Edward Said, los intelectuales y las humanidades (1)

Durante las últimas tres semanas he estado leyendo y releyendo algunos libros del fallecido activista y escritor palestino Edward Said (1935-2003). Sus textos se distinguen por haber sido escritos desde el margen, desde la tensión existencial que crea haber nacido en Palestina, profesar la fé católica, residir en Nueva York y haber sido profesor durante varias décadas de la Universidad de Columbia, una de las más prestigiosas universidades, en literatura y humanidades. Y no haber permitido que nada de eso lo inhibiera de expresar con pasión e inteligencia sus ideas sobre las políticas imperialistas defendidas por Estados Unidos y otras naciones de Occidente. Sin embargo, Said estuvo siempre consciente de la necesidad de mantenerse en el medio, como si fuera un funámbulo de la crítica. También fue consciente de los peligros que representaban para la credibilidad de sus argumentos y luchas la adhesión o defensa de ideas extremas. Su enfoque principal y constante del problema palestino fue el de buscar el centro, y defender esto con un activismo político moderado pero firme que lo llevó a distanciarse, tanto de ideas radicales en pro de los palestinos como de las ideas radicales en pro de los israelíes o de naciones occidentales.

Moderación que no impide que esa tensión existencial (semejante a la que debe tener el cable del funámbulo para caminar sobre él) haya estado presente a lo largo de su vida y lo haya definido (y esto es algo que él mismo reforzó cuantas veces pudo) como un escritor a contracorriente y un exiliado. Exilio (metafórico y metafísico) que, como se verá abajo, no se refiere a su abandono de la tierra en que nació como a su vocación sostenida y deliberada de ubicarse en el margen. De pensar distinto de aquellos que lo rodean. De elegir ex profeso la incomodidad en lugar de la comodidad, aquella que podría haber perdido si dijera cosas inadecuadas. Lo que nos habla, no solo de la integridad y honestidad de su posición como intelectual sino de su apasionada defensa de la libertad de expresión. Said no eligió nunca posiciones (laborales, académicas, etc) que constriñeran lo que quería pensar o decir.

Esa moderación en lo político, sumada a su pasión por la literatura, las artes y la música; su búsqueda del equilibrio como condición necesaria, aunque no suficiente, de su pacifismo; todo ello define a Said como uno de los grandes humanistas del siglo XX. Los más de veinte libros que publicó sobre: crítica literaria, literatura comparada, política, historia contemporánea, apreciacion musical; su vida profesional y sus memorias nos recuerdan su ininterrumpido oficio como intelectual y humanista. De igual modo lo hacen las decenas de títulos honorarios que recibió de prestigiosas universidades; o premios como Bowdoin de la Universidad de Harvard, el Premip Príncipe de Asturias para la Concordia, o el Premio Lionel Trilling que otorga la Universidad de Columbia, que Said ganó en dos oportunidades.

Orientalismo, lecturas de Foucault

Said fue conocido mundialmente cuando publicó su obra Orientalismo. Armado con el bagaje instrumental necesario para emprender una investigación arqueológica foucaultiana, Said exploró no el Oriente geográfico y real sino el Oriente construido por la literatura y los textos de los cronistas occidentales. Este Oriente ficticio, que de alguna manera era una representación, sobre la cual se fueron agregando, como capas sucesivas de un palimpsesto, las visiones que se hicieron de oriente, y que luego describieron en sus obras literarias, escritores como Flaubert, Nerval, Hugo, Chateaubriand, o cronistas como Richard Burton, habrían introducido un sesgo importante en los trabajos académicos que se han realizado en países de Occidente sobre el Oriente. En lugar de estudiar la cartografía real, los investigadores del Oriente se habrían remitido a la cartografía imaginaria, construida sobre este conjunto vasto de ideas tejidas sobre lo que era el Oriente visto desde Occidente.

No es este Said foucaultiano el que me ha atrapado últimamente sino el autor de varios libros de ensayos sobre los intelectuales y el humanismo. En especial comentaré sobre dos de estos libros: Representaciones del intelectual (publicado en español en 2007 por RHM), donde se recogen las seis conferencias que preparó Said cuando fue invitado por la BBC a dictar (para que fueran transmitidas radiofónicamente) esa célebre serie anual de charlas inauguradas en 1948 por el filósofo Bertrand Russell, y Humanismo y crítica democrática (publicado en español en 2006 por RHM), donde Said se ocupa de investigar cuál es el papel que tienen las humanidades en el mundo contemporáneo.

