a los retratistas y escultores de su corte de adulantes hayan sido corroídos por el orín, huella del tiempo, quemados por el fuego, destruidos por hombres y bestias, y los restos arrojados a los botaderos) aún quedarán recuerdos de lo que hizo en alguno que otro libro de historia, aun algunos cronistas e historiadores se preocuparán por corregir los vacíos introducidos ex profeso por historiadores y cronistas que sufrieron una persecución ignominiosa por parte de su regimen. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el Príncipe carecerá del valor de imaginar o mirar siquiera de soslayo ese futuro lejano.

Horror a la historia

La idea de que el presidente aborrece la historia porque aborrece el tiempo. No se trata solamente de que vive en el pasado y que a menudo parece conducir al país a un tiempo que se remonta siglos hacia atrás. Sino más bien de que carece en lo absoluto de sentido del tiempo. Tanto del tiempo personal de cada ciudadano; como del tiempo colectivo en el que ocurre la historia. Secuestra el pasado y con él la historia distorsionando caóticamente la historia y los hechos. Recupera odios ancestrales delmismo modo que otros lo hacen con tesoros enterrados. No vive la Historia porque para hacerlo hay que vivir dentro del tiempo y el presidente vive y habla como si el tiempo fuese un muelle que puede comprimir a voluntad. Para que todo ocurra en un eterno presente.

La exhumación, mirada tardía

Fue un exabrupto esa exhumación del Libertador. Un acto de puro abolengo surrealista que contrapuntea para reinventar la definición del Conde de Lautremont, de reunir en una mesa de operaciones un paraguas y una máquina de coser. Allí estaban reunidos: los soldados y oficiales con sus armas, los jerarcas civiles del regimen sin armas visibles, los trajes asépticos y guantes quirúrgicos que recubrían a todos, la poesía de Neruda, el Panteón a la madrugada, los huesos del Libertador, y se invocaba su alma inmortal para que no dejara de sumarse a esa reunión.

Tanatofilia

Cuando el presidente exhuma los héroes y próceres muertos siglos atrás; cuando invoca alegremente la batalla y lo asalta un entusiasmo que nos da la impresión de que anticipa delirante su siempre abominable y terrible fragor; cuando permite con una no-política de seguridad ciudadana que las cifras de muertes violentas en Caracas y en otras grandes ciudades se mantengan o crezcan semana a semana, acumulando en pilas los cuerpos inanes de las víctimas; cuando denuncia la existencia de magnicidas del mismo modo que algunas solteronas invocan violadores a los que buscan al llegar a sus casas debajo de la cama, ya listas para el ominoso acto; cuando ignora, dejando impunes, los actos de incompetencia y corrupción cometidos por sus allegados; cuando decreta la obligatoriedad del lema importado patria o muerte venceremos en lugar de decretar y proteger el derecho a la vida, que hace posible que en cuanto que seres humanos disfrutemos del resto de los derechos humanos; cada vez que una de sus insensatas decisiones de política pública nos empobrece un poco más, empeorando nuestra situación actual y reduciendo nuestras posibilidades de disfrutar en vida de un futuro próspero; cada una de estas decisiones, y muchas más de las que las anteriores son ejemplos emblemáticos, no hace sino confirmarnos lo que sospechábamos desde un principio: que él le otorga más importancia a la muerte que a la vida; que ama la muerte en un despliegue de tanatofilia (ya quisiéramos que, por lo menos, como el socialista utópico Charles Fourier amara la vida y recorriera el país fundando falansterios que reprodujesen los principios de Armonía) que nos recuerda las vivas a la muerte del lisiado general Millán Astray. Y sin embargo, ese amor a la muerte no es sino una expresión de la medida en que el presidente aborrece el tiempo.

No se trata de que vive en el pasado (en tiempos de la conquista, colonia o independencia); porque el presidente vive fuera del tiempo. Tampoco se trata de que su amor a la historia lo hace querernos convencer de las razones que convierten al pasado en la mejor de las utopías para un país que ha dejado de avanzar hacia el futuro. Porque el presidente vive en una región fuera del espacio-tiempo en que las almas de aquellos con quienes conversa (los únicos con quienes lo hace) conviven en un presente eterno.

Y así logra el presidente reunir en una misma sala del palacio presidencial a los caciques, los próceres, los caudillos, los dictadores, los intelectuales de siglos anteriores nacionales y extranjeros. Los reune para anunciarles que van a ser vengados. Y que del mismo modo que el otro Libertador nos liberó del yugo español él liberará a las almas reunidas en ese ámbito sin tiempo, del yugo que los amarra a la Historia, a la memoria siempre frágil y al pasado.