Los intelectuales

Said nos refiere en la primera charla de Representaciones del intelectual “el cínico ataque que hiciera Paul Johnson contra todos los intelectuales al escribir: “Una docena de personas escogidas al azar en la calle son probablemente capaces de ofrecer puntos de vista tan sensatos sobre temas de moral y políttica como una muestra representativa de intelectuales” (P. 16). Pero no todos subestiman esa pretendida capacidad de los intelectuales para reflexionar sobre la realidad y mostrar un punto de vista distinto de ella al resto de la gente. Julien Benda, autor que Said cita a menudo, los considera unos reyes filósofos “superdotados y moralmente capacitados que constituyen la conciencia de la humanidad (…) que se atienen a pautas de verdad y justicia eternas” (p. 24). Esta definición de Benda crea una pesada carga sobre las espaldas de los intelectuales quienes, para ser consistentes con esta visión debieran vivir como ascetas apartados del mundo, inmersos en la investigación de los problemas que los atormentan o intercambiando ideas sola o exclusivamente con los miembros de un exclusivo cenáculo.

Said en cambio, creía que el intelectual tiene un entrenamiento especial para pensar y decir cosas, tanto sobre el mundo que nos rodea como sobre el interno. Para Said un intelectual es: “alguien que ha apostado con todo su ser a favor del sentido crítico, y que por tanto se niega a aceptar formulas fáciles, o clichés estereotipados, o las confirmaciones tranquilizadoras o acomodaticias de lo que tiene que decir el poderoso o el convencional, así como lo que éstos hacen” (p. 41). En otras charlas de este libro, Said analiza diversos aspectos del rol de los intelectuales. Se pregunta por ejemplo si éstos deben contribuir a configurar con su discurso la identidad de la nación o grupo social al que pertenecen (o del que provienen) o si, por el contrario, debería el intelectual enfocar su trabajo en reconocer aquello que es propio y común a todos los seres humanos (ideas que hace referencia tácita a la cita de Terencio, Soy hombre nada de lo humano me es ajeno) en lugar de aquello que pertenece a una etnia, grupo social o nación en particular.

Otro aspecto importante que analiza Said es el del exilio de los intelectuales. Le interesa menos el exilio real que el metafórico o metafísico, aquel en el que el intelectual se siente un exiliado en su país. Said dice que a esta clase pertenecen los que dicen no: “los individuos en desacuerdo con la sociedad en que viven y por lo mismo marginales y exiliados en lo que se refiere a privilegios, poder y honores” (…) En este sentido metafísico, el exilio para el intelectual es inquietud, movimiento, estado de inestabilidad permanente, y que desestabiliza a otros” (p. 72).

Por tanto, el intelectual debería ser, menos alguien que busca la placidez de un hogar y más alguien que abraza la intranquilidad permanentemente de la vida fuera de su casa; o cambiando de casa con mucha frecuencia. Adoptar la mudanza como una práctica dirigida a proteger al intelectual de la sensación de acomodamiento y comodidad que se podría temer perder. Porque si ello ocurriera, si el intelectual consiguiese un hogar (sea éste una universidad o centro de investigación, por ejemplo, éste podría comenzar a medir sus palabras.Tratando de que que lo que diga o haga no vaya a afectar esa vida de serenidad que ha logrado. Insiste Said en que no se trata de viajar como un nómada o abandonar la patria como el exiliado real. Se trata más bien de vivir la vida con desapego; estar conscientes de que la comodidad y estabilidad que derivamos de nuestra familia, amigos, empleo, hogar son, a semejanza de la vida, fugaces. Lo que debería reducir nuestra propensión (en tanto que intelectuales) a aferrarnos a ellos con tanta fuerza como para silenciar nuestras palabras cuando debemos hablar.

Said tambien analiza la dicotomía intelectual independiente (y autónomo) versus aquel que está vinculado a un partido, institución o religión, y concluye que es cada vez más difícil encontrar ejemplos del primer tipo, los verdaderamente independientes. Y que si los encontramos—como el caso del personaje de la ficción Stephen Dedalus en el Retrato del artista adolescente de James Joyce—su idealismo a ultranza los conduce a la inacción y al silencio, estados que niegan la naturaleza social del intelectual al reducir su discurso al de un orador solipsista.

Otro peligro que amenaza al intelectual contemporáneo sería el de la profesionalización (el burócrata, el profesor, el científico), la cual no solo crea el riesgo de que el intelectual piense que su oficio puede estar circunscrito a un período de tiempo diario, sino también porque para mantener su oficio él debe satisfacer metas corporativas o institucionales; pensar, decir y escribir cosas que no creen ruido, fricción, que no sean disonantes, que no atenten contra los objetivos de la institución a la que está adscrito y de la cual dependen su salario o ingresos. Porque Said presume que tal afiliación institucional o adscripción partidista crearían una serie de presiones que pudieran minar el trabajo del intelectual, despojándolo en lo absoluto de su valor. Argumento que define al verdadero intelectual como aquel que se distingue por resistir las presiones que el mundo ejerce sobre él: “El “intelectual nunca lo es más que cuando está rodeado, lisonjeado, presionado, intimidado por la sociedad para ser una cosa o la otra”, escribe Said (p. 95).

Finalmente, la amenaza más importante que pesa sobre el intelectual es la del Poder, que cuando uno vive en un ambiente con aspiraciones a la hegemonía totalitaria uno lo debe escribir siempre con mayúscula, para que los lectores no se confundan con el otro poder, aquel otro que describe Foucault como una suerte de fuerza que permea los fundamentos de las instituciones y que se parece mucho a la energía, porque no está concentrado sino distribuido, porque circula, porque con el paso del tiempo los pueblos que viven en libertad logran equilibrarlo. El intelectual, dice Said, siempre debe hablarle claro al Poder. Cito una vez más a Said: “Decirle la verdad al Poder, no es un idealismo al estilo del personificado por Pangloss; es sopesar cuidadosamente las alternativas, escoger la correcta, y luego exponerla inteligentemente donde pueda hacer el máximo bien y provocar el cambio adecuado” (p. 121).

Notas sobre los intelectuales en Venezuela

Aunque breve, este libro es una guía muy útil para construir una agenda de reflexión sobre los intelectuales y su papel en la sociedad contemporánea. Y sin embargo, lamento que por su fecha de publicación (tiene más de quince años desde que apareciera la primera edición en inglés de la obra, en 1994), omita aspectos importantes que marcan de manera profunda este tema y tiene que ver con los medios de comunicación, y el impacto que han tenido sobre éstos y sobre la gente la tecnología de información y la internet. Pienso que unos y otros han contribuido de un modo muy significativo a masificar y democratizar el oficio del intelectual sin que necesariamente todos se hayan convertido en ello. Abajo hago algunas consideraciones sobre ese aspecto. Sin embargo, antes de tratar este tema, trato de identificar, no cuáles son las representaciones del intelectual en Venezuela sino más bien de identificar quiénes son, qué les interesa y qué alcance tiene sus ideas.

Politica e intelectuales

En un país abatido por la pobreza y la violencia como Venezuela; que actualmente vive con la amenaza de que si sus ciudadanos y líderes políticos se distraen, un dia pudiera amanecer y darnos todos cuenta de que la corriente nos ha arrastrado hacia las voraces aguas de un regimen comunista, encuentro que los intelectuales tradicionales se han visto forzados a dedicarle gran paarte de sus fuerzas en la elaboración de nuevas refutaciones al tejido de mentiras (cada vez menos verosímiles) que hila a diario la voz del pensamiento único local. Aun cuando hacia el mundo exterior, esa misma voz adverse explícita y furiosamente, y sin sentir que incurre en contradicción alguna, todos los intentos de otras naciones de implantar un mundo monopolar o bipolar. “Qué viva la multipolaridad!” proferirán hipócritamente a los cuatro vientos, el regimen y sus adláteres, sin dejar de obstruir sistemáticamente las voces de los actores y medios que aún no controla. No es suficiente en estos tiempos gritar alguna vez que el regimen está desnudo. Hay que hacerlo a diario. Un pueblo con hambre pudiera olvidar la solitaria desnudez de su gobernante si éste le promete ropas, panes y circo (aun si luego solo le arroja migajas). En esta tarea agotadora y repetitiva de señalar las falacias del Poder, que me recuerda al subir y rodar colina abajo de la piedra de Sísifo, se consume la energía sináptica de nuestras mejores mentes.