Y sin embargo, pienso que todo esto es un teatro. Que quizás su agenda única es escapar para siempre de esa soledad en la que vive. Por eso busca desesperadamente estar, por lo menos, con las almas de los muertos. Para conversar sin necesidad de levantar la voz. Porque a ellos es suficiente susurrarles para que escuchen, comprendan y sonrían (aunque sea con esa sonrisa falsa como la que fuerzan sus engolosinados jerarcas, que bostezan cuando no los está viendo). O quizá prefiere declararse politeísta, como lo hiciera Juliano el Apóstata, y decir que son ellos sus dioses tutelares, que sólo a ellos rinde culto y respeta. También udiera ser que prefiere la multiplicidad de dioses porque desde niño ha amado las relaciones asimétricas; como por ejemplo esa relación entre los millones que son el pueblo y él como su única encarnación sagrada.

Pero allí dentro, en ese ámbito sin tiempo poblado de las almas, restos y reliquias de los héroes del pasado, él reza primero sus plegarias y luego espera, hasta que escucha sus respuestas. Es su modo de conversar; el único posible para él. Las respuestas pueden llegar inmediatamente, pero a menudo tardan. Le llegan siempre de modos sorprendentes y misteriosos como los caminos de Dios. Y cada vez que ocurre esto; cada vez que recibe una respuesta a sus plegarias, confirma que es el elegido.

Y aunque los muertos fruncen el ceño y lo miran con perplejidad, o simplemente no lo miran, por miedo a que los devuelva al pasado, donde siempre tienen el riesgo de ser olvidados, la sola idea de imaginar que lo van a escuchar durante eones, en ese presente eterno, los hace elegir el riesgo del olvido. Pero él hace caso omiso a sus muecas o gestos silentes. Continua su discurso esperando que millones de vivos que no se han decidido a seguirlo con los ojos cerrados a ese recinto de esplendorosa eternidad, lo hagan ahora que les ha secuestrado el futuro. Ahora que casi ha logrado que la historia y las vidas de los vivos, de todos los que se resisten a ingresar en ese formidable recinto eterno, lo hagan más temprano que tarde, cuando todavía tienen tiempo.

Porque luego vendrá (es su pesadilla y a la vez su anhelo de que en tanto que profecía se verifique de veras porque teme y aborrece pasar a la historia como una Casandra más) el Apocalipsis, que invoca a diario. Y entonces nadie podrá escuchar porque sólo hablarán a gritos las balas de los kalashnikovs, los obuses y las bombas arrojados por los sukoys, los alaridos de los heridos penetrados o cortados por cuchillos fabricados con acero ruso, bielorruso o iraní. Y en medio de ese ruido infernal los que aún queden vivos lamentarán no haber ingresado en ese mar de eterna felicidad.

Notas

(1) El fragmento sobre el río es el más conocido de los fragmentos compilados por H. Diels sobre este tema. Hay otros fragmentos que expresan esta idea del cambio como principio rector del Universo. Por ejemplo, en el fragmento 90: Todas las cosas se cambian recíprocamente con el fuego y el fuego a su vez, con todas las cosas, como las mercancías con el oro y el oro con las mercancías. Platón menciona en el Cratilo (402a) esta idea cuando hace referencia a este filósofo: Heráclito dice en alguna parte que todas las cosas se mueven y nada está quieto y comparando las cosas existentes con la corriente de un rio dice que no te podrías sumergir dos veces en el mismo rio. De modo que la formulación platónica de la idea de Heráclito es más conocida por la gente que la del filósofo de Hefeso.

2 comentarios en “Apuntes y fragmentos sobre tiempo y poder

  1. Análisis filosófico, literario y vivencial, que engloba una realidad histórico-política y humana en su multiple dimensión, con un lenguaje envolvente que deja captivo y sacude al lector, sin abandonar la complejidad y variables del tema. Digno de lectura y meditación.

  2. “…La dicotómica ontología heredada del presocrático debate entre Heráclito y Parménides rige aún nuestros criterios epistemológicos a la hora de entender al hombre y su mundo. A un lado, el río que “fluye” sin que podamos bañarnos en él dos veces, se hace presente en la posmodernidad líquida de Zygmunt Bauman. Al otro lado, la sólida roca del ser que simplemente “es”, permanece entre nosotros en el positivismo y el monolítico realismo filosófico…

    “…En medio de ambos se encuentra la experiencia histórica (holística e individual) de la simultaneidad del cambio y la permanencia, es decir la plasticidad. Algo fluye y algo queda. Permanencia y cambio se hacen presentes a través del co-condicionamiento entre símbolos y materialidad y a causa de la “dependencia en el rumbo” generada por los sistemas con memoria. Las cartas del juego de la historia social están marcadas pero por el propio hombre. En el juego de la historia social, la racionalidad individual se crea y recrea sobre la base de los juicios arbitrarios que el hombre pronuncia sobre sí, los otros, la trascendencia, el tiempo y el espacio…”

    Juan Recce, Poder Plástico. El hombre simbólico materialista y la política internacional, IPN Editores, Buenos Aires, 2010, p. 23 ss.

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