Intelectuales e inteligencia en la red de redes

Otro espacio, y formato, en el que inesperadamente he visto proliferar como si se tratase de un caldo original, ideas, y en particular una actividad intelectual elemental, que parece estar en estado de cocción permanente, además de que todavía se percibe como protegida de los miles de tentáculos que emiten las hidras del Poder (en Venezuela y en el resto del mundo) para corromper el sentido de las palabras, es internet y los espacios que ofrecen las nuevas tecnologías de información como por ejemplo los celulares inteligentes.

Me impresiona por ejemplo que una plataforma de las redes sociales como Twitter le permita a una adolescente de 15 años formular en menos de 140 caracteres los problemas afectivos o existenciales que la afectan, y que con frecuencia y total naturalidad, lo haga unas veces en español y otras en inglés—con un estilo confesional que no tiene nada que envidiarle a las cartas que Sor Mariana Alcoforado, la monja portuguesa, le dirigiera al Marqués Noel Bouton de Chamilly, conde de Saint-Léger—. Comparado con esas confesiones bilingües, frescas y espontáneas dichas en un lenguaje taquigráfico (que en sus mejores expresiones recuerdan más bien el haikú japonés, y en sus más literarias, las aventuras lúdicas y literarias de microficción de un augusto Monterroso) pero correctas en su sintáxis, las Confesiones retorcidas y tortuosas de Rousseau quedan para el análisis de textos por parte de perezosos estudiantes de algún postgrado de Estudios Culturales en el Primer Mundo, quienes, por estar muy interesados en registrar sus propias sensaciones, ideas y experiencias, y publicarlas online para que las lean algunos cientos de los seguidores de sus blogs, es probable que ellos mismos busquen antes otros blogs en los que se haya tratado a Rousseau y sus confesiones para hacer rápidamente, gracias a sus destrezas en el cut-and-paste, un collage de citas y frases garrapiñadas, que le entregarán al dia siguiente al profesor.

Es ésta la clase de plagiarismo (amoral, legítimado, inmoral, subversido?), que impregna, subsidia y financia la confesión existencial de los pre-adolescentes, así como la de los adultos incipientes que aún acuden a la universidad. En cambio, son los minutos hurtados al empleador, y sumados al coffee break, los que financian la micro-poesía que los más grandes, recien ingresados al mercado laboral, redactan en cuestión de minutos en sus célulares inteligentes y correo encriptado que no podrán ser leídos por sus jefes.

Por su parte, las amas de casa que salen del gimnasio y van disparadas a tomarse una merengada de proteínas antes de salir al colegio a buscar a sus hijos, le escriben amorosamente, pero no en las perfectas letras palmer que aprendieron en el colegio, un poema en el mejor estilo de un haiku latino al entrenador personal. Ellas quizás ni saben que es un poema lo que escriben y piensan que es sólo el comentario de una noticia que leyeron en yahoo news pero él, destinatario no taninocente, que lee entre líneas piensa que es un poema de amor y sueña con sus cuerpos y sus ojos inocentes.

Mientras tanto los maduros intelectuales y académicos de profesión que no nacieron con los pulgares en los teclados del BB tienee una relación paradójica con esta nueva tecnología. Los que antes leían a Lyotard, Baudrillard o Focault (o algo peor aún, los tres sólidos tomos de Das Kapital, que en casa de un amigo mío quedaron para sostener la pata rota de una cama matrimonial, como para humillar un poco a la plusvalía y la lógica perversa del capitalismo mientras hacen el amor o disputan sobre cómo ganarse el pan del dia siguiente), le roban ahora el tiempo a la redacción de tesis doctorales o de papers en revistas arbitradas para resumir en un epigrama, en una sola línea de una agudeza peculiar, los efectos absolutamente perversos de doce nuevas piezas de legislación paridas en una sola y kilométrica sesión de la Asamble supervisada y dictada por el Supremo.

En casi todos los casos arriba citados, con la excepción de algunas entradas en blogs (como la presente), que pueden dormir por su extensión, me encuentro con que la red promueve una intelectualidad escritural y epigramática que abomina de la longitud y hace una apología constante de la abreviación y el lenguaje taquigráfico sin olvidarse de la forma, el estilo e, incluso,m la belleza. Y así la red devora pantagruélicamente billones de terabytes por segundo de ideas, experiencias, creencias, preferencias de consumo, que son almacenadas en lejanas, remotas y quizás muy bien resguardadas memorias de largo plazo. ¿Quién hace la síntesis? ¿Dónde ocurre ésta? ¿Quién procesa todo ese caudal aluvional de ideas e impide que se acumulen (apilen) como sustratos del lecho marino de las primeras eras de la Red?

Somos testigos de la proliferación de ideas y percepciones que ha hecho posible la Red. Intelectualidad del microfragmento. Ideas subversivas que por su tamaño diminuto escapan al control de los poderes hegemónicos. Ideas que aún ninguna mente integra, sintetiza, reune como para producir con ellas un único sentido. Tienen el mérito de que son rios aluvionales de ideas que democratizan las que antes eran las esferas tradicionales y legítimas de pensamiento: las universidades, la academia, los congresos, los simposios, etc. Tienen en cambio el defecto de que en su diminutez y naturaleza fragmentaria aún no sabemos de qué modo podrán motivar, o mover a la acción, a todos aquellos que cada dia se apoltronan más fácilmente detrás de sus cómodos escritorios sobre sillas de diseño, o se echan relajados sobre mullidos sofás italianos frente a enormes pantallas LED en las que, imágenes hiperreales construidas gracias a una avasallante cantidad deinformación, demandan para su lectura un área cada vez máyor de sus cerebros. Cerebros que la tecnología no ayuda a desocupar para que se encarguen de pensar. Cerebros como esponjas que la tecnología llena cada día más rápido con información principalmente inútil. Para mover a la acción a gente con estos cerebros bobardeados por terabytes quiza se necesita la fuerza narrativa del cine unida a los más modernos efectos especiales. Quizá allí deberán dirigirse los intelectuales del futuro para tener el impacto necesario.

Ideas del arte y artistas intelectuales

Luego de ver todo eso. Luego de ver (como espectador amante del arte contemporáneo) cómo hay artistas conceptuales que invitan a su público a reflexionar sobre el Ser y el dasein; sobre la velocidad vertignosa a la que se alejan de nosotros las galaxias, y se expande nuestro universo, y nos explican que las barras rojas no tienen nada que ver con la revolución, ni con la pasión o las rosas de Rilke, sino con ese desplazamiento y nos hablan de ambulancias y sus sirenas, cuyos sonido suben y bajan de frecuencia igual que la luz de las galaxias y los colores de las manchas de sus obras que cuelgan del techo de la galería.

Luego de escuchar de qué modo otro artista se afana por capturar (como si fuera Nabokov persiguiendo con su red a una elusiva mariposa para la colección de mariposas de la Universidad de Harvard de la que estuvo a cargo) y aprehender y retener el zeitgeist, mediante la complicada operación de ensamblaje en una única obra cientos de cabezas cóncavas de cucharas de un diseño danés clásico, y sientes que de verdad la repetición evoca imágenes que bien pudieran estar almacenadas en tu inconciente colectivo, imagénes arquetìpicas que sólo has visto por el rabillo del ojo en algunos sueños.

Cuando reflexionas que los artistas pueden hacerte pensar estas cosas y cualesquiera otras que y al hacerlo revelarte aspectos de la realidad de los cuales no te habías percatado, te das cuenta de que hace mucho tiempo que el arte ha comenzado a hablar. No dudo que les hable de un modo semejante a los espectadores y amantes del arte en otros países. Pero pienso que en Venezuela el arte nos habla con más fuerza. Porque aún conversa con nosotros en una lengua que comprendemos (de la que a diario aprendemos sus nuevas palabras) y que el Poder no mella ni secuestra (aún) por más que lo intente. Quizás porque el Poder no la entiende. Quizás porque es magnánimo y quiere dejarlo libre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